viernes 29 de febrero de 2008
Tarde y nunca
Daniel Martín
Salvador Monsalud, en uno de sus primeros escritos, afirmaba que en la sociedad del siglo XXI la realidad tan sólo iba a ser considerada como tal cuando saliese en televisión o, por lo menos, en las portadas de los periódicos. Así, realmente no nos creímos que teníamos a dos candidatos a presidente del Gobierno hasta que los vimos el pasado lunes en un debate completamente irreal. Hasta entonces, muchos pensaban que todo era un conflicto de poder entre dos partidos y unas cuantas bandas centrífugas. Después del lunes, hasta algunos se creen que hemos asistido a un auténtico debate. El próximo lunes, otro que no mostrará nada nuevo y que servirá para perpetuar, un poquito más, la mentira de nuestro sistema escasamente democrático y nada representativo.
Del mismo modo, la violencia de género —que ahora, por ley, las personas, como las palabras, somos masculinas o femeninas o, en algunos casos, epicenos—, un problema tan antiguo como la Humanidad —y lo que ha venido después, a saber, nosotros—, tan sólo ha sido un auténtico problema de Estado cuando ha comenzado a llenar primeras planas y programas de sucesos. Para arreglar tan cruento e intolerable asunto, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero fabricó una ley que, votada unánimemente por el Congreso, castiga más a los machos que a las hembras, aunque eso vaya contra la Constitución y los principios básicos del Derecho Penal.
La ley, mala desde su nombre hasta el último de sus artículos, sólo ha servido para arrinconar a los bestias, que ahora matan más y de modo más salvaje. Eso lo sabíamos desde que la ley entró en vigor. Pero han tenido que morir cuatro mujeres en un solo día para que periódicos, radios y televisiones “hiciesen real” el fracaso de la norma. Por eso, en plena campaña, los oportunistas candidatos han comenzado a plantear nuevas soluciones a un problema de muy difícil arreglo. Sin embargo, aunque cada vez haya más muertes violentas por ajustes de cuentas, robos con violencia en las cosas y otros delitos comunes, nadie parece decir nada para intentar arreglar el tema de la creciente inseguridad ciudadana en la próxima legislatura. ¿Habrá llegado el momento de que algún canal de televisión se ponga a hablar del tema?
Del mismo modo, el Tribunal Constitucional lleva desde su nacimiento haciendo sombra y competencia jurisdiccional al Tribunal Supremo. Este problema es grave, institucional y constante. Pero ha tenido que afectar al caso de “los Albertos” para que los medios de comunicación y los políticos se fijen en tamaño disparate. El TC sirve, sobre todo, como un vehículo para nuevos recursos procesales cuyas resoluciones, en muchos casos, contradicen la doctrina del Supremo, añadiendo así inseguridad jurídica a la ciudadana antes citada. ¿Acaso eso lo ignoraba alguien hace una semana?
Así, los escándalos que sólo “nacen” en los medios sirven por lo menos para que la gente, a veces los políticos, se dé cuenta de las cosas que no funcionan o lo hacen deficientemente en este país de contradicciones y dislates. Es el único motor que parece despertar las conciencias ciudadanas para, por lo menos, lanzar lamentos sobre la clase de nación en la que vivimos.
El problema es que estos asuntos, una vez desaparecen del primer plano de la actualidad, parecen morir, desaparecer de la realidad. Por eso los políticos olvidan sus propuestas y promesas y los ciudadanos vuelven a la calma del hogar y del olvido de las responsabilidades cívicas. Dentro de dos días ya nadie se acordará de que “los Albertos” se quedaron con dinero que no era suyo y, después del 9-M, la ley de violencia de género seguirá sirviendo para absolutamente nada.
Quizás todo se deba al poco poder de nuestros medios de comunicación, dependientes casi siempre de alguna rama del poder, y al escaso interés de nuestros políticos en asuntos que no sirvan para mantenerse en el poder. Aunque, sobre todo, el problema reside básicamente en una sociedad atocinada y conformista, capaz únicamente de movilizarse cuando Luis no convoca a Raúl o cuando Ana Obregón se echa un nuevo novio.
Al final, todo es una cuestión de educación. Pero este problema sólo cobra realidad social cuando el informe PISA nos recuerda lo burros que somos. Y ése es un asunto que dura menos aún que la repercusión mediática de la iniciativas de Gaspar Llamazares. Cuando todo depende de unos medios que actúan promiscuamente con la santísima trinidad de los poderes democráticos —los tres en uno solo—, es lógico que nada se mueva. El sistema les sirve tal y como es, aunque a España la vaya minando paulatina más imparablemente.
dmago2003@yahoo.es
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=29/02/2008&name=martin
viernes, febrero 29, 2008
Jorge Vilches, La construccion del Estado liberal
viernes 29 de febrero de 2008
HISTORIA
La construcción del Estado liberal
Por Jorge Vilches
El cuestionamiento de la legitimidad del Estado está en el trasfondo de la violencia política que hoy se padece. El acoso de las opciones políticas radicales, tanto de la izquierda como del nacionalismo, pone a debate el proceso y el modo de construcción del Estado contemporáneo en España. Es importante tenerlo presente, porque ese Estado nació en un siglo, el XIX, marcado por la lucha entre la libertad y la reacción. Y aquella disparidad se tradujo en guerras civiles, golpes de estado, revoluciones y derrocamientos o cambios de dinastías.
El proceso político español estuvo inmerso en el cambio europeo, con problemas similares y soluciones parecidas. Armonizar el orden y la libertad, asegurando los derechos individuales y el gobierno representativo y preservando la cohesión social y la prosperidad, fue un reto al que se enfrentó la mayoría de los políticos europeos en la tarea de modernizar el Estado.
Antonio Martínez Mansilla ha escrito un magnífico libro sobre esta cuestión. Premio Ateneo Jovellanos de Investigación Histórica 2006, la obra recupera el pensamiento y los proyectos de Lorenzo Arrazola (1795-1872), uno de esos políticos que desempeñaron un papel fundamental en la configuración del Estado liberal. Conservador, católico, fiel a los Borbones, leal al general Narváez, receloso de la revolución tanto como de la reacción, este miembro del Partido Moderado fue uno de los políticos mejor preparados del reinado de Isabel II.
Presidente del Gobierno en 1864, ministro de Gracia y Justicia en seis ocasiones y de Estado –hoy Exteriores– en dos, senador vitalicio, presidente del Tribunal Supremo de Justicia, catedrático de Instituciones Filosóficas y rector de la Universidad de Valladolid, Arrazola fue un político de talla cuya actuación, así como la de un Joaquín Francisco Pacheco, un Ríos Rosas o un Bravo Murillo, estuvo encaminada, con mayor o menor acierto, a modernizar el Estado.
Esos ministros burócratas (la expresión es de Alejandro Nieto) vivieron no menos de cuatro revoluciones, otras tantas constituciones, dos guerras civiles y el derrocamiento de los Borbones. Contemplaron el ascenso imparable de las ideas democráticas y los albores de variopintos socialismos. Vivieron en una sociedad española muy plural, anclada en el romanticismo tradicionalista –en lugares como Cataluña y las provincias vascas– o en el realismo y el sentido revolucionario –en los centros urbanos–. Por esto buscaron una fórmula política que facilitara la integración y, por ende, la estabilidad del régimen liberal.
Ubicados entre el radicalismo revolucionario y el carlismo retrógrado, los moderados como Arrazola buscaron la integración de ambos. Con tal sentido utilizaba éste la expresión "liberalismo expansivo", que se traducía en la adopción de una política pragmática, posibilista, dentro de los límites intocables del gobierno representativo y constitucional.
Era la búsqueda del centro político. Se trataba, en palabras de Carlos Seco Serrano, de una "línea integradora" homologable al conservadurismo europeo. La fuente más importante para los españoles conservadores fue el doctrinarismo francés, que concebía la norma constitucional como un eje político capaz de ser reconocido por todos los partidos (o cuando menos por los más representativos), una fórmula intermedia entre los radicalismos políticos. Este pensamiento tuvo en España un eco determinante, como señaló Díez del Corral, e incluso, en opinión de Ortega y Gasset, un mayor y mejor desarrollo, en especial en su forma canovista.
La labor de aquellos hombres, liberal-conservadores en su mayoría, fue lo que Martínez Mansilla llama el "Estado liberalcatólico". La búsqueda de esa fórmula común pasaba por la centralización administrativa, único instrumento capaz de liberalizar por igual todo el país, coordinar la modernización interna y enfrentarse al mercado internacional. A esto era preciso añadir la unificación de códigos, y aquí el papel de Arrazola se antoja decisivo, pues fue el promotor del Código Penal de 1850. Martínez Mansilla señala, además, la labor desempañada por su biografiado en la integración de la España carlista. Y es esto, quizá, lo más relevante del personaje. Su liberalismo expansivo pretendía, sobre la base de la victoria de la libertad sobre la reacción, la adopción de fórmulas aceptables para esos españoles que perdieron la guerra civil.
Lorenzo Arrazola, apunta Martínez Mansilla, se empeñó, por un lado, en la inserción del carlismo político en la vida parlamentaria isabelina y, por otro, en llegar a acuerdos con la Iglesia que pusieran fin al viejo choque entre liberalismo y catolicismo. El éxito más sonado fue el Concordato de 1851, que normalizó las relaciones entre la Santa Sede y la España de Isabel II.
Donde no tuvo tan buen resultado Arrazola, ni otros liberal-conservadores, fue en la integración de los progresistas. Su Gobierno de 1864, destinado a ordenar el sistema de partidos, fue un completo fracaso, lo que acabaría llevando –aunque hubo otras causas– al derrocamiento de los Borbones en 1868.
En esos últimos cuatro años Arrazola perdió todo el amor a la libertad que había demostrado en su juventud, e hizo política junto al Narváez dictador. La dictadura fue la peor solución contra el peligro revolucionario, al que alimentaba y justificaba, pues en el mejor de los casos aumentó los deseos de cambio profundo en la sociedad española. Arrazola acabó reconociendo esto y apoyó la restauración canovista, que tenía un perfil civil y pacífico.
Todo esto se encuentra en el estudio de Martínez Mansilla. Un buen libro para conocer con todo lujo de detalles el esfuerzo de los grandes burócratas del XIX, liberales y conservadores en su mayoría, por construir un Estado moderno y próspero.
