viernes 2 de marzo de 2007
La Izquierda disciplinada y la Derecha irresponsable
José Meléndez
L A batalla ideológica que se desencadenó tras la Revolución Francesa y la Revolución Industrial de Gran Bretaña, tuvo su palanca propulsora en las teorías de Karl Marx, Engels y los pensadores de izquierdas de la época, que denunciaron la tremenda injusticia social que era el distintivo de aquellos tiempos pero que llevaron la defensa de los derechos que se les negaban a las clases obreras y desfavorecidas a una lucha de clases en la que lo político terminó primando sobre su contenido social y provocando un choque entre dos concepciones diferentes del mundo que costó mucha sangre y muchas tragedias. No es mi intención bosquejar aquí un ensayo sobre el pensamiento político, sino tratar de encontrar una explicación a lo que está ocurriendo actualmente en España. Es obvio señalar que la situación de la sociedad en el siglo XXI no tiene parangón posible con la que existía en el siglo XIX. Ni en España ni en ninguna parte del planeta, salvo en los lugares aislados en los que todavía rige el comunismo marxista. Eso es una realidad indiscutible que tanto la izquierda radical tramontana como la derecha dura e inflexible parecen olvidar. Lo que fue válido entonces no lo es ahora porque la sociedad ha progresado notablemente, se han conseguido derechos que antes permanecían conculcados o ignorados, ha mejorado en términos generales el nivel de vida y tanto la izquierda como la derecha han atemperado sus discursos y han arrinconado sus respectivos radicalismos, por considerarlos inadecuados en la izquierda y por convencerse la derecha que era imposible mantener los privilegios de que disfrutaron durante muchos siglos en un mundo moderno y evolucionado. Pero aunque el choque violento de dos doctrinas antagónicas se ha ido atemperando con el paso del tiempo y a compás del progreso social, era inevitable que aquella lucha encarnizada dejase secuelas que han llegado a nuestros días como atavismos improcedentes e indeseables de una era turbulenta que ya pasó. La izquierda se ha alimentado a través de los tiempos de consignas y eslóganes con un cierto tufo cuartelario que prendieron en la masa rebelde y las hizo bandera de sus reivindicaciones. La derecha, por el contrario, más empeñada en la defensa de sus privilegios que en adecuarse a las circunstancias, centró sus esfuerzos en las luchas intestinas por el poder en su bando, olvidando –o menospreciando- temerariamente que el verdadero enemigo estaba en el bando de enfrente. Esto se ha ido corrigiendo y ambos bandos han llegado a tener puntos en común en ese paulatino acercamiento de los dos hacia un centro ideal. El planteamiento político de laboristas y conservadores en Gran Bretaña en los últimos veinticinco años es un ejemplo de ello como lo han sido el sistema democrático de Estados Unidos, a pesar de todas las diatribas en su contra y nuestra transición democrática hasta la irrupción en el poder de José Luis Rodríguez Zapatero. Francia ha sido el ejemplo de una derecha fraccionada, más atenta a los intereses de las diversas facciones dentro de su ideología que a los intereses de la nación, que recuperó el poder cuando el socialismo incurrió en los mismos pecados. El hecho de que en nuestro país exista un gobierno que desde su acceso al poder, hace ya tres años, ha encadenado una serie interminable de errores y fracasos de todos los calibres sin que su gestión sea rechazada de forma contundente por la opinión pública, revela un fenómeno sociológico que demanda un detenido análisis, porque si la lógica existe en política es un axioma que los fracasos en la gestión gubernamental se pagan. Y para ver si ocurre así y hasta la próxima cita electoral en las municipales de mayo –con todas las diferencias que ésta tiene con respecto a unas elecciones generales- no hay mas remedio que consultar el barómetro demoscópico de las encuestas, el cual indica que sus errores no le han salido tan caros como podía esperarse al gobierno de Zapatero. No hace falta hacer aquí una nueva lista de esos errores, que son sobradamente conocidos y que van desde la colosal importancia de pretender el desmantelamiento de España por una solapada vía estatutaria o darle carta de naturaleza política al terrorismo mediante la concesión de al menos parte de sus demandas, al ridículo de desautorizar la ley de bebidas alcohólicas a la puritana ministra de Sanidad o la rechazable vuelta a la censura en la televisión pública, con la prohibición de la entrevista al periodista José María García. ¿Por qué el Partido Popular no disfruta de una amplia ventaja en las encuestas, a la vista de esta desastrosa gestión? Se ha escrito mucho de ello en estos días y los argumentos esgrimidos no parecen convincentes. Se ha hablado de la incapacidad del PP para presentarse como una auténtica alternativa al PSOE actual, lo que se desvirtúa con la mayoría absoluta que consiguió José María Aznar en su reelección, a pesar de que una mayoría absoluta es casi una hazaña para un partido que para gobernar ha de contar solamente con sí mismo; se ha dudado de la capacidad de liderazgo de Mariano Rajoy, acusándolo de duro cuando arremete contra Zapatero y de blando si no lo hace, olvidando que el papel de una oposición es precisamente criticar al gobierno cuando lo merece y presentar un programa alternativo cuando llegue el momento electoral y se han aireado hasta la saciedad rencillas, reales o supuestas, entre dirigentes y facciones populares, pasando de puntillas sobre las que existen en el bando socialista, que también las hay como en cualquier partido, con el agravante de que esta vez el partido está en el gobierno. La batalla de la comunicación la ha ganado siempre la izquierda, porque ha cuidado más ese capítulo y desde hace mucho tiempo en los medios informativos hay mucha más gente de izquierdas que de derechas, que es más fiel a sus principios que la del bando contrario. Salvo en muy contadas excepciones, al PSOE no se le critica en los terminales que se pueden identificar como afines y, por el contrario, el PP o algunos de sus líderes sí reciben críticas de los órganos que se pueden considerar conservadores. Y esa fidelidad se aprecia también en el electorado, como producto de la amplia red que conforman los sindicatos, las asociaciones, las plataformas y los innumerables grupos reivindicativos con un planteamiento y unos objetivos bien definidos. La izquierda –y ahora los nacionalismos- ha sido siempre mas disciplinada y mas atenta a las consignas que la derecha, que ha mostrado un tanto de irresponsabilidad en el enjuiciamiento de las situaciones políticas. Si observamos las cifras de asistencia a las urnas en los últimos tres actos electorales –el referéndum para aprobar la fallida Constitución europea, el del Estatuto de Cataluña y el del Estatuto de Andalucía- nos encontramos con unos resultados vergonzosamente irrisorios y una aplastante mayoría de la abstención que en el caso andaluz ha llegado a cotas insospechadas. Y esto, en un electorado obediente y leal como el de izquierdas, representa un grave hecho de preocupación que se ha pasado por alto y no se ha comentado lo debido, esperando que el tiempo cicatrice lo antes posible el doloroso impacto. Que la altísima abstención en esas tres llamadas a las urnas puede representar un creciente desinterés de los electores por la política es evidente. Pero esa no es por sí sola la explicación al problema y, además, representa un serio riesgo de dejar de nuevo la gobernación de la nación a quien no sabe manejarla. En política el pasotismo es el maná de los aventureros y los desaprensivos. La alta abstención en el Estatuto catalán y, sobre todo, en el andaluz, significa tanto un desinterés por el tema como un no implícito a lo que se dirimía y en consecuencia solo votaron los que siguieron las directrices del partido cuya ideología comparten, lo que determinó un alto índice de votos afirmativos. Esa es la disciplina de la izquierda. Pero en unas elecciones generales, en las que el votante ha de manifestar si quiere seguir gobernado como hasta entonces o desea un cambio, esa actitud pasiva del voto conservador es peligrosa. Que un votante de izquierdas muestre su lealtad al gobierno de su color es un ejercicio normal, aunque sea arriesgado. Pero que un votante de centro derecha, que sí se da cuenta de los errores de ese gobierno, prefiera abstenerse porque “el líder no acaba de gustarme” o por cualquier otro argumento banal, es una insensatez cuyas consecuencias termina pagándolas la nación.
jueves, marzo 01, 2007
Oscar Mollina, Que se besen
viernes 2 de marzo de 2007
Que se besen
Óscar Molina
R EQUIEBROS de amor, miradas de soslayo, caídas de ojos y sonrisas de seducción. Toda la panoplia que precede a una apestosa sesión de tálamo en la que las cartas que acabarán rotas ya han sido troceadas y llevan nombre de Pacto Antiterrorista. Un raudal de madrigales cutres propios de la más honda raigambre alcahueta, eso es lo que están intercambiando en público Zapatero y Otegui. Un idilio que no se agota en sí mismo, porque busca despechar a la España que no se resigna a morir de desamor, la que pone proa a la renuncia imposible de un romance que nació hace más de treinta años al grito de Libertad sin Ira. Un folletín indigno en el que la única virginidad perdida acabará siendo la de la Justicia, que al menos tiene los ojos tapados para que el corazón no sienta. No era previsible otra cosa, pero la constatación del devaneo tira por tierra las últimas esperanzas de que una mínima cordura se impusiera de la mano de hechos irrefutables. Hechos que en forma de dos muertos no han venido a ser más que un autoritario y pasajero “¡a las diez en casa!” del padre de la novia. Un padre, que no lo olvidemos, se viste de capucha, se ríe de los muertos, guarda la virtud de su hija con titadyne y tiene muy claro que si no hay dote no hay boda. Por mucho que la niña lo desmienta a los cuatro vientos, por mucho que se deje querer y hable de consumación sin botín previo. No hay quien la crea ya, porque la moza no es más que sangre de la misma sangre, y tiene el mismo crédito que el hijo de la gran puta de su padre. Nada más que la versión femenina del “prometer para meter; y después de haber metido, nada de lo prometido”. Y del otro lado un iluminado del amor metido a juglar de la nada, embelesado por una pelandusca de arrabal que ni siquiera llega a compararse con lo peor de cada casa. Un enamorado que no cuenta con consejo paterno porque sus ascendientes ideológicos se fueron con el irrepetible 31, y que sólo puede asirse a los consejos que le da el abuelo fusilado cada noche que el susodicho babeante cree ver muertos. Un apasionado por extraños cortejos cuyas misivas se leen en trincheras históricas recuperadas, se contestan con aquel “si me quieres escribir ya sabes mi paradero”, y se vuelven onanismo cada vez que suena “Ay Carmela”. Esta es la historia de amor, estos sus protagonistas. Este el empeño de quien ha oído alguna vez que el corazón tiene razones que la Razón no conoce, y cree que ello es suficiente para pasar por encima de los dos últimos muertos y hurtarnos a todos explicaciones sobre la última hazaña del papá de la novia, el que tiene aterrorizado a todo el pueblo. ¿Han escuchado Vds. algo de los presuntos autores de lo de la T4? ¿Sobre las investigaciones? ¿Sobre el tipo de explosivo? No. Son minucias que pertenecen al capítulo de secretos de enamorados, tesoros de amantes, peleillas de novios que no pueden desviar el torrente de pasión que ha nacido con la llegada de la Paz. Aunque al torrente se le vaya la mano con la pasión. Lo malo es que al final esto acabará en tragedia. En crimen pasional, remedo febril y ardiente de Puerto Urraco, cuando el novio no pueda entregar la dote que no le pertenece. El día que ni la novia ni el padre se conformen con un simple “¿Qué es poesía?” le dejarán claro que lo de las pupilas azules son para otras, y le enseñarán métrica haciendo retornar unas oscuras golondrinas que, estas sí, sí volverán. No tengo la menor esperanza de que el pretendiente lea a Quevedo y caiga en la cuenta de que es puto el hombre que de putas fía, puto el que sus gustos apetece y puto el estipendio que se ofrece en pago de su puta compañía. Porque le está haciendo la corte a un putón desorejado.
