lunes, septiembre 03, 2007

Pablo Sebastian, Rubalcaba posible sucesor de un desconcertado Zapatero

lunes 3 de septiembre de 2007
Rubalcaba posible sucesor de un desconcertado Zapatero»

POR PABLO SEBASTIÁN
Mientras ETA mueve -tras la caza de sus más emblemáticos comandos- sus peones con atentados menores en el regreso de las vacaciones, y en el PP siguen buscándole un sucesor a Mariano Rajoy -Fraga insiste en que hay que tenerlo preparado-, el ministro Alfredo Pérez Rubalcaba es el político emergente en el PSOE, el que lleva la iniciativa ante un deteriorado presidente Zapatero, que se conforma con una «mayoría suficiente» para gobernar a partir de 2008. Y que se presenta desconcertado ante el fracaso de sus grandes retos de la legislatura con los que pretendió una reforma confederal del Estado para facilitar el pacto con ETA, que pretendía adornar con una revisión histórica de la transición y de la Guerra Civil, abriendo una brecha entre españoles, y en el PSOE como se ve en Navarra, en la salida de Rosa Díez o en el desbarajuste de los socialistas catalanes, que inunda el desgobierno de la Generalitat.
Las declaraciones de Zapatero al diario «El País» prueban su desánimo, su ausencia de proyecto político -habla con vaguedad de la «modernización de España»-, y su incapacidad para explicar el fracaso de las que han sido sus grandes apuestas políticas, cuestiones que elude con mentiras y penosas excusas, al tiempo que suplica para las elecciones de 2008 un voto más de los que obtenga el Partido Popular para gobernar.Dando por bueno el presidente el empate técnico que anuncian los sondeos electorales, y el test de las elecciones municipales que inclinó la balanza a favor del PP, a pesar de los errores y escasez de liderazgo de este partido, que permanece a la espera de que despierte Rajoy y tome la iniciativa con un proyecto sólido y nuevos equipos de candidatos y comunicación ante el conjunto de la sociedad, algo difícil de imaginar visto el síndrome de Don Tancredo que lo tiene bloqueado, y que es la causa de la carrera sucesoria abierta en su organización. La que no emana de la alcaldía de Madrid ni del Fondo Monetario Internacional, sino de la guardia pretoriana de Rajoy, donde Eduardo Zaplana se perfila como el agitador del ataque al líder en connivencia con sus agentes mediáticos, de todos conocidos.
Ha dicho Zapatero, sin entender bien lo que decía, que «el PP es el primer partido en el que hay más codazos por ir de número dos que de número uno», de lo que cabe deducir que el puesto de Rajoy es indiscutible y que en el PP hay dirigentes de prestigio con capacidad de liderar este partido si fuera necesario. Aunque la reflexión que debería hacerse el presidente del Gobierno es esta otra: ¿cuántos números dos hay en el seno del PSOE para afrontar su eventual derrota en los próximos comicios generales? Sólo uno: Rubalcaba. El que está actuando como un presidente del Gobierno en la sombra desde que ETA puso su bomba mortífera en Barajas, sumiendo a Zapatero en un espantoso ridículo -acababa de anunciar el mejor futuro para el final de la violencia de ETA- y una prolongada depresión de la que no se ha recuperado, como se aprecia en la citada y ligera entrevista, donde no hay pregunta ni respuesta sobre la salida de Rosa Díez del PSOE.
Rubalcaba es el superviviente y representante del núcleo duro de barones -jubilados por Zapatero- del PSOE de la transición y, como tal, se encargó, desde el Congreso de los Diputados, de renegociar el demencial Estatuto de Cataluña que aprobó en una primera instancia el Parlamento catalán y que Zapatero había prometido apoyar en Madrid, con el mismo entusiasmo que declaró su «convicción» en el final negociado de ETA -como en las fallidas victorias electorales de Schröder, Kerry o Royal-, y que animó al PSN a negociar con Na-Bai un gobierno de coalición en Navarra, iniciativas todas ellas fracasadas, que hicieron rodar las cabezas de Puras y Maragall, como rodarán las de Eguiguren y López en el País Vasco, donde Rosa Díez acaba de abrir la crisis del PSE.
Los poderes fácticos del PSOE de la transición, asustados con Zapatero, jugaron la carta de Rubalcaba para deshacer, con la ayuda de CiU y Pujol, el entuerto del Estatuto catalán, y luego lo promocionaron al Ministerio del Interior para reconducir el previsible fracaso de la negociación con ETA, que alcanzó graves cotas de concesiones políticas a la banda en el «pacto de Loyola» que a ETA le pareció escaso, culpando de todo ello al ministro de Interior.
A un Rubalcaba que, tras reenviar a Doñana a un muy tocado Zapatero horas después del atentado de Barajas, rectificó a su presidente para convertir en ruptura definitiva la negociación que Zapatero había dejado sólo en suspenso, y que quiso reanudar, tras la ruptura de la tregua, ofreciendo Navarra a los nacionalistas hasta que en el PSOE se encendieron las alarmas electorales.
En la vida política española la pretendida crisis en el liderazgo del Partido Popular tiene importancia no como un asunto interno de este partido, sino porque de ello depende el gran problema nacional que está en la necesaria sustitución de Zapatero al frente del Gobierno y del PSOE, por los destrozos causados en la convivencia nacional y por el riesgo de que los amplíe en la próxima legislatura, lo que está por ver. De ahí el activismo de Rubalcaba que sabe que las elecciones no están ganadas y que, en caso de derrota socialista, el futuro líder del PSOE sólo puede ser él.