ANTONIO MARTÍNEZ MANSILLA: LORENZO ARRAZOLA O EL ESTADO LIBERALCATÓLICO. Ateneo Jovellanos (Gijón), 2007, 507 páginas.
http://libros.libertaddigital.com/articulo.php/1276234368
HISTORIA
La construcción del Estado liberal
Por Jorge Vilches
El cuestionamiento de la legitimidad del Estado está en el trasfondo de la violencia política que hoy se padece. El acoso de las opciones políticas radicales, tanto de la izquierda como del nacionalismo, pone a debate el proceso y el modo de construcción del Estado contemporáneo en España. Es importante tenerlo presente, porque ese Estado nació en un siglo, el XIX, marcado por la lucha entre la libertad y la reacción. Y aquella disparidad se tradujo en guerras civiles, golpes de estado, revoluciones y derrocamientos o cambios de dinastías.
El proceso político español estuvo inmerso en el cambio europeo, con problemas similares y soluciones parecidas. Armonizar el orden y la libertad, asegurando los derechos individuales y el gobierno representativo y preservando la cohesión social y la prosperidad, fue un reto al que se enfrentó la mayoría de los políticos europeos en la tarea de modernizar el Estado.
Antonio Martínez Mansilla ha escrito un magnífico libro sobre esta cuestión. Premio Ateneo Jovellanos de Investigación Histórica 2006, la obra recupera el pensamiento y los proyectos de Lorenzo Arrazola (1795-1872), uno de esos políticos que desempeñaron un papel fundamental en la configuración del Estado liberal. Conservador, católico, fiel a los Borbones, leal al general Narváez, receloso de la revolución tanto como de la reacción, este miembro del Partido Moderado fue uno de los políticos mejor preparados del reinado de Isabel II.
Presidente del Gobierno en 1864, ministro de Gracia y Justicia en seis ocasiones y de Estado –hoy Exteriores– en dos, senador vitalicio, presidente del Tribunal Supremo de Justicia, catedrático de Instituciones Filosóficas y rector de la Universidad de Valladolid, Arrazola fue un político de talla cuya actuación, así como la de un Joaquín Francisco Pacheco, un Ríos Rosas o un Bravo Murillo, estuvo encaminada, con mayor o menor acierto, a modernizar el Estado.
Esos ministros burócratas (la expresión es de Alejandro Nieto) vivieron no menos de cuatro revoluciones, otras tantas constituciones, dos guerras civiles y el derrocamiento de los Borbones. Contemplaron el ascenso imparable de las ideas democráticas y los albores de variopintos socialismos. Vivieron en una sociedad española muy plural, anclada en el romanticismo tradicionalista –en lugares como Cataluña y las provincias vascas– o en el realismo y el sentido revolucionario –en los centros urbanos–. Por esto buscaron una fórmula política que facilitara la integración y, por ende, la estabilidad del régimen liberal.
Ubicados entre el radicalismo revolucionario y el carlismo retrógrado, los moderados como Arrazola buscaron la integración de ambos. Con tal sentido utilizaba éste la expresión "liberalismo expansivo", que se traducía en la adopción de una política pragmática, posibilista, dentro de los límites intocables del gobierno representativo y constitucional.
Era la búsqueda del centro político. Se trataba, en palabras de Carlos Seco Serrano, de una "línea integradora" homologable al conservadurismo europeo. La fuente más importante para los españoles conservadores fue el doctrinarismo francés, que concebía la norma constitucional como un eje político capaz de ser reconocido por todos los partidos (o cuando menos por los más representativos), una fórmula intermedia entre los radicalismos políticos. Este pensamiento tuvo en España un eco determinante, como señaló Díez del Corral, e incluso, en opinión de Ortega y Gasset, un mayor y mejor desarrollo, en especial en su forma canovista.
La labor de aquellos hombres, liberal-conservadores en su mayoría, fue lo que Martínez Mansilla llama el "Estado liberalcatólico". La búsqueda de esa fórmula común pasaba por la centralización administrativa, único instrumento capaz de liberalizar por igual todo el país, coordinar la modernización interna y enfrentarse al mercado internacional. A esto era preciso añadir la unificación de códigos, y aquí el papel de Arrazola se antoja decisivo, pues fue el promotor del Código Penal de 1850. Martínez Mansilla señala, además, la labor desempañada por su biografiado en la integración de la España carlista. Y es esto, quizá, lo más relevante del personaje. Su liberalismo expansivo pretendía, sobre la base de la victoria de la libertad sobre la reacción, la adopción de fórmulas aceptables para esos españoles que perdieron la guerra civil.
Lorenzo Arrazola, apunta Martínez Mansilla, se empeñó, por un lado, en la inserción del carlismo político en la vida parlamentaria isabelina y, por otro, en llegar a acuerdos con la Iglesia que pusieran fin al viejo choque entre liberalismo y catolicismo. El éxito más sonado fue el Concordato de 1851, que normalizó las relaciones entre la Santa Sede y la España de Isabel II.
Donde no tuvo tan buen resultado Arrazola, ni otros liberal-conservadores, fue en la integración de los progresistas. Su Gobierno de 1864, destinado a ordenar el sistema de partidos, fue un completo fracaso, lo que acabaría llevando –aunque hubo otras causas– al derrocamiento de los Borbones en 1868.
En esos últimos cuatro años Arrazola perdió todo el amor a la libertad que había demostrado en su juventud, e hizo política junto al Narváez dictador. La dictadura fue la peor solución contra el peligro revolucionario, al que alimentaba y justificaba, pues en el mejor de los casos aumentó los deseos de cambio profundo en la sociedad española. Arrazola acabó reconociendo esto y apoyó la restauración canovista, que tenía un perfil civil y pacífico.
Todo esto se encuentra en el estudio de Martínez Mansilla. Un buen libro para conocer con todo lujo de detalles el esfuerzo de los grandes burócratas del XIX, liberales y conservadores en su mayoría, por construir un Estado moderno y próspero.
ANTONIO MARTÍNEZ MANSILLA: LORENZO ARRAZOLA O EL ESTADO LIBERALCATÓLICO. Ateneo Jovellanos (Gijón), 2007, 507 páginas.
http://libros.libertaddigital.com/articulo.php/1276234368
Jonh O´Sullivan, El lugarteniente de Ronald Reagan
viernes 29 de febrero de 2008
El lugarteniente de Ronald Reagan
HACE dieciocho años, prácticamente un año después de la caída del Muro de Berlín, William F. Buckley Jr. realizó un viaje político por Europa Central y por la entonces aún existente Unión Soviética con una delegación de conservadores estadounidenses. En casi todos los países que visitó sus nuevos dirigentes democráticos le dieron la bienvenida con mucho entusiasmo. Incluso en la Unión Soviética, los líderes reformistas cuyo imperio se estaba desmoronando lentamente ante sus ojos lo trataron con una curiosidad respetuosa.
Al principio, Bill -que es como lo conocía todo el mundo- estaba un poco confuso ante su aparente fama. Pero luego se lo explicaron: algunos de esos ministros, jefes de nuevos partidos políticos y directores de periódicos nacionales de larga tradición (con nuevas líneas editoriales) habían leído copias de contrabando de su revista anticomunista «National Review» durante los muchos años en los que los comunistas los habían condenado a trabajar como fogoneros y canteros. Otros sabían que Bill había organizado una concentración anticomunista en el Carnegie Hall de Nueva York en protesta contra la visita de Nikita Jrushchev a Estados Unidos en una época en la que muchos políticos y analistas occidentales instaban a la gente a que pasaran por alto los crímenes del comunismo y la represión constante del bloque soviético en aras de la paz mundial.
Bill se tomó en serio la expresión «naciones cautivas» y quería liberar de verdad a los pueblos que vivían bajo el yugo soviético. Es probable que pensara que en su vida no llegaría a verlo, pero lo hizo. En consecuencia, Bill era célebre entre aquellas personas que creía que nunca habían oído hablar de él, en lugares que nunca habría esperado poder visitar con libertad.
Está claro que Bill estaba acostumbrado a ser famoso. En Estados Unidos alcanzó este rango poco después de cumplir los veinte, cuando, nada más licenciarse, escribió el libro God and Man at Yale («Dios y el hombre en Yale»), que criticaba severamente a su alma mater por su impiedad y su progresismo irreflexivo. Era un libro escrito por un joven que arremetía con desenfreno y gracia contra unos molinos de viento académicos muy pomposos. Puede que Bill no estuviera de acuerdo con todos sus argumentos -una crítica de la libertad académica, por ejemplo- treinta años después, pero la academia liberal -es decir estatista- se ofendió tontamente con ese joven conservador «criticón». El libro provocó una conmoción nacional y, gracias a esta controversia, Bill pasó a ser conocido por el gran público estadounidense -y, en concreto, por la minoría conservadora asediada en los Estados Unidos del New Deal. Pronto demostró ser una persona con instinto e inteligencia para los debates y fue famoso el resto de su vida. Pero no fue famoso por ser famoso. Puede que Bill llegara a realizar más actividades en lo que Kipling dio en llamar «el minuto implacable» que cualquier otra persona.
Surcó todos los océanos del mundo y lo puso por escrito. Trabajó como diplomático de Estados Unidos en la ONU y lo puso por escrito. Tocó el clavicémbalo (en público, con una orquesta) y lo puso por escrito. Fue -fugazmente, después de la universidad- agente de la CIA y lo puso por escrito en una serie de thrillers sobre la Guerra Fría, con un agente de la CIA llamado Blackford Oakes de protagonista. Junto a su glamurosa mujer, Pat, se subió al tren de vida de la alta sociedad de los famosos de Nueva York, y también esto lo puso por escrito: en una serie de libros muy divertidos con títulos como Cruising Speed («Velocidad de crucero»). También escribió varias novelas convencionales, una obra de teatro, numerosos artículos para revistas y tres columnas de periódico a la semana durante 40 años.
No todas las empresas de Bill fueron un éxito. Lo del clavicémbalo y su obra de teatro, así como muy probablemente su espionaje en la CIA, lo emprendió basándose en el principio de G. K. Chesterton de que si hay algo que merece la pena hacerse, merece la pena hacerlo, aunque sea mal. Lo que escribió, no obstante, lo escribió con mucha profesionalidad: nunca se saltó un cierre periodístico. En la mayoría del resto de actividades se embarcó con la alegría del principiante inspirado, y con los éxitos propios del principiante inspirado: escasos. Cuando Bill se presentó como candidato del pequeño Partido Conservador a la alcaldía de Nueva York en 1965, le preguntaron cuál sería su primera orden oficial si saliera elegido, y contestó: «Pedir un recuento». No necesitó hacerlo, porque perdió, pero obtuvo muchos más votos de los que nadie había imaginado.
