miércoles, abril 09, 2008

German Yanke, La crisis de la investidura

miercoles 9 de abril de 2008
La crisis de la investidura
Germán Yanke
Habría sido una sorpresa que, de pronto, por el sortilegio de que comienza una nueva etapa, el debate nacional subiera uno o varios escalones de golpe hasta convertirse en algo con verdadero tono intelectual. No la ha habido. Por tomar un ejemplo, el presidente Rodríguez Zapatero repitió una y mil veces que sus propuestas respondían a “mi idea de España”, pero, a la postre, la idea de España del candidato a la investidura nunca alcanzó el estrato de una construcción intelectual, de una reflexión sobre la nación democrática, sino que se limitó a ser el estribillo para todo. “Mi idea de España” podía ser que los trenes de cercanías funcionen o que se asegure el consumo de agua potable.
Paralelamente, Mariano Rajoy, que es mejor orador que el presidente, desaprovechó la ocasión para, anunciada su voluntad de continuar a la cabeza del PP y volver a ser candidato, pronunciar por elevación el discurso político que la ocasión precisaba. Hubo un atisbo de algunos otros buenos discursos del líder de la oposición (quizá el mejor en el debate sobre el Plan Ibarretxe) cuando trataba de explicar el concepto y el sentido de los pactos de Estado, pero el resto era más bien una intervención propia de otro momento, de la discusión electoral, del último debate de la anterior legislatura sobre el estado de la nación. En vez de dar un paso adelante, o mejor hacia arriba, para explicar cómo deben arbitrarse esos acuerdos y plantear, en lo demás, los principios generales de la alternativa popular (que no su programa), planteó la falta de confianza en el presidente y repasó quejoso el último mandato de Rodríguez Zapatero.
Y, siguiendo con este juego de frontón, el candidato a la investidura interpreta la confianza debida como el resultado de haber ganado las elecciones. El argumento, además de absurdo, es peligroso en una etapa en la que todo el mundo habla de consenso porque esta curiosa palabra se ha convertido en la crispada legislatura anterior, siempre a beneficio de parte, como la obligación del otro a plegarse por el bien del entendimiento. Las elecciones facultan y dan legitimidad para gobernar, pero la confianza del resto de grupos parlamentarios y los ciudadanos es algo que hay que ganarse día a día.
Uno de los grandes temas de la sesión fue la economía. Sin tonos dramáticos, el diagnóstico de Mariano Rajoy resultó más claro y realista que el del presidente. La cuestión no es nominal (si estamos en una crisis o en una recesión) ni se trata de establecer el origen (si es un asunto español o se trata de los efectos de uno global), sino del modo en que se afrontan los problemas o las incertidumbres. Las deficiencias presentadas por el líder de la oposición son reales y los activos que tenemos, en los que insiste Rodríguez Zapatero, pueden servir para mantener algunas políticas de cohesión, pero la situación requiere más medidas que las cosméticas, que es en lo único que se ha detenido el Gobierno hasta ahora. Ambos coincidieron en que uno de los problemas españoles es la competitividad, pero en el programa gubernamental todo parecía quedar en retórica, sin que se abordaran las reformas estructurales, la seriedad, ahora inexistente, de muchos organismos reguladores y una política que no acabe, a base de convencernos de que no pasa nada, con esos activos. Por no citar al PP, ayer mismo el Fondo Monetario Internacional recomendaba medidas urgentes para evitar que los problemas se incrementen peligrosamente.
Cuestión fundamental, porque afecta a uno de los poderes del Estado y a las garantías de legalidad, es la Justicia. Desgraciadamente, no quedó claro si el PP aceptará negociar, antes de la necesaria modernización, la nueva composición del Consejo General del Poder Judicial. El presidente se refirió ambiguamente a los consejos judiciales autonómicos, sin explicar claramente su papel en un poder que es eminente y constitucionalmente estatal. En medio de referencias varias a la nivelación entre comunidades de los servicios del Estado y políticas centralizadas, el papel integrador y nivelador del poder judicial habría merecido, más allá de la preocupación de todos, una reflexión más extensa y profunda.
Veremos cómo avanza esta política de consensos entre la desconfianza de unos y la falta de concreción de otros, completada con el empeño de colocar a todos los grupos, el PP y los minoritarios, a veces muy minoritarios, en una suerte de igual posición en la búsqueda de los consensos. Fundamental, en este apartado, es la lucha contra el terrorismo. El presidente, sin que se pueda dudar de que quiere acabar con ETA, debe tener claro el papel de la política en este asunto más allá del que desempeñan las fuerzas de seguridad, los jueces y fiscales. Hay una tentación a utilizar la política para restar apoyos a ETA y puede convertirse, si no se marcan los límites, en cesiones, que serían imposibles si el consenso se inicia, como debe ser, con el PP. La referencia de Rodríguez Zapatero a que caben “todas las ideologías imaginables” es de suma ingenuidad.
Post scriptum. Es tremendo el esfuerzo de los diputados para aplaudir a sus líderes, mostrar entusiasmo, sonreír ante los discursos del jefe y recelo ante los del adversario. Pero ayer, fuera de la cámara, Mariano Rajoy tuvo una cuota de desafección que sorprende, al menos, por la jornada elegida. El secretario general del PP en Madrid insistió en que es muy bueno que en el próximo congreso del partido haya más de una candidatura y el portavoz en la Asamblea de Madrid añadió que muchos diputados votarían a Esperanza Aguirre si se presenta. Vaya tropa.

http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=09/04/2008&name=german

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