Ignacio Camacho, La coherencia de Zapatero

lunes 3 de septiembre de 2007
La coherencia de zapatero

IGNACIO. CAMACHO
EL presidente Zapatero ha demostrado en esta legislatura que puede ser cualquier cosa menos una persona coherente. Hasta sus colaboradores más incondicionales dan fe -en algún caso, escrita- de sus cambios de registro, de sus improvisaciones sobre la marcha, de sus criterios movedizos, de la mutabilidad de sus prioridades. Son bastantes los dirigentes políticos, de su partido o de otros -de Rajoy a Imaz, de Fernando Puras a Bono, de Rubalcaba a Fernández Aguilar, de Llamazares a Artur Mas-, que han sufrido las consecuencias de creer en su palabra, hasta el punto de que un hombre tan prudente como Jordi Pujol lo declaraba recientemente «poco fiable». Y por si todo esto fuera escasa prueba de su voluble mendacidad, consta en las actas del Congreso su compromiso solemne de no negociar políticamente con ETA hasta que los terroristas hubiesen abandonado las armas de forma definitiva y verificable. Que ahora resulta que lo incumplió, el compromiso, para no ser «un hombre sin alma».
De ahí que se vuelva inquietante el modo en que ha respondido a una de las cuestiones clave del inmediato debate electoral, que es el mantenimiento de su promesa de 2004 de no tratar de gobernar si no obtiene un voto más que su principal adversario. Preguntado al respecto en El País, su contestación contiene una violenta contradicción interna: «Sí. Soy una persona coherente». Sin duda no estaba en su intención, pero la segunda parte de la respuesta ofrece a la luz de la experiencia reciente casi una refutación de la primera.
Para quienes deseamos la mayor claridad posible en el debate electoral, un monosílabo sin matices nos habría resultado mucho más tranquilizador. Un sí o un no; el presidente tiene derecho, y la ley se lo permite, a intentar quedarse en el Gobierno a través de alianzas de minorías si otro candidato, aun victorioso, no logra formar una mayoría de investidura. Pero si el mantenimiento de su elogiable promesa depende de su coherencia política, somos los ciudadanos quienes tenemos derecho a dudar o a reclamar un pronunciamiento más explícito, a ser posible sin estrambotes susceptibles de valoraciones subjetivas. No vaya a suceder que la coherencia sea la misma que le llevó a revocar su propio programa electoral en el punto relativo al Pacto Antiterrorista, o la que mantuvo en el fastuoso enredo del Estatuto de Cataluña, por citar sólo dos ejemplos bien conocidos.
Si la vigencia de la promesa de 2004 depende de la firmeza de criterio que su autoponderada «alma» ha exhibido hasta el momento, su renovación se puede considerar meramente relativa. Y la cuestión no es baladí porque, a día de hoy, resulta objetivo pensar que el resultado electoral está en el aire y que es posible que se ventile en un margen apretado. Con generosidad y voluntarismo se puede aceptar el sí, pero en política y mediando el poder conviene ser lo más desconfiado posible. Por eso sería conveniente que se lo vuelvan a preguntar, de aquí a marzo, con la insistencia suficiente para convertir su respuesta en irreversible. Y no se me ocurre nadie más interesado que Rajoy en saberlo.

