lunes, abril 14, 2008

Carrascal, El Duo Dinamico

lunes 14 de abril de 2008
El Dúo Dinámico

POR JOSÉ MARÍA CARRASCAL
Los principales propagandistas que tiene hoy Zapatero no son Pepiño Blanco y María Teresa Fernández de la Vega. Son Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón. Alcalde y presidenta de la Comunidad de Madrid se han enzarzado en un torneo de dimes y diretes que acapara la actualidad política, divierte al respetable y no deja ver lo verdaderamente importante: que el presidente del Gobierno se ha quedado sin los apoyos que tenía, mientras los problemas con que se enfrenta se han agigantado, ante los que de poco van a servirle los cambios cosméticos que ha hecho en su gabinete, aunque la vicepresidenta podrá hacer un numerito en «Vogue» más espectacular que el anterior.
Hay que bucear en lo más profundo de la psicología humana para comprender el ataque de celos, bravatas e infantilismos en que han caído los dos líderes madrileños del PP. Sólo así se explica que personas que han demostrado su capacidad de gestión en el ámbito local cometan errores tan garrafales en la escena nacional. Errores que empiezan por una excesiva estimación de sí mismos y acaban por confundirse de adversario. El adversario de Esperanza no es Alberto, ni el de Alberto, Esperanza. El adversario de ambos es Zapatero, que debe de estar riéndose a carcajadas.
Aparte de un ego desmesurado y una miopía preocupante, el problema de este dúo demasiado dinámico es muy común entre los políticos españoles: confundir el viejo «partido de clase» con el moderno «partido de masas», hoy necesario, ya que un partido confinado a una clase o a un espectro ideológico no podrá nunca sincronizar con una sociedad tan diversificada como la de nuestros días. Es algo que entendieron los norteamericanos hace un siglo y los alemanes hace medio, creando megapartidos con un ala derecha y un ala izquierda que conviven y se turnan al timón según aconsejan las circunstancias, aunque sin excluirse. Ambas pertenecen al partido en un plano de absoluta igualdad. Pero el partido no pertenece a ninguna de ellas, que mantienen un productivo y enriquecedor forcejeo de ideas y personalidades, sin caer nunca en la confrontación abierta. En España, en cambio, el correligionario -la palabreja lo dice todo- que no comparte nuestras ideas es considerado más peligroso que el adversario, cuya discrepancia se da por sobreentendida. El compañero discrepante, en cambio, merece, por traidor, la horca o, por lo menos, el ostracismo. Nada de extraño el carácter de secta que tienen nuestros partidos.
Para resumir, a los políticos españoles les queda por aprender que las luchas más funestas son las intestinas. Un electorado moderno nunca dará el mando a un partido dividido. La razón es muy sencilla. ¿Cómo van a gobernar el país -se dice el ciudadano de a pie- si son incapaces de gobernarse a sí mismos? O sea que distintos, queridos Esperanza y Alberto, pero sin pelearse, sobre todo en público. Pues aunque el público se divierta, pasa factura. Mientras el adversario se frota las manos.

http://www.abc.es/20080414/opinion-firmas/dinamico_200804140318.html

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