Que se besen
Óscar Molina
R EQUIEBROS de amor, miradas de soslayo, caídas de ojos y sonrisas de seducción. Toda la panoplia que precede a una apestosa sesión de tálamo en la que las cartas que acabarán rotas ya han sido troceadas y llevan nombre de Pacto Antiterrorista. Un raudal de madrigales cutres propios de la más honda raigambre alcahueta, eso es lo que están intercambiando en público Zapatero y Otegui. Un idilio que no se agota en sí mismo, porque busca despechar a la España que no se resigna a morir de desamor, la que pone proa a la renuncia imposible de un romance que nació hace más de treinta años al grito de Libertad sin Ira. Un folletín indigno en el que la única virginidad perdida acabará siendo la de la Justicia, que al menos tiene los ojos tapados para que el corazón no sienta. No era previsible otra cosa, pero la constatación del devaneo tira por tierra las últimas esperanzas de que una mínima cordura se impusiera de la mano de hechos irrefutables. Hechos que en forma de dos muertos no han venido a ser más que un autoritario y pasajero “¡a las diez en casa!” del padre de la novia. Un padre, que no lo olvidemos, se viste de capucha, se ríe de los muertos, guarda la virtud de su hija con titadyne y tiene muy claro que si no hay dote no hay boda. Por mucho que la niña lo desmienta a los cuatro vientos, por mucho que se deje querer y hable de consumación sin botín previo. No hay quien la crea ya, porque la moza no es más que sangre de la misma sangre, y tiene el mismo crédito que el hijo de la gran puta de su padre. Nada más que la versión femenina del “prometer para meter; y después de haber metido, nada de lo prometido”. Y del otro lado un iluminado del amor metido a juglar de la nada, embelesado por una pelandusca de arrabal que ni siquiera llega a compararse con lo peor de cada casa. Un enamorado que no cuenta con consejo paterno porque sus ascendientes ideológicos se fueron con el irrepetible 31, y que sólo puede asirse a los consejos que le da el abuelo fusilado cada noche que el susodicho babeante cree ver muertos. Un apasionado por extraños cortejos cuyas misivas se leen en trincheras históricas recuperadas, se contestan con aquel “si me quieres escribir ya sabes mi paradero”, y se vuelven onanismo cada vez que suena “Ay Carmela”. Esta es la historia de amor, estos sus protagonistas. Este el empeño de quien ha oído alguna vez que el corazón tiene razones que la Razón no conoce, y cree que ello es suficiente para pasar por encima de los dos últimos muertos y hurtarnos a todos explicaciones sobre la última hazaña del papá de la novia, el que tiene aterrorizado a todo el pueblo. ¿Han escuchado Vds. algo de los presuntos autores de lo de la T4? ¿Sobre las investigaciones? ¿Sobre el tipo de explosivo? No. Son minucias que pertenecen al capítulo de secretos de enamorados, tesoros de amantes, peleillas de novios que no pueden desviar el torrente de pasión que ha nacido con la llegada de la Paz. Aunque al torrente se le vaya la mano con la pasión. Lo malo es que al final esto acabará en tragedia. En crimen pasional, remedo febril y ardiente de Puerto Urraco, cuando el novio no pueda entregar la dote que no le pertenece. El día que ni la novia ni el padre se conformen con un simple “¿Qué es poesía?” le dejarán claro que lo de las pupilas azules son para otras, y le enseñarán métrica haciendo retornar unas oscuras golondrinas que, estas sí, sí volverán. No tengo la menor esperanza de que el pretendiente lea a Quevedo y caiga en la cuenta de que es puto el hombre que de putas fía, puto el que sus gustos apetece y puto el estipendio que se ofrece en pago de su puta compañía. Porque le está haciendo la corte a un putón desorejado.
Ignacio Villa, Hay que volver a Ermua
viernes 2 de marzo de 2007
De Juana Chaos
Hay que volver a Ermua
Ignacio Villa
Ahora, años después, la situación es bien distinta. Rodríguez Zapatero ha tenido encima de la mesa el nuevo chantaje de ETA y se ha doblegado sin rechistar.
La noticia filtrada de madrugada a los medios afines en la que se confirmaba la excarcelación del etarra De Juana Chaos, ha llevado el estupor a quienes aún creían que Zapatero no era capaz de hacer algo así, ha provocado el desasosiego en millones de españoles y ha vuelto a llenar de tristeza y sufrimiento los corazones de todas las víctimas del terrorismo.
La excarcelación del etarra, el que supuestamente estaba en las últimas por su huelga de hambre mientras era sorprendido dos veces este fin de semana acostándose con su novia, es la firma que rubrica el certificado de la rendición. El Gobierno ha aceptado las condiciones de los etarras, ha cedido a sus exigencias, ha renunciado a su obligación de vigilar el cumplimiento del Estado de Derecho. El Gobierno ha abandonado a todos los españoles y se ha sometido al chantaje de ETA. Ha bajado la cabeza ante los terroristas.
¡Como han cambiado las cosas! Todos nos acordamos de aquel mes de julio del 97, cuando la banda terrorista secuestró a Miguel Ángel Blanco. Entonces plantearon un tremendo chantaje a José María Aznar: el Gobierno tenía que acercar presos al País Vasco o el concejal del PP sería asesinado. Fue una cuenta atrás angustiosa, en la que toda España contó los minutos hasta el cumplimiento del ultimátum etarra. El Gobierno no cedió y Miguel Ángel Blanco fue asesinado. Aquella salvajada etarra fue respondida como nunca antes lo había sido ninguno de sus crímenes. Nació el "Espíritu de Ermua". Millones de españoles se lanzaron a la calle con las manos blancas, pidiendo la derrota de ETA. Fue la rebelión cívica más importante de la historia de la democracia española. Aquellos días de julio cambiaron nuestra historia reciente y reforzaron la democracia y la convivencia cívica en España.
Ahora, años después, la situación es bien distinta. Rodríguez Zapatero ha tenido encima de la mesa el nuevo chantaje de ETA y se ha doblegado sin rechistar. El presidente ha cedido a las pretensiones terroristas, aceptando las reglas que le marcan para continuar en este proceso de rendición. Para Zapatero, el atentado de Barajas ha sido un simple accidente que en nada ha cambiado las cosas; como mucho las ha retrasado un poco. Eso sí, muy poco. Dos meses después de la voladura del parking de la T-4, Zapatero excarcela a De Juana Chaos. Es una humillación para todos los españoles.
La situación que ha creado Zapatero requiere de una reacción ciudadana, inmediata y contundente. Sin tutelajes políticos. Hay que volver más que nunca al "Espíritu de Ermua", hay que salir a la calle. Para exigir a este Gobierno que deje de regalarle España y nuestra libertad a los terroristas. Volver a Ermua es lo único que nos queda a los españoles de bien, porque de Zapatero y su Gobierno ya hemos visto lo que podemos esperar. Nada de nada.
De Juana Chaos
Hay que volver a Ermua
Ignacio Villa
Ahora, años después, la situación es bien distinta. Rodríguez Zapatero ha tenido encima de la mesa el nuevo chantaje de ETA y se ha doblegado sin rechistar.
La noticia filtrada de madrugada a los medios afines en la que se confirmaba la excarcelación del etarra De Juana Chaos, ha llevado el estupor a quienes aún creían que Zapatero no era capaz de hacer algo así, ha provocado el desasosiego en millones de españoles y ha vuelto a llenar de tristeza y sufrimiento los corazones de todas las víctimas del terrorismo.
La excarcelación del etarra, el que supuestamente estaba en las últimas por su huelga de hambre mientras era sorprendido dos veces este fin de semana acostándose con su novia, es la firma que rubrica el certificado de la rendición. El Gobierno ha aceptado las condiciones de los etarras, ha cedido a sus exigencias, ha renunciado a su obligación de vigilar el cumplimiento del Estado de Derecho. El Gobierno ha abandonado a todos los españoles y se ha sometido al chantaje de ETA. Ha bajado la cabeza ante los terroristas.
¡Como han cambiado las cosas! Todos nos acordamos de aquel mes de julio del 97, cuando la banda terrorista secuestró a Miguel Ángel Blanco. Entonces plantearon un tremendo chantaje a José María Aznar: el Gobierno tenía que acercar presos al País Vasco o el concejal del PP sería asesinado. Fue una cuenta atrás angustiosa, en la que toda España contó los minutos hasta el cumplimiento del ultimátum etarra. El Gobierno no cedió y Miguel Ángel Blanco fue asesinado. Aquella salvajada etarra fue respondida como nunca antes lo había sido ninguno de sus crímenes. Nació el "Espíritu de Ermua". Millones de españoles se lanzaron a la calle con las manos blancas, pidiendo la derrota de ETA. Fue la rebelión cívica más importante de la historia de la democracia española. Aquellos días de julio cambiaron nuestra historia reciente y reforzaron la democracia y la convivencia cívica en España.
Ahora, años después, la situación es bien distinta. Rodríguez Zapatero ha tenido encima de la mesa el nuevo chantaje de ETA y se ha doblegado sin rechistar. El presidente ha cedido a las pretensiones terroristas, aceptando las reglas que le marcan para continuar en este proceso de rendición. Para Zapatero, el atentado de Barajas ha sido un simple accidente que en nada ha cambiado las cosas; como mucho las ha retrasado un poco. Eso sí, muy poco. Dos meses después de la voladura del parking de la T-4, Zapatero excarcela a De Juana Chaos. Es una humillación para todos los españoles.
La situación que ha creado Zapatero requiere de una reacción ciudadana, inmediata y contundente. Sin tutelajes políticos. Hay que volver más que nunca al "Espíritu de Ermua", hay que salir a la calle. Para exigir a este Gobierno que deje de regalarle España y nuestra libertad a los terroristas. Volver a Ermua es lo único que nos queda a los españoles de bien, porque de Zapatero y su Gobierno ya hemos visto lo que podemos esperar. Nada de nada.
John Stossel, No al control de precios de las medicinas
viernes 2 de marzo de 2007
Sanidad
No al control de precios de las medicinas
John Stossel
Cuando el Estado controla los precios, acaba racionando los suministros. El consumidor sufre. Cuando el producto en cuestión son las medicinas, los resultados pueden ser catastróficos.
Los demócratas que ahora controlan el Congreso quieren alterar los subsidios a los medicamentos de Medicare impulsados por el presidente Bush para obligar a los funcionarios del Gobierno a negociar los precios de las medicinas con las compañías farmacéuticas. Bajo el programa actual, las compañías aseguradoras en competencia cierran los acuerdos y ofrecen cobertura a jubilados e impedidos. Es una lección más del bien establecido principio de que la intervención gubernamental atrae más intervención gubernamental.
Cuando Bush convirtió en ley este programa, la convirtió en la mayor expansión del estado de bienestar desde la Great Society de Lyndon Johnson. Como sucede con todos los programas que dicen conceder "derechos", los costes se dispararán. Los programas sanitarios financiados con impuestos siempre son más caros de lo prometido.
El congresista demócrata John Dingell defiende la propuesta de negociación de las medicinas, con el argumento de que "permitirá precios más bajos para la tercera edad, precios más bajos en las farmacias y un ahorro para todos los contribuyentes". A primera vista, la idea tiene sentido. En lugar de que haya varias compañías compitiendo por negociar el precio de las medicinas, una única, enorme y poderosa entidad llevaría a cabo la negociación. ¿Reduciría eso los precios?
Podría hacerlo, y eso es parte del problema. Cuando alguien promete ayudas provenientes de un monopolio gubernamental, deberíamos sospechar. El Estado no produce cosas. Simplemente utiliza la fuerza para cambiarlas de manos. De modo que, ¿por qué pensar que a Medicare, que está bien lejos de ser un ejemplo de eficacia, se le debe conceder el poder de negociar –que en la práctica sería controlar– los precios?
El poder del Estado para negociar precios más bajos de las medicinas presuntamente proviene de los 43 millones de beneficiarios de Medicare. Según la teoría, las farmacéuticas no tendrán otra elección que someterse a las demandas del Gobierno, porque sería autodestructivo que sus productos fueran excluidos del programa.
Pero hay problemas con esa teoría. En primer lugar, el Estado no sabe cuál es el precio "adecuado". En el mundo real, los precios son fijados por la oferta y la demanda. El Gobierno no forma parte del mercado, y no tendría competidores. Se sentaría en la mesa de "negociación" diciendo: "lo tomas o lo dejas".
La historia no tendrá un final feliz. Se necesita un montón de dinero para desarrollar medicinas. Lograr que una medicación nueva atraviese el laberinto de los procesos de aprobación de la FDA hasta llegar el consumidor exige mil millones de dólares. La mayor parte de las medicinas que comienzan a investigarse ni siquiera llegan tan lejos. Es un negocio intensivo en fracasos. El éxito ocasional es lo que lo hace valioso.
De modo que, cuando el Estado utiliza su poder para forzar que los precios se coloquen por debajo de los niveles del mercado, las farmacéuticas desarrollan menos medicamentos que salvan vidas. Sufriremos más dolor y tendremos vidas más cortas.
Los asegurados de Medicare probablemente ni siquiera tengan acceso a algunas medicinas ya a la venta. Basta con echar un vistazo al Departamento de Asuntos de los Veteranos de Guerra para confirmarlo. Resulta que comí recientemente con la senadora Hillary Clinton. Cuando empecé una de mis habituales diatribas liberales sobre el libre mercado, la Clinton contestó mencionando dicho departamento como un ejemplo de los éxitos del Estado. De hecho, bajo la administración de su marido, la Administración Sanitaria de los Veteranos de Guerra llegó a proporcionar "el mejor cuidado médico del país", según The Washington Monthly. Genial.
