jueves 10 de abril de 2008
El sentimiento americano hacia su bandera
Félix Arbolí
H ACE unos días escribía en esas páginas (Contraportada del pasado día 5 del actual), sobre la tremenda soledad de un político español, refiriéndome a la foto publicada por el diario “El Mundo”, donde se advertía a Zapatero sentado, triste y solitario en el extremo de la mesa en la que iban a celebrarse las sesiones de la OTAN en Bucarest. Al fondo el resto de los políticos formando un bloque y riéndole las “gracias”, (hay que tener ganas de reír), al omnipotente, por ahora, señor Bush. Como español me molestaba y dolía esa posible afrenta del “elefante” americano (es del partido republicano y éste animal es su mascota), al jefe del gobierno español. Me dejaba seducir por mi patriotismo o patrioterismo, a estas alturas no se como llamarlo, para defender algo que posteriores comentarios y charlas no me lo han dejado muy claro y convincente. A veces comete uno ciertos patinazos y dicen que de sabio es rectificar. Yo no me atrevo a considerarme como tal, ni tampoco estoy seguro de que se trata de un patinazo en toda la amplitud que puede abarcar esta palabra. No obstante, soy consciente de que cuando uno puede inducir a cometer error a los demás, es “justo y necesario”, (como se dice en la misa para asuntos más serios y trascendentales), hacer un alto en el camino y modificar opiniones. Rodríguez Zapatero, nuestro repetido jefe del Gobierno, por la gracia de las urnas, tiene una obsesión compulsiva por hacerse una foto al lado de Bush. Si aparte de la foto, tiene una pequeña charla o entrevista, miel sobre hojuelas. Es su mayor capricho y conocido por Moratinos, su orondo ministro de Exteriores, éste se ha empeñado en conseguirle este deseo a su jefe, como si se tratara del genio embotellado de la lámpara de Aladino. Se mueve, maneja filtros mágicos y hasta pierde el resuello por conseguirle ese favor a su “Aladino” personal. A veces, hasta casi lo consigue y vemos la foto del encuentro fugaz y casual del zar americano pasando ante nuestro sonriente presidente, sin detenerse siquiera, saludándolo con un simple “Hola, ¿Qué tal?” u “Hola, felicidades”, esta última, que ha quedado como anécdota en la prensa acreditada y entre los participantes de esta reunión que, entre paréntesis, nadie sabe para que ha servido y que se he sacado de ella, salvo las dietas y bagatelas que han gozado sus importantes miembros. Un viajecito en esas fantásticas condiciones bien vale un desaire más o menos. Yo hasta estaría dispuesto a ver pasar al “gran padre blanco” ante mis narices, sin que me importase que no me dirigiese una simple mirada. Pero, claro, pensando en plan patriota, con el orgullo de sentirme español y no consentir que nada ni nadie nos haga de menos, no me gustó para nada que ese señor, por muy presidente USA que sea, pasara ante el representante de España con la misma indiferencia y frialdad que yo lo hago ante la frutera de abajo, que por cierto es una “sudaca” de armas tomar, pues la lía, relía y la emprende hasta con el lucero del alba si se atreviese a visitar su muestrario tropical y no le gustase en algún detalle. ¡Dios nos libre de mandonas culonas y barrigonas!, Lo que ha sucedido después, que me ha motivado reflexionar sobre todo lo dicho en esa Contraportada, escrita como todos mis artículos con pasión y corazón, (si se escribiera usando la cabeza en exclusiva la mitad de los diarios y libros llevarían multitud de páginas en blanco), es que me han hecho ver y reconsiderar una serie de circunstancias que han cambiando bastante mi óptica sobre el asunto. Los americanos, por suerte para ellos y sus hijos, aman a su país sobre todas las cosas y honran y respetan a su Bandera y a su Himno con un sentimiento tan profundo y sincero que le nace del mismo corazón, donde colocan su mano reverentemente cuando oyen los compases de “La bandera de las estrellas centelleantes”. El himno compuesto por el abogado Key en 1814 y declarado nacional por el Congreso el 3 de marzo de 1931. No hay estadounidense, ya sea del norte o del sur, blanco, negro, amarillo o cobrizo, de Ohio, Boston, Baltimore o Nueva York., que no sea capaz de levantarse orgulloso y respetuoso al paso de su Bandera de la Barras y las Estrella o a los sones de su Himno. Algo que les honra sobremanera, digan lo que digan aguafiestas y agorero. Habrá cincuenta y dos Estados (con la última incorporación de Alaska y Hawai), pero todos ellos forman una sola nación, con una sola bandera, un solo himno y una sola nacionalidad reconocidos. Allí no existen Roviras and Company y cuando uno se desmanda ya sabe lo que le espera. Pero nadie protesta por ello. Han sabido distinguir libertad y libertinaje en su manera de vivir. Este sentimiento tan íntimo e indestructible, tan sentido y honroso, es el causante de que cuando nuestro Zapatero, siendo jefe de la oposición, desairara públicamente a su Bandera, todos lo anatematizaran y consideraran nefasto y mal amigo. Y es el motivo también de que el ínclito Bush señor de naciones y voluntades pase ante él con el mismo desaire e indiferencia que él mostró hacia su Símbolo más reverenciado. Demasiado, que llega a volver la cabeza cuando llega a su proximidad y le saluda con ese “hola” que se ha hecho tan popular. Un simple detalle que él no tuvo para su Bandera. Aquí en este país de las mil y una noches, no por la fantasía, sino por la oscuridad en que nos encontramos sumidos, la Bandera ha sido y sigue siendo ultrajada y denigrada, como si se tratara de un vulgar trapo sin significación alguna. Es normal ver y oír en las calles como se insulta y hasta se quema con total impunidad, a la vista del público y entre jaleos y ovaciones y advertir indignados, pero impotentes, porque el Gobierno no hace nada por impedirlo. También nos subleva como la ocultan en edificios oficiales donde ondean otros símbolos de menor categoría e importancia. Consideran a nuestra Bandera como símbolo de la opresión extranjera, (no sé donde creen que están), y objeto de deshonra y nadie hace nada por impedirlo y corregirlo. “! Jo, que país”, decía y con razón el célebre humorista. Me cuentan la anécdota de que en un colegio para pequeños en Baltimore, aunque me figuro que serán miles en ese enorme país, tienen la bonita costumbre de izar la Bandera ante la puerta, acompañando la ceremonia una banda infantil que toca el himno nacional. Bueno, pues peatones que se encuentran en sus proximidades y presencian la ceremonia, detienen su marcha y mano derecha sobre el corazón esperan el tiempo que dura tan simpática y patriótica escena. ¡Igual que aquí!. A nuestros años y con nuestra historia, ¡cuánto tenemos que aprender de esa nueva y poderosa nación!. No es pues nada extraño que a España no se le tenga en muy buena estima en Yanquilandia, pues un americano como Dios manda no puede olvidar el desprecio que hizo a su Bandera nuestro actual presidente. Mientras él esté en la Moncloa, Bush o el que le suceda, no le dedicarán amistosos detalles, ya que independientemente de ser demócrata o republicano, siempre se considerarán por encima de todo y con enorme orgullo estadounidenses y su Bandera el símbolo más reverenciado. Hay errores que no se olvidan, ni perdonan y el que cometió nuestro Zapatero con todo ese país es de los más graves. Ni Moratinos, ni el Brazo Incorrupto de Santa Teresa, (¿qué habrá sido de él?), podrán remediarlo, porque en este país, llamado España aún, también, hemos empezado a no creer en los milagros.
http://www.vistazoalaprensa.com/firmas_art.asp?id=4545
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