jueves, julio 06, 2006

Carencias de España

viernes 7 de julio de 2006
Carencias de España
Ignacio San Miguel
S i, deteniéndonos a reflexionar un poco en el nuevo Estatuto catalán, reparamos en que éste no habría salido adelante sólo con que la Ley hubiese exigido simplemente, para la validez del referendo, un 55% de asistencia a las urnas; o bien, antes, en su pase por el Congreso de los Diputados, tampoco habría salido adelante si se hubiese exigido mayoría cualificada, habremos de concluir que las leyes correspondientes fueron elaboradas con una falta de previsión considerable. Y uno de los defectos que siempre se han achacado al carácter español es el de la falta de previsión. El mismo establecimiento del Estado de las Autonomías ha resultado ser un fracaso evidente, terreno fértil para el desarrollo de particularismos y separatismos, que ahora tanto preocupan, pero que eran fáciles de prever en su día. Muchos así lo percibíamos, sin considerarnos por ello especialmente inteligentes. Ahora bien, como juzgamos que los legisladores habían de tener intelectos brillantes en su mayoría, la duda que se nos presenta es si hay que achacar exactamente y sin más a la falta de previsión los males presentes. Pues aquellas mentes brillante no podían ser tan imprevisoras. Ha habido analistas que han achacado los problemas nacionalistas a una generosidad mal correspondida; a una generosidad que tenía como objetivo reparar posibles injusticias del pasado. Pero la generosidad en política tiene que estar forzosamente tasada, dosificada, siguiendo los dictados de la prudencia más estricta. Y eso también lo sabía aquella gente que tenía que ser inteligente. Pero la aparente falta de previsión o la también aparente generosidad mal correspondida, pueden ser observadas bajo un luz diferente si tenemos presente otro factor, que puede considerarse revelador. España es el país menos patriota de Europa. Lo dicen las estadísticas. Y no es que Francia, Reino Unido, Italia y los demás países lo sean en grado sumo. Simplemente, España está a bastante distancia de ellos. Esta carencia de espíritu nacional puede explicar la supuesta falta de previsión y la supuesta generosidad. Y es que el fuerte sentido patriótico es muy celoso de la unidad de la nación, y rechazará cualquier ley o disposición que pudieran a la corta o a la larga ponerla en peligro. Y la atenuación o carencia de ese espíritu nacional nos hará proclives a desdeñar futuros peligros previsibles y a ser generosos sin temor a las consecuencias. Simplemente por una razón: porque esos peligros y esas consecuencias no nos han de preocupar en exceso, y, en el peor de los casos, no nos han de preocupar nada. Y esta carencia de espíritu nacional se transparenta curiosamente hasta en personas que se juzgan a sí mismas como patriotas. Son aquellos que dictaminan que puesto que catalanes y vascos no han sido capaces de estructurar una mayoría españolista y, por tanto, tienen mayoría separatista, pues que se las arreglen como puedan, y si se quieren separar, que lo hagan, que ya llegará la hora en que quieran volver al redil. Para estas personas los muchos miles de españoles que quieren seguir siéndolo en estas regiones, son culpables de no constituir una mayoría, y hay que dejarlos librados a su suerte. No reparan en que con esta postura, en realidad, coinciden con los separatistas. Pero hay más, pues pensando de esta forma exhiben la carencia de espíritu nacional de que hablo. Pues si lo tuvieran, no se les ocurriría admitir que los habitantes de una región o autonomía puedan tener un derecho de soberanía política sobre el territorio que habitan, y que puedan separarse o permanecer unidos a su placer, de acuerdo con una mayoría de votos en unas elecciones o unos referendos. Si lo tuvieran, sabrían que la soberanía de la nación reside en el conjunto del pueblo español y es éste quien tiene que decidir sobre su territorio en su totalidad. Dejando a un lado el tradicional atraso científico y tecnológico del que siempre se habla cuando se trata de carencias españolas, existe otra insuficiencia llamativa en España y es la del espíritu religioso. Es llamativa, pues siempre se pensó que España era el país católico por excelencia. No hay nada de eso en la actualidad. La descristianización de Europa ha tenido su más fiel exponente en España. No existe país europeo (ni del mundo) en que la transformación de un estado de religiosidad generalizada, por lo menos aparente, a un laicismo irreligioso casi pleno se haya producido a la velocidad con que ha ocurrido en España. Lo dicen también las estadísticas. No puede uno menos de pensar en que aquella religiosidad no era de calidad inmejorable cuando tan fácilmente se ha derrumbado. No es que sea fácil encontrar en Europa países modélicos en el aspecto religioso, si exceptuamos Polonia, Irlanda y quizás Italia, pero colocarnos en el furgón de cola y encima creer que nos hemos modernizado nos remite a un paletismo posiblemente atávico. Nos encontramos, pues, con estas dos carencias, que resultan fundamentales, pues la descomposición política y social del país halla su fundamento en ellas. La llegada al Poder de un presidente de psicología anormal y de ideas radicales y disolventes pone de relieve estas carencias y las agrava. Es de rigor rendir reconocimiento a las muchísimas personas que se mantienen firmes en sus convicciones sanas y que con sus manifestaciones enormes suponen una esperanza. Pero la triste realidad nos muestra que lo sórdido y lo disolutorio es hoy más fuerte que lo sano y constructivo. No es que seamos muy diferentes de los demás europeos. Participamos plenamente de la decadencia general de Europa. Pero debemos despedirnos de la idea de que somos mejores. En realidad, somos inferiores, sin atisbo de duda, en espíritu nacional; y en el aspecto religioso, ser un ejemplo de descristianización rápida no apunta a superioridad alguna, sino a inferioridad manifiesta. España es una nación sin fuste, para decirlo en pocas palabras.

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