Pero monopolios gubernamentales como ese departamento nunca apoyan la innovación como el mercado libre. Además, en este momento está racionando las medicinas. Si usted es un paciente que necesita un medicamento nuevo y caro, no lo recibirá. Sally Pipes, presidente del Pacific Research Institute y autora de Miracle Cure: How to Solve America's Health-Care Crisis and Why Canada Isn't the Answer, escribe: "Sólo el 19% de las medicinas aprobadas por la FDA desde el año 2000 aparecen enumeradas en la lista de prestaciones, y sólo el 38% de las aprobadas en los 90 están presentes en la misma." En otras palabras, el departamento mantiene el control de los costes recortando el acceso a las medicinas a los veteranos.
El enorme programa de subsidios a las medicinas de Medicare, que generó el problema de costes que los demócratas afirman que su medida solucionará, no debió haberse creado nunca. Tendríamos que recibir las medicinas a través del mercado o de organizaciones privadas de caridad. Y si ha de implicarse el Estado, mejor que lo esté a través de los cincuenta estados que forman nuestro país, de modo que puedan competir entre sí.
Lo último que deberíamos hacer es dar más poder a los funcionarios federales. Cuando el Estado controla los precios, acaba racionando los suministros. El consumidor sufre. Cuando el producto en cuestión son las medicinas, los resultados pueden ser catastróficos.© Creators Syndicate, Inc.
Sanidad
No al control de precios de las medicinas
John Stossel
Cuando el Estado controla los precios, acaba racionando los suministros. El consumidor sufre. Cuando el producto en cuestión son las medicinas, los resultados pueden ser catastróficos.
Los demócratas que ahora controlan el Congreso quieren alterar los subsidios a los medicamentos de Medicare impulsados por el presidente Bush para obligar a los funcionarios del Gobierno a negociar los precios de las medicinas con las compañías farmacéuticas. Bajo el programa actual, las compañías aseguradoras en competencia cierran los acuerdos y ofrecen cobertura a jubilados e impedidos. Es una lección más del bien establecido principio de que la intervención gubernamental atrae más intervención gubernamental.
Cuando Bush convirtió en ley este programa, la convirtió en la mayor expansión del estado de bienestar desde la Great Society de Lyndon Johnson. Como sucede con todos los programas que dicen conceder "derechos", los costes se dispararán. Los programas sanitarios financiados con impuestos siempre son más caros de lo prometido.
El congresista demócrata John Dingell defiende la propuesta de negociación de las medicinas, con el argumento de que "permitirá precios más bajos para la tercera edad, precios más bajos en las farmacias y un ahorro para todos los contribuyentes". A primera vista, la idea tiene sentido. En lugar de que haya varias compañías compitiendo por negociar el precio de las medicinas, una única, enorme y poderosa entidad llevaría a cabo la negociación. ¿Reduciría eso los precios?
Podría hacerlo, y eso es parte del problema. Cuando alguien promete ayudas provenientes de un monopolio gubernamental, deberíamos sospechar. El Estado no produce cosas. Simplemente utiliza la fuerza para cambiarlas de manos. De modo que, ¿por qué pensar que a Medicare, que está bien lejos de ser un ejemplo de eficacia, se le debe conceder el poder de negociar –que en la práctica sería controlar– los precios?
El poder del Estado para negociar precios más bajos de las medicinas presuntamente proviene de los 43 millones de beneficiarios de Medicare. Según la teoría, las farmacéuticas no tendrán otra elección que someterse a las demandas del Gobierno, porque sería autodestructivo que sus productos fueran excluidos del programa.
Pero hay problemas con esa teoría. En primer lugar, el Estado no sabe cuál es el precio "adecuado". En el mundo real, los precios son fijados por la oferta y la demanda. El Gobierno no forma parte del mercado, y no tendría competidores. Se sentaría en la mesa de "negociación" diciendo: "lo tomas o lo dejas".
La historia no tendrá un final feliz. Se necesita un montón de dinero para desarrollar medicinas. Lograr que una medicación nueva atraviese el laberinto de los procesos de aprobación de la FDA hasta llegar el consumidor exige mil millones de dólares. La mayor parte de las medicinas que comienzan a investigarse ni siquiera llegan tan lejos. Es un negocio intensivo en fracasos. El éxito ocasional es lo que lo hace valioso.
De modo que, cuando el Estado utiliza su poder para forzar que los precios se coloquen por debajo de los niveles del mercado, las farmacéuticas desarrollan menos medicamentos que salvan vidas. Sufriremos más dolor y tendremos vidas más cortas.
Los asegurados de Medicare probablemente ni siquiera tengan acceso a algunas medicinas ya a la venta. Basta con echar un vistazo al Departamento de Asuntos de los Veteranos de Guerra para confirmarlo. Resulta que comí recientemente con la senadora Hillary Clinton. Cuando empecé una de mis habituales diatribas liberales sobre el libre mercado, la Clinton contestó mencionando dicho departamento como un ejemplo de los éxitos del Estado. De hecho, bajo la administración de su marido, la Administración Sanitaria de los Veteranos de Guerra llegó a proporcionar "el mejor cuidado médico del país", según The Washington Monthly. Genial.
Pero monopolios gubernamentales como ese departamento nunca apoyan la innovación como el mercado libre. Además, en este momento está racionando las medicinas. Si usted es un paciente que necesita un medicamento nuevo y caro, no lo recibirá. Sally Pipes, presidente del Pacific Research Institute y autora de Miracle Cure: How to Solve America's Health-Care Crisis and Why Canada Isn't the Answer, escribe: "Sólo el 19% de las medicinas aprobadas por la FDA desde el año 2000 aparecen enumeradas en la lista de prestaciones, y sólo el 38% de las aprobadas en los 90 están presentes en la misma." En otras palabras, el departamento mantiene el control de los costes recortando el acceso a las medicinas a los veteranos.
El enorme programa de subsidios a las medicinas de Medicare, que generó el problema de costes que los demócratas afirman que su medida solucionará, no debió haberse creado nunca. Tendríamos que recibir las medicinas a través del mercado o de organizaciones privadas de caridad. Y si ha de implicarse el Estado, mejor que lo esté a través de los cincuenta estados que forman nuestro país, de modo que puedan competir entre sí.
Lo último que deberíamos hacer es dar más poder a los funcionarios federales. Cuando el Estado controla los precios, acaba racionando los suministros. El consumidor sufre. Cuando el producto en cuestión son las medicinas, los resultados pueden ser catastróficos.© Creators Syndicate, Inc.
Jorge Valin, Es bueno que haya empresas que cierren
viernes 2 de marzo de 2007
Delphi
Es bueno que haya empresas que cierren
Jorge Valín
Mientras que la economía es una ciencia, la política, tal y como vemos cada día, no es más que la manipulación de los sentimientos para conseguir beneficios a corto plazo a expensas del resto de la sociedad.
Estos días hemos sabido del más que probable cierre de una empresa extranjera en España, Delphi. Ante esta situación el Gobierno ha salido a la palestra para defender a los trabajadores, a España y a cualquiera que le pueda reportar votos. Una medida muy conveniente para el PSOE, pero nefasta para la economía.
Para ver un poco mejor el sinsentido de esta medida, alarguemos este intervencionismo al infinito: ante la posibilidad que una empresa cierre, el Gobierno interviene para que ésta siga abierta. Este tipo de intervencionismo nos llevaría a la contradicción del propio sistema capitalista, llegaríamos a la eliminación de la diversidad de productos y precios. Al final, el incentivo de la oferta no sería el beneficio de la demanda o consumidor, sino conseguir las rentas proporcionadas por el Estado.
Esto nos llevaría a la mayor contradicción del capitalismo: tendríamos una estructura productiva plana, inerte, socialista. En este contexto no hay ningún incentivo real para invertir, descubrir necesidades ni avanzar. Si siguiéramos este proceso, dentro de cincuenta años, por poner una fecha, tendríamos el mismo tejido productivo que ahora. El problema es que los países que hubiesen abrazado el capitalismo no estarían como nosotros, sino mucho más avanzados: tendrían una estructura productiva dinámica, rica, diversa, libre y próspera. En algún momento, su superioridad económica acabaría ahogando nuestro bienestar y dejaríamos de ser competitivos para convirtiéndonos en un país subdesarrollado más.
Fíjese en los países comunistas donde siempre había pleno empleo. Mientras las naciones civilizadas avanzan y su bienestar crece, los socialistas se quedan estancados, la pobreza aumenta, la gente quiere escapar de ellos y son incapaces de competir contra nadie. Por el contrario, los países más capitalistas son los más ricos y los que disfrutan de mayor bienestar. Precisamente han sido los antiguos países de la Unión Soviética quienes mejor han acogido al capitalismo y han tenido unos incrementos en bienestar espectaculares. Sería absurdo afirmar que ahora están peor que antes.
Mantener empresas que la gente –o lo que es lo mismo, el mercado– ya no quiere para ganar votos es cerrar la puerta al progreso y a las libres decisiones de los consumidores. Cuando el Gobierno evita un cierre empresarial apoya abiertamente la ineficiencia, el parasitismo y el retroceso económico, creando además una falsa sensación de seguridad laboral y productiva que acaba pagando la sociedad entera con mayores impuestos y desempleo, un mercado laboral rígido e ineficiente y menor diversidad económica. Justo lo que tenemos en España.
La obsesión cortoplacista del Gobierno en detrimento del largo plazo, de la que mantener empresas improductivas que no tienen futuro inmediato no es más que un ejemplo, resta capacidad de riqueza a la comunidad. Localiza los recursos útiles (capital, factor humano...) en labores no productivas. Podemos resumirlo en la expresión: "pan para hoy, hambre para mañana".
Mientras que la economía es una ciencia, la política, tal y como vemos cada día, no es más que la manipulación de los sentimientos para conseguir beneficios a corto plazo a expensas del resto de la sociedad. Mezclar economía con política no hará variar las leyes esenciales de la ciencia económica, sólo nos sumergirá en una ficción de bienestar que nos hará más pobres.
Jorge Valín es miembro del Instituto Juan de Mariana
Delphi
Es bueno que haya empresas que cierren
Jorge Valín
Mientras que la economía es una ciencia, la política, tal y como vemos cada día, no es más que la manipulación de los sentimientos para conseguir beneficios a corto plazo a expensas del resto de la sociedad.
Estos días hemos sabido del más que probable cierre de una empresa extranjera en España, Delphi. Ante esta situación el Gobierno ha salido a la palestra para defender a los trabajadores, a España y a cualquiera que le pueda reportar votos. Una medida muy conveniente para el PSOE, pero nefasta para la economía.
Para ver un poco mejor el sinsentido de esta medida, alarguemos este intervencionismo al infinito: ante la posibilidad que una empresa cierre, el Gobierno interviene para que ésta siga abierta. Este tipo de intervencionismo nos llevaría a la contradicción del propio sistema capitalista, llegaríamos a la eliminación de la diversidad de productos y precios. Al final, el incentivo de la oferta no sería el beneficio de la demanda o consumidor, sino conseguir las rentas proporcionadas por el Estado.
Esto nos llevaría a la mayor contradicción del capitalismo: tendríamos una estructura productiva plana, inerte, socialista. En este contexto no hay ningún incentivo real para invertir, descubrir necesidades ni avanzar. Si siguiéramos este proceso, dentro de cincuenta años, por poner una fecha, tendríamos el mismo tejido productivo que ahora. El problema es que los países que hubiesen abrazado el capitalismo no estarían como nosotros, sino mucho más avanzados: tendrían una estructura productiva dinámica, rica, diversa, libre y próspera. En algún momento, su superioridad económica acabaría ahogando nuestro bienestar y dejaríamos de ser competitivos para convirtiéndonos en un país subdesarrollado más.
Fíjese en los países comunistas donde siempre había pleno empleo. Mientras las naciones civilizadas avanzan y su bienestar crece, los socialistas se quedan estancados, la pobreza aumenta, la gente quiere escapar de ellos y son incapaces de competir contra nadie. Por el contrario, los países más capitalistas son los más ricos y los que disfrutan de mayor bienestar. Precisamente han sido los antiguos países de la Unión Soviética quienes mejor han acogido al capitalismo y han tenido unos incrementos en bienestar espectaculares. Sería absurdo afirmar que ahora están peor que antes.
Mantener empresas que la gente –o lo que es lo mismo, el mercado– ya no quiere para ganar votos es cerrar la puerta al progreso y a las libres decisiones de los consumidores. Cuando el Gobierno evita un cierre empresarial apoya abiertamente la ineficiencia, el parasitismo y el retroceso económico, creando además una falsa sensación de seguridad laboral y productiva que acaba pagando la sociedad entera con mayores impuestos y desempleo, un mercado laboral rígido e ineficiente y menor diversidad económica. Justo lo que tenemos en España.
La obsesión cortoplacista del Gobierno en detrimento del largo plazo, de la que mantener empresas improductivas que no tienen futuro inmediato no es más que un ejemplo, resta capacidad de riqueza a la comunidad. Localiza los recursos útiles (capital, factor humano...) en labores no productivas. Podemos resumirlo en la expresión: "pan para hoy, hambre para mañana".
