viernes, abril 11, 2008

Fernando Fernandez, Haciendo pais

viernes 11 de abril de 2008
Haciendo país

POR FERNANDO FERNÁNDEZ
Vivimos en un país peculiar. El mismo día que el FMI nos dice que la economía española crecerá 1,8 por ciento con una inflación del 4 por ciento, con lo que ello conlleva de crisis económica y social, aquí seguimos hablando de desaceleración temporal y sobre todo de balanzas fiscales. Coincide que el candidato Zapatero está solicitando la confianza de la Cámara con un plan económico buenista que amalgama más gasto social y más dinero público para la construcción y nadie le pregunta no ya por el coste fiscal, sino por el efecto sobre la competitividad de nuestras empresas de ese remake del primer Mitterrand. Sólo preocupan las balanzas fiscales. Nadie pregunta tampoco a Solbes qué más está esperando para presentar un nuevo cuadro macroeconómico; nadie cuestiona al máximo responsable del Banco de España por la fuerte discrepancia entre su previsión y la del FMI, del que también es gobernador. Aquí sólo preocupan las balanzas fiscales, y si acaso soltarle una pulla al Fondo porque sus previsiones están contaminadas de azul popular.
Pues hablemos de balanzas fiscales. Lo tengo fácil porque escuché varias perlas de Durán Lleida en una entrevista con Carlos Herrera. No tengo nada en contra de publicar las balanzas fiscales. Es más, no entiendo cómo no se ha hecho ya, pero no la balanza, sino las balanzas, porque hay casi tantas metodologías como economistas. Algún cínico dirá que esa es precisamente la razón por la que quiero que se publiquen, porque me de la oportunidad de pasar a la Historia con el método Fernández. Quizá, pero lo que ya me gusta menos es pretender poner la ciencia económica al servicio de los derechos históricos. No hay, ni puede haber, una metodología oficial de la que se deriven consecuencias automáticas de reparto de gasto e ingresos.
Pero volvamos a Durán Lleida; toda su intervención buscaba dejar sentado un principio absoluto: la solidaridad no puede ser indefinida ni ilimitada. Obviamente se refería a la solidaridad interterritorial, de la que luego hablaremos, pero pensemos por un momento lo que significa. Para ello apliquémoslo a la solidaridad entre ciudadanos, que es un concepto ni discutido ni discutible en este nuevo patriotismo ético de Zapatero que tantas evocaciones tiene de teología de la liberación y revolución pendiente. Como la solidaridad ha de tener un horizonte temporal, pongámosle plazo a la progresividad del IRPF o a las becas de estudio, cinco años por ejemplo, y luego los pobres que espabilen. Y también un límite cuantitativo, los nacionalistas catalanes hablan de que ningún territorio puede estar obligado a traspasar más del 5 por ciento de su PIB; doble usted la cifra con generosidad y compárela con el tipo efectivo de su IRPF. Seguro que ahora ya entiende por qué debería haber votado a CiU. Sobre todo si vive en Madrid, donde los datos disponibles muestran que la Comunidad es contribuyente neta, utilizando deliberadamente esa terminología europea que tanto gusta a los nacionalistas, en 10,2 por ciento de su PIB regional. No quiero obviar tampoco el problema de fondo. La solidaridad territorial es como el derecho de autodeterminación, un concepto predemocrático que concede derechos a los pueblos y no a los individuos. Les voy a poner otro ejemplo: apliquen el carácter finito y limitado de la solidaridad a las relaciones entre Barcelona y Tarragona o entre el Ensanche y el Carmelo y verán lo que le dicen los nacionalistas. Que es usted un demagogo, que no entiende nada, que no respeta al pueblo catalán. O sea, que no se ha enterado de que el pueblo catalán tiene derechos que son anteriores a la Constitución porque forma una unidad de destino en lo universal, una unidad que le faculta para limitar la solidaridad con los españoles, pero no entre catalanes. Como el País Vasco se puede autodeterminar de España, pero Álava no se puede autodeterminar del País Vasco.
Las balanzas fiscales se usarán con profusión en el debate sobre el nuevo sistema de financiación autonómico. Pero es un debate que puede quedar cercenado si se aceptan las tesis nacionalistas de que existen tres tipos de autonomías; las del concierto, que no se ven afectadas por el régimen común; las que como Cataluña o Andalucía tienen su financiación blindada en su Estatuto y no tienen nada que negociar, y el resto de pardillos, que tendrían que pegarse con Madrid y Valencia. Tenía razón Rosa Díez cuando se preguntó en voz alta en el Congreso si no ha llegado la hora de cuestionarse el concierto. Una vez que Cataluña y Andalucía no lo aceptan ¿por qué habríamos de aceptarlo los demás?

http://www.abc.es/20080411/opinion-firmas/haciendo-pais_200804110247.html

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