Manuel de Prada, Noche oscura

lunes 3 de agosto de 2007
Noche oscura

JUAN MANUEL. DE PRADA
COINCIDIENDO con el décimo aniversario de su muerte, se publica un libro sobre la beata Teresa de Calcuta en el que se recogen hasta cuarenta cartas que la «Santa de los miserables» dirigió a personas de su máxima confianza, en las que da cuenta de sus dudas de fe, del «enorme vacío y oscuridad» al que con frecuencia se enfrentaba, en su búsqueda denodada de Dios. A la vista de tales cartas, la revista Time y, a su rebufo, gran parte de la prensa occidental se han lanzado orgiásticamente a glosar lo que, con expresión banal, han denominado una «pérdida de la fe». El tratamiento sensacionalista y esquemático que se ha hecho de las cartas de la beata revela la incomprensión, entreverada de regocijo soez, que nuestra época -o siquiera los voceros de nuestra época- muestra ante el fenómeno de la espiritualidad, empeñados en confirmar su hipótesis de que la fe religiosa es una mera fabricación humana. Naturalmente, tal hipótesis se sustenta sobre la presunción de que la fe es una posesión estólida, mostrenca, que sólo pueden mantener quienes adoptan una actitud pueril y acomodaticia ante la realidad de las cosas; y que tal fe, sometida a interpelación, se desmorona aparatosamente, como suele ocurrir con las quimeras.
A esta visión tan pedestre de la fe no negaremos que haya contribuido cierta actitud camastrona de muchos creyentes que creen por inercia, como quien hereda de sus mayores una maula que no sabe dónde colocar y acaba arrumbándola en el desván de los cachivaches inservibles. Pero la verdadera fe es justamente lo contrario: es una posesión que el creyente arriesga cada día, que cada día somete a escrutinio e inquisición, que cada día le plantea dudas agónicas ante las que, lejos de arredrarse y encerrarse en una concha protectora, se expone hasta sudar sangre, como le ocurrió al mismo Cristo. Si existe una medida de la fe, es precisamente su capacidad para interpelarse a sí misma, su coraje para adentrarse en los pasadizos de esa noche oscura del alma de la que nos hablaba San Juan de la Cruz; y, en este sentido, podemos afirmar que la fe de Teresa de Calcuta era una fe grandiosa, curtida en la duda lancinante, dispuesta siempre a enfrentarse a la oscuridad: la fe de una verdadera santa.
Es cierto que la fe es un don que viene de lo alto, una gracia que el hombre recibe gratuitamente, como los siervos de la parábola evangélica reciben los talentos de su señor. Pero quien cava un hoyo y esconde ese don bajo tierra, en su afán por no perderlo, es «un siervo malo y negligente»; sólo la fe que se expone, que no renuncia a enfrentarse con las tinieblas, permite al siervo «entrar en el gozo de su señor». Teresa de Calcuta fue beneficiada en el reparto de talentos; pero Quien se los entregó no quiso que los enterrase bajo tierra, quiso que los invirtiera en operaciones de alto riesgo. Teresa de Calcuta tuvo que zambullir su fe en los océanos inabarcables del dolor humano, tuvo que ponerla a prueba cada día, hasta calcinarse, en el desempeño de una misión terrible, tuvo que apurar hasta las heces un cáliz que a buen seguro hubiese preferido dejar pasar. Pero la fe que había recibido se lo impidió; y comprendió que su fe sería puesta a prueba cada día, que su fe gritaría desgarradamente cada día, caminando junto a esos «pequeñuelos» sufrientes de los que nos habla el Evangelio, que son la verdadera efigie de Dios. ¿Qué creyente, ante la contemplación de tanta penalidad como la que Teresa de Calcuta contempló en vida, no habría dirigido un grito desgarrador hacia lo alto? ¿Qué creyente que haya caminado al lado del dolor humano, que se haya fundido con ese dolor, no siente, como Teresa de Calcuta, «contradicción en su alma»? ¿Acaso no la sintió el propio Jesús en Getsemaní, cuando se aproximaba su Pasión? La existencia de Teresa de Calcuta fue una pasión constante; sólo la fuerza sobrenatural de la fe explica que no desfalleciera. Pero era humana; y, como humana que era, su corazón temblaba de horror ante la vastedad de la entrega que se le exigía. Ese temblor atormentado y feroz, humanísimo, es la expresión más hermosa de su fe. Esas cartas no nos hablan de una pérdida de la fe; nos hablan del temple de esa fe.
www.juanmanueldeprada.com

Escenarios electorales en Marruecos

lunes 3 de septiembre de 2007
Escenarios electorales en Marruecos
HASTA ahora, Marruecos se consideraba uno de los pocos países árabes que parecía exento del contagio de la fiebre islamista generalizada. La teoría ha sido durante décadas que puesto que el Rey es al mismo tiempo el máximo dirigente político y la más alta autoridad religiosa, el «Emir Al Muminin» o «Comendador de los Creyentes», su figura sola servía para contener cualquier tentación extremista. Sin embargo, todo indica que en las elecciones del próximo viernes, el Marruecos que se despertará después de la jornada electoral será un país muy distinto: o bien se tendrá que aceptar una victoria aplastante de las candidaturas integristas, o se confirmarán los pronósticos que hablan de un rechazo activo de la sociedad hacia las instituciones políticas, o ambas cosas a la vez. Teniendo en cuenta las intermitentes llamaradas de actividad terrorista -con implicaciones cada vez más claras con Al Qaeda-, en todo caso se puede prever un escenario inestable y muy inquietante para un país del que nos separan apenas 14 kilómetros a través del mar.
Han sido demasiadas décadas de corrupción sistemática de la vida política, de subterfugios dialécticos para ocultar el hecho incómodo de que en Marruecos gobierna una monarquía absoluta, de hablar de «Democracia Hassaniana», de ignorar la crisis social y económica, para esperar ahora que los marroquíes sigan apoyando un modelo que ha demostrado sobradamente su inoperancia. Marruecos no es un país pobre, sino un país en el que se han creado diferencias abismales entre ricos y pobres y la clase media ha desaparecido. Como ha sido prácticamente una constante en la mayoría de las naciones musulmanas, después de largos periodos de dictadura, los que sacan provecho de cualquier gesto de apertura son siempre los extremistas religiosos poco amigos de la democracia. Con el simple procedimiento de acercarse humildemente a los problemas de verdad de la gente logran convencer a muchos miles de ciudadanos de que hacen por ellos mucho más que todos los ministerios.
Al rey Mohamed VI se le acumulan los problemas. No consigue sofocar la actividad creciente de grupos terroristas, las elecciones no resuelven los problemas políticos, las negociaciones no hacen avanzar el conflicto del Sahara Occidental y la economía no consigue despegar para que la perspectiva generalizada de los jóvenes deje de ser la emigración. Habría sido deseable que el régimen marroquí hubiese optado por movimientos de liberalización cuando estos seguían corrientes pro occidentales y modernizadoras, en vez de hacer ahora experimentos con fuego. Hay quien cree que ya es demasiado tarde para ayudar a un país con el que España comparte no pocos intereses, pero en nombre de esos intereses comunes, debemos seguir apoyando a Marruecos, aunque sin perder de vista que también el realismo nos indica que al mismo tiempo hay que prepararse para lo peor.

