martes, noviembre 28, 2006

Bond quiere ser Blanco

martes 28 de noviembre de 2006
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
Bond quiere ser Blanco
Sabido es que el Bond, James Bond, que llega a nuestras pantallas, tiene licencia para matar, pero no inmunidad. En sus misiones puede acabar con la vida de los enemigos, aunque si lo cogen, se arriesga a sufrir las consecuencias. Como en esta nueva entrega de la serie el célebre agente de Su Majestad conserva ese estatus, es evidente que nadie lo ha informado de que un poco más al sur, en Galicia, hay alguien que tiene las dos cosas, o sea la licencia y la inmunidad.
Su nombre es Blanco, Alberte Blanco, y las peripecias que protagoniza en la política gallega merecen ser llevadas al cine. Posee, en efecto, una licencia para equivocarse, otra para insultar y una tercera para calumniar, sin que eso le suponga riesgo alguno. No sería extraño, por lo tanto, que en la próxima cita de Bond con la jefa del espionaje, le diga con claridad que quiere ser como el director xeral de Montes de la Xunta.
También es previsible la contestación de su superiora: esto es Gran Bretaña, y aquí existe la responsabilidad política de los altos cargos de la Administración, espías incluidos. En Galicia, con una democracia más joven, esa responsabilidad rige en el Sergas o en Presidencia, sin haber traspasado todavía las puertas de Medio Rural, que en esto es más soviética que británica.
La que rige en este departamento es una responsabilidad ideológica, según la cual todas las ineptitudes quedan disculpadas, si el inepto sigue mostrando su fidelidad a los principios fundamentales. Así pues, la pregunta esencial no es si ardieron los montes, cuestión irrelevante, sino si el responsable de que ardieran es un hombre entregado desde siempre a la causa. ¿Lo es? Entonces el caso queda archivado.
Cuántas más operaciones podría realizar 007 de contar con esa vacuna. Al ser inglés y no estar en la UPG, el pobre siempre está en peligro de que lo maten los enemigos, o lo destituyan los amigos. De nada le vale decir que es muy monárquico, ni ser guapo, ni exhibir esa distición en el Casino Royale. Está solo, sin un clan que lo cubra, y por eso Blanco es más fuerte que él.
Aunque menos valeroso. Bond hubiera acudido al acto judicial de conciliación con los alcaldes del PP. Tras luchar contra el Dr. No, ochenta y tres regidores no lo hubieran acongojado, y allí estaría en el juzgado, dando la cara, y yéndose después a tomar un martini agitado, no revuelto.
A pesar de su inmunidad, el director xeral ha preferido quedarse en el burladero, utilizando la peor de las excusas posibles. Porque pudo haber dicho que le dolía la cabeza, pero dice que no quiere judicializar la política, él que habló de sabotajes, sin duda delictivos, y que insistió en la existencia de tramas, no menos criminales. Era la gran oportunidad para aportar todas las pruebas que no dio, pero, como decimos, está protegido por una inmunidad que le permite acusar sin motivo, mentir con descaro y ahora, esconderse. Es la suya una técnica similar a la de los incendiarios de montes que prenden fuego y escapan, y muy distinta a la de nuestro querido James, que nunca huye.
Si a 007 le hablasen de un colega que posee la licencia y además la inmunidad, comentaría que así cualquiera es agente secreto. Podría decirse también que es fácil ser director xeral si uno sólo responde ante Dios, la Historia y Paco Rodríguez, o sea dos entes y una sola persona capaz de condenar. Esa es la situación de Alberte Blanco, cuyo nombre sigue cubierto de ceniza y cuyo valor ya no se le supone. Bond cambiaría su Aston Martin por ser admitido en la UPG.

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