Mientras que la economía es una ciencia, la política, tal y como vemos cada día, no es más que la manipulación de los sentimientos para conseguir beneficios a corto plazo a expensas del resto de la sociedad. Mezclar economía con política no hará variar las leyes esenciales de la ciencia económica, sólo nos sumergirá en una ficción de bienestar que nos hará más pobres.
Jorge Valín es miembro del Instituto Juan de Mariana
Jose Carlos Rodriguez, Como se gestó la Transicion
viernes 2 de marzo de 2007
SOBREVIVIR DESPUÉS DE FRANCO
Cómo se gestó la Transición
Por José Carlos Rodríguez
Que el Gobierno del 14-M trata de establecer un cambio de régimen ya no es un juicio aventurado o excesivo. El propio Zapatero ha ligado la legitimidad democrática no a su origen histórico, la Transición, sino a la II República, que desembocó en la Guerra Civil. De ahí que el estudio de la Transición sea en estos momentos de la máxima importancia.
El Cultural publicó recientemente una lista de los mejores libros aparecidos en 2006. Entre ellos se contaba Sobrevivir después de Franco, de Cristina Palomares. También yo pienso que fue una de las mejores obras de no ficción de la pasada temporada, incluso de los últimos años. Le concedo tanta importancia no sólo por su contenido, también por el momento en que ha visto la luz.
El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero está embarcado en un cambio de régimen. Como el que pretende erigir necesita dotarse de una legitimidad histórica, Zapatero ha ido a buscarla a la II República. Esto supone vaciar de significación histórica y moral a la Transición, cuyo estudio merece hoy más atención que nunca.
La tesis de Cristina Palomares queda expresada con claridad en las primeras palabras del epílogo: "Los políticos moderados que formaban parte del régimen de Franco entre los años sesenta y setenta y que apoyaban la reforma política del sistema fueron un factor esencial para la transición democrática en España". El régimen escapó de una dura crisis económica y social gracias a la apertura económica de 1959, pero con ella se aceleró la modernización social y el desarrollo de la clase media, lo que suponía para aquél hacer frente a nuevos retos y dificultades.
La principal de éstas fue el creciente desencuentro entre el régimen, de carácter autoritario, y la sociedad. Las categorías políticas en que nació la dictadura habían quedado en gran medida obsoletas en la década de los 60. Sólo la lucha contra el comunismo mantenía su vigor, en plena Guerra Fría. Pero el progreso social y el deseo cada vez más irreprensible de vivir en una sociedad libre y normalizada imponían crecientes presiones a la dictadura.
La tentación inmovilista fue siempre muy poderosa. Pero la parte más avanzada del régimen, los sectores considerados "moderados" o "aperturistas", se daba perfecta cuenta de la situación. Tenía claro que, como escribe Palomares, "el proyecto del franquismo estaba, sin duda, ligado a Franco", y que la muerte del Caudillo iba a significar "la muerte del régimen".
Siendo muy joven, Franco abandonó su inicial propensión a la democracia y adoptó una visión muy negativa de la misma, alimentada por los acontecimientos de la fase final de la Restauración, interrumpida por Miguel Primo de Rivera, y especialmente por la II República. Pero los hombres más aperturistas de su régimen no tenían esa visión tan negativa, y consideraban aquélla una opción válida, acaso inevitable. De lo que se trataba era de conservar al menos parte del legado del régimen, evitar caer en los males que provocaron la Guerra Civil y, como reza el título del libro de Palomares, "sobrevivir después de Franco". Ésta es, al menos, la tesis central de la autora.
No es mera casualidad que los primeros movimientos para adaptar la dictadura a los cambios sociales tuvieran lugar en los 60. El objetivo era permitir una comunicación con la sociedad sin que una apertura "excesiva" llevara a una situación incontrolable. Puesto que no se podía plantear la creación de un partido político, un sector del franquismo abogó por que una nueva ley de asociaciones permitiera a los elementos más activos de la sociedad una participación controlada, con tolerancia ideológica pero no política, en los asuntos públicos.
La ley de 1964 apenas cambió la situación, lo que llevó a muchos, dice Palomares, "al uso de canales alternativos para la discusión de asuntos políticos, que incluían encuentros privados, publicaciones, grupos de estudio y clubes, sociedades mercantiles y asociaciones culturales".
El propio Franco parecía ser consciente de la necesidad de tener un mayor contacto con la gente, de ahí que declarara, con motivo de la promulgación de la Ley Orgánica del Estado (1967): "La exclusión de partidos políticos en manera alguna implica la exclusión del legítimo contraste de pareceres, del análisis crítico de las soluciones de gobierno". Los pobres instrumentos que toleró la dictadura para la discusión política fueron aprovechados en gran medida y permitieron un debate intenso, sólo parcialmente público, aunque no cerrado, sobre cuál debía ser el camino que había de tomar España.
Con la muerte de Franco y el acceso de Juan Carlos I a la Jefatura del Estado cobran gran relevancia los nombres de aquellos que más intensamente habían participado en los debates sobre la forma de reenganchar España a la Historia: el propio Juan Carlos I, Torcuato Fernández-Miranda, José María de Areilza, Manuel Fraga y el grupo Tácito. Ellos, partidarios de la transición "de la ley a la ley", tuvieron que vérselas con los defensores de la "ruptura", que pretendían asentar la democracia sobre bases completamente nuevas, o al menos completamente desvinculadas del régimen que agonizaba tras la muerte de Franco.
El triunfo de la "ruptura" habría dado al traste con la labor que los moderados y aperturistas habían ido acometiendo en los últimos años. Qué duda cabe de que el maximalismo de la "oposición democrática" forzó a los aperturistas a llegar, acaso, más lejos de lo que hubieran querido. El primer Gobierno de Adolfo Suárez no se planteó legalizar el Partido Comunista, por ejemplo.
Si hubiera que hacer una crítica a Sobrevivir después de Franco, no la dirigiría a la tesis central, bien expuesta, acotada y defendida, sino al hecho de que Palomares deje sin explicar el acontecimiento más sorprendente de la Transición, el famoso haraquiri de las Cortes franquistas. ¿Cómo se entiende que aquellos que salieron victoriosos de una guerra civil crudelísima tomaran mayoritariamente la decisión de desmantelar el régimen que habían erigido para dar paso a un cambio de semejante envergadura? Quizá la respuesta adecuada a este problema histórico quede para otra obra de la misma autora, o de quienes se sumen al esfuerzo por entender el verdadero origen de la democracia del 78.
CRISTINA PALOMARES: SOBREVIVIR DESPUÉS DE FRANCO. EVOLUCIÓN Y TRIUNFO DEL REFORMISMO, 1964-1977. Alianza Editorial (Madrid), 2006, 398 páginas.
SOBREVIVIR DESPUÉS DE FRANCO
Cómo se gestó la Transición
Por José Carlos Rodríguez
Que el Gobierno del 14-M trata de establecer un cambio de régimen ya no es un juicio aventurado o excesivo. El propio Zapatero ha ligado la legitimidad democrática no a su origen histórico, la Transición, sino a la II República, que desembocó en la Guerra Civil. De ahí que el estudio de la Transición sea en estos momentos de la máxima importancia.
El Cultural publicó recientemente una lista de los mejores libros aparecidos en 2006. Entre ellos se contaba Sobrevivir después de Franco, de Cristina Palomares. También yo pienso que fue una de las mejores obras de no ficción de la pasada temporada, incluso de los últimos años. Le concedo tanta importancia no sólo por su contenido, también por el momento en que ha visto la luz.
El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero está embarcado en un cambio de régimen. Como el que pretende erigir necesita dotarse de una legitimidad histórica, Zapatero ha ido a buscarla a la II República. Esto supone vaciar de significación histórica y moral a la Transición, cuyo estudio merece hoy más atención que nunca.
La tesis de Cristina Palomares queda expresada con claridad en las primeras palabras del epílogo: "Los políticos moderados que formaban parte del régimen de Franco entre los años sesenta y setenta y que apoyaban la reforma política del sistema fueron un factor esencial para la transición democrática en España". El régimen escapó de una dura crisis económica y social gracias a la apertura económica de 1959, pero con ella se aceleró la modernización social y el desarrollo de la clase media, lo que suponía para aquél hacer frente a nuevos retos y dificultades.
La principal de éstas fue el creciente desencuentro entre el régimen, de carácter autoritario, y la sociedad. Las categorías políticas en que nació la dictadura habían quedado en gran medida obsoletas en la década de los 60. Sólo la lucha contra el comunismo mantenía su vigor, en plena Guerra Fría. Pero el progreso social y el deseo cada vez más irreprensible de vivir en una sociedad libre y normalizada imponían crecientes presiones a la dictadura.
La tentación inmovilista fue siempre muy poderosa. Pero la parte más avanzada del régimen, los sectores considerados "moderados" o "aperturistas", se daba perfecta cuenta de la situación. Tenía claro que, como escribe Palomares, "el proyecto del franquismo estaba, sin duda, ligado a Franco", y que la muerte del Caudillo iba a significar "la muerte del régimen".
Siendo muy joven, Franco abandonó su inicial propensión a la democracia y adoptó una visión muy negativa de la misma, alimentada por los acontecimientos de la fase final de la Restauración, interrumpida por Miguel Primo de Rivera, y especialmente por la II República. Pero los hombres más aperturistas de su régimen no tenían esa visión tan negativa, y consideraban aquélla una opción válida, acaso inevitable. De lo que se trataba era de conservar al menos parte del legado del régimen, evitar caer en los males que provocaron la Guerra Civil y, como reza el título del libro de Palomares, "sobrevivir después de Franco". Ésta es, al menos, la tesis central de la autora.
No es mera casualidad que los primeros movimientos para adaptar la dictadura a los cambios sociales tuvieran lugar en los 60. El objetivo era permitir una comunicación con la sociedad sin que una apertura "excesiva" llevara a una situación incontrolable. Puesto que no se podía plantear la creación de un partido político, un sector del franquismo abogó por que una nueva ley de asociaciones permitiera a los elementos más activos de la sociedad una participación controlada, con tolerancia ideológica pero no política, en los asuntos públicos.
La ley de 1964 apenas cambió la situación, lo que llevó a muchos, dice Palomares, "al uso de canales alternativos para la discusión de asuntos políticos, que incluían encuentros privados, publicaciones, grupos de estudio y clubes, sociedades mercantiles y asociaciones culturales".
El propio Franco parecía ser consciente de la necesidad de tener un mayor contacto con la gente, de ahí que declarara, con motivo de la promulgación de la Ley Orgánica del Estado (1967): "La exclusión de partidos políticos en manera alguna implica la exclusión del legítimo contraste de pareceres, del análisis crítico de las soluciones de gobierno". Los pobres instrumentos que toleró la dictadura para la discusión política fueron aprovechados en gran medida y permitieron un debate intenso, sólo parcialmente público, aunque no cerrado, sobre cuál debía ser el camino que había de tomar España.
Con la muerte de Franco y el acceso de Juan Carlos I a la Jefatura del Estado cobran gran relevancia los nombres de aquellos que más intensamente habían participado en los debates sobre la forma de reenganchar España a la Historia: el propio Juan Carlos I, Torcuato Fernández-Miranda, José María de Areilza, Manuel Fraga y el grupo Tácito. Ellos, partidarios de la transición "de la ley a la ley", tuvieron que vérselas con los defensores de la "ruptura", que pretendían asentar la democracia sobre bases completamente nuevas, o al menos completamente desvinculadas del régimen que agonizaba tras la muerte de Franco.
El triunfo de la "ruptura" habría dado al traste con la labor que los moderados y aperturistas habían ido acometiendo en los últimos años. Qué duda cabe de que el maximalismo de la "oposición democrática" forzó a los aperturistas a llegar, acaso, más lejos de lo que hubieran querido. El primer Gobierno de Adolfo Suárez no se planteó legalizar el Partido Comunista, por ejemplo.
Si hubiera que hacer una crítica a Sobrevivir después de Franco, no la dirigiría a la tesis central, bien expuesta, acotada y defendida, sino al hecho de que Palomares deje sin explicar el acontecimiento más sorprendente de la Transición, el famoso haraquiri de las Cortes franquistas. ¿Cómo se entiende que aquellos que salieron victoriosos de una guerra civil crudelísima tomaran mayoritariamente la decisión de desmantelar el régimen que habían erigido para dar paso a un cambio de semejante envergadura? Quizá la respuesta adecuada a este problema histórico quede para otra obra de la misma autora, o de quienes se sumen al esfuerzo por entender el verdadero origen de la democracia del 78.
CRISTINA PALOMARES: SOBREVIVIR DESPUÉS DE FRANCO. EVOLUCIÓN Y TRIUNFO DEL REFORMISMO, 1964-1977. Alianza Editorial (Madrid), 2006, 398 páginas.
