jueves, abril 17, 2008

Paula Lapido, La salud del lcuento

jueves 17 de abril de 2008
La salud del cuento
Paula Lapido (Sincolumna.com)

S E acaba de inaugurar en Madrid una nueva librería llamada “Tres rosas amarillas”. Para los que somos “freakies” del género breve no necesita más presentación, y su nombre es toda una declaración de intenciones: el título de un cuento de Raymond Carver en el que habla de la muerte de nada más y nada menos que Antón Chéjov. Dos popes del universo del relato, dos maestros a los que cualquiera que se interese por el género no puede dejar de leer. La librería es un local pequeño pero agradable, situado en el barrio de Malasaña, y hace honor a su espíritu: tiene una cantidad de material sobre el cuento que ni siquiera lograríamos encontrar en lugares más grandes como La casa del libro o Fnac. En estas tiendas son habituales los mostradores monográficos sobre la novela histórica, pero jamás he visto uno dedicado al relato. Es un sitio al que no dejaré de ir para proveerme de las últimas novedades, segura de que las encontraré ahí antes que en una gran superficie. Aunque una de las primeras cosas que pensé el viernes mientras recorría con la vista la estanterías de “Tres rosas amarillas” fue si esta idea que parece tan buena y tan necesaria llegaría a sobrevivir en la práctica. Porque, no nos engañemos, el relato no es precisamente el género más popular en España. No se puede decir lo mismo de otros países, como Estados Unidos, donde hay más tradición y más publicaciones (New Yorker, McSweeney’s, etc.) en las que el escritor puede mostrar sus trabajos sin que nadie le llame “raro” por elegir el género breve. Aquí, en España, todavía muchos piensan que alguien escribe relatos porque está preparando su paso a la novela, porque está cogiendo experiencia, porque no se atreve, porque quiere experimentar. Cualquier cosa antes que aceptar que el relato es un género en sí mismo, importantísimo (que se lo digan a Borges, que nunca escribió una novela, y según algunos mal pensados se quedó sin el premio Nobel justamente por eso). Las editoriales y los autores, sin embargo, parece que van cada uno por su lado. Hay un montón de escritores haciendo relatos muy interesantes, pero parece que a nadie le interesa invertir de verdad en promocionar un género que no podría dar más que alegrías. Algunos sacan la cabeza, cierto (Eloy Tizón, Quim Monzó, etc.), pero justo por debajo del agua y de las olas hay un montón más que se merecen una buena oportunidad. A mí a veces me da por pensar que el público en general (el que va leyendo a Ruiz Zafón y compañía en el transporte público) no se ha parado a pensar que existe un género llamado relato, y que no tiene nada que ver con “La Cenicienta” ni con los hermanos Grimm. Apuesto a que si le pones a alguien en las manos cualquier cuento de Cortázar, no podría dejar de sorprenderse y querría más (me recuerdo a mí misma leyendo “Carta a una señorita en París” en el metro, y sonriendo de pura emoción). Hay un montón de certámenes de cuento, varias editoriales más o menos pequeñas que se “arriesgan” a publicar libros de relatos, el género está vivo y es un caldo de cultivo para la innovación y el riesgo. Hay escritores muy interesantes como Félix J. Palma, Ignacio Ferrando, Ángel Zapata. Al cuento le falta un empujón publicitario, uno que le dé el impulso necesario para ponerlo en las mesas de novedades al lado de “La catedral del mar” y del último de Antonio Gala. No se trata de que los novelistas consagrados escriban cuentos y con eso las editoriales se forren. No es eso. Se trata de que los verdaderos especialistas del cuento (que no tiene por qué serlo de la novela, y viceversa; no por una cuestión de talento sino tal vez de vocación) salgan a la palestra. Hay por ahí algunas antologías de “Cuentos para leer en el autobús” y demás, y algún semanario el año pasado repartió pequeños volúmenes de cuentos como fascículos, aunque todos eran clásicos. Para atraer al mercado al que le gustan las conspiraciones judeo-masónicas y las intrigas palaciegas, no se le puede dar un volumen de cuentos de Esopo. Hay que ir a lo moderno, a lo que se hace ahora y conecta con la sociedad. Como los cuentos de Foster Wallace o Bolaño, pero también Truman Capote, Raymond Carver, Bukowski. Seguro que el lector empezará a responder. Al final esto se parece mucho a cualquier otra campaña de publicidad: hay que descubrir el producto, crear la necesidad, y el comprador acudirá. Aunque en este caso no se trate solo de comprar, sino de leer, de conocer, imaginar, entrar en pequeños mundos (por la extensión) que duren lo que un viaje en metro en hora punta.

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