Y este éxito inesperado empezó a expandir el movimiento conservador moderno de Estados Unidos que llevó a Ronald Reagan a la Casa Blanca, revitalizó el espíritu estadounidense, creó el capitalismo de la información que ahora preside el mundo y ganó la Guerra Fría. El papel que desempeñó Bill en la expansión del conservadurismo estadounidense es precedido sólo por el que tuvo Ronald Reagan, y quizá ni siquiera eso, aunque a él le gustaba considerarse, en términos ideológicos, su lugarteniente. A la temprana edad de 30 años, Bill fundó la revista «National Review». Convenció a talentos brillantes como James Burnham o Milton Friedman para que escribieran en ella, e hizo uso de la revista para reconciliar las facciones en liza del conservadurismo -libertarios económicos, tradicionalistas morales y halcones de la política exterior- en torno a una nueva filosofía basada en el anticomunismo, el libre mercado y los valores tradicionales judeocristianos. Se suele decir que la «National Review» de Bill Buckley hizo respetable el conservadurismo purgándolo del antisemitismo y de otros virus políticos. Eso es verdad y es algo importante, pero quizá no tanto como el hecho de que Bill hizo él mismo que el conservadurismo fuera chic y sofisticado. Como presentador del programa de entrevistas de televisión «Firing Line» durante 30 años, se enzarzó en agitado debate con liberales eminentes, desde J. K. Galbraith a Woody Allen, y muchas veces los despachaba con mejores argumentos y chistes más graciosos. Los conservadores estaban acostumbrados a que se los tratara como sureños reaccionarios y provincianos -si no algo peor- en la cultura estatista de los años 50 y 60. Pero cuando este protegido de la sociedad neoyorkina, elegante y gracioso, apareció en las pantallas de televisión cosiendo a puñaladas de genialidad a estatistas de calado -Galbraith y otros eran íntimos amigos suyos-, e hizo que esta visión condescendiente resultara sencillamente tonta.
Bill no se volvió a presentar a las elecciones después de su derrota en Nueva York de 1965, pero todos los conservadores que han salido elegidos desde entonces, ya sean republicanos o demócratas, están en deuda con él, y el pasado miércoles, día de su muerte, un nutrido grupo de ellos se puso en pie en el Senado de Estados Unidos para homenajearle. Cuando Bill se retiró del puesto de director de la «National Review» en 1988, me pidió que le sucediera. Dirigí la revista los diez años siguientes. Bill se hizo muy amigo mío y hoy lloro su pérdida. La noticia de que había fallecido me llegó estando en Praga al frente de Radio Free Europe/Radio Liberty. Fue un lugar extrañamente reconfortante en el que enterarse de esto, ya que Praga es una de esas grandes ciudades europeas que Bill ayudó a liberar del comunismo. Sí, el mundo actual parece más complicado e inestable que en los agitados días de 1990, pero Bill siempre decía que la libertad no es fácil. Simplemente, él hacía que pareciera fácil.
JOHN O´SULLIVAN
Director ejecutivo de Radio Free Europe/Radio Liberty
y editor-jefe general de la revista «National Review»
http://www.abc.es/20080229/opinion-la-tercera/lugarteniente-ronald-reagan_200802290248.html
El lugarteniente de Ronald Reagan
HACE dieciocho años, prácticamente un año después de la caída del Muro de Berlín, William F. Buckley Jr. realizó un viaje político por Europa Central y por la entonces aún existente Unión Soviética con una delegación de conservadores estadounidenses. En casi todos los países que visitó sus nuevos dirigentes democráticos le dieron la bienvenida con mucho entusiasmo. Incluso en la Unión Soviética, los líderes reformistas cuyo imperio se estaba desmoronando lentamente ante sus ojos lo trataron con una curiosidad respetuosa.
Al principio, Bill -que es como lo conocía todo el mundo- estaba un poco confuso ante su aparente fama. Pero luego se lo explicaron: algunos de esos ministros, jefes de nuevos partidos políticos y directores de periódicos nacionales de larga tradición (con nuevas líneas editoriales) habían leído copias de contrabando de su revista anticomunista «National Review» durante los muchos años en los que los comunistas los habían condenado a trabajar como fogoneros y canteros. Otros sabían que Bill había organizado una concentración anticomunista en el Carnegie Hall de Nueva York en protesta contra la visita de Nikita Jrushchev a Estados Unidos en una época en la que muchos políticos y analistas occidentales instaban a la gente a que pasaran por alto los crímenes del comunismo y la represión constante del bloque soviético en aras de la paz mundial.
Bill se tomó en serio la expresión «naciones cautivas» y quería liberar de verdad a los pueblos que vivían bajo el yugo soviético. Es probable que pensara que en su vida no llegaría a verlo, pero lo hizo. En consecuencia, Bill era célebre entre aquellas personas que creía que nunca habían oído hablar de él, en lugares que nunca habría esperado poder visitar con libertad.
Está claro que Bill estaba acostumbrado a ser famoso. En Estados Unidos alcanzó este rango poco después de cumplir los veinte, cuando, nada más licenciarse, escribió el libro God and Man at Yale («Dios y el hombre en Yale»), que criticaba severamente a su alma mater por su impiedad y su progresismo irreflexivo. Era un libro escrito por un joven que arremetía con desenfreno y gracia contra unos molinos de viento académicos muy pomposos. Puede que Bill no estuviera de acuerdo con todos sus argumentos -una crítica de la libertad académica, por ejemplo- treinta años después, pero la academia liberal -es decir estatista- se ofendió tontamente con ese joven conservador «criticón». El libro provocó una conmoción nacional y, gracias a esta controversia, Bill pasó a ser conocido por el gran público estadounidense -y, en concreto, por la minoría conservadora asediada en los Estados Unidos del New Deal. Pronto demostró ser una persona con instinto e inteligencia para los debates y fue famoso el resto de su vida. Pero no fue famoso por ser famoso. Puede que Bill llegara a realizar más actividades en lo que Kipling dio en llamar «el minuto implacable» que cualquier otra persona.
Surcó todos los océanos del mundo y lo puso por escrito. Trabajó como diplomático de Estados Unidos en la ONU y lo puso por escrito. Tocó el clavicémbalo (en público, con una orquesta) y lo puso por escrito. Fue -fugazmente, después de la universidad- agente de la CIA y lo puso por escrito en una serie de thrillers sobre la Guerra Fría, con un agente de la CIA llamado Blackford Oakes de protagonista. Junto a su glamurosa mujer, Pat, se subió al tren de vida de la alta sociedad de los famosos de Nueva York, y también esto lo puso por escrito: en una serie de libros muy divertidos con títulos como Cruising Speed («Velocidad de crucero»). También escribió varias novelas convencionales, una obra de teatro, numerosos artículos para revistas y tres columnas de periódico a la semana durante 40 años.
No todas las empresas de Bill fueron un éxito. Lo del clavicémbalo y su obra de teatro, así como muy probablemente su espionaje en la CIA, lo emprendió basándose en el principio de G. K. Chesterton de que si hay algo que merece la pena hacerse, merece la pena hacerlo, aunque sea mal. Lo que escribió, no obstante, lo escribió con mucha profesionalidad: nunca se saltó un cierre periodístico. En la mayoría del resto de actividades se embarcó con la alegría del principiante inspirado, y con los éxitos propios del principiante inspirado: escasos. Cuando Bill se presentó como candidato del pequeño Partido Conservador a la alcaldía de Nueva York en 1965, le preguntaron cuál sería su primera orden oficial si saliera elegido, y contestó: «Pedir un recuento». No necesitó hacerlo, porque perdió, pero obtuvo muchos más votos de los que nadie había imaginado.
Y este éxito inesperado empezó a expandir el movimiento conservador moderno de Estados Unidos que llevó a Ronald Reagan a la Casa Blanca, revitalizó el espíritu estadounidense, creó el capitalismo de la información que ahora preside el mundo y ganó la Guerra Fría. El papel que desempeñó Bill en la expansión del conservadurismo estadounidense es precedido sólo por el que tuvo Ronald Reagan, y quizá ni siquiera eso, aunque a él le gustaba considerarse, en términos ideológicos, su lugarteniente. A la temprana edad de 30 años, Bill fundó la revista «National Review». Convenció a talentos brillantes como James Burnham o Milton Friedman para que escribieran en ella, e hizo uso de la revista para reconciliar las facciones en liza del conservadurismo -libertarios económicos, tradicionalistas morales y halcones de la política exterior- en torno a una nueva filosofía basada en el anticomunismo, el libre mercado y los valores tradicionales judeocristianos. Se suele decir que la «National Review» de Bill Buckley hizo respetable el conservadurismo purgándolo del antisemitismo y de otros virus políticos. Eso es verdad y es algo importante, pero quizá no tanto como el hecho de que Bill hizo él mismo que el conservadurismo fuera chic y sofisticado. Como presentador del programa de entrevistas de televisión «Firing Line» durante 30 años, se enzarzó en agitado debate con liberales eminentes, desde J. K. Galbraith a Woody Allen, y muchas veces los despachaba con mejores argumentos y chistes más graciosos. Los conservadores estaban acostumbrados a que se los tratara como sureños reaccionarios y provincianos -si no algo peor- en la cultura estatista de los años 50 y 60. Pero cuando este protegido de la sociedad neoyorkina, elegante y gracioso, apareció en las pantallas de televisión cosiendo a puñaladas de genialidad a estatistas de calado -Galbraith y otros eran íntimos amigos suyos-, e hizo que esta visión condescendiente resultara sencillamente tonta.
Bill no se volvió a presentar a las elecciones después de su derrota en Nueva York de 1965, pero todos los conservadores que han salido elegidos desde entonces, ya sean republicanos o demócratas, están en deuda con él, y el pasado miércoles, día de su muerte, un nutrido grupo de ellos se puso en pie en el Senado de Estados Unidos para homenajearle. Cuando Bill se retiró del puesto de director de la «National Review» en 1988, me pidió que le sucediera. Dirigí la revista los diez años siguientes. Bill se hizo muy amigo mío y hoy lloro su pérdida. La noticia de que había fallecido me llegó estando en Praga al frente de Radio Free Europe/Radio Liberty. Fue un lugar extrañamente reconfortante en el que enterarse de esto, ya que Praga es una de esas grandes ciudades europeas que Bill ayudó a liberar del comunismo. Sí, el mundo actual parece más complicado e inestable que en los agitados días de 1990, pero Bill siempre decía que la libertad no es fácil. Simplemente, él hacía que pareciera fácil.