Jorge Vilches, Lo que si da de si la aznarofobia
viernes 2 de marzo de 2007
LA MALDICIÓN DE CASANDRA
Lo que da de sí la aznarofobia
Por Jorge Vilches
¿Podríamos entender el ascenso y victoria de Zapatero sin la aznarofobia? La última legislatura del Gobierno de Aznar estuvo marcada por la dura campaña de la oposición socialista y nacionalista (valga el pleonasmo). No hubo tregua en cuestión política alguna, ni pancarta que no terminara desplegada ante una sede del PP.
El chivo expiatorio, el culpable último de todo, era ese presidente encarado, antipático y autoritario, José María Aznar, amigo del enemigo yanqui, un tal George W. Bush. La mera mención a Aznar llevaba aparejados el error, la maldad, la fealdad, el facherío cutre y, por supuesto, el ridículo. En este punto, el zapaterismo no sería sino la sublimación progre de la aznarofobia.
Así pues, cuando se estudie el auge y caída del imperio zapateresco será ineludible hablar de la aznarofobia. El libro de Graciano Palomo De Aznar a Rajoy: La maldición de Casandra se convertirá en un prueba más de ese estado mental que se ha enseñoreado de parte de la sociedad española desde que la derecha tiene un partido que gana elecciones.
Y es que la izquierda no digiere que la derecha haya gobernado ocho años (la gran anomalía de nuestra democracia), y que, para colmo, esos ocho años hayan conformado el periodo de nuestra mayor prosperidad. Se trata de una contrariedad que les lleva a cierta esquizofrenia intelectual. Sólo así se puede afirmar, como Palomo, que Aznar fue "en muchos aspectos un gran presidente" (pág. 10) y, a la vez, "uno de los peores presidentes que ha tenido jamás el mundo libre" (pág. 11).
Partiendo de la aznarofobia, la obra de Palomo gira alrededor de dos tesis. La primera aboga por culpar a Aznar de los problemas políticos que padece el país. La crispación nacionalista que generó su "idea joseantoniana" de España, dice el autor, ha llevado a la caótica reordenación territorial de hoy; la falta de democracia interna a la hora de elegir a su sucesor, Mariano Rajoy, ha metido al PP "en la fosa"; el apoyo a la intervención en Irak provocó el 11-M; y sus errores obligaron a los españoles a votar a un hombre inexperto y radical, Zapatero.
Por si fuera poco, Aznar, con su "autoritarismo", echó por tierra la Transición. Y tras su falso adiós a la política se ha convertido en "un demagogo irresponsable en busca de restañar su resentimiento a costa del PP, aun de España, arruinando toda posibilidad de voluntad centrista", lo que impide a los populares acercarse al poder (pág. 28).
La segunda tesis sostiene que Mariano Rajoy no puede llevar el PP al poder porque, dice Palomo, le falta personalidad ganadora y carece de un equipo de confianza con peso en el partido. Zapatero, además, le ha tomado la medida parlamentaria, con lo que ha inutilizado la gran baza del gallego, su habilidad oratoria. La impotencia del dirigente del PP también se nota en el seno del partido, en manos de los aznaristas y los barones regionales. Bajo el "imperio moral" de Aznar, Rajoy "no transmite sensación de controlar nada, y mucho menos al PP" (pág. 446).
El libro de Graciano Palomo, en fin, tiene tres componentes: el rencor, la interpretación socialista al uso y cierto aroma a historia ya contada. De hecho, Palomo ya se ocupó de Aznar y del PP en dos obras anteriores: El vuelo del halcón: José María Aznar y la aventura de la derecha española (1990) y El túnel: la larga marcha de José María Aznar y la derecha española hacia el poder (1993).
El rencor personal y un evidente deseo de saldar cuentas recorren todo el libro, de ahí los insultos que se vierten sobre numerosos políticos y periodistas. A esta práctica, que suele descalificar por sí sola cualquier trabajo, se le añade una ausencia total de método analítico. No hay un análisis sobre el pensamiento, la estrategia y el contexto histórico y político del PP. Ni un estudio serio de la élite del partido, salvo alguna nota biográfica sin relación contextual ni consecuencia. Asimismo, no se hace un uso correcto de los conceptos politológicos, que se manejan con total despreocupación: por ejemplo, ningún politólogo se atrevería, por dignidad personal, a calificar al PP de "populista" (págs. 418 y 456).
Por lo que hace al subtítulo: "Los secretos de la derecha española", Palomo no hace sino presentar un conjunto de anécdotas sin apenas relevancia histórica. Junto a las comidillas y sucesos personales, Palomo da cancha a los conocidos argumentos de la interpretación socialista de la derecha española, dentro del molde de la aznarofobia.
En conclusión: De Aznar a Rajoy no sirve para hacer la historia del PP, pero sí resulta útil para saber de las fobias de la izquierda tras treinta años de democracia.
GRACIANO PALOMO: DE AZNAR A RAJOY: LA MALDICIÓN DE CASANDRA. Foca (Madrid), 2006, 460 páginas.
LA MALDICIÓN DE CASANDRA
Lo que da de sí la aznarofobia
Por Jorge Vilches
¿Podríamos entender el ascenso y victoria de Zapatero sin la aznarofobia? La última legislatura del Gobierno de Aznar estuvo marcada por la dura campaña de la oposición socialista y nacionalista (valga el pleonasmo). No hubo tregua en cuestión política alguna, ni pancarta que no terminara desplegada ante una sede del PP.
El chivo expiatorio, el culpable último de todo, era ese presidente encarado, antipático y autoritario, José María Aznar, amigo del enemigo yanqui, un tal George W. Bush. La mera mención a Aznar llevaba aparejados el error, la maldad, la fealdad, el facherío cutre y, por supuesto, el ridículo. En este punto, el zapaterismo no sería sino la sublimación progre de la aznarofobia.
Así pues, cuando se estudie el auge y caída del imperio zapateresco será ineludible hablar de la aznarofobia. El libro de Graciano Palomo De Aznar a Rajoy: La maldición de Casandra se convertirá en un prueba más de ese estado mental que se ha enseñoreado de parte de la sociedad española desde que la derecha tiene un partido que gana elecciones.
Y es que la izquierda no digiere que la derecha haya gobernado ocho años (la gran anomalía de nuestra democracia), y que, para colmo, esos ocho años hayan conformado el periodo de nuestra mayor prosperidad. Se trata de una contrariedad que les lleva a cierta esquizofrenia intelectual. Sólo así se puede afirmar, como Palomo, que Aznar fue "en muchos aspectos un gran presidente" (pág. 10) y, a la vez, "uno de los peores presidentes que ha tenido jamás el mundo libre" (pág. 11).
Partiendo de la aznarofobia, la obra de Palomo gira alrededor de dos tesis. La primera aboga por culpar a Aznar de los problemas políticos que padece el país. La crispación nacionalista que generó su "idea joseantoniana" de España, dice el autor, ha llevado a la caótica reordenación territorial de hoy; la falta de democracia interna a la hora de elegir a su sucesor, Mariano Rajoy, ha metido al PP "en la fosa"; el apoyo a la intervención en Irak provocó el 11-M; y sus errores obligaron a los españoles a votar a un hombre inexperto y radical, Zapatero.
Por si fuera poco, Aznar, con su "autoritarismo", echó por tierra la Transición. Y tras su falso adiós a la política se ha convertido en "un demagogo irresponsable en busca de restañar su resentimiento a costa del PP, aun de España, arruinando toda posibilidad de voluntad centrista", lo que impide a los populares acercarse al poder (pág. 28).
La segunda tesis sostiene que Mariano Rajoy no puede llevar el PP al poder porque, dice Palomo, le falta personalidad ganadora y carece de un equipo de confianza con peso en el partido. Zapatero, además, le ha tomado la medida parlamentaria, con lo que ha inutilizado la gran baza del gallego, su habilidad oratoria. La impotencia del dirigente del PP también se nota en el seno del partido, en manos de los aznaristas y los barones regionales. Bajo el "imperio moral" de Aznar, Rajoy "no transmite sensación de controlar nada, y mucho menos al PP" (pág. 446).
El libro de Graciano Palomo, en fin, tiene tres componentes: el rencor, la interpretación socialista al uso y cierto aroma a historia ya contada. De hecho, Palomo ya se ocupó de Aznar y del PP en dos obras anteriores: El vuelo del halcón: José María Aznar y la aventura de la derecha española (1990) y El túnel: la larga marcha de José María Aznar y la derecha española hacia el poder (1993).
El rencor personal y un evidente deseo de saldar cuentas recorren todo el libro, de ahí los insultos que se vierten sobre numerosos políticos y periodistas. A esta práctica, que suele descalificar por sí sola cualquier trabajo, se le añade una ausencia total de método analítico. No hay un análisis sobre el pensamiento, la estrategia y el contexto histórico y político del PP. Ni un estudio serio de la élite del partido, salvo alguna nota biográfica sin relación contextual ni consecuencia. Asimismo, no se hace un uso correcto de los conceptos politológicos, que se manejan con total despreocupación: por ejemplo, ningún politólogo se atrevería, por dignidad personal, a calificar al PP de "populista" (págs. 418 y 456).
Por lo que hace al subtítulo: "Los secretos de la derecha española", Palomo no hace sino presentar un conjunto de anécdotas sin apenas relevancia histórica. Junto a las comidillas y sucesos personales, Palomo da cancha a los conocidos argumentos de la interpretación socialista de la derecha española, dentro del molde de la aznarofobia.
En conclusión: De Aznar a Rajoy no sirve para hacer la historia del PP, pero sí resulta útil para saber de las fobias de la izquierda tras treinta años de democracia.
GRACIANO PALOMO: DE AZNAR A RAJOY: LA MALDICIÓN DE CASANDRA. Foca (Madrid), 2006, 460 páginas.
Guillermo Elizalde Monroset
viernes 2 de marzo de 2007
BLOWING UP RUSSIA
El yo acuso de Litvinenko
Por Guillermo Elizalde Monroset
Dostoyevski pensaba que la Revolución Francesa fue en esencia un cambio de señores: "No se logró otra cosa que renovar el despotismo, un quítate tú que me pongo yo. Los nuevos triunfadores, los burgueses, eran quizá peores que los antiguos déspotas, los nobles". En la revolución de 1917 ocurrió lo mismo. Y, tal vez, en la Rusia de Putin.
Alexander Litvinienko era teniente coronel del Servicio Federal de Seguridad (FSB), sucesor del KGB. Pertenecía a la unidad especial contra el terrorismo y el crimen organizado. En noviembre de 1998 reveló que el FSB, entonces dirigido por Putin, le había ordenado eliminar al millonario Boris Berezovski. Después de ser destituido y perseguido por vía judicial, Litvinienko logró asilarse en Gran Bretaña a finales de 2000. Allí murió el pasado 23 de noviembre, envenenado con polonio.
Septiembre de 1999. Cerca de trescientas personas mueren en una serie de explosiones registradas en edificios de viviendas de varias ciudades rusas. El historiador Yuri Felshtinski se puso a investigar y concluyó que las voladuras no eran sino una operación del FSB para poder desencadenar la segunda guerra de Chechenia.
Felshtinski compartió sus pesquisas con Litvinienko, y ambos dieron a la imprenta, en 2002, Blowing up Russia. Aunque el régimen de Putin decidió retirarlo de la circulación, la revista liberal Novaya Gazeta pudo publicar algunas de las primicias en él contenidas. Poco más tarde, en 2003, el editor de la NG era envenenado, y en octubre de 2006 caía asesinada su más célebre redactora, Anna Politkovskaya.
Felshtinski y Litvinienko escribieron Blowing up Russia con el objeto de demostrar que "los más fundamentales problemas de Rusia no derivan de las reformas radicales de la presidencia de Yeltsin, sino de la resistencia abierta o clandestina a las mismas por parte de los servicios secretos rusos". "Desataron las dos guerras chechenas para apartar a Rusia de la democracia y dirigirla hacia la dictadura, el militarismo y el chauvinismo", agregaban; y remachaban: tenían por objetivo final colocar a uno de los suyos –Putin– en el poder.
Según los autores, desde la caída de la URSS, en 1991, los elementos del KGB habrían empezado a operar de modo independiente, libres del control del politburó comunista. Cuando, en 1993, Yeltsin acabó con el Parlamento (Duma) prosoviético, los antiguos cabecillas del KGB habrían decidido desestabilizar las reformas mediante el fomento tanto de la criminalidad como de los conflictos nacionales en el Cáucaso. La victoria de Yeltsin en 1996 habría convertido a la élite empresarial rusa –el principal apoyo de aquél– en objetivo prioritario del FSB.
Aún más: a juicio de Felshtinski y Litvinenko, la primera guerra de Chechenia (1994-1996) fue orquestada por el FSB, que habría tratado también de impedir el acuerdo de paz mediante los atentados veraniegos de 1996 en el metro de Moscú. Finalmente, Yeltsin se habría visto obligado a traspasar el poder al FSB a cambio de inmunidad para él y su familia.