Crece la amenaza de las mafias

lunes 3 de septiembre de 2007
Crece la amenaza de las mafias
EL balance de la Unidad de Drogas y Crimen Organizado (UDYCO) durante 2006 demuestra que la lucha contra las mafias y los grupos criminales exige un aumento de la cooperación internacional y una revisión del tratamiento penal y procesal de este tipo de delincuencia. En 2006, la UDYCO realizó 180 operaciones anti-mafia y detuvo a 757 de sus integrantes. Las nacionalidades de los detenidos muestran que los españoles son el grupo más numeroso (248), pero los extranjeros constituyen la gran mayoría, lo que también añade el factor migratorio al campo de actuación de las autoridades. En lo que va de 2007, el número de operaciones policiales contra el crimen organizado supera al de 2006 y el de detenidos es también similar. Incluso, los alijos de droga incautados empiezan a ser superiores a los de 2006, que ya habían alcanzado niveles históricos en cocaína y heroína. Los motivos para tomarse en serio la presencia de redes mafiosas y criminales en nuestro país van más allá de la clara amenaza para la seguridad pública. Es preciso determinar las razones por las que se está produciendo está implantación constante y masiva de grupos delictivos, que en 2006 superaban los 400. Además, el poder criminógeno de estas bandas es creciente porque realmente industrializan tanto la comisión como los resultados de sus delitos estableciendo «sinergias» delictivas entre ellos.
España no puede seguir siendo un lugar de destino para el establecimiento de las bandas mafiosas y grupos organizados que quieren delinquir en Europa o bien blanquear los beneficios de los delitos que cometen en otros lugares. No cabe hablar, por supuesto, de ineficacia policial, pues el saldo que presenta la UDYCO la desmiente rotundamente, pero quizá el sistema penal no responda con la misma intensidad. Cabría recordar la compleja polémica que se suscitó entre las autoridades judiciales italianas y el Tribunal Constitucional español a cuenta de la extradición de mafiosos condenados en Italia en rebeldía, incluso a penas de prisión perpetua. Finalmente, las garantías ofrecidas por el Gobierno italiano sobre la revisión de estas condenas desbloqueó un conflicto legal muy ilustrativo de los problemas que se plantean en la coordinación internacional contra las mafias y redes delictivas.
Parece evidente que España debe contar con una legislación penal que disuada a estas organizaciones de instalarse en España. También, que castigue con mayor eficacia a las ya instaladas. El intercambio de información entre policías, el nombramiento de jueces de enlace, la constitución de equipos conjuntos de investigación o el acceso a bases de datos comunes son medidas que deben ir acompañadas de reformas penales que, por ejemplo, extiendan el cumplimiento íntegro de las penas a los integrantes de estos grupos organizados, equiparándolos a estos efectos con los terroristas. También es una propuesta interesante de algunos sindicatos policiales la modificación del concepto de asociación ilícita, para no dejar fuera de ella a los grupos que se constituyen para perpetrar una serie de delitos y luego disolverse. La Policía sola no basta para hacer frente a esta amenaza que maneja ingentes cantidades de dinero y corrompe conciencias, sociedades e instituciones.

