jueves 3 de marzo de 2008
Borrasca Atlántica por Bucarest
José Javaloyes
Si la economía norteamericana podría contraerse en este primer semestre, según ha manifestado en el Congreso de Washington el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke —para volverse a entonar en la segunda parte del año, por virtud, ha dicho, de las medidas adoptadas por la Administración republicana—, también las relaciones entre Washington y Moscú podrían entrar en recesión, perder tono y enfriarse aun más de lo que están, por causa de las opciones que maneja la Alianza Atlántica de dar entrada en su seno a nuevos Estados de la Europa Oriental que fueron parte de la URSS, y no sólo piezas nacionales embutidas en el Pacto de Varsovia.
Esa caída tonal no sería necesariamente recuperable, sin embargo, en el segundo semestre de este año —tal como Bernanke augura para la economía estadounidense—. Más bien, pudiera ser lo probable que el actual ejercicio acabara con una depresión sensible en el clima histórico que se había formado desde la caída y desaparición del largo experimento soviético. La conferencia de la OTAN en Bucarest, preparatoria de la que después se celebrará en la capital norteamericana, opera ya como catalizador de un enfriamiento muy notable de cuanta idílica sintonía pudo haber durante un tiempo entre los inquilinos de la Casa Blanca y el Kremlin. El enfriamiento ruso-americano sobrevendría por un golpe de hielo sólo equiparable al efecto del mirar de Vladimir Putin.
Éste y el electo Medvedev han puesto pies en pared a la idea-fuerza que preside la conferencia atlántica en la capital de Rumanía: que Ucrania y Georgia, muy principalmente, que fueron parte de la URSS —y otras, como Bulgaria, que no lo fue pero como si lo hubiera sido— entren a formar parte del tinglado atlántico. Algo que no es sólo una referencia militar sino un entero paradigma de libertad política y económica, además de una concepción democrática del poder.
No se trata propiamente de una antítesis de la nueva de la Rusia putiniana, pero sí de un contrapunto excesivo y de unas sensibilidades contrapuestas. Tampoco se trata de que el reflotado nacionalismo ruso esgrima un derecho de pernada sobre partes de la Europa Oriental que fueron miembros del Imperio Soviético. No, no se trata de eso; pero casi sí.
Pretende Moscú que la OTAN le reconozca títulos de preferencia sobre ellos, como continuidad histórica de lo que fue la definición brezneviana, en 1968 —cuando la invasión de Checoslovaquia—, de “soberanía limitada”, como estatus compartido por todos los Estados de la Europa que quedaron más allá del Telón de Acero.
Como se ve, no se trata de una cuestión académica. Es algo como un “paso de esclusa”; es decir, lo propio de una aventura política cuando, a través de un canal, se navega entre dos épocas de distinto nivel histórico. Podría hablarse de que los rusos de ahora pretenden que se reconozca la validez y permanencia de lo que tenían entonces los soviéticos. O sea, que la derrota en la Guerra Fría les saliera gratis total. Algo en cuya virtud la desaparición de la URSS sólo sería una mera cuestión nominalista, sin consecuencias prácticas o relevantes para el actual reparto del poder en el mundo. Es demasiado. Un pretensión así resulta insostenible, por muy abultada que se les haya puesto la cartera a los rusos con los disparados precios de la energía.
De todo ello se infiere que la conferencia de Bucarest resultará tanto como una borrasca política de primera magnitud, con formación de ciclones que, probable y venturosamente, derivarán, reduciéndose, a tormentas de invierno. La subsiguiente visita a Moscú del presidente Bush valdrá para hacer balance de los daños y acordar las reparaciones. Idealmente de paz y no de guerra.
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=03/04/2008&name=javaloyes
jueves, abril 03, 2008
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