JOHN O´SULLIVAN
Director ejecutivo de Radio Free Europe/Radio Liberty
y editor-jefe general de la revista «National Review»
http://www.abc.es/20080229/opinion-la-tercera/lugarteniente-ronald-reagan_200802290248.html
Lorenzo Contreras, Violencia de genero y debate preelectoral
vierens 29 de febrero de 2008
Violencia de género y debate preelectoral
Lorenzo Contreras
Ya falta menos para el día —lunes, 3 de marzo— en que los líderes de los dos principales partidos políticos han de “retratarse” en televisión sobre el vital capítulo que ni siquiera ojearon el lunes de la semana anterior: el examen y discusión de las medidas prácticas que España necesita y cuáles son, a juicio de los dos candidatos a la Presidencia del Gobierno, los compromisos que es indispensable asumir para emprenderlas. En el primer cara a cara hubo oportunidades para diseñar algo de lo que nuestro país precisa. Pero se prefirió mirar antes al pasado que hacia el futuro. ¿Temas intocados? Algunos se han apuntado estos días, entre ellos la inmigración como problema, aunque sobre el “efecto llamada” algo dijo Rajoy. Pero, sobre todo, hubo silencio sobre el gran asunto de la corrupción impune. Sin embargo, la eventual profundización en esa cuestión suscita alguna que otra sonrisa escéptica.
El prólogo del primer gran debate lo protagonizaron, como se sabe, Pedro Solbes y Manuel Pizarro. Hubo una opinión predominante desfavorable al segundo, hoy prácticamente olvidado como “hombre fórmula” para calentar el horno de la crítica. Tuvo que ser él mismo quien instrumentara su propia defensa a toro pasado. Sus declaraciones al respecto traen ecos de actualidad. Dijo haber sido entonces “el único que hizo propuestas” mientras Solbes se limitaba, según Pizarro, a defender su propia gestión. El hombre-milagro que no llegó a serlo, para decepción de Rajoy, pretendió luego nada menos que haber fijado “las bases para que España vuelva a ser la locomotora de Europa”. Casi nada. ¿Fue tal locomotora? Jardiel Poncela preguntó en una de sus parodias: “¿Pero hubo alguna vez once mil vírgenes?”. Pues eso.
Ahora, los asesinatos de cuatro mujeres en un día, dentro del macabro serial de la llamada violencia de género, tienden a reforzar el interés temático del gran debate próximo. Si se dedica a ese drama casi cotidiano la atención que merece, ¿cuánto interés suscitará el asunto de la inmigración? La estadística habla del considerable porcentaje de lo que podríamos llamar crímenes de importación. Entre mafias que se tirotean por cuestiones de narcotráfico, por ejemplo, y desavenencias de parejas en las que el inmigrante tiene importante protagonismo mortal, algún análisis se ofrece como posible.
Conviene no esperar demasiado del nuevo “gran debate”. Rajoy, a propósito de la inmigración, se jugó dialécticamente la barba cuando formuló como propuesta el contrato del emigrante, en el cual se establecería para éste el compromiso de respetar una serie de normas del país receptor —España en este caso—, siempre a cambio de la consolidación de sus derechos.
Es amplia la opinión de que la Ley de Violencia de Género ha fracasado y, por consiguiente, debe ser derogada y sustituida por una regulación eficaz y convincente. Circula por el mercado editorial un libro titulado La revolución silenciosa. La política sexual del feminismo, del que es autor Jesús Trillo Figueroa. Su tesis es que la lucha de clases se ha visto progresivamente sustituida por la lucha de sexos como sistema o instrumento para un cambio social.
Valga recordar que la Ley antes citada, la de violencia de género, fue propulsada y aprobada fundamentalmente con los votos del PSOE, en tanto los votos del PP actuaban en contra. Actuaban o intentaba actuar, que no es lo mismo.
De todos modos, admitamos que los parlamentarios, y en el plazo inmediato los dos aspirantes a la presidencia del Gobierno, tienen ante sí un amplísimo temario social que no merece ser ignorado. El problema es que los temas, los grandes temas, se eligen y se abordan con la idea puesta en la rentabilidad del voto. Parece que con el terrorismo de todo tipo ya está casi cubierto el cupo.
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=29/02/2008&name=contreras
Violencia de género y debate preelectoral
Lorenzo Contreras
Ya falta menos para el día —lunes, 3 de marzo— en que los líderes de los dos principales partidos políticos han de “retratarse” en televisión sobre el vital capítulo que ni siquiera ojearon el lunes de la semana anterior: el examen y discusión de las medidas prácticas que España necesita y cuáles son, a juicio de los dos candidatos a la Presidencia del Gobierno, los compromisos que es indispensable asumir para emprenderlas. En el primer cara a cara hubo oportunidades para diseñar algo de lo que nuestro país precisa. Pero se prefirió mirar antes al pasado que hacia el futuro. ¿Temas intocados? Algunos se han apuntado estos días, entre ellos la inmigración como problema, aunque sobre el “efecto llamada” algo dijo Rajoy. Pero, sobre todo, hubo silencio sobre el gran asunto de la corrupción impune. Sin embargo, la eventual profundización en esa cuestión suscita alguna que otra sonrisa escéptica.
El prólogo del primer gran debate lo protagonizaron, como se sabe, Pedro Solbes y Manuel Pizarro. Hubo una opinión predominante desfavorable al segundo, hoy prácticamente olvidado como “hombre fórmula” para calentar el horno de la crítica. Tuvo que ser él mismo quien instrumentara su propia defensa a toro pasado. Sus declaraciones al respecto traen ecos de actualidad. Dijo haber sido entonces “el único que hizo propuestas” mientras Solbes se limitaba, según Pizarro, a defender su propia gestión. El hombre-milagro que no llegó a serlo, para decepción de Rajoy, pretendió luego nada menos que haber fijado “las bases para que España vuelva a ser la locomotora de Europa”. Casi nada. ¿Fue tal locomotora? Jardiel Poncela preguntó en una de sus parodias: “¿Pero hubo alguna vez once mil vírgenes?”. Pues eso.
Ahora, los asesinatos de cuatro mujeres en un día, dentro del macabro serial de la llamada violencia de género, tienden a reforzar el interés temático del gran debate próximo. Si se dedica a ese drama casi cotidiano la atención que merece, ¿cuánto interés suscitará el asunto de la inmigración? La estadística habla del considerable porcentaje de lo que podríamos llamar crímenes de importación. Entre mafias que se tirotean por cuestiones de narcotráfico, por ejemplo, y desavenencias de parejas en las que el inmigrante tiene importante protagonismo mortal, algún análisis se ofrece como posible.
Conviene no esperar demasiado del nuevo “gran debate”. Rajoy, a propósito de la inmigración, se jugó dialécticamente la barba cuando formuló como propuesta el contrato del emigrante, en el cual se establecería para éste el compromiso de respetar una serie de normas del país receptor —España en este caso—, siempre a cambio de la consolidación de sus derechos.
Es amplia la opinión de que la Ley de Violencia de Género ha fracasado y, por consiguiente, debe ser derogada y sustituida por una regulación eficaz y convincente. Circula por el mercado editorial un libro titulado La revolución silenciosa. La política sexual del feminismo, del que es autor Jesús Trillo Figueroa. Su tesis es que la lucha de clases se ha visto progresivamente sustituida por la lucha de sexos como sistema o instrumento para un cambio social.
Valga recordar que la Ley antes citada, la de violencia de género, fue propulsada y aprobada fundamentalmente con los votos del PSOE, en tanto los votos del PP actuaban en contra. Actuaban o intentaba actuar, que no es lo mismo.
De todos modos, admitamos que los parlamentarios, y en el plazo inmediato los dos aspirantes a la presidencia del Gobierno, tienen ante sí un amplísimo temario social que no merece ser ignorado. El problema es que los temas, los grandes temas, se eligen y se abordan con la idea puesta en la rentabilidad del voto. Parece que con el terrorismo de todo tipo ya está casi cubierto el cupo.
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=29/02/2008&name=contreras
Agapito Maestre, A Yasmina Reza no le gusta Sarkozy
viernes 29 de febrero de 2008
EL ALBA LA TARDE O LA NOCHE
A Yasmina Reza no le gusta Sarkozy
Por Agapito Maestre
De la política, de lo común entre los humanos, me interesa todo. No menos me atraen los diferentes tratamientos, o mejor, las formas intelectuales y artísticas de acercarnos a eso que a los seres humanos nos hace genuinamente humanos, la política. Vamos, que he leído este libro, primero, porque creí que abordaba un asunto común, la política, y más concretamente la figura de un político relevante europeo; y, en segundo lugar, porque me parecía sugerente un acercamiento, llamémosle novelesco, a la persona de Nicolás Sarkozy.
Hay quizá un tercer aspecto que me ha atraído de El alba la tarde o la noche, pero ya no se refiere tanto a una primera lectura como a la relectura de ciertos pasajes; no he podido sustraerme a releer algunas páginas bajo la máxima de lo que cuenta esta autora qua mujer. Sí, que sea una mujer quien escribe sobre un hombre, Sarkozy, da a este libro un plus de peligrosidad; sí, sin duda alguna, muchas personas leerán este libro en esa clave femenino-masculino, hembra-varón, etcétera, que es tan legítima como cualquier otra, sobre todo si se tiene en cuenta que son los detalles destacados por una mujer, una novelista, de un hombre que, en principio, no tiene demasiado éxito con las mujeres, según se desprende del propio juicio de la señora Reza.
No entraré, sin embargo, en esa dimensión de la obra, porque creo que se requerirían unas buenas dosis de dotes psicológicas femeninas de las que carezco por completo. De todos modos, el libro tampoco ayuda demasiado a que nos percatemos de los humores más íntimos de Sarkozy. Desde el principio, y a pesar de los rodeos estilísticos que practica en todo momento, Reza tiene un prejuicio sobre la persona Sarkozy que trata de fundamentar narrativamente, o sea, contando más o menos lo que ve y, sobre todo, lo que intuye del personaje Sarkozy, a saber, éste es un político en todos los sentidos del término, y nada menos que un político.
Reza olvida siempre que Sarkozy, por suerte o por desgracia, también es nada más que un político. Pareciera que esta novelita sólo tiene un objetivo: matar a la persona a través del personaje. Sarkozy, hombre de carne y hueso, ser alegre y sufriente, queda arruinado, desde el comienzo, por el político.
Precisamente porque todo el relato está atravesado por ese prejuicio, El alba la tarde o la noche está más cercano a la prensa del corazón, a ésa que persiste en mostrarnos los efluvios, la espuma, de los grandes sentimientos, que a los grandes ensayos, o novelas, que nos ponen delante de nuestros ojos todas las grandiosas contradicciones de una biografía, o de una gran novela, donde persona y personaje están entrelazados vitalmente. Reza cae en demasiados tópicos. He aquí un ejemplo en forma de diálogo:
– Si te dejaran con Cécilia y los niños en Maubeuge, te tirarías al río.