Zapatero busca el credito perdido

lunes 3 de septiembre de 2007
Zapatero busca el crédito perdido
DESCARTADA cualquier veleidad de adelanto electoral, Rodríguez Zapatero ha empezado con ganas el largo curso político que culminará en las urnas el próximo mes de marzo. El presidente del Gobierno -«relajado y bronceado» según su entrevistador- habla largamente en El País sobre el pasado y el futuro, ofreciendo la imagen inequívoca de un político en plena campaña. A estas alturas nadie se cree que las treinta leyes pendientes sean tan importantes como asegura el líder socialista, de manera que la prolongación artificial de una legislatura políticamente agotada responde al puro interés partidista. Zapatero muestra sin rodeos la nueva imagen que pretende vender al conjunto de la sociedad desde que ETA reventó el «proceso de paz» al declarar concluida la mal llamada «tregua». Intenta convencer a los españoles de la bondad de sus propósitos, con un eco lejano del tono buenista que ya está pasado de moda. La palabra clave es ahora «implacable»: el presidente presume de los 26 detenidos desde el final de la tregua y utiliza expresiones contundentes sobre el triunfo de la democracia en la batalla contra ETA. Sin embargo, su problema es la falta de credibilidad. La opinión pública no se deja engañar por el nuevo discurso, cuando están demasiado recientes las revelaciones sobre la negociación con los terroristas. Tampoco se entiende por qué iba a carecer de «alma» si no hubiera intentado dicho proceso. Lo mismo ocurre con las reformas estatutarias, que abrieron vías inaceptables desde la perspectiva del modelo territorial vigente. Por mucho empeño que ponga en la tarea, Zapatero no tiene fácil presentarse ahora como un defensor intachable de la España constitucional, aunque mencione como una iniciativa personal la marca publicitaria «Gobierno de España», omnipresente en los últimos tiempos.
Más allá de la retórica vacía sobre la «modernización definitiva» de nuestra sociedad, Zapatero entra en el debate ideológico contra el PP, al que sigue reprochando además su planteamiento en la lucha antiterrorista. Es significativa la referencia al modelo «neoconservador» que imputa a los gobiernos anteriores, lo que hace pensar en una estrategia que insista en presentar al PP como un partido que se aleja cada día más del centro político. La Educación para la Ciudadanía o la Ley de Memoria Histórica son probablemente los instrumentos de una táctica que pretende apartar a la oposición de un sector decisivo de votantes. El PP tendrá que medir con rigor y habilidad su respuesta en este terreno tan delicado para no ofrecer al PSOE bazas innecesarias. Por lo demás, el presidente es más incisivo a la hora de recordar las dificultades internas del adversario que para reconocer sus propios errores. De hecho, es insólito que siga defendiendo una política exterior objetivamente fracasada. Aunque apoya -faltaría más- al ministro de Cultura recién nombrado, ni siquiera reconoce el error cometido con Rosa Regàs. Incluso se atribuye la idea de la Unidad Militar de Emergencias, sin tener presentes las serias dificultades que plantea esta peculiar concepción de las Fuerzas Armadas como unidades especializadas en protección civil. Por supuesto, se hace fuerte en una serie de políticas sociales -estratégicamente propagadas ayer en su mitin en Rodiezmo (León)-, cuyo objetivo es otorgar prestaciones efectivas a sectores importantes de la ciudadanía antes de las próximas elecciones para obtener rentabilidad en las urnas.
Es relevante el anuncio literal de que no piensa gobernar si no logra un voto más que Rajoy. Esta promesa forma parte ya del compromiso del PSOE con los ciudadanos y no puede ser manipulada según la propia conveniencia. Pero excepto en el caso singular de Navarra, los antecedentes no invitan a dar por buenas las intenciones del presidente. Su verdadero problema es, en el fondo, recuperar en pocos meses el crédito perdido a lo largo de toda la legislatura.

Rodrigo Rato, El sistema financiero, a prueba

lunes 3 de septiembre de 2007
El sistema financiero, a prueba
LA reciente turbulencia en los mercados de crédito -derivada de los problemas de las hipotecas de alto riesgo en Estados Unidos- se ha hecho sentir en los mercados internacionales de capital estas últimas semanas, avivando temores sobre las potenciales consecuencias para la economía real. Y todo parece indicar que las consecuencias sobre el precio del riesgo de algunos activos financieros se van a dejar sentir en el medio plazo.
La opinión del Fondo Monetario Internacional es que el crecimiento mundial probablemente se vea afectado en cierta medida, si bien todavía en un contexto positivo. Aunque las perspectivas de Estados Unidos son motivo de inquietud, su economía no es el único motor del crecimiento mundial. Las variables económicas fundamentales siguen siendo sólidas en otros grandes países industrializados y en la mayoría de las economías emergentes, muchas de las cuales registran superávits por cuenta corriente y niveles relativamente bajos de deuda pública. Gracias a esa solidez, sumada a la actuación correcta y oportuna de los bancos centrales y otras autoridades, cabe pensar que los mercados financieros se normalizarán y que la economía mundial seguirá bien encarrilada. Aun así, no cabe duda de que el panorama es menos alentador que hace unos meses y que estos riesgos merecen ser vigilados detenidamente. Incluso si vuelve la calma y se mantiene un sólido crecimiento económico, el proceso de ajuste de los mercados financieros probablemente lleve cierto tiempo.
El riesgo más grave es que se desestabilicen aún más los mercados financieros, o que la caída de los precios de los activos (como bienes inmobiliarios o acciones), el endurecimiento de las condiciones financieras y el debilitamiento de la confianza asesten un golpe aún más duro al consumo y a la inversión. Pero es tranquilizador observar que las condiciones financieras parecen estar normalizándose, que las empresas parecen tener balances sólidos y que las finanzas de los hogares continúan apuntaladas por un vigoroso crecimiento del empleo en la mayoría de los países.
Aunque los hechos recientes pusieron de relieve algunos de los riesgos que entraña la innovación financiera, no debemos perder de vista los aspectos positivos. Los mercados desempeñan una función crítica en la movilización del ahorro y su asignación a la inversión productiva, y las innovaciones a menudo contribuyen a su crecimiento rápido y sostenido y al bienestar tanto en las economías avanzadas como en los mercados emergentes. Gracias a la innovación en el sector de los productos de crédito estructurados, los operadores han podido diversificar mejor el riesgo y abaratar el crédito internacional, proporcionando un poderoso estímulo al crecimiento mundial.
Ahora bien, los hechos recientes también han dejado claro que algunos participantes del mercado no valoraron correctamente los riesgos de estos complejos nuevos instrumentos. Al intensificarse la globalización financiera, estos problemas también han tenido un alcance mayor, y la consiguiente pérdida de confianza alimentó una grave crisis de liquidez en los mercados de dinero. Las oportunas infusiones de liquidez instrumentadas por los bancos centrales y otras autoridades monetarias de Estados Unidos, Europa y Asia fueron la respuesta que exigían las circunstancias, y la liquidez está dando indicios de retomar niveles normales.
Pero este episodio nos recuerda que las características ideales para que se hagan realidad las posibilidades de crecimiento y estabilidad que proporcionan los mercados financieros cada vez más interdependientes son la transparencia y la regulación adecuada, ámbitos en los cuales el FMI se mantiene activo desde hace ya algún tiempo. Por ejemplo, durante la última década fue una de las instituciones que más promovió la transparencia estadística en la esfera económica y financiera. La iniciativa de las normas especiales para la divulgación de datos lanzada por el FMI ha permitido realzar la transparencia de las estadísticas nacionales. El FMI también ha mantenido un diálogo estrecho con las entidades reguladoras y una participación activa en los foros internacionales para ayudar a fijar niveles y tipos idóneos de transparencia. La comunidad internacional, a través del FMI, debe plantearse las consecuencias de regulación y de transparencia de mercados para inversores y consumidores y un buen momento para ello son las próximas asambleas del FMI en octubre.
La turbulencia que están experimentando los mercados financieros es la demostración de la importancia de los riesgos sobre los que algunos observadores -entre los cuales nos incluimos- llevan varios meses alertando. Aumentar la transparencia, corregir los excesos de confianza y valorar correctamente los riesgos son algunos de los elementos sobre los que conviene incidir. La crisis actual es realmente la primera prueba para varias categorías de instrumentos financieros innovadores, sobre todo los utilizados para titularizar el riesgo de crédito privado. La reacción de los agentes de mercado ha sido revalorar dicho riesgo. Es una respuesta natural, especialmente después de un período prolongado de poca volatilidad y mucha liquidez en los mercados de crédito, durante el cual la estructuración de los incentivos quizás haya contribuido a cierta laxitud en las normas crediticias. Esta turbulencia es indudablemente costosa para algunos operadores, pero a la vez representa una oportunidad para aprender qué podemos hacer en pro de la solidez del sistema financiero mundial.
RODRIGO DE RATO
Director Gerente del Fondo Monetario Internacional

