miércoles, abril 09, 2008

Zapatero y su idea confusa de España

miercoles 9 de abril de 2008
Zapatero y su idea confusa de España
EL discurso de investidura de José Luis Rodríguez Zapatero no estuvo a la altura de las expectativas que habían suscitado los pronósticos sobre su contenido. Es cierto que el candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno empleó un tono moderado y conciliador en la exposición de sus propuestas y en los emplazamientos al PP, especialmente a Mariano Rajoy. Pero eso es lo que siempre ha hecho Rodríguez Zapatero, disociar la corrección de las formas y el fondo extremista de algunas de sus políticas. La continua apelación a España, ensalzada profusamente con adjetivos como «ejemplar», «decente», «avanzada» y similares, demostraba que Zapatero no cuenta para su investidura con los nacionalistas, pero no consiguió despejar la sospecha de que su patriótica «idea de España» durará hasta que sean necesarios los votos del nacionalismo. Ayer, el candidato socialista confirmó la previsión de que iba a inaugurar la legislatura de manera cordial. No hubo, por desgracia, mayores novedades. Zapatero diversificó su mensaje a la usanza: frases ampulosas, demagogia dosificada, optimismo antropológico y levedad de compromisos. De los aspectos negativos de su primer mandato, Zapatero habló como si no tuviera nada que ver con la situación. Propuso medidas económicas -ninguna estructural- para paliar los efectos de lo que ahora sí llama desaceleración, término más adecuado a los datos de hace unos meses, porque los actuales son de crisis. La mayoría de sus ofertas fue hecha en campaña electoral y ya se conocían. Sin ceder a la autocrítica, insistió en que no habrá subida de impuestos ni recortes sociales. Lo que no explicó el presidente en funciones del Gobierno es cómo va a atender los costes de sus políticas sociales y pagar las prestaciones crecientes por el desempleo, al mismo tiempo que baja el crecimiento -el Banco de España ya lo sitúa en el 2,4 por ciento para 2008-, aumenta el paro y desciende el consumo, porque el superávit no va a durar cuatro años. Tampoco reconoció el error de haber negado la evidencia de una economía que ya el verano pasado apuntaba la evolución negativa que ahora se ha consolidado. El candidato socialista se presenta con medidas que llegan seis meses tarde y con muy poco crédito político en esta materia.
Los otros ejes de su discurso no mejoraron el nivel de la intervención. Las referencias a la igualdad, la inmigración y la violencia machista -descontrolada en este año- fueron una exhibición de voluntarismo completamente alejado de una realidad que le recuerda contumazmente que la responsabilidad política de estos cuatro años ha sido suya. Aunque Zapatero insistió en la necesidad de alcanzar pactos de Estado, su ofrecimiento pareció más un contrato de adhesión. Lo hizo para renovar el Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Constitucional, pero después de anunciar que su Gobierno aprobará los proyectos de ley de reforma judicial que quedaron pendientes en la anterior legislatura, y que eran tributarios, en su mayoría, de la ruptura del Poder Judicial producida por el Estatuto catalán. También comprometió una reforma del CGPJ que provocará el cese de los vocales en cuanto concluya su mandato de cinco años, lo que, de entrada, podría colisionar con la Constitución, que fija la composición de este órgano constitucional. Está claro que Zapatero sólo quiere contar con Rajoy para las decisiones que necesitan el voto del PP. Para lo demás -fraccionamiento del Poder Judicial y control político de sus instituciones-, el PSOE sabe que cuenta con los nacionalismos.
Especialmente decepcionante fue el capítulo dedicado a ETA. Cabía aceptar de antemano que Rodríguez Zapatero no hiciera una autocrítica, menos aún después del resultado electoral, con el que el PSOE absuelve la estrategia de ocultación y engaño seguida en el proceso de negociación con ETA. Lo que ya resultaba improcedente es que el principal asunto de Estado que concierne a las instituciones fuera soslayado por el candidato a la presidencia del Gobierno con una pasaje vacuo, sin compromisos políticos y sin una propuesta real de consenso al PP. Así se entiende la falta de seriedad con la que José Blanco dio por derogada «de hecho» la declaración parlamentaria de mayo de 2005, que autorizaba al Gobierno a procurar un final dialogado de la violencia de ETA. La disolución del Parlamento no derogó esa declaración -ni de hecho, menos aún de derecho- y ahí sigue, como recordatorio del fracaso de su política.
La intervención de Mariano Rajoy, por el contrario, consistió en un sólido discurso político, que comenzó con el anuncio del voto en contra de la investidura de Rodríguez Zapatero, desgranó un contundente análisis de la situación económica y política y finalizó mostrando la predisposición del PP a los pactos de Estado, eso sí, bajo condiciones mínimas que ayer no fueron cumplidas por el candidato socialista en cuanto a objetivos y procedimientos. La intervención de Rajoy, convicente y seguro en su respuesta a Zapatero en lo relativo al problema del agua, marcó un prometedor comienzo a una forma de oposición contenida en las formas -tampoco el tono de Zapatero habría justificado otra cosa- y contundente en el fondo. El líder del PP estuvo firme y conciso en una alocución fuertemente aplaudida por los diputados de su grupo. Rajoy recogió en su discurso la superficialidad de los diagnósticos económicos de Zapatero, la retórica vacía de sus afirmaciones sobre política social e inmigración, el desconocimiento de la realidad en otros asuntos no menores y la desconfianza histórica que le provoca el candidato socialista cuando habla de pactos, sobre todo en la lucha antiterrorista. Aun así, Rajoy tomó la palabra a Zapatero por la oferta de acuerdos. Acertó el líder popular como colofón de un discurso notable, porque era su obligación, como también lo era fijar condiciones previas para que Zapatero no vuelva a burlar el respeto debido al primer partido de la oposición, como hizo en su primer mandato. Toda la responsabilidad está en el alero de Rodríguez Zapatero, quien ya sabe que si quiere -que es lo que está por ver-, el consenso con el PP es posible.


http://www.abc.es/20080409/opinion-editorial/zapatero-idea-confusa-espana_200804090245.html

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