Para desencadenar la segunda guerra chechena (1999) y asegurar la victoria de Putin en las elecciones de 2000, el FSB habría organizado el reclutamiento de grupos criminales que llevaran a cabo secuestros y asesinatos en Chechenia (con el objeto de desacreditar internacionalmente a la república caucásica), la incursión militar del checheno Basayev en Daguestán (con el objeto de justificar una respuesta militar contra Chechenia) y, sobre todo, la operación Hiroshima, consistente en la voladura de varios edificios de viviendas en Buinaksk, Moscú y Volgodonsk; se atribuyó esta carnicería a los chechenos, y acto seguido el Ejército ruso se lanzó sobre Chechenia.
Así pues, en Blowing up Russia se expone una teoría de la conspiración en la que tienen cabida atentados masivos, explosivos erróneamente identificados, actuaciones de los servicios secretos, relaciones entre ataques terroristas y resultados electorales, opacidad informativa y periodistas valientes que quieren saber. Tal vez en España alguien descubra parecidos con la cuestión del 11-M. Pero lo importante es la imagen que se da en el libro del Gobierno ruso; un Gobierno dirigido por un tipo que brinda por Stalin con el líder comunista Ziuganov, destruye la libertad de expresión, reintroduce el himno soviético y coloca en posiciones fundamentales de la Administración a generales del FSB. "Merece, sin duda, el título de tirano", afirman Litvinenko y Felshtinski.
El actual director del FSB, Nikolai Patrushev, ha llegado a proclamar: "No rechazamos nuestro pasado, la historia de la Lubianka [sede de la Cheka] en el siglo XX es nuestra historia". No es de extrañar, pues, que muchos entiendan que en Rusia aún gobierna el terror del KGB. ¿Hay que creerlo? Pascal sólo creía a los testigos que se dejaban matar. Parece que a Litvinienko lo han matado por decirlo.
© Fundación Burke
ALEXANDER LITVINENKO Y YURI FELSHTINSKI: BLOWING UP RUSSIA. TERROR FROM WITHIN. Gibson Square (Londres), 2007 (edición revisada y actualizada), 317 páginas.
BLOWING UP RUSSIA
El yo acuso de Litvinenko
Por Guillermo Elizalde Monroset
Dostoyevski pensaba que la Revolución Francesa fue en esencia un cambio de señores: "No se logró otra cosa que renovar el despotismo, un quítate tú que me pongo yo. Los nuevos triunfadores, los burgueses, eran quizá peores que los antiguos déspotas, los nobles". En la revolución de 1917 ocurrió lo mismo. Y, tal vez, en la Rusia de Putin.
Alexander Litvinienko era teniente coronel del Servicio Federal de Seguridad (FSB), sucesor del KGB. Pertenecía a la unidad especial contra el terrorismo y el crimen organizado. En noviembre de 1998 reveló que el FSB, entonces dirigido por Putin, le había ordenado eliminar al millonario Boris Berezovski. Después de ser destituido y perseguido por vía judicial, Litvinienko logró asilarse en Gran Bretaña a finales de 2000. Allí murió el pasado 23 de noviembre, envenenado con polonio.
Septiembre de 1999. Cerca de trescientas personas mueren en una serie de explosiones registradas en edificios de viviendas de varias ciudades rusas. El historiador Yuri Felshtinski se puso a investigar y concluyó que las voladuras no eran sino una operación del FSB para poder desencadenar la segunda guerra de Chechenia.
Felshtinski compartió sus pesquisas con Litvinienko, y ambos dieron a la imprenta, en 2002, Blowing up Russia. Aunque el régimen de Putin decidió retirarlo de la circulación, la revista liberal Novaya Gazeta pudo publicar algunas de las primicias en él contenidas. Poco más tarde, en 2003, el editor de la NG era envenenado, y en octubre de 2006 caía asesinada su más célebre redactora, Anna Politkovskaya.
Felshtinski y Litvinienko escribieron Blowing up Russia con el objeto de demostrar que "los más fundamentales problemas de Rusia no derivan de las reformas radicales de la presidencia de Yeltsin, sino de la resistencia abierta o clandestina a las mismas por parte de los servicios secretos rusos". "Desataron las dos guerras chechenas para apartar a Rusia de la democracia y dirigirla hacia la dictadura, el militarismo y el chauvinismo", agregaban; y remachaban: tenían por objetivo final colocar a uno de los suyos –Putin– en el poder.
Según los autores, desde la caída de la URSS, en 1991, los elementos del KGB habrían empezado a operar de modo independiente, libres del control del politburó comunista. Cuando, en 1993, Yeltsin acabó con el Parlamento (Duma) prosoviético, los antiguos cabecillas del KGB habrían decidido desestabilizar las reformas mediante el fomento tanto de la criminalidad como de los conflictos nacionales en el Cáucaso. La victoria de Yeltsin en 1996 habría convertido a la élite empresarial rusa –el principal apoyo de aquél– en objetivo prioritario del FSB.
Aún más: a juicio de Felshtinski y Litvinenko, la primera guerra de Chechenia (1994-1996) fue orquestada por el FSB, que habría tratado también de impedir el acuerdo de paz mediante los atentados veraniegos de 1996 en el metro de Moscú. Finalmente, Yeltsin se habría visto obligado a traspasar el poder al FSB a cambio de inmunidad para él y su familia.
Para desencadenar la segunda guerra chechena (1999) y asegurar la victoria de Putin en las elecciones de 2000, el FSB habría organizado el reclutamiento de grupos criminales que llevaran a cabo secuestros y asesinatos en Chechenia (con el objeto de desacreditar internacionalmente a la república caucásica), la incursión militar del checheno Basayev en Daguestán (con el objeto de justificar una respuesta militar contra Chechenia) y, sobre todo, la operación Hiroshima, consistente en la voladura de varios edificios de viviendas en Buinaksk, Moscú y Volgodonsk; se atribuyó esta carnicería a los chechenos, y acto seguido el Ejército ruso se lanzó sobre Chechenia.
Así pues, en Blowing up Russia se expone una teoría de la conspiración en la que tienen cabida atentados masivos, explosivos erróneamente identificados, actuaciones de los servicios secretos, relaciones entre ataques terroristas y resultados electorales, opacidad informativa y periodistas valientes que quieren saber. Tal vez en España alguien descubra parecidos con la cuestión del 11-M. Pero lo importante es la imagen que se da en el libro del Gobierno ruso; un Gobierno dirigido por un tipo que brinda por Stalin con el líder comunista Ziuganov, destruye la libertad de expresión, reintroduce el himno soviético y coloca en posiciones fundamentales de la Administración a generales del FSB. "Merece, sin duda, el título de tirano", afirman Litvinenko y Felshtinski.
El actual director del FSB, Nikolai Patrushev, ha llegado a proclamar: "No rechazamos nuestro pasado, la historia de la Lubianka [sede de la Cheka] en el siglo XX es nuestra historia". No es de extrañar, pues, que muchos entiendan que en Rusia aún gobierna el terror del KGB. ¿Hay que creerlo? Pascal sólo creía a los testigos que se dejaban matar. Parece que a Litvinienko lo han matado por decirlo.
© Fundación Burke
ALEXANDER LITVINENKO Y YURI FELSHTINSKI: BLOWING UP RUSSIA. TERROR FROM WITHIN. Gibson Square (Londres), 2007 (edición revisada y actualizada), 317 páginas.
Jose Maria Marco, Una propuesta para la derecha española
viernes 2 de marzo de 2007
QUÉ PIENSAN LOS "NEOCON" ESPAÑOLES
Una propuesta para la derecha española
Por José María Marco
Los lectores de Libertad Digital conocen bien al Grupo de Estudios Estratégicos. El GEES, como se le suele llamar, publica en estas páginas una columna diaria de análisis. En ella habla de seguridad, de política interior, de la situación internacional y del papel de España en el mundo.
Las columnas del GEES tienen la virtud de no pasar inadvertidas. Siempre interesantes, y a veces provocadoras, ofrecen abundante información y una perspectiva de fondo basada, obviamente, en una reflexión larga y sostenida. ¿Qué será eso del GEES?, se habrá preguntado más de un lector curioso.
Casi todos se habrán asomado a su página web, que acumula una prodigiosa cantidad de información y de opinión fundamentada y bien argumentada. Ahora tenemos la ocasión de ampliar el conocimiento del grupo con un libro de título provocador: Qué piensan los "neocon" españoles.
Se trata de una síntesis muy apretada de ideas y reflexiones publicada para conmemorar la fundación, hace ahora veinte años, del grupo. Conviene subrayar este primer punto. El GEES es una suerte de think-tank o grupo de reflexión financiado con fondos privados. No es una ONG más, de las muchas que, a pesar de lo de "organización no gubernamental", reciben sobre todo dinero público. Su aportación al debate de ideas, completamente altruista, se nutre del esfuerzo de unas cuantas personas y de la ayuda de otras. Los encargos profesionales sobre estudios de seguridad, cuando los hay, sirven para financiar la reflexión y la discusión, que luego se reflejan en las columnas de Libertad Digital, en la web del grupo o en las apariciones de algunos de sus miembros en medios como La Razón.
Uno de los atractivos de este libro, en particular de los textos introductorios, es precisamente conocer cómo ha sido posible este auténtico milagro en una sociedad como la española, tan poco dada al esfuerzo altruista, independiente, encaminado a la aportación y la propuesta de ideas.
Una de las claves está en la amistad. Los componentes del GEES, como en parte los neocon norteamericanos de los que toman el nombre, forman un grupo con algunas reglas explícitas y muchas informales. Se basa en la lealtad y la confianza. Hay gente del mundo universitario (Manuel Coma o Florentino Portero), especialistas en seguridad (Rafael Bardají), profesionales de la defensa y también políticos (Ignacio Cosidó, por ejemplo). A todos ellos les une esa relación personal, mantenida a lo largo de muchos años; una relación que permite la circulación de ideas, la toma casi instantánea de posturas comunes y, sobre eso, la integración de nuevos miembros.
Porque el GEES, y éste es otro milagro que se refleja en las páginas de Qué piensan..., ha sido capaz no sólo de mantenerse, también de ir ampliándose, con personas que comparten, más allá de las ideas, un mismo temple moral. Véanse las extraordinarias aportaciones de Óscar Elía Mañú a este libro.
En el terreno de las ideas, el GEES se ha venido centrando sobre todo en el terreno de la seguridad. El volumen incluye documentos, como uno de 1987, de antes de la caída del Muro de Berlín que siguen siendo de actualidad. La reflexión sobre la situación provocada por el derrumbamiento del socialismo real manifiesta la misma perspicacia y desemboca lógicamente, sin contradicciones, en los análisis acerca de la realidad actual, la de la guerra contra el terrorismo tras los ataques del 11-S.
Habrá, por supuesto, quien no esté de acuerdo con muchas de las ideas aquí desarrolladas. Pero es imposible negarles su consistencia, su seriedad. Y es que en el fondo de la actitud del GEES late una toma de posición más profunda, más o menos compartida por cada uno de sus miembros, acerca de la realidad. Este núcleo ideológico, político y moral no siempre se ha hecho explícito. Lo viene siendo cada vez más.
Está claro que lo que está en juego en la guerra contra el terrorismo islámico, y, en España, en la defensa de la patria y el Estado de Derecho ante la ofensiva del social-nacionalismo, va mucho más allá de una simple cuestión de seguridad. Compromete toda una forma de ver el mundo, y también nos compromete individualmente a cada uno de nosotros. En este punto, la reflexión de los miembros del GEES, como las de los neoconservadores norteamericanos, se está convirtiendo en un punto de referencia.
Conocemos la caricatura que ha prevalecido en los medios de comunicación europeos. Los neocon vendrían a formar una especie de secta más o menos secreta y conspiratoria de derecha extrema, que dirían Zapatero o el Sr. Pepiño. La broma resulta, además de pesada, autodestructiva. También aquí se puede no compartir del todo los principios y valores de la visión neoconservadora. Pero a la hora de tomar posiciones ante el colapso moral de las sociedades occidentales, en particular las europeas, es imposible ignorar las aportaciones del grupo en cuanto al papel del Estado y de la religión, a la necesidad de reconstruir algunos grandes consensos morales y a los medios requeridos para esta tarea.
Más tocquevillianos que liberales ortodoxos, los neocon –también los neocon españoles– plantean toda una batería de preguntas y desafíos ante cuya gravedad resulta difícil mantenerse indiferente. Es extraordinario que un libro que celebra una longevidad tan notable resulte al mismo tiempo tan próximo, más aún, tan urgente.
Todo un ejemplo, en resumen, de juventud, lucidez y energía. Estamos ante una obra de lectura obligada para quien aspire a vislumbrar lo que podría llegar a ser una alternativa de fondo para la derecha española.