Carmen Posadas, Otros amores que matan

lunes 3 de septiembre de 2007
Otros amores que matan

Ahora que tan tristemente de moda está el SAP (hay que ver cómo nos gustan las tontas siglas) o, lo que es lo mismo, el síndrome de alienación parental, me gustaría decir que el fenómeno, aunque parezca nuevo, es viejo como el mundo. Ya Eurípides, cinco siglos antes de Cristo, recogió una historia según la cual Medea, hija del rey Eetes, sacrificó a sus hijos para vengarse de Jasón, su marido y famoso héroe de los argonautas. Se cuenta que cuando él la abandonó por otra mujer, Medea degolló a sus dos hijos y, a continuación, exclamó ante sus cadáveres: «¡Oh, niños! Cómo habéis perecido por culpa de la locura de vuestro padre. Pero no os destruyó mi mano, sino su ultraje y su reciente boda». Hay que decir, para hacer honor a la verdad, que Jasón era un tramposo y un mentiroso. En efecto, engañó a Medea ocultándole incluso que se había casado con Glauca (en esto de los desamores, ya se sabe, nadie es del todo inocente), pero no cabe duda de que la respuesta de Medea a sus engaños fue brutal, por no decir desquiciada. La historia sirve ahora para reflexionar sobre esos progenitores a los que, metafórica –o no tan metafóricamente–, no les importa sacrificar a sus hijos con tal de hacer daño a su ex pareja. Sobre personas que utilizan la fácilmente manipulable personalidad de un niño para volverlos contra la que fue su pareja, sin importarles el daño que con ello ocasionan a sus hijos. El caso es grave y, recién ahora, gracias a varias sentencias judiciales, se comienza a hablar de sus particularidades y de sus efectos. Sin embargo, a mí me gustaría ir un poco más allá y hablar de otro SAP o síndrome de Medea, mucho menos conocido. Me refiero a un fenómeno que se produce incluso dentro de familias bienavenidas. Entre parejas que viven juntas y que dicen quererse. En este caso el SAP (empiezan a cargarme las siglas de marras, pero en fin) se manifiesta de un modo que parece casi inofensivo. «Esto que has hecho –dice por ejemplo una madre a su hijo– no se lo vamos a contar a papá; será un secreto entre nosotros, porque si llega a enterarse…». O bien: «No le digas a tu madre tal o cual cosa. Mejor que no lo sepa, ella no lo entendería; yo en cambio te comprendo y te apoyo». Piensan, quienes así actúan, que están ayudando a su hijos. Dicen (y tal vez lo crean con aparente buena fe) que su cónyuge es insensible a los problemas del hijo, o intolerante, o estúpido y de todo ello tienen que proteger al retoño. No se dan cuenta de que tales mensajes, en apariencia bien intencionados, esconden varios mensajes que no dicen nada bueno de ellos mismos. Para empezar, revelan una debilidad de carácter que precisa reforzarse monopolizando el cariño del hijo. Implican también que se rivaliza insanamente con la pareja y que por tanto existen por ahí muchos esqueletos en el armario. Pero significa además que ese padre o madre tan preocupado por `ayudar´ a su hijo y encubrir sus pequeñas travesuras, es tan manipulador como los progenitores que alienan a sus hijos alejándolos de su ex pareja. El fenómeno, aunque en menor escala, es exactamente el mismo y, por tanto, no baladí. Porque, también en este caso, intentando supuestamente hacerles un bien, se está haciendo un mal. El mensaje que ellos creen que recibe el niño es: «Yo te quiero y te comprendo mejor que él o ella». El que reciben en realidad es: «Tu padre o madre no te quiere» o «tu padre o madre es tonto/ malo/ insensible». Sin embargo, como en esta vida siempre ha habido justicia –aunque sea sólo poética–, lo que ignoran todos los alienadores parentales es que, tanto en el caso de los ex cónyuges que manipulan a sus hijos tras un divorcio, como los que los alienan mínimamente con su «yo te quiero más», al final los perdedores serán ellos. Puedo decir por experiencia directa que es así. Y es que, como decía Oscar Wilde, los niños comienzan amando a sus padres, más tarde los juzgan, y raras veces los perdonan. Que lo sepan pues todos los `sapistas´ que con tanto ahínco se empeñan en emular a Medea.

