lunes 14 de abril de 2008
Reflexiones Volterianas
El mundo exterior no sale en los sondeos
José Varela Ortega
La fotografía del señor Zapatero, sólo, sentado y enfrascado en la lectura -de sondeos electorales, ha especulado algún perverso- apartado de sus colegas que se arremolinaban de pié y a cierta distancia charlando animadamente (en uno de los recesos de la última reunión de la OTAN), ha dado la vuelta al mundo "puedo dar fe de ello porque el documento gráfico me sorprendió en Buenos Aires. Y ha disparado interpretaciones, propias y ajenas, en relación al poco interés que presta nuestro Presidente a los temas internacionales y a la escasa sintonía que tiene con gentes y dirigentes de otros países. El señor Moratinos ha salido al paso puntualizando que la escandalosa fotografía desfigura la realidad; en suma -y en contra del dicho popular- que no vale por mil palabras. Es una cortesía académica elemental concederle a cualquiera -y, cómo no, también al Ministro de Exteriores- el beneficio de la duda, máxime conociendo la capacidad de tergiversación inteligente, hábil y estudiada de algunos medios. Lo malo del caso que nos ocupa es que, además de imágenes, hay palabras de aquella cumbre, en la cual se debatía nada menos que el escudo anti-misiles, la entrada de Ucrania en el sistema de defensa occidental y el regreso de Francia al Comité Nuclear. Y hubo, en efecto, palabras del señor Presidente en una rueda de prensa. Hay que admitir que las preguntas, centradas en la política de campanario, fueron de un aldeanismo sonrojante. Sin embargo, las palabras de respuesta ahí quedan: el Presidente del Gobierno de España (un país bi-oceánico y bicontinental, con un problema estructural de seguridad en el Estrecho, que tiene un PIB mayor que el de Brasil o Canadá y una economía abierta e integrada en que prima la relación de intercambios), habló... de ¡Mondragón! La escena -con las variantes de ocasión y lugar- se reprodujo en las Cortes, con motivo de su discurso de candidatura, y, posteriormente, en el acto de presentación de su nuevo gabinete: el señor Zapatero apenas hizo alguna referencia pasajera, hueca, retórica y genérica a nuestros intereses "problemas y oportunidades- internacionales. A nadie debe extrañar, pues, que el desánimo invada los pasillos del Palacio de Santa Cruz, un desaliento que una política de nombramientos mucho más sectaria que profesional no ayuda precisamente a paliar. Simplemente, patético. Es sabido que el Presidente no se encuentra cómodo fuera de la aldea peninsular. El problema no es principalmente que no sepa en qué hablar. En el mundo Occidental -sobre todo, en Europa- resulta insólito hoy día que un alto funcionario no hable, con más o menos soltura, algún idioma -además del propio y del inglés, se entiende. El mayor problema que tenemos -porque el problema, quede claro que lo tenemos todos nosotros- es que nuestro Presidente no sabe de qué hablar en esos foros y materias ni con intérprete. Y -si hemos de juzgar por los comentarios de adolescente que hace sobre temas internacionales- da la sensación que no sabe qué decir simplemente porque no le interesa lo más mínimo. Después de unos años de escuchar la retórica -y sobre todo, las actuaciones- del mejor de nuestros actores, uno estaría tentado de formular la hipótesis de que el desinterés del Presidente, un político sagaz e inteligente, por otra parte, es consecuencia de que la realidad internacional aparece en un rincón menos que modesto en las encuestas de opinión -que es lo que de verdad le interesa y entiende nuestro mandatario. Y tiene razón. El mundo exterior casi no sale en los sondeos. Pero existir, existe. Existe en la realidad de los riesgos que nos amenazan, de los intercambios comerciales que nos interesan y de las oportunidades que aprovechamos o perdemos. Como la realidad no virtual ni opinable es vengativa por mor de implacable, antes o después, el factor internacional golpeará en nuestra cara. Y saldrá. Saldrá, primero en titulares y, por fin, en las encuestas. Pero entonces ya será demasiado tarde, al menos para “el público de la gente” -que dice el corrido.
Sería un error entender esta última afirmación como frivolidad de agorero. Tiene su historia. El despego, escepticismo y desconfianza de los gobiernos españoles en relación a la política internacional no es nuevo. Viene de larga data y ofrece ejemplos amargos. Don Manuel Azaña, como casi todos los políticos republicanos, sin importar el color, era neutralista. Se mantuvo a una distancia estudiada de las potencias occidentales y rehusó apoyar las sanciones con que estas querían castigar la política agresiva del fascismo italiano en Abisinia. “¡Qué me importa a mi el Negus!”, les espetó a D. Luis de Zulueta y a Madariaga, para que le sacaran del incómodo tema de las sanciones. Cuando se acordó de Santa Bárbara ya había comenzado a tronar. Y, cuando la tormenta de la agresión fascista se volcó sobre España y la República, pidió angustiadamente a franceses e ingleses que acudieran en ayuda de una España que, amén de no ser aliada, según demasiados políticos europeos, se parecía más a la Rusia de Kerensky que a la Francia de Blum: “en esas trincheras -le señaló dramáticamente desde un balcón del palacio de Oriente a un simpatizante francés a quien buscaba persuadir- se está librando la primera batalla de la próxima guerra europea”. Sin duda, tenía sus razones. Pero llegaban tarde. La mala inteligencia de la política internacional que interesaba a la primera democracia española estuvo lejos de ser la única -ni siquiera la principal- causa de su fracaso pero, sin duda, ocupa su lugar en una larga y lamentable lista de despropósitos. Una política internacional y una defensa no se improvisan ni se varían con un codazo de compadre ni guiños de casino. No se fundamentan en astucias ni se gobiernan con regates. Son políticas construidas con paciencia sobre intereses sólidos, comprensibles y fiables y, como tales, se mueven a un ritmo más afín al geólogo que al “encuestero”. Quizá resulta útil recordarlo en este reino del marketing, la imagen y la realidad virtual.
José Varela OrtegaJOSÉ VARELA ORTEGA es doctor en filosofía por la Universidad de Oxford y en Historia Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid, es Presidente de la Fundación José Ortega y Gasset y Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Rey Juan Carlos y en el Instituto Universitario Ortega y Gasset.
http://www.elimparcial.es/contenido/10167.html
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