– ¡En dos años me haría el rey de Maubeuge!
¡Qué otra cosa, por favor, podría contestar un hombre que está en plena campaña electoral para alcanzar la presidencia de su país! Reza tiene poco sentido de la circunstancia, aunque está obsesionada por mostrar que su obra es un reportaje.
¿Reportaje? Algo de ello hay, pero no capta la esencia del político que se bate como un león por conquistar la presidencia de su país. Cita lugares, mítines, conversaciones, diálogos… Movimiento, sí, pero no capta la razón de que esté soportado todo ese ajetreo. No aparece nada más que levemente Sarkozy en plena campaña a las presidenciales. O sea, es un mal reportaje, porque Reza está atenazada por el prejuicio, en realidad, por los prejuicios sobre los políticos.
Reza comete aquí el mismo error que En el trineo de Schopenhauer, crónica desalmada de los intelectuales franceses en la que metió a todos en el mismo saco. No diferencia. Falta matiz. Quizá eso sea bueno para el teatro, pero para la novela es fatal, porque arruina la vida.
Eso es, precisamente, lo que falta en esta obra. Falta la vida de un político, sí, de alguien que lo ha dado todo por lo público. Y, sin embargo, esta mujer está empeñada en mostrarnos que Sarkozy es un fracaso con las mujeres. ¿Y qué? ¿Acaso tuvieron más éxitos César y Napoleón? No, por supuesto que no. Pero el problema no son los amores de César o Napoleón, sino qué expresaron de nuevo esos hombres a sus contemporáneos.
Obra, pues, deficiente artística e intelectualmente para hacernos cargo de un tipo que, a pesar de lo que digan las encuestas actualmente, apasiona, enfurece, cabrea y genera filias y fobias porque tiene un discurso político, una idea, para su nación y para Europa. Nada de eso se cuenta en esta obra, o peor aún, se nos escamotea bajo la excusa del análisis "punzante" de alguien con mucho ego y poco fondo. Falso.
De todos modos, esta novela hay leerla. Hay frases bonitas, incluso bellas, y a veces acertadas. Los tópicos, sin embargo, ganan. Arruinan el objetivo inicial. El final es una catástrofe intelectual y literaria. Lo esperábamos, por desgracia, desde las primeras páginas:
Una nostalgia sin recurso. Detrás de la montaña hay la memoria del tiempo de los prodigios, la huella fugitiva del resplandor, pero no hay ni humo, ni pradera verde y ni siquiera es seguro que haya algo.
He ahí la expresión, la peor expresión, de odio de una novelista, de una mujer, sobre un político: Sarkozy.
El tiempo, por supuesto, dictará sentencia sobre el personaje Sarkozy, pero Reza ya lo ha castrado porque le cae mal la persona. Pobre. No ha entendido los versos de Auden: "Los hombres privados en lugares públicos son más bellos y sabios/ que los hombres públicos en lugares privados". Y aunque este libro no alcanza la altura de una biografía, tampoco la sagacidad de un buen reportaje, y menos capta la inteligencia de un político, es menester leerlo, porque nos acerca con tono peliculero a una vida escindida de un gran personaje de nuestra época.
En fin, nadie espere de esta obra sugerencias para profundizar en su educación sentimental, ni menos todavía claves relevantes para comprender al político, al presidente de la República de Francia, que pudiera dar al traste con la incultura e impostura de la sedicente cultura política europea; pero nos pone al día de cómo un progre francés desprecia a un demócrata liberal que defiende la cultura grecorromana y cristiana.
YASMINA REZA: EL ALBA LA TARDE O LA NOCHE. Anagrama (Barcelona), 2007, 184 páginas.
http://libros.libertaddigital.com/articulo.php/1276234369
EL ALBA LA TARDE O LA NOCHE
A Yasmina Reza no le gusta Sarkozy
Por Agapito Maestre
De la política, de lo común entre los humanos, me interesa todo. No menos me atraen los diferentes tratamientos, o mejor, las formas intelectuales y artísticas de acercarnos a eso que a los seres humanos nos hace genuinamente humanos, la política. Vamos, que he leído este libro, primero, porque creí que abordaba un asunto común, la política, y más concretamente la figura de un político relevante europeo; y, en segundo lugar, porque me parecía sugerente un acercamiento, llamémosle novelesco, a la persona de Nicolás Sarkozy.
Hay quizá un tercer aspecto que me ha atraído de El alba la tarde o la noche, pero ya no se refiere tanto a una primera lectura como a la relectura de ciertos pasajes; no he podido sustraerme a releer algunas páginas bajo la máxima de lo que cuenta esta autora qua mujer. Sí, que sea una mujer quien escribe sobre un hombre, Sarkozy, da a este libro un plus de peligrosidad; sí, sin duda alguna, muchas personas leerán este libro en esa clave femenino-masculino, hembra-varón, etcétera, que es tan legítima como cualquier otra, sobre todo si se tiene en cuenta que son los detalles destacados por una mujer, una novelista, de un hombre que, en principio, no tiene demasiado éxito con las mujeres, según se desprende del propio juicio de la señora Reza.
No entraré, sin embargo, en esa dimensión de la obra, porque creo que se requerirían unas buenas dosis de dotes psicológicas femeninas de las que carezco por completo. De todos modos, el libro tampoco ayuda demasiado a que nos percatemos de los humores más íntimos de Sarkozy. Desde el principio, y a pesar de los rodeos estilísticos que practica en todo momento, Reza tiene un prejuicio sobre la persona Sarkozy que trata de fundamentar narrativamente, o sea, contando más o menos lo que ve y, sobre todo, lo que intuye del personaje Sarkozy, a saber, éste es un político en todos los sentidos del término, y nada menos que un político.
Reza olvida siempre que Sarkozy, por suerte o por desgracia, también es nada más que un político. Pareciera que esta novelita sólo tiene un objetivo: matar a la persona a través del personaje. Sarkozy, hombre de carne y hueso, ser alegre y sufriente, queda arruinado, desde el comienzo, por el político.
Precisamente porque todo el relato está atravesado por ese prejuicio, El alba la tarde o la noche está más cercano a la prensa del corazón, a ésa que persiste en mostrarnos los efluvios, la espuma, de los grandes sentimientos, que a los grandes ensayos, o novelas, que nos ponen delante de nuestros ojos todas las grandiosas contradicciones de una biografía, o de una gran novela, donde persona y personaje están entrelazados vitalmente. Reza cae en demasiados tópicos. He aquí un ejemplo en forma de diálogo:
– Si te dejaran con Cécilia y los niños en Maubeuge, te tirarías al río.
– ¡En dos años me haría el rey de Maubeuge!
¡Qué otra cosa, por favor, podría contestar un hombre que está en plena campaña electoral para alcanzar la presidencia de su país! Reza tiene poco sentido de la circunstancia, aunque está obsesionada por mostrar que su obra es un reportaje.
¿Reportaje? Algo de ello hay, pero no capta la esencia del político que se bate como un león por conquistar la presidencia de su país. Cita lugares, mítines, conversaciones, diálogos… Movimiento, sí, pero no capta la razón de que esté soportado todo ese ajetreo. No aparece nada más que levemente Sarkozy en plena campaña a las presidenciales. O sea, es un mal reportaje, porque Reza está atenazada por el prejuicio, en realidad, por los prejuicios sobre los políticos.
Reza comete aquí el mismo error que En el trineo de Schopenhauer, crónica desalmada de los intelectuales franceses en la que metió a todos en el mismo saco. No diferencia. Falta matiz. Quizá eso sea bueno para el teatro, pero para la novela es fatal, porque arruina la vida.
Eso es, precisamente, lo que falta en esta obra. Falta la vida de un político, sí, de alguien que lo ha dado todo por lo público. Y, sin embargo, esta mujer está empeñada en mostrarnos que Sarkozy es un fracaso con las mujeres. ¿Y qué? ¿Acaso tuvieron más éxitos César y Napoleón? No, por supuesto que no. Pero el problema no son los amores de César o Napoleón, sino qué expresaron de nuevo esos hombres a sus contemporáneos.
Obra, pues, deficiente artística e intelectualmente para hacernos cargo de un tipo que, a pesar de lo que digan las encuestas actualmente, apasiona, enfurece, cabrea y genera filias y fobias porque tiene un discurso político, una idea, para su nación y para Europa. Nada de eso se cuenta en esta obra, o peor aún, se nos escamotea bajo la excusa del análisis "punzante" de alguien con mucho ego y poco fondo. Falso.
De todos modos, esta novela hay leerla. Hay frases bonitas, incluso bellas, y a veces acertadas. Los tópicos, sin embargo, ganan. Arruinan el objetivo inicial. El final es una catástrofe intelectual y literaria. Lo esperábamos, por desgracia, desde las primeras páginas:
Una nostalgia sin recurso. Detrás de la montaña hay la memoria del tiempo de los prodigios, la huella fugitiva del resplandor, pero no hay ni humo, ni pradera verde y ni siquiera es seguro que haya algo.
He ahí la expresión, la peor expresión, de odio de una novelista, de una mujer, sobre un político: Sarkozy.
El tiempo, por supuesto, dictará sentencia sobre el personaje Sarkozy, pero Reza ya lo ha castrado porque le cae mal la persona. Pobre. No ha entendido los versos de Auden: "Los hombres privados en lugares públicos son más bellos y sabios/ que los hombres públicos en lugares privados". Y aunque este libro no alcanza la altura de una biografía, tampoco la sagacidad de un buen reportaje, y menos capta la inteligencia de un político, es menester leerlo, porque nos acerca con tono peliculero a una vida escindida de un gran personaje de nuestra época.
En fin, nadie espere de esta obra sugerencias para profundizar en su educación sentimental, ni menos todavía claves relevantes para comprender al político, al presidente de la República de Francia, que pudiera dar al traste con la incultura e impostura de la sedicente cultura política europea; pero nos pone al día de cómo un progre francés desprecia a un demócrata liberal que defiende la cultura grecorromana y cristiana.
YASMINA REZA: EL ALBA LA TARDE O LA NOCHE. Anagrama (Barcelona), 2007, 184 páginas.
http://libros.libertaddigital.com/articulo.php/1276234369
Rafael Bardají, Occidente, si quiere, puede
viernes 29 de febrero de 2008
GUERRA CONTRA EL YIHADISMO
Occidente, si quiere, puede
Por Rafael L. Bardají
"Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo". He aquí una de las claves para conseguir el éxito, y no sólo en el campo de batalla. El libro de George Weigel que hoy comentamos viene a denunciar que, desde el 11-S, la sociedad occidental se ha olvidado de esta gran lección del estratega chino Sun Tzu.