Manuel de Prada, Aventura

lunes 3 de septiembre de 2007
Aventura

Era la primera vez que salíamos juntos al monte. Solos ella y yo, como hacíamos mi abuelo y yo, treinta años atrás, cuando el mundo aún era joven. Pero yo fui un niño criado en la provincia castellana, allá donde la ciudad es casi campo; y no había fin de semana que no visitase algún pueblo de los alrededores, aquellos pueblos de mis ancestros, menesterosos de adobe y de pizarra, estremecidos por la música lenta de las esquilas. Fui, además, un niño andarín, acostumbrado a pasear por trochas y veredas, aferrado siempre a la mano de mi abuelo, que me contaba anécdotas de su juventud mientras recolectaba las plantas medicinales que luego utilizaba en sus tisanas (árnica y sanguinaria, poleo y ginesta, espino albar y milenrama, hinojo y cola de caballo, todo un catastro botánico que lo mantuvo sano hasta los noventa y siete años). Mi hija Jimena, en cambio, ha crecido en la urbe –hierro y cemento en tempestad–: sus pies están acostumbrados al asfalto, su conocimiento de la vida rural es casi inexistente (quizá porque la propia vida rural, tal como yo todavía la conocí en sus estertores, ha dejado de existir) y, en fin, jamás hasta aquel día había probado a internarme con ella por los senderos estrangulados de maleza que conducen al monte. Así que cuando se lo propuse, esperaba una respuesta poco efusiva, tal vez melindrosa o hasta desganada. «¿Te apetece que subamos al monte, Jimena?», le solté. Y ella, con sus cinco años intrépidos y dulcísimos, asintió con profusión, asintió con entusiasmo, mientras sus ojos se incendiaban de una dicha mil veces presentida. «¿Correremos aventuras?», me preguntó. «¡Por supuesto que correremos aventuras!», le dije, fingiendo convencimiento, aunque en el fondo temeroso de defraudar sus expectativas. Pero para una niña de cinco años el mundo multiforme es una aventura, cada planta de nombre desconocido es una aventura, un saltamontes que cruza la vereda con los élitros extendidos es una aventura, no digamos si quien la cruza es una culebra que deja sobre el polvo su escritura sinuosa. Y aquel primer ascenso al monte, armados cada uno con sendas varas que empleábamos para apartar la maleza, fue una aventura incesante y deslumbradora; lo fue, sobre todo, para mí, al descubrir que mi hija había heredado la curiosidad y el fervor que la naturaleza suscitó en su padre, cuando su padre era niño. «¿Cómo se llama esta planta, papá?», me preguntaba; y yo le respondía: «Ortiga»; o «Brezo»; o «Ruibarbo»; y ella repetía cada nombre, degustando su sonoridad, maravillada de que existiese una palabra distinta para bautizar cada planta, un enjambre de palabras que fulguraban bajo el sol de la mañana como joyas inéditas, maravillada también de que su papá supiese todos aquellos nombres insospechados que catalogaban la belleza del mundo, nombres que mi abuelo me enseñó cuando tenía la misma edad de mi hija y que treinta años después (cuando tantos conocimientos estériles se desvanecen en el olvido, como cortinas de ceniza) perseveran en mi memoria con su brillo primigenio. También los nombres de las mariposas que de vez en cuando rayan el aire, como leves meteoros o mínimos incendios: macaón, chupaleche, pandora, ninfa de los arroyos, un vocabulario recién estrenado que palidece ante la belleza volátil de las mariposas, en cuyas alas Dios ha escrito un lenguaje jeroglífico más hermoso aún que el tapiz de las estrellas. Seguimos avanzando entre retamas hasta tropezarnos con una telaraña que interpone su arquitectura soberbia en mitad de la vereda, una telaraña como un tratado de geometría que excede en sabiduría a Euclides, todavía temblorosa de rocío, expectante ante la víctima que pronto se enviscará en sus hilos. También a nosotros la caminata nos ha despertado el hambre, que matamos comiendo moras de una zarza tan intrincada que ni los mismos pájaros se han atrevido a expoliarla, por no dejarse las plumas entre sus púas. Algunas moras están ya negras, congestionadas de sol, como coágulos de una sangre tibia, opulenta y agreste, ansiosa de derramarse en nuestro paladar, para inundarlo de una dulzura que ya no posee ninguna fruta cultivada. Jimena se zampa las moras a una velocidad de vértigo, risueña y orgullosa de compartir conmigo su primera expedición al monte; rodeando sus labios, le han florecido unos deliciosos berretes que delatan el atracón. Antes de regresar a casa, mientras descansamos sentados en una peña, me estampa sin avisar un besazo y me deja la huella de las moras en la mejilla: es el carmín de la aventura.