GEES: QUÉ PIENSAN LOS "NEOCON" ESPAÑOLES. Ciudadela (Madrid), 2007, 269 páginas.
Pinche aquí para acceder a la página web de JOSÉ MARÍA MARCO.
QUÉ PIENSAN LOS "NEOCON" ESPAÑOLES
Una propuesta para la derecha española
Por José María Marco
Los lectores de Libertad Digital conocen bien al Grupo de Estudios Estratégicos. El GEES, como se le suele llamar, publica en estas páginas una columna diaria de análisis. En ella habla de seguridad, de política interior, de la situación internacional y del papel de España en el mundo.
Las columnas del GEES tienen la virtud de no pasar inadvertidas. Siempre interesantes, y a veces provocadoras, ofrecen abundante información y una perspectiva de fondo basada, obviamente, en una reflexión larga y sostenida. ¿Qué será eso del GEES?, se habrá preguntado más de un lector curioso.
Casi todos se habrán asomado a su página web, que acumula una prodigiosa cantidad de información y de opinión fundamentada y bien argumentada. Ahora tenemos la ocasión de ampliar el conocimiento del grupo con un libro de título provocador: Qué piensan los "neocon" españoles.
Se trata de una síntesis muy apretada de ideas y reflexiones publicada para conmemorar la fundación, hace ahora veinte años, del grupo. Conviene subrayar este primer punto. El GEES es una suerte de think-tank o grupo de reflexión financiado con fondos privados. No es una ONG más, de las muchas que, a pesar de lo de "organización no gubernamental", reciben sobre todo dinero público. Su aportación al debate de ideas, completamente altruista, se nutre del esfuerzo de unas cuantas personas y de la ayuda de otras. Los encargos profesionales sobre estudios de seguridad, cuando los hay, sirven para financiar la reflexión y la discusión, que luego se reflejan en las columnas de Libertad Digital, en la web del grupo o en las apariciones de algunos de sus miembros en medios como La Razón.
Uno de los atractivos de este libro, en particular de los textos introductorios, es precisamente conocer cómo ha sido posible este auténtico milagro en una sociedad como la española, tan poco dada al esfuerzo altruista, independiente, encaminado a la aportación y la propuesta de ideas.
Una de las claves está en la amistad. Los componentes del GEES, como en parte los neocon norteamericanos de los que toman el nombre, forman un grupo con algunas reglas explícitas y muchas informales. Se basa en la lealtad y la confianza. Hay gente del mundo universitario (Manuel Coma o Florentino Portero), especialistas en seguridad (Rafael Bardají), profesionales de la defensa y también políticos (Ignacio Cosidó, por ejemplo). A todos ellos les une esa relación personal, mantenida a lo largo de muchos años; una relación que permite la circulación de ideas, la toma casi instantánea de posturas comunes y, sobre eso, la integración de nuevos miembros.
Porque el GEES, y éste es otro milagro que se refleja en las páginas de Qué piensan..., ha sido capaz no sólo de mantenerse, también de ir ampliándose, con personas que comparten, más allá de las ideas, un mismo temple moral. Véanse las extraordinarias aportaciones de Óscar Elía Mañú a este libro.
En el terreno de las ideas, el GEES se ha venido centrando sobre todo en el terreno de la seguridad. El volumen incluye documentos, como uno de 1987, de antes de la caída del Muro de Berlín que siguen siendo de actualidad. La reflexión sobre la situación provocada por el derrumbamiento del socialismo real manifiesta la misma perspicacia y desemboca lógicamente, sin contradicciones, en los análisis acerca de la realidad actual, la de la guerra contra el terrorismo tras los ataques del 11-S.
Habrá, por supuesto, quien no esté de acuerdo con muchas de las ideas aquí desarrolladas. Pero es imposible negarles su consistencia, su seriedad. Y es que en el fondo de la actitud del GEES late una toma de posición más profunda, más o menos compartida por cada uno de sus miembros, acerca de la realidad. Este núcleo ideológico, político y moral no siempre se ha hecho explícito. Lo viene siendo cada vez más.
Está claro que lo que está en juego en la guerra contra el terrorismo islámico, y, en España, en la defensa de la patria y el Estado de Derecho ante la ofensiva del social-nacionalismo, va mucho más allá de una simple cuestión de seguridad. Compromete toda una forma de ver el mundo, y también nos compromete individualmente a cada uno de nosotros. En este punto, la reflexión de los miembros del GEES, como las de los neoconservadores norteamericanos, se está convirtiendo en un punto de referencia.
Conocemos la caricatura que ha prevalecido en los medios de comunicación europeos. Los neocon vendrían a formar una especie de secta más o menos secreta y conspiratoria de derecha extrema, que dirían Zapatero o el Sr. Pepiño. La broma resulta, además de pesada, autodestructiva. También aquí se puede no compartir del todo los principios y valores de la visión neoconservadora. Pero a la hora de tomar posiciones ante el colapso moral de las sociedades occidentales, en particular las europeas, es imposible ignorar las aportaciones del grupo en cuanto al papel del Estado y de la religión, a la necesidad de reconstruir algunos grandes consensos morales y a los medios requeridos para esta tarea.
Más tocquevillianos que liberales ortodoxos, los neocon –también los neocon españoles– plantean toda una batería de preguntas y desafíos ante cuya gravedad resulta difícil mantenerse indiferente. Es extraordinario que un libro que celebra una longevidad tan notable resulte al mismo tiempo tan próximo, más aún, tan urgente.
Todo un ejemplo, en resumen, de juventud, lucidez y energía. Estamos ante una obra de lectura obligada para quien aspire a vislumbrar lo que podría llegar a ser una alternativa de fondo para la derecha española.
GEES: QUÉ PIENSAN LOS "NEOCON" ESPAÑOLES. Ciudadela (Madrid), 2007, 269 páginas.
Pinche aquí para acceder a la página web de JOSÉ MARÍA MARCO.
Rafael Bardají, Los neocon son de Marte, la izquierda es de Chueca
viernes 2 de marzo de 2007
CIUDADELA PUBLICA UNA ANTOLOGÍA DEL GEES
Los neocon son de Marte, la izquierda es de Chueca
Por Rafael L. Bardají
Los neoconservadores no son un producto típicamente norteamericano. También los hay en España. Pero no hay por qué asustarse. A quienes así se nos llama, normalmente con el propósito de insultarnos o descalificarnos sin más, no tenemos cola puntiaguda, no llevamos un tridente ni tampoco apestamos a azufre. Es más, no nos consideramos merecedores de ser pasto de las llamas eternas del infierno. Los neocon son, simple y llanamente, como suele decir mi amigo Manolo Coma, "unos realistas con principios".
No nos vale el relativismo imperante, al que se aferran la vieja y la nueva izquierda actuales, según el cual todo es lo mismo y todo se explica por la diversidad cultural, religiosa y social, desde la lapidación al velo, desde el burka al Día del Orgullo Gay. Como tampoco nos parece ni normal ni apropiado que el descreimiento absoluto al que lleva el relativismo acabe por entender que no es posible y deseable defender nuestros valores.
Para la izquierda, cierto, no hay nada que valga la pena defender –y mucho menos a través de las armas–, porque no cree en nada. Pero nosotros sí contamos con unos principios que consideramos debemos preservar, incluso expandir: los principios que garantizan la dignidad de la persona, la libertad del individuo; su afán de mejorar y prosperar, su responsabilidad social; su derecho a vivir y expresar su fe y su obligación de comportarse ética y moralmente.
Nosotros no somos militaristas, pero no renunciamos a los ejércitos ni nos oponemos por principio a que éstos sean empleados, si es la única forma de garantizar que nadie nos prive de vivir de la manera en que vivimos, que es, estamos convencidos, la mejor para toda la Humanidad, la del mundo occidental. Nosotros no creemos en la guerra porque la guerra es una institución social, no un acto de fe. Las guerras se evitan si se puede y se luchan si no queda más remedio. Pero si hay que librarlas para preservar nuestra libertad, más vale ganarlas.
No nos dan miedo las amenazas, nos da miedo la debilidad, nuestra debilidad. Cuando somos o creemos ser débiles, nuestros adversarios se crecen y la tentación de jugar al apaciguamiento con ellos aumenta exponencialmente.
En numerosos lugares se nos acusa de ser unos peligrosos idealistas, movidos por una ideología revolucionaria que quiere cambiarlo todo. Cuando oigo esa acusación de personajes cuyo único mérito es llevar bien apretado entre los dientes el carné de militante socialista, y da igual a qué facción pertenezcan, porque toda diferencia queda difuminada ante el hecho esencial de la izquierda de todo momento y lugar, a saber, detentar eternamente el poder, no puedo más que esbozar una sonrisa. Todos tenemos una ideología. El problema no es ése. El problema es que unos cuentan con la ideología apropiada y otros con la equivocada. Y una mala ideología siempre tendrá como resultado una mala política.
Si hubiéramos hecho caso a quienes en los años 80 vociferaban que era mejor ser rojos que estar muertos, ahora estaríamos viviendo y sufriendo bajo el totalitarismo soviético. Por el contrario, fue el vituperado cowboy y mal actor Ronald Reagan quien, alimentando una actitud de firmeza frente al comunismo, contribuyó decisivamente a acabar con él.
Y nosotros, al igual que entonces, sí creemos que se puede derrotar a las fuerzas del mal, a nuestros enemigos. Hoy, como hace veinte años, cuando arrancamos colectivamente como GEES, nos enfrentamos a una amenaza existencial, el terrorismo islámico. Hoy, igual que ayer, hay una ideología que se opone a nuestros valores y que aspira a acabar con nuestra sociedad liberal y próspera. No es el comunismo, sino el islamo-fascismo.
Hoy, igual que entonces, estamos en guerra. En este caso no una guerra fría, sino otra bien caliente. Tal vez la Primera Guerra Global, sin fronteras ni ejércitos regulares, ideológica y militar, que se lucha en las montañas de Afganistán, en las calles de Bagdad, en suelo europeo y en las sombras. No hay mucha diferencia entre los túneles de Tora Bora y los del metro de Londres a los ojos de nuestros enemigos.
Nosotros creemos que vivimos en un momento clave para nuestra historia. Tal vez, incluso, estemos al final de una época. De hecho, el auge del islam, la radicalización islamista y su fanatismo violento apuntan a Occidente. Es Occidente lo que está en juego, mientras Europa se duerme en sus laureles, si es que así se puede llamar al extraño privilegio de haber dado a luz, como gran reto histórico, un entramado institucional con lujosa sede en Bruselas. Nuestro horizonte no deja de ser miope y provinciano, obsesionados como estamos por dotarnos de normas y mal llamadas constituciones. Poco importa que el mundo se acelere en otras direcciones: América, el laboratorio tecnológico; China, la fábrica barata; India, la gestión administrativa del mundo. ¿Y Europa? El museo por el que pasear.
Como suele ocurrir, los árboles no nos dejan ver el bosque. Desde que la izquierda perdió sus señas de identidad, al huir despavorido el proletariado de ella, su afán colectivista se ha transmutado en la defensa de las minorías y los marginales. No se ha perdido el hábito totalitario: en lugar de la dictadura del proletariado, lo que se busca consolidar hoy es la dictadura de las minorías, llámense independentistas, antiglobalización, alternativos, artistas o islamistas. Lo marginal se hace pasar por lo normal, lo extraño por lo natural, lo ajeno por lo nuestro. Los mitos del Capital se convierten en conceptos huecos, como el de paz universal. Todo lo que valga para minar el odiado sistema capitalista es válido.
Por eso a veces se producen llamativas paradojas, como que el orgulloso concejal gay socialista del Ayuntamiento de Madrid se encargue de constituir una agrupación musulmana para el partido socialista. Eso sí, lo hace en tierra española, porque en tierras del islam moriría en la cárcel o lapidado, como tantos otros de su orientación sexual que no tienen la suerte de poder vivir lejos de la larga mano de los imanes, los ayatolás y la ley islámica.
La izquierda es cobarde y cínica. Igual que nuestros artistas y cineastas de siempre, que se creen representantes popularmente elegidos, aunque sólo sea gracias a las generosas subvenciones del Estado que les permite trabajar (no a las urnas, y mucho menos a la taquilla), se encaraman a toda plataforma con micrófono para equiparar a Bush y a Aznar con el mismísimo diablo y despilfarran el dinero de sus productoras en limusinas y festejos en el Hollywood de los Óscar. Pero son cobardes, porque su labor nunca es clara ni directa. Marx ya lo avisó: se creen los topos que socavan el suelo bajo nuestros pies. Con la medicina actual, podríamos decir que son los virus que nos infectan.
