viernes, agosto 11, 2006

El fuego de Galicia y otros fuegos

viernes 11 de agosto de 2006
El fuego de Galicia y otros fuegos
Miguel Ángel García Brera
S E quema Galicia sin que los encrespados individuos que saltaban, como los “pitbull” a la garganta del PP, a causa de un desgraciado accidente marítimo, absolutamente imprevisible, digan ahora ni esta boca es mía. Se quema el monte porque no había, parece, bastantes apagafuegos que sepan gallego y, para la Xunta el gallego es idioma que con sólo hablarlo basta para que las llamas huyan, como en los exorcismos huyen los espíritus indeseados. En otro tiempo, Rosalía habría defendido lo contrario, su gallego encendía el fuego del amor y era capaz de reavivar los rescoldos, pero tengo para mí que ni Touriño, ni mucho menos sus socios del BNG sean dados a dejarse llevar por la poesía. La Narbona, el ministro del Interior y el propio presidente de ese residuo – según Maragall – llamado España han tardado una semana en acudir al lugar de la catástrofe. Son de igual cuerda que quienes pusieron verde a Fraga porque se demoró unas horas en llegar cuando lo del Prestige, porque estaba en una cacería. Claro que dejar la molicie de La Mareta o las hermosas playas de Pontevedra para asarse junto a las brigadas de extinción de incendios, es mucho más duro que abandonar el ojeo del jabalí. Los políticos llegaron, lanzaron sus patéticas y reiteradas declaraciones de que todo está a punto de ser controlado y de que se castigará a los culpables y, alguno – como el de Fomento, o sea la – se metió en el barrizal de acusar a pretendidos resentidos de los grupos antiincendios, así si más ni más. Pero las llamas siguen, y en Orense ya han tenido que salir de las casas, porque una cosa es la turística curiosidad de ver Las Burgas chorreando agua hirviendo y otra que te empiece a arder el garaje, tengas el camping lleno de humo, o no puedas salir a la terraza de las cafeterías. Pedía Rosalía a los castellanos aquello de “tratadme ben a os gallegos”; ahora habría que pedírselo a los gobernantes, pero en el, actualmente, transeúnte Estado de las Autonomías, camino de otro que deja al Estado en situación residual y cuya fórmula no parece todavía descrita en ningún tratado de derecho político ni constitucional, no se sabe muy bien quién es el gobernante que puede atender a nuestro grito de socorro. Si, además, en general son vanilocos, egoístas y engolados, el fuego, auténtico o figurado, va a quemar más hectáreas de las que, desgraciadamente, están ardiendo en mi amada Galicia, donde tantos veranos he disfrutado de aire puro y naturaleza bellísima. Dice Rubalcaba, que se está investigando si los incendios responden a acciones concertadas y organizadas, pero yo creo que esa posibilidad no debe analizarse por donde el ministro la insinúa, sino poniéndonos a pensar en tanto daño colectivo como se está haciendo al territorio español – y al mundial - , no ya por mafias criminales, con arreglo al vigente Derecho Penal, sino por criminales, -que ni el Código tiene por tales-, capaces de contaminar cuanto tocan, o modificar el paisaje a su antojo. A veces, cuando cruzo España por carretera, pienso en que un día no quedarán fincas de labor, pues en los parajes más insospechados se levantan auténticos nuevos pueblos de altas construcciones en cemento. En Villalbilla, mismo, los ecologistas han denunciado la destrucción de un bosque autóctono para construir chalets, y aunque entre los ecologistas también los hay peliculeros y no todos responden a lo que predican, de ser cierta su denuncia, estaríamos en la misma rueda –al margen de que haya o no responsabilidad penal- que los encarcelados de Marbella o el que quería levantar un imponente hotel en el Cabo de Gata o los que han destrozado la costa de Denia, hasta el punto de que el Ayuntamiento parece que quiere venderla al Estado, a ver si la rehabilita. Y así sucesivamente…Por eso, cuando vemos vaciarse los embalses, o a las medusas comerse el porvenir del turismo en el Mediterráneo español, cargado, para ellas, de atrayentes vertidos, o los bañistas en vacaciones tienen que convertirse en enfermeros de los senegaleses llegados medio muertos, sin que, ni su país haga nada por darles lo necesario para que no se vayan, ni las naciones ricas la ayuda adecuada para que hagan una vida normal en su propia tierra. uno no puede sino pensar en que, como diría Rubalcaba de los incendios gallegos, estas cosas tienen que estar organizadas y no pueden ser producto sólo de un constructor egoísta, de un político corrupto, o de dirigentes ineptos. Aquí hay una mafias internacionales que han copado el poder y han impuesto, incluso en las escuelas, una nueva moral, paradójicamente, absolutamente inmoral, dañosas, que convoca al mundo, sin remisión, más o menos pronto, a la catástrofe. Resulta curioso el escalofrío que ha recorrido al mundo al conocer que unos islamistas iban a derribar aviones cargados de pasajeros, sin más ni más; sólo para manifestar su odio, no a los anónimos viajeros que serían víctimas de ella, sino a los países que consideran enemigos de sus creencias. Pero, por terrible que sea pensar en lo que ha podido suceder y en lo que ya sucedió con las Torres Gemelas, si lo analizamos bien, no debe ser menor el sentimiento que ha de invadirnos sabiendo que todos, y naturalmente con mucha mayor responsabilidad quienes gobiernan, estamos matando seres humanos en continuas guerras y actos terroristas, destruyendo países, quemando bosques y talándolos, perturbando la atmósfera, cambiando el clima, abriendo las fauces de los huracanes, atizando los volcanes marinos y terrestres, ahuyentando la lluvia, despilfarrando el agua potable y propiciando plagas. Parece que un solo justo habría salvado a Sodoma, pero tampoco en nuestro tiempo parece que haya el que concite la compasión de Dios.

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