Perez Reverte, Entrampate tio

lunes 3 de septiembre de 20007
Entrámpate tío

Acabo de toparme en el correo con una publicidad bancaria que me ha puesto de una mala leche espantosa. Muchos de ustedes la conocerán, supongo. Se trata de un folleto destinado a los usuarios de una de esas tarjetas de crédito jóvenes, o como se llamen, Bluecard, o Greentarjeta, o Yellowsubmarine, que ahí no me he fijado mucho. Pero la tarjeta es lo de menos. De lo que se trata es de que el banco en cuestión, que para la cosa de recaudar viruta tiene tan poca vergüenza como el resto de los bancos y bancas que en el mundo han sido, plantea a sus jóvenes clientes una oferta de crédito tan descaradamente abyecta que, si no fuera porque el tal Solitario de los huevos no es más que un miserable sin escrúpulos y un payaso, casi aplaudiría uno que siguiera reventando ventanillas a alguna de tales entidades. No sé si me explico. «Domicilia tu nómina y vete de viaje», es el reclamo inicial que encabeza el folleto, junto a la foto de una parejita jovencísima y feliz. Nada que oponer a eso, naturalmente. Aunque no exista, desde mi punto de vista, relación directa entre el hecho de domiciliar la nómina y subirse acto seguido a un tren, barco o un avión, uno podría seguir el consejo sin grandes objeciones. El mosqueo viene líneas más abajo, cuando el folleto añade «Londres, Roma, Berlín, París... Llévate un bono de 300 euros para viajar a esa ciudad que siempre has soñado conocer». Y aquí, la verdad, el asunto se enturbia un poco. En estos tiempos de educación para la ciudadanía –permitan que me tronche– y teniendo en cuenta que los destinatarios del folleto son gente muy joven, resulta poco edificante que la primera sugerencia a quien domicilia su primera nómina, lejos de aconsejarle ahorrar para un futuro más o menos próximo, consista en cepillarse alegremente esta nómina y las siguientes, en viajes alentados por el cebo del bono de marras, aunque éste financie parte del periplo. Pero ésa es sólo la introducción, o proemio. Lo bonito viene luego. «Hasta 30.000 euros –pone con letras gordas– para lo que tú quieras.» Y suena tentador, me digo al leerlo. Si yo fuera joven imberbe y domiciliara mi nómina en tan rumbosa entidad bancaria, tendría asegurado un creditillo que, bien mirado, no deja de ser una pasta. Tal como está el patio, 30.000 mortadelos dan para que una parejita tierna, necesitada y con sentido común –30.000 x 2 = 60.000– pueda organizarse un poco mejor en la línea de salida. Lo malo es que, algo más abajo, cae mi gozo en un pozo. Porque «lo que tú quieras», o sea, lo que un joven de hoy necesita con más urgencia, a juicio del departamento de créditos del banco en cuestión, es «¿Un coche nuevo, una moto, un ordernador, el viaje de tu vida?». Dicho de otra manera: lo bueno de domiciliar la nómina para un joven de veintipocos años, o para una pareja de esa edad que decida plantearse una vida en común, no reside en que así puede uno amueblar la casa, comprar un coche para el trabajo –el folleto habla de «coche nuevo», no de uno a secas– o adquirir lo necesario para encarar la perra vida. Niet. Lo verdaderamente bonito del invento es que, entregándole la nómina a un banco, puedes entramparte como un gilipollas para los próximos diez años de tu existencia, a fin de comprarte una moto o irte a beber piña colada las próximas navidades al Caribe, como Leonardo di Caprio. Guau. Pero no todo queda ahí, colega. Faltaría más. Porque encima, si domicilias tu nómina y te echas encima el pufo –el primero de muchos, qué ilusión– del crédito a diez años para el imprescindible coche nuevo, tu banco, que es generoso que te rilas, permite que además trinques nada menos que una Wii –«Con su revolucionario mando inalámbrico descubrirás una forma diferente de jugar», puntualiza el folleto– casi sin enterarte. Sólo al pequeño costo de otro pufillo adicional: un año pagando una cantidad mensual que ni siquiera llega a 20 euros, tío. Pagando sólo, fíjate, la ridícula cantidad de 19,50 euros al mes. El non plus. Y claro. A ver quién va a ser tan idiota como para no embarcarse en el chollo: vacaciones, coche nuevo, moto, ordenador, y encima poder matar zombis con la Wii casi gratis, o sea. ¿Hay quien dé más? Con eso y un bizcocho, la vida resuelta hasta mañana a las ocho. Por la cara. Hace mucho tiempo que no llamaba hijo de puta a nadie en esta página. Se lo prometí a mi madre, a mi confesor y a una señora de Pamplona que me paró por la calle para darme la bronca. Pero hay días en que el impulso resulta más poderoso que las buenas intenciones. Hijos de puta. Hijos de la grandísima puta.