Los occidentales de esta hora no conocemos a nuestro enemigo. Y no sólo porque el terrorismo islamista sea un enemigo no convencional: acostumbrados a contar tanques, aviones y buques de guerra, no sabemos cómo valorarlo; sino y sobre todo porque, como apunta Weigel, la sociedad moderna (y posmoderna) se niega a conceder a la religión un lugar destacado en las relaciones internacionales y en la política: puede que no sea suficiente echar mano de la razón para combatir el fanatismo islámico, advierte aquél.
En Terminator 3, cuando al protagonista y futuro líder de la resistencia humana contra las máquinas sufre un ataque de desesperación, el terminator bueno lo zarandea y sacude a modo. Una vez ha conseguido ponerle furioso, le suelta y le dice: "Eso está mejor. La ira es un sentimiento menos negativo que la desesperación". No sé si George Weigel estaría de acuerdo con los autores del guión de esa película de Schwarzenegger, pero hay una idea fuerza a lo largo de esta nueva obra suya: la desesperación conduce a la impotencia y a la autodestrucción, sobre todo cuando lo que tenemos enfrente es un enemigo cuyo culto es la muerte y sus herramientas los coches, mochilas y cinturones bomba. Ahora bien, Weigel no aboga por que nos echemos en brazos de una ira que nos saque de nuestra complacencia destructiva, sino por la claridad moral, para que comprendamos por qué no nos merecemos el destino que nos tienen preparado nuestros enemigos islamistas.
Faith, Reason, and the War against Jihadism (La fe, la razón y la guerra contra el yihadismo) es, como otros anteriores de Weigel, una gozada de libro. Breve y contundente, está trufado de consideraciones filosóficas, religiosas; de ideas e iniciativas políticas; de consideraciones abstractas y numerosos ejemplos tomados de la vida real y cotidiana. Weigel describe el relativismo y la desidia característicos del mundo occidental contemporáneo, pero aporta ideas para superar tal estado de cosas y trata de infundir esperanza en el lector; de ahí el subtítulo: "A Call for Action" (Un llamamiento a la acción).
Formalmente, consta de quince lecciones agrupadas en tres grandes apartados: el primero está dedicado al estudio de nuestro enemigo; el segundo contiene una crítica tanto al realismo de una derecha recalcitrante y obsoleta como al relativismo y cinismo de la izquierda, y el tercero es un potente alegato a plantar cara y vencer al radicalismo islamista, esa amenaza existencial para Occidente.
Siete de las quince lecciones están dedicadas al enemigo (recuerden la frase de Sun Tzu con que se abre este artículo). Quien haya leído al gran islamólogo Bernard Lewis y al ensayista político y cultural Norman Podhoretz encontrará aquí grandes ecos de sus tesis. Weigel comienza por recordarnos que negar el factor religioso en la escena mundial, caer sistemáticamente en el secularismo por defecto, es cegarse al fenómeno del fundamentalismo islámico y el yihadismo y despreciar muchos de los instrumentos que tenemos a nuestro alcance para poder prevalecer ante ellos. Igualmente, nuestro autor insiste, y mucho, en disipar la confusión reinante que equipara automáticamente las tres grandes religiones: judaísmo, cristianismo e islam, por el mero hecho de que son monoteístas. La lección que dedica, con brillantez, a indagar en los elementos que unen y separan al cristianismo y al islam es la más extensa de todas, y sin lugar a dudas la más profunda y compleja.
Mientras que la Biblia ha servido para ensalzar el libre albedrío, la libertad y la dignidad humanas, anota Wiegel, el Corán ha venido a representar todo lo contrario, al presentarse como un manual técnico de una máquina: se toma o se deja, pero no se interpreta.
La tesis de Weigel es clara: el yihadismo es la ideología de inspiración religiosa que enseña que es obligación moral de todos los musulmanes emplear todos los medios necesarios para forzar la sumisión del mundo entero al islam. En consecuencia, el yihadismo es nuestro enemigo. Es el enemigo de Occidente en una guerra multifrente que ha comenzado muy a nuestro pesar y que de la que sólo podemos salir derrotados o victoriosos. En este punto Faith, Reason... nos recuerda al libro de Podhoretz World War IV, ya comentado en estas páginas. Pero, a diferencia de Podhoretz, Weigel no nos ofrece un recorrido histórico por los comienzos y la evolución de esta nueva guerra global, sino que se cierne exclusivamente a sus imágenes, tal y como nos las presentan los medios y la Academia.
Weigel denuncia la islamofilia que domina el pensamiento políticamente correcto del mundo occidental, tanto en los medios de comunicación como en las esferas política e institucional, como quedó de manifiesto con motivo del vituperado pero no leído discurso del papa Benedicto XVI en Ratisbona: en lugar de ver en él un intento de aproximación al islam moderado, Europa sucumbió, una vez más, al apaciguamiento de los más radicales.
La segunda parte de Faith, Reason... es un chute de adrenalina contra el pesimismo imperante entre quienes han defendido la agenda de la libertad en los últimos años; un chute de adrenalina que toma la forma de una crítica razonable al realismo como escuela de pensamiento, forma de ver el mundo y curso de acción política.
Weigel no esconde que la reacción contra el idealismo democratizador obedece en gran medida a la situación en Irak, donde una guerra relámpago ejecutada ejemplarmente dio paso a una situación de violencia y caos que sólo en fechas muy recientes parece remitir. Analiza con sumo cuidado tanto las buenas razones que había para derrocar a Sadam (algo que aquí, en España, habría que hacer también) como los errores cometidos. Pero de la desastrosa experiencia no concluye, como hacen muchos en la derecha y no menos en la izquierda, que la agenda democratizadora haya muerto. Al contrario, Weigel argumenta con brío que el Oriente Medio necesita una gobernabilidad responsable. Recuerda que la democracia no nace cual ave fénix. Que no lo ha hecho así jamás, en sitio alguno. Ni siquiera ha sido posible sin avances y retrocesos.
Nuestro autor no es ningún ingenuo, de ahí que abogue, como primer paso para el establecimiento de la democracia en el mundo árabe, por algo más laxo: la tolerancia religiosa y la responsabilidad política. En cualquier caso, como él mismo señala, "la guerra contra el terror y la promoción de la democracia están inextricablemente unidas, y ninguna puede tener éxito sin la otra". Eso se llama, para nosotros, Doctrina Bush.
Weigel no deja de abordar el problema de Irán y del mesianismo de Ahmadineyad, en el contexto más amplio de la lucha contra el islam radical. Pero lucha contra una idea que se acepta sin más en Occidente: si el mundo no puede sobrevivir a la combinación de pasión religiosa y armas de destrucción masiva, suprimamos las pasiones religiosas. Para él, se trata de la respuesta equivocada. Lo que se debería hacer es suprimir las armas de destrucción masiva, sobre todo con aquéllas que puedan estar en manos de nuestros enemigos. Las que importan de verdad.
En suma, esta segunda parte es una réplica prodigiosa a los múltiples argumentos que inspiran a gran parte de las elites dirigentes occidentales hoy en día, que prefieren negar la realidad olvidándose de los nombres que la pueblan. ¿Recuerdan cuando José Bono, a la sazón ministro de Defensa, quiso suprimir la palabra "guerra" de la Constitución española?
La última parte del libro es, sin duda, la más combativa. Comienza con un feroz ataque, bien fundamentado, contra los peligros del relativismo y el multiculturalismo de una sola dirección (esto es, nuestro respeto hacia los demás sin que los demás tengan la más mínima disposición a respetarnos). Las implicaciones del olvido de las raíces histórico-culturales de la religión cristiana están, igualmente, bien tratadas aquí. Como dice Weigel, "si la fe irracional [en referencia al islamismo] supone una grave amenaza contra el futuro de la Humanidad, lo mismo ocurre con la pérdida de la fe y la razón". Es más, sin fe en la posibilidad de conocer la verdad de las cosas, de discernir el bien del el mal, los occidentales nos estamos desarmando intelectual, cultural y moralmente. Y todo en medio de una guerra impuesta por unos fanáticos del islam.
Weigel aborda aquí aspectos muy dispares, desde la dependencia del petróleo y sus implicaciones en la financiación del radicalismo islámico hasta la diplomacia pública que se necesita desarrollar para combatir en la guerra de las ideas, pasando por el papel socavador que desempeña el antiamericanismo rampante. Y para todo ello encuentra un antídoto que promete una cierta esperanza.
Este libro, que tanto me hubiera gustado escribir, debe convertirse en un must para todos aquellos comprometidos con el triunfo del individuo, de su libertad y de su dignidad en todo el mundo, España incluida.
GEORGE WEIGEL: FAITH, REASON, AND THE WAR AGAINST JIHADISM. A CALL FOR ACTION. Doubleday (Nueva York), 2008. 195 páginas.
http://libros.libertaddigital.com/articulo.php/1276234370
GUERRA CONTRA EL YIHADISMO
Occidente, si quiere, puede
Por Rafael L. Bardají
"Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo". He aquí una de las claves para conseguir el éxito, y no sólo en el campo de batalla. El libro de George Weigel que hoy comentamos viene a denunciar que, desde el 11-S, la sociedad occidental se ha olvidado de esta gran lección del estratega chino Sun Tzu.
Los occidentales de esta hora no conocemos a nuestro enemigo. Y no sólo porque el terrorismo islamista sea un enemigo no convencional: acostumbrados a contar tanques, aviones y buques de guerra, no sabemos cómo valorarlo; sino y sobre todo porque, como apunta Weigel, la sociedad moderna (y posmoderna) se niega a conceder a la religión un lugar destacado en las relaciones internacionales y en la política: puede que no sea suficiente echar mano de la razón para combatir el fanatismo islámico, advierte aquél.
En Terminator 3, cuando al protagonista y futuro líder de la resistencia humana contra las máquinas sufre un ataque de desesperación, el terminator bueno lo zarandea y sacude a modo. Una vez ha conseguido ponerle furioso, le suelta y le dice: "Eso está mejor. La ira es un sentimiento menos negativo que la desesperación". No sé si George Weigel estaría de acuerdo con los autores del guión de esa película de Schwarzenegger, pero hay una idea fuerza a lo largo de esta nueva obra suya: la desesperación conduce a la impotencia y a la autodestrucción, sobre todo cuando lo que tenemos enfrente es un enemigo cuyo culto es la muerte y sus herramientas los coches, mochilas y cinturones bomba. Ahora bien, Weigel no aboga por que nos echemos en brazos de una ira que nos saque de nuestra complacencia destructiva, sino por la claridad moral, para que comprendamos por qué no nos merecemos el destino que nos tienen preparado nuestros enemigos islamistas.