Europa, de la mano de la socialdemocracia, el socialismo, el comunismo residual y grupos radicales y alternativos, se ha convertido en una fábrica de descreídos que, paradójicamente, creen en cualquier cosa, desde el inminente desastre climático a la alianza de civilizaciones. Aún peor, la opulencia de todas estas décadas, en las que los europeos sólo han pagado por la mantequilla mientras que los americanos lo hacían además por los cañones, ha generado una cultura hedonista del aquí y ahora que ha borrado por completo de nuestra mente colectiva ideas como el sacrificio personal, la responsabilidad por nuestras acciones o, incluso, el respeto a la familia. Por no hablar de la única fuente de futuro conocida, los hijos. Europa se muere de vieja. Y de miedo.
La izquierda dice que da igual que en España se instale un 30% de extranjeros. Y está dispuesta a convivir con comunidades musulmanas en las que su norma, la sharia, sea su código legal, no nuestros código civil y penal. Sin embargo, el tema de nuestro tiempo es cómo nos podemos relacionar con, y defender del, islam que se crece y que quiere imponerse como estilo de vida.
Nos esperan años difíciles. No contamos más que con líderes, por llamarles de alguna manera, de pensamiento débil y de maneras light. Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Juan Pablo II son ya historia, y nadie ha reemplazado aún la sombra todavía cercana de Blair y Aznar. Lo políticamente correcto es lo que dicta la izquierda, una izquierda que nunca ha creído en nosotros y que está dispuesta a vender lo que tenga por un momento de disfrute de su poder.
Hoy se escucha que los neocon están acabados, se culpa a Bush de una mala gestión en Irak. Yo no lo creo. Por una sencilla razón: porque no es posible que todo cuanto se ofrezca como alternativa ideológica sea una izquierda suicida y el tradicional cinismo de la derecha. No es el momento de pactos con el diablo, ni del diálogo con quienes nos prometen únicamente un futuro de bombas y terroristas suicidas.
La izquierda se ha convertido en el opio del pueblo, al que quiere tener entretenido con su travestismo infantil. Todo es buenismo y sonrisas. Los llamados realistas conservadores no ofrecen más que viejas recetas, cuyo fruto estamos pagando todos. No, no hay alternativa práctica a los neoconservadores, mientras no se venza al islam radical y al terrorismo. Ésa es la realidad.
Ahora bien, eso no quiere decir que nuestra elite política no vaya a cometer errores históricos y nos lleve, así, derechos al suicidio. Otros pueblos en otros momentos ya han pasado por ello, y muchos no se han recuperado. Ese es el peligro que tiene el encanto de la izquierda. Nos ciega ante los peligros del mañana.
En el GEES hemos cumplido veinte años. No nos importa tener que pasar otros veinte dando la batalla por las ideas correctas. Porque creemos que las nuestras lo son y porque hemos aprendido a tener paciencia. Mucha paciencia. Tal vez algún día la gente se pregunte: "¿Qué diría el GEES de esto?". Ya sería un enorme éxito.
Este texto forma parte de QUÉ PIENSAN LOS "NEOCON" ESPAÑOLES, una selección de escritos del GRUPO DE ESTUDIOS ESTRATÉGICOS (GEES) que acaba de publicar la editorial Ciudadela. Pinche aquí para comprarlo en el club Criteria.
CIUDADELA PUBLICA UNA ANTOLOGÍA DEL GEES
Los neocon son de Marte, la izquierda es de Chueca
Por Rafael L. Bardají
Los neoconservadores no son un producto típicamente norteamericano. También los hay en España. Pero no hay por qué asustarse. A quienes así se nos llama, normalmente con el propósito de insultarnos o descalificarnos sin más, no tenemos cola puntiaguda, no llevamos un tridente ni tampoco apestamos a azufre. Es más, no nos consideramos merecedores de ser pasto de las llamas eternas del infierno. Los neocon son, simple y llanamente, como suele decir mi amigo Manolo Coma, "unos realistas con principios".
No nos vale el relativismo imperante, al que se aferran la vieja y la nueva izquierda actuales, según el cual todo es lo mismo y todo se explica por la diversidad cultural, religiosa y social, desde la lapidación al velo, desde el burka al Día del Orgullo Gay. Como tampoco nos parece ni normal ni apropiado que el descreimiento absoluto al que lleva el relativismo acabe por entender que no es posible y deseable defender nuestros valores.
Para la izquierda, cierto, no hay nada que valga la pena defender –y mucho menos a través de las armas–, porque no cree en nada. Pero nosotros sí contamos con unos principios que consideramos debemos preservar, incluso expandir: los principios que garantizan la dignidad de la persona, la libertad del individuo; su afán de mejorar y prosperar, su responsabilidad social; su derecho a vivir y expresar su fe y su obligación de comportarse ética y moralmente.
Nosotros no somos militaristas, pero no renunciamos a los ejércitos ni nos oponemos por principio a que éstos sean empleados, si es la única forma de garantizar que nadie nos prive de vivir de la manera en que vivimos, que es, estamos convencidos, la mejor para toda la Humanidad, la del mundo occidental. Nosotros no creemos en la guerra porque la guerra es una institución social, no un acto de fe. Las guerras se evitan si se puede y se luchan si no queda más remedio. Pero si hay que librarlas para preservar nuestra libertad, más vale ganarlas.
No nos dan miedo las amenazas, nos da miedo la debilidad, nuestra debilidad. Cuando somos o creemos ser débiles, nuestros adversarios se crecen y la tentación de jugar al apaciguamiento con ellos aumenta exponencialmente.
En numerosos lugares se nos acusa de ser unos peligrosos idealistas, movidos por una ideología revolucionaria que quiere cambiarlo todo. Cuando oigo esa acusación de personajes cuyo único mérito es llevar bien apretado entre los dientes el carné de militante socialista, y da igual a qué facción pertenezcan, porque toda diferencia queda difuminada ante el hecho esencial de la izquierda de todo momento y lugar, a saber, detentar eternamente el poder, no puedo más que esbozar una sonrisa. Todos tenemos una ideología. El problema no es ése. El problema es que unos cuentan con la ideología apropiada y otros con la equivocada. Y una mala ideología siempre tendrá como resultado una mala política.
Si hubiéramos hecho caso a quienes en los años 80 vociferaban que era mejor ser rojos que estar muertos, ahora estaríamos viviendo y sufriendo bajo el totalitarismo soviético. Por el contrario, fue el vituperado cowboy y mal actor Ronald Reagan quien, alimentando una actitud de firmeza frente al comunismo, contribuyó decisivamente a acabar con él.
Y nosotros, al igual que entonces, sí creemos que se puede derrotar a las fuerzas del mal, a nuestros enemigos. Hoy, como hace veinte años, cuando arrancamos colectivamente como GEES, nos enfrentamos a una amenaza existencial, el terrorismo islámico. Hoy, igual que ayer, hay una ideología que se opone a nuestros valores y que aspira a acabar con nuestra sociedad liberal y próspera. No es el comunismo, sino el islamo-fascismo.
Hoy, igual que entonces, estamos en guerra. En este caso no una guerra fría, sino otra bien caliente. Tal vez la Primera Guerra Global, sin fronteras ni ejércitos regulares, ideológica y militar, que se lucha en las montañas de Afganistán, en las calles de Bagdad, en suelo europeo y en las sombras. No hay mucha diferencia entre los túneles de Tora Bora y los del metro de Londres a los ojos de nuestros enemigos.
Nosotros creemos que vivimos en un momento clave para nuestra historia. Tal vez, incluso, estemos al final de una época. De hecho, el auge del islam, la radicalización islamista y su fanatismo violento apuntan a Occidente. Es Occidente lo que está en juego, mientras Europa se duerme en sus laureles, si es que así se puede llamar al extraño privilegio de haber dado a luz, como gran reto histórico, un entramado institucional con lujosa sede en Bruselas. Nuestro horizonte no deja de ser miope y provinciano, obsesionados como estamos por dotarnos de normas y mal llamadas constituciones. Poco importa que el mundo se acelere en otras direcciones: América, el laboratorio tecnológico; China, la fábrica barata; India, la gestión administrativa del mundo. ¿Y Europa? El museo por el que pasear.
Como suele ocurrir, los árboles no nos dejan ver el bosque. Desde que la izquierda perdió sus señas de identidad, al huir despavorido el proletariado de ella, su afán colectivista se ha transmutado en la defensa de las minorías y los marginales. No se ha perdido el hábito totalitario: en lugar de la dictadura del proletariado, lo que se busca consolidar hoy es la dictadura de las minorías, llámense independentistas, antiglobalización, alternativos, artistas o islamistas. Lo marginal se hace pasar por lo normal, lo extraño por lo natural, lo ajeno por lo nuestro. Los mitos del Capital se convierten en conceptos huecos, como el de paz universal. Todo lo que valga para minar el odiado sistema capitalista es válido.
Por eso a veces se producen llamativas paradojas, como que el orgulloso concejal gay socialista del Ayuntamiento de Madrid se encargue de constituir una agrupación musulmana para el partido socialista. Eso sí, lo hace en tierra española, porque en tierras del islam moriría en la cárcel o lapidado, como tantos otros de su orientación sexual que no tienen la suerte de poder vivir lejos de la larga mano de los imanes, los ayatolás y la ley islámica.
La izquierda es cobarde y cínica. Igual que nuestros artistas y cineastas de siempre, que se creen representantes popularmente elegidos, aunque sólo sea gracias a las generosas subvenciones del Estado que les permite trabajar (no a las urnas, y mucho menos a la taquilla), se encaraman a toda plataforma con micrófono para equiparar a Bush y a Aznar con el mismísimo diablo y despilfarran el dinero de sus productoras en limusinas y festejos en el Hollywood de los Óscar. Pero son cobardes, porque su labor nunca es clara ni directa. Marx ya lo avisó: se creen los topos que socavan el suelo bajo nuestros pies. Con la medicina actual, podríamos decir que son los virus que nos infectan.
Europa, de la mano de la socialdemocracia, el socialismo, el comunismo residual y grupos radicales y alternativos, se ha convertido en una fábrica de descreídos que, paradójicamente, creen en cualquier cosa, desde el inminente desastre climático a la alianza de civilizaciones. Aún peor, la opulencia de todas estas décadas, en las que los europeos sólo han pagado por la mantequilla mientras que los americanos lo hacían además por los cañones, ha generado una cultura hedonista del aquí y ahora que ha borrado por completo de nuestra mente colectiva ideas como el sacrificio personal, la responsabilidad por nuestras acciones o, incluso, el respeto a la familia. Por no hablar de la única fuente de futuro conocida, los hijos. Europa se muere de vieja. Y de miedo.
La izquierda dice que da igual que en España se instale un 30% de extranjeros. Y está dispuesta a convivir con comunidades musulmanas en las que su norma, la sharia, sea su código legal, no nuestros código civil y penal. Sin embargo, el tema de nuestro tiempo es cómo nos podemos relacionar con, y defender del, islam que se crece y que quiere imponerse como estilo de vida.
Nos esperan años difíciles. No contamos más que con líderes, por llamarles de alguna manera, de pensamiento débil y de maneras light. Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Juan Pablo II son ya historia, y nadie ha reemplazado aún la sombra todavía cercana de Blair y Aznar. Lo políticamente correcto es lo que dicta la izquierda, una izquierda que nunca ha creído en nosotros y que está dispuesta a vender lo que tenga por un momento de disfrute de su poder.
Hoy se escucha que los neocon están acabados, se culpa a Bush de una mala gestión en Irak. Yo no lo creo. Por una sencilla razón: porque no es posible que todo cuanto se ofrezca como alternativa ideológica sea una izquierda suicida y el tradicional cinismo de la derecha. No es el momento de pactos con el diablo, ni del diálogo con quienes nos prometen únicamente un futuro de bombas y terroristas suicidas.
La izquierda se ha convertido en el opio del pueblo, al que quiere tener entretenido con su travestismo infantil. Todo es buenismo y sonrisas. Los llamados realistas conservadores no ofrecen más que viejas recetas, cuyo fruto estamos pagando todos. No, no hay alternativa práctica a los neoconservadores, mientras no se venza al islam radical y al terrorismo. Ésa es la realidad.
Ahora bien, eso no quiere decir que nuestra elite política no vaya a cometer errores históricos y nos lleve, así, derechos al suicidio. Otros pueblos en otros momentos ya han pasado por ello, y muchos no se han recuperado. Ese es el peligro que tiene el encanto de la izquierda. Nos ciega ante los peligros del mañana.
En el GEES hemos cumplido veinte años. No nos importa tener que pasar otros veinte dando la batalla por las ideas correctas. Porque creemos que las nuestras lo son y porque hemos aprendido a tener paciencia. Mucha paciencia. Tal vez algún día la gente se pregunte: "¿Qué diría el GEES de esto?". Ya sería un enorme éxito.
Este texto forma parte de QUÉ PIENSAN LOS "NEOCON" ESPAÑOLES, una selección de escritos del GRUPO DE ESTUDIOS ESTRATÉGICOS (GEES) que acaba de publicar la editorial Ciudadela. Pinche aquí para comprarlo en el club Criteria.
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