martes 15 de abril de 2008
Solbes, Sebastián: ver lo que hay
Germán Yanke
Sobre los roces entre el vicepresidente Pedro Solbes y el nuevo ministro de Industria, Miguel Sebastián, la portavoz del Gobierno pidió ayer a los periodistas que “no vean lo que no hay”. Cree la vicepresidenta que el equipo económico es magnífico y asegura que habrá coordinación. Sin embargo, es inevitable no sólo el morbo por la presencia de ambos en el Gobierno, presentada además la incorporación del fracasado candidato al Ayuntamiento de Madrid como uno de los puntos fuertes del equipo de Rodríguez Zapatero, sino por las distintas y a veces contradictorias trayectorias de los dos protagonistas.
Miguel Sebastián, al presentarse a las municipales en la capital de España, dio muestras de bisoñez, de falta de apoyo en los dirigentes socialistas madrileños y de algunos modos desaconsejables, como si la contundencia pública estuviera para él, acostumbrado a los despachos discretos, reñida con el acierto y la elegancia. Fue tanto un mal trago como un mal paso. Solbes, por el contrario, se ha convertido en una pieza esencial en el equipo del presidente Rodríguez Zapatero, no sólo como estratega de la política económica sino también como elemento de imagen para aportar confianza en los mercados y conseguir una sensación de solidez incluso entre los que son o dicen ser más socialistas que socialdemócratas. En público tiene un aire profesoral y amable que termina en ocasiones por desarmar a sus adversarios, como ocurrió con Manuel Pizarro en el famoso debate electoral.
Esto no significa que Miguel Sebastián sea bisoño en lo suyo, ni inane en el seno del PSOE (no sólo en el entorno del presidente, aunque con eso valdría para hacer valer su influencia, ni desagradable en las formas. Es un economista bien preparado y un comunicador brillante de sus puntos de vista, como ha demostrado mejor a través de los papeles que de las intervenciones públicas. Sin embargo, su paso por la Oficina Económica del Presidente es un síntoma significativo. Y no porque revele la defensa de una política económica abiertamente contradictoria con la del vicepresidente Solbes, aunque sí por una confianza sorprendente en que, desde los poderes públicos y con la información que disponen, se puede acertar en lo conveniente para particulares y, sobre todo, para el Gobierno. Por eso se quisieron diseñar en la famosa Oficina operaciones empresariales, el estribillo de los campeones nacionales, fusiones y acuerdos convenientes a la Moncloa, etc.
El peligro de este proceder es, en primer lugar, que en política no hay célibes vocacionales y, por contra, siempre está latente la tentación de casarse con alguien. Ni todos son invitados a la celebrada Oficina, ni todos los que quisieran saben cómo acudir, ni todos van allí en defensa de los intereses generales, sino de los suyos particulares, aunque estén dispuestos a hacer algún favor en el camino. Solbes es más escéptico, entiende que las reglas son las leyes y no las intervenciones pretendidamente sabias de los poderes públicos. Se suele decir, no sin razón, que la más grave tentación de los políticos es considerar ignorantes a los ciudadanos, algo que no debe espantarnos porque suele ser la de todos con sus conciudadanos: no saben bien lo que quieren, deberían hacer otras cosas y tomar otras decisiones. Y suele añadirse, con más razón aún, que los políticos que se salvan de ello no son los que toman a los contribuyentes como inteligentísimos, sino aquellos que se consideran también a sí mismos como ignorantes.
No faltos de preparación, no ajenos a ese “equipo económico magnífico” del que habla la vicepresidenta, sino conscientes de que es imposible tener toda la información precisa para saber lo conveniente para todos y cada uno. El crédulo punto de vista contrario no sólo violenta la libertad —y en este caso la de los agentes económicos—, sino que nunca logra su objetivo. Es la historia de la Oficina Económica de Presidencia, y se entiende que al escéptico Solbes, que se siente más próximo a los mortales que un demiurgo, le preocupara y, en ocasiones, le espantara.
Quizá por ello, ya que van a estar juntos en el Gobierno, la cuestión no sea quién está por encima ni incluso la coordinación que proclama María Teresa Fernández de la Vega, sino, ya que se ha visto y se ve muy bien lo que hay, la prevalencia de los criterios razonables.
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=15/04/2008&name=german
martes, abril 15, 2008
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