Faith, Reason, and the War against Jihadism (La fe, la razón y la guerra contra el yihadismo) es, como otros anteriores de Weigel, una gozada de libro. Breve y contundente, está trufado de consideraciones filosóficas, religiosas; de ideas e iniciativas políticas; de consideraciones abstractas y numerosos ejemplos tomados de la vida real y cotidiana. Weigel describe el relativismo y la desidia característicos del mundo occidental contemporáneo, pero aporta ideas para superar tal estado de cosas y trata de infundir esperanza en el lector; de ahí el subtítulo: "A Call for Action" (Un llamamiento a la acción).
Formalmente, consta de quince lecciones agrupadas en tres grandes apartados: el primero está dedicado al estudio de nuestro enemigo; el segundo contiene una crítica tanto al realismo de una derecha recalcitrante y obsoleta como al relativismo y cinismo de la izquierda, y el tercero es un potente alegato a plantar cara y vencer al radicalismo islamista, esa amenaza existencial para Occidente.
Siete de las quince lecciones están dedicadas al enemigo (recuerden la frase de Sun Tzu con que se abre este artículo). Quien haya leído al gran islamólogo Bernard Lewis y al ensayista político y cultural Norman Podhoretz encontrará aquí grandes ecos de sus tesis. Weigel comienza por recordarnos que negar el factor religioso en la escena mundial, caer sistemáticamente en el secularismo por defecto, es cegarse al fenómeno del fundamentalismo islámico y el yihadismo y despreciar muchos de los instrumentos que tenemos a nuestro alcance para poder prevalecer ante ellos. Igualmente, nuestro autor insiste, y mucho, en disipar la confusión reinante que equipara automáticamente las tres grandes religiones: judaísmo, cristianismo e islam, por el mero hecho de que son monoteístas. La lección que dedica, con brillantez, a indagar en los elementos que unen y separan al cristianismo y al islam es la más extensa de todas, y sin lugar a dudas la más profunda y compleja.
Mientras que la Biblia ha servido para ensalzar el libre albedrío, la libertad y la dignidad humanas, anota Wiegel, el Corán ha venido a representar todo lo contrario, al presentarse como un manual técnico de una máquina: se toma o se deja, pero no se interpreta.
La tesis de Weigel es clara: el yihadismo es la ideología de inspiración religiosa que enseña que es obligación moral de todos los musulmanes emplear todos los medios necesarios para forzar la sumisión del mundo entero al islam. En consecuencia, el yihadismo es nuestro enemigo. Es el enemigo de Occidente en una guerra multifrente que ha comenzado muy a nuestro pesar y que de la que sólo podemos salir derrotados o victoriosos. En este punto Faith, Reason... nos recuerda al libro de Podhoretz World War IV, ya comentado en estas páginas. Pero, a diferencia de Podhoretz, Weigel no nos ofrece un recorrido histórico por los comienzos y la evolución de esta nueva guerra global, sino que se cierne exclusivamente a sus imágenes, tal y como nos las presentan los medios y la Academia.
Weigel denuncia la islamofilia que domina el pensamiento políticamente correcto del mundo occidental, tanto en los medios de comunicación como en las esferas política e institucional, como quedó de manifiesto con motivo del vituperado pero no leído discurso del papa Benedicto XVI en Ratisbona: en lugar de ver en él un intento de aproximación al islam moderado, Europa sucumbió, una vez más, al apaciguamiento de los más radicales.
La segunda parte de Faith, Reason... es un chute de adrenalina contra el pesimismo imperante entre quienes han defendido la agenda de la libertad en los últimos años; un chute de adrenalina que toma la forma de una crítica razonable al realismo como escuela de pensamiento, forma de ver el mundo y curso de acción política.
Weigel no esconde que la reacción contra el idealismo democratizador obedece en gran medida a la situación en Irak, donde una guerra relámpago ejecutada ejemplarmente dio paso a una situación de violencia y caos que sólo en fechas muy recientes parece remitir. Analiza con sumo cuidado tanto las buenas razones que había para derrocar a Sadam (algo que aquí, en España, habría que hacer también) como los errores cometidos. Pero de la desastrosa experiencia no concluye, como hacen muchos en la derecha y no menos en la izquierda, que la agenda democratizadora haya muerto. Al contrario, Weigel argumenta con brío que el Oriente Medio necesita una gobernabilidad responsable. Recuerda que la democracia no nace cual ave fénix. Que no lo ha hecho así jamás, en sitio alguno. Ni siquiera ha sido posible sin avances y retrocesos.
Nuestro autor no es ningún ingenuo, de ahí que abogue, como primer paso para el establecimiento de la democracia en el mundo árabe, por algo más laxo: la tolerancia religiosa y la responsabilidad política. En cualquier caso, como él mismo señala, "la guerra contra el terror y la promoción de la democracia están inextricablemente unidas, y ninguna puede tener éxito sin la otra". Eso se llama, para nosotros, Doctrina Bush.
Weigel no deja de abordar el problema de Irán y del mesianismo de Ahmadineyad, en el contexto más amplio de la lucha contra el islam radical. Pero lucha contra una idea que se acepta sin más en Occidente: si el mundo no puede sobrevivir a la combinación de pasión religiosa y armas de destrucción masiva, suprimamos las pasiones religiosas. Para él, se trata de la respuesta equivocada. Lo que se debería hacer es suprimir las armas de destrucción masiva, sobre todo con aquéllas que puedan estar en manos de nuestros enemigos. Las que importan de verdad.
En suma, esta segunda parte es una réplica prodigiosa a los múltiples argumentos que inspiran a gran parte de las elites dirigentes occidentales hoy en día, que prefieren negar la realidad olvidándose de los nombres que la pueblan. ¿Recuerdan cuando José Bono, a la sazón ministro de Defensa, quiso suprimir la palabra "guerra" de la Constitución española?
La última parte del libro es, sin duda, la más combativa. Comienza con un feroz ataque, bien fundamentado, contra los peligros del relativismo y el multiculturalismo de una sola dirección (esto es, nuestro respeto hacia los demás sin que los demás tengan la más mínima disposición a respetarnos). Las implicaciones del olvido de las raíces histórico-culturales de la religión cristiana están, igualmente, bien tratadas aquí. Como dice Weigel, "si la fe irracional [en referencia al islamismo] supone una grave amenaza contra el futuro de la Humanidad, lo mismo ocurre con la pérdida de la fe y la razón". Es más, sin fe en la posibilidad de conocer la verdad de las cosas, de discernir el bien del el mal, los occidentales nos estamos desarmando intelectual, cultural y moralmente. Y todo en medio de una guerra impuesta por unos fanáticos del islam.
Weigel aborda aquí aspectos muy dispares, desde la dependencia del petróleo y sus implicaciones en la financiación del radicalismo islámico hasta la diplomacia pública que se necesita desarrollar para combatir en la guerra de las ideas, pasando por el papel socavador que desempeña el antiamericanismo rampante. Y para todo ello encuentra un antídoto que promete una cierta esperanza.
Este libro, que tanto me hubiera gustado escribir, debe convertirse en un must para todos aquellos comprometidos con el triunfo del individuo, de su libertad y de su dignidad en todo el mundo, España incluida.
GEORGE WEIGEL: FAITH, REASON, AND THE WAR AGAINST JIHADISM. A CALL FOR ACTION. Doubleday (Nueva York), 2008. 195 páginas.
http://libros.libertaddigital.com/articulo.php/1276234370
Marcello, ¡ Hasta luego Lucas !
viernes 29 de febrero de 2008
¡Hasta luego, Lucas!
Está claro que los asesores de imagen de Rajoy han ganado el primer asalto del combate televisivo sobre los de Zapatero. La niña del discurso final de Rajoy ha dado, para bien o para mal, mucho más que hablar que el “buenas noches y buena suerte”, de la película de Clooney, con el que se despidió el presidente del Gobierno. Tan es así que ya se especula en el palacio de la Moncloa con la posibilidad de que Zapatero cierre el segundo debate con un ¡hasta luego, Lucas! —como, al parecer, le habría propuesto Moraleda—, mientras Rajoy amplía el cuento de la niña, que va a tener un hermanito que jugará, como Pau Gasol, en los Ángeles Lakers de la NBA, o será piloto de Ferrari, en la Fórmula 1, mientras ella, más crecidita, presidirá la Cruz Roja Internacional.
Los cabezas de huevo del PSOE y del PP están que echan humo, y buscan la frase mágica de la noche del próximo lunes como Robespierre perseguía a la Pimpinela Escarlata. Para empezar, los asesores de Zapatero están que echan las muelas porque consideran que su pupilo se dejó arrinconar en las cuerdas durante el asalto final, cuando Rajoy le acusó de haber agredido a las víctimas del terrorismo, y quieren que Zapatero se saque esa espina y le devuelva el golpe en el mentón a su adversario, a ver si lo tiene de cristal.
Naturalmente, en el PP saben que así tocaron el hígado de Zapatero. Y no se olvidan de lo que pasó en 1993 durante el segundo debate entre González y Aznar, cuando el ex presidente socialista volvió a la carga sobre el ataque que le lanzó el del bigote llamándole pedigüeño en Europa. De ahí que en la Moncloa estén preparando un plan para que Zapatero retome el debate sobre las víctimas del terrorismo, lo que saben muy bien en Ferraz que, por su parte, ya tienen preparada la respuesta que, además, les dará una nueva oportunidad para volver a hablar de De Juana, Otegi, la mentiras, ETA, etc.
Lo que no vimos la otra vez, y los dos lo estaban buscando, fue que uno de los contrincantes le dijera al otro eso de “tranquilícese”, o “no se ponga nervioso”, o “míreme a los ojos”, o “señor Zapatero, tenga cuidado porque se le ha caído el talante”, o “señor Rajoy, parece que se le ha pinchado una rueda de la bicicleta”.
Lo que sí parece seguro es que los dos hablarán de González y de Aznar, que andan por provincias haciendo de las suyas, y enredando un poco más en la campaña electoral. De hecho, sería muy bueno que, como teloneros del último debate del lunes, Aznar y González celebrasen su propio debate, que sin lugar a dudas tendría mucha más audiencia que la de los candidatos a la presidencia del Gobierno. En realidad, si cobraran por ello como los dos cobran ingentes sumas por sus conferencias, Aznar y González se iban a forrar con un par de debates anuales, sobre todo si además de la minuta se llevan el 40 por ciento de la publicidad.
Porque, la verdad sea dicha, los otros dos, Zapatero y Rajoy, tienen muy poca gracia y hasta se parecen bastante en la flojera y falta de intensidad y de profundidad. De ahí la incertidumbre del resultado electoral y el hecho de que el pasado debate, a pesar de sus índices de audiencia, apenas diese a los medios un titular que no fuera el relativo a la agresividad. Quedó, eso sí, lo de la niña de Rajoy y el “buenas noches y buena suerte”, pero poco más. Veremos ahora qué pasa con el niño de Rajoy —al parecer concebido por inseminación artificial— y con el ¡hasta luego, Lucas! de Moraleda, que, sin lugar a dudas, es una despedida genial.
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=29/02/2008&name=marcello
¡Hasta luego, Lucas!
Está claro que los asesores de imagen de Rajoy han ganado el primer asalto del combate televisivo sobre los de Zapatero. La niña del discurso final de Rajoy ha dado, para bien o para mal, mucho más que hablar que el “buenas noches y buena suerte”, de la película de Clooney, con el que se despidió el presidente del Gobierno. Tan es así que ya se especula en el palacio de la Moncloa con la posibilidad de que Zapatero cierre el segundo debate con un ¡hasta luego, Lucas! —como, al parecer, le habría propuesto Moraleda—, mientras Rajoy amplía el cuento de la niña, que va a tener un hermanito que jugará, como Pau Gasol, en los Ángeles Lakers de la NBA, o será piloto de Ferrari, en la Fórmula 1, mientras ella, más crecidita, presidirá la Cruz Roja Internacional.
Los cabezas de huevo del PSOE y del PP están que echan humo, y buscan la frase mágica de la noche del próximo lunes como Robespierre perseguía a la Pimpinela Escarlata. Para empezar, los asesores de Zapatero están que echan las muelas porque consideran que su pupilo se dejó arrinconar en las cuerdas durante el asalto final, cuando Rajoy le acusó de haber agredido a las víctimas del terrorismo, y quieren que Zapatero se saque esa espina y le devuelva el golpe en el mentón a su adversario, a ver si lo tiene de cristal.
Naturalmente, en el PP saben que así tocaron el hígado de Zapatero. Y no se olvidan de lo que pasó en 1993 durante el segundo debate entre González y Aznar, cuando el ex presidente socialista volvió a la carga sobre el ataque que le lanzó el del bigote llamándole pedigüeño en Europa. De ahí que en la Moncloa estén preparando un plan para que Zapatero retome el debate sobre las víctimas del terrorismo, lo que saben muy bien en Ferraz que, por su parte, ya tienen preparada la respuesta que, además, les dará una nueva oportunidad para volver a hablar de De Juana, Otegi, la mentiras, ETA, etc.
Lo que no vimos la otra vez, y los dos lo estaban buscando, fue que uno de los contrincantes le dijera al otro eso de “tranquilícese”, o “no se ponga nervioso”, o “míreme a los ojos”, o “señor Zapatero, tenga cuidado porque se le ha caído el talante”, o “señor Rajoy, parece que se le ha pinchado una rueda de la bicicleta”.
Lo que sí parece seguro es que los dos hablarán de González y de Aznar, que andan por provincias haciendo de las suyas, y enredando un poco más en la campaña electoral. De hecho, sería muy bueno que, como teloneros del último debate del lunes, Aznar y González celebrasen su propio debate, que sin lugar a dudas tendría mucha más audiencia que la de los candidatos a la presidencia del Gobierno. En realidad, si cobraran por ello como los dos cobran ingentes sumas por sus conferencias, Aznar y González se iban a forrar con un par de debates anuales, sobre todo si además de la minuta se llevan el 40 por ciento de la publicidad.
Porque, la verdad sea dicha, los otros dos, Zapatero y Rajoy, tienen muy poca gracia y hasta se parecen bastante en la flojera y falta de intensidad y de profundidad. De ahí la incertidumbre del resultado electoral y el hecho de que el pasado debate, a pesar de sus índices de audiencia, apenas diese a los medios un titular que no fuera el relativo a la agresividad. Quedó, eso sí, lo de la niña de Rajoy y el “buenas noches y buena suerte”, pero poco más. Veremos ahora qué pasa con el niño de Rajoy —al parecer concebido por inseminación artificial— y con el ¡hasta luego, Lucas! de Moraleda, que, sin lugar a dudas, es una despedida genial.
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=29/02/2008&name=marcello
Larry Elder, ¡ Democratas enfurecidos con la tele !
viernes 29 de febrero de 2008
Parcialidad progre
¡Demócratas enfurecidos con la tele! Con las imágenes del presidente Bush flanqueado por Sarkozy a su izquierda y la canciller alemana Angela Merkel a su derecha, la reportera decía con entusiasmo: "¿Quién no se pirraría por ese hombre? No me refiero al mono, sino al otro."
Larry Elder
¡Ultraje! David Shuster, de la MSNBC, mientras participaba en un programa sustituyendo a Tucker Carlson, criticó el uso por parte de la senadora Clinton de su hija, Chelsea. Dijo: "¿No parece como si Chelsea estuviera siendo chuleada de una manera un tanto extraña?”
El director de comunicaciones de Clinton, Howard Wolfson, amenazó con ausentarse de un debate programado. La MSNBC ofreció de inmediato una disculpa en directo y suspendió a Shuster por su estrafalaria observación. Wolfson la considera "una constante" de esa cadena (unas cuantas semanas antes, Chris Matthews, de la MSNBC, sugirió que el ascenso al poder de la senadora Clinton se debía a su imagen compasiva de mujer engañada por su marido. Feministas enfurecidas exigieron una disculpa... y la obtuvieron.)
Sin embargo, la jauría de expertos de la NBC disfrazados de periodistas –o de periodistas disfrazados de expertos– golpea, degrada y difama rutinariamente a los republicanos. Bien, ¿qué tal unas cuantas disculpas por la constante, incesante y chabacana crítica a los republicanos y a Bush?
Chris Matthews dijo en el programa Today de la NBC el 14 de noviembre de 2006 al copresentador Matt Lauer: "¿Cuántas bajas más soportaremos en lo que parece ser una guerra perdida? Es exactamente como Vietnam. En el 68 podríamos haber alcanzado el mismo acuerdo al que al final llegamos en el 73. Creo que el pueblo americano acabará viéndolo."
Chris Matthews, en la celebración del décimo aniversario de su programa en la MSNBC, acusó a la administración Bush de "intentar censurarle durante años" y a continuación anunciaba jactancioso que la Casa Blanca de Bush "había sido por fin pillada en sus crímenes". Se supone que el comentario aludía a la acusación de perjurio contra “Scooter” Libby, ex ayudante del vicepresidente Cheney. El arrebato se producía días antes de un debate republicano. ¿El moderador? Chris Matthews.
Keith Olbermann, de la MSNBC, el 25 de septiembre de 2006: "Durante cinco años, un mes y dos semanas, la administración actual, y el presidente en particular, han dado las mayores muestras de incompetencia y conducta delictiva de la historia americana... Por lo que respecta al resto de sus perversiones y porquerías, en nuestra peor presidencia desde James Buchanan, el presidente se las arregla para que otros las perpetren por él."
Olbermann ofrecía un Comentario Especial en el día de San Valentín de este año. Hablaba del deseo de la administración Bush de proporcionar inmunidad a las compañías de telecomunicaciones cuando cooperan con las medidas de vigilancia solicitadas por el Gobierno: "Si usted cree en la reciprocidad perfecta entre el Gobierno y las grandes empresas, dé un paso al frente y dígalo. Existe una definición de diccionario que describe esta mezcla venenosa. ¡Es usted un fascista! Haga que le estampen una camiseta con la palabra “fascista”. ¿Qué es esto sino fascismo?... Y si hay algo que sabemos acerca del Gran Hermano, señor Bush, es que él –bueno, usted– es un embustero... Usted dijo que 'las vidas de incontables americanos dependen' de que usted se salga con la suya. Esto es basura. Y usted la desperdiga con una audacia y una velocidad incomparables, incluso si lo comparamos con los mayores criminales políticos de nuestra historia."
El veterano comentarista deportivo de la NBC Bob Costas, colaborador también del programa Today y de Nightly News, dijo en su programa radiofónico sindicado: "Creo que hoy es aplastantemente evidente. Si usted es sincero. Incluso si es un republicano conservador. Si usted es honrado, ésta es una administración fracasada. Y ningún conservador honesto diría que George W. Bush estaba entre las 500 personas mejor cualificadas para ser presidente de los Estados Unidos. Esto no es cuestión de simpatías políticas. Si un progresista, y yo tiendo a ser progresista, discrepa de un conservador, aún puede respetar la aptitud y la integridad de su punto de vista... Esta administración puede ser criticada acertadamente por una persona imparcial que encaje exactamente en el centro del espectro político por un centenar de razones, todas autoevidentes."
En Morning Joe, una “reportera”, Erin Burnett, cubría la visita del presidente francés Sarkozy a China. Con las imágenes del presidente Bush flanqueado por Sarkozy a su izquierda y la canciller alemana Angela Merkel a su derecha, la reportera decía con entusiasmo: "¿Quién no se pirraría por ese hombre? No me refiero al mono, sino al otro." Preguntada por el presentador del programa quién era el mono, la periodista aclaraba: “El mono de en medio", lugar que ocupaba el presidente Bush. Más tarde se disculpó.
Si los republicanos rechazasen debatir en una cadena cuyos expertos-periodistas sobrepasan los límites del equilibrio, nunca podrían debatir ante estos "periodistas" izquierdistas. Ahora que lo pienso, no es mala idea.
© Laurence A. Elder. Distributed by Creators Syndicate Inc.
http://www.libertaddigital.com/opiniones/opinion_42240.html
Parcialidad progre
¡Demócratas enfurecidos con la tele! Con las imágenes del presidente Bush flanqueado por Sarkozy a su izquierda y la canciller alemana Angela Merkel a su derecha, la reportera decía con entusiasmo: "¿Quién no se pirraría por ese hombre? No me refiero al mono, sino al otro."
Larry Elder
¡Ultraje! David Shuster, de la MSNBC, mientras participaba en un programa sustituyendo a Tucker Carlson, criticó el uso por parte de la senadora Clinton de su hija, Chelsea. Dijo: "¿No parece como si Chelsea estuviera siendo chuleada de una manera un tanto extraña?”
El director de comunicaciones de Clinton, Howard Wolfson, amenazó con ausentarse de un debate programado. La MSNBC ofreció de inmediato una disculpa en directo y suspendió a Shuster por su estrafalaria observación. Wolfson la considera "una constante" de esa cadena (unas cuantas semanas antes, Chris