Las cámaras (de fotos) legalizan a Batasuna
Alfonso Basallo
7 de julio de 2006. Si Marshall McLuhan hubiera conocido a Otegi no diría que "el medio es el mensaje" sino que el medio es el fin. Porque ése –hacerse la foto, salir en la tele- ha sido el objetivo prioritario del líder batasuno tras la cita del hotel donostiarra. En la sociedad de la imagen, donde sólo existe aquello que se ve, donde no vas a ninguna parte si no sales en el telediario, la visualización es una herramienta política tan importante como la retórica lo era en tiempos de Castelar. Por eso, la clave no era tanto el contenido de la reunión entre los socialistas y los gangsters proetarras, como la imagen. Da lo mismo lo que se diga, proclame o prometa, lo importante es la escena. De hecho, buena parte de lo que se dice en televisión es incoherente, surrealista e ininteligible –desde la bazofia de los reality hasta el guirigay gritón de tertulias y debates-. Le quitas el sonido y no pierdes nada. Lo importante es el carácter hipnótico de la pantalla, el alimento audiovisual para esa nueva raza de seres humanos que es el homo spectator. Otegi ha demostrado saber más que McLuhan, Orson Welles o Stanley Kubrick juntos. Y se ha dejado inmortalizar por el Gran Ojo, sentándose frente a Patxi López (del partido del Gobierno). De esa forma se ha legalizado visualmente. El silogismo es implacable: si todo lo que no sale en el telediario no existe, y está condenado a la tiniebla de la oscuridad y al no-ser... todo lo que se visualiza es real, es normal, es bueno, porque está admitido en el paraíso de lo visible. Es lo que tiene el relativismo visual. Tanto te dejas ver, tanto vales. Ya está. Qué mejor legalización que la tele. Para qué demonios hará falta que se pronuncien los tribunales. Lo definitivo no son las sentencias o las decisiones judiciales, que nadie ve... sino las imágenes del telediario que se conservan en la retina para siempre y sientan cátedra. Y eso que Otegi lo tenía crudo. Imagínense que el consigliere de Vito Corleone tiene una cita con la poli... para negociar. Y que le acompaña un gangster, pero un verdadero gangster, pringado con delitos de sangre. Es el caso de Rufino Echevarria, sentado en la mesa del hotel de San Sebastián: participó presuntamente en el asesinato del dueño de un bar, en 1980; fue condenado por el Supremo por colaboración con banda armada y ha sido gestor de las finanzas y el chantaje revolucionario. Pero Otegi y Rufino Echevarria se dejaron acariciar por flashes y cámaras, echaron una sonrisita al respetable, como diciendo: saludos a mi madre que me estará viendo, y arreglado. La democracia televisiva les absuelve, y la cultura de la imagen les limpia de polvo y paja, en la liturgia catódica. Ya puede decir misa Rajoy, ya puede lanzar Génova sus invectivas bíblicas, ya pueden actuar los jueces... la batalla está perdida. Ni Arnaldo ni Rufino son Anne Igartiburu precisamente, pero ya han conseguido lo que querían.
jueves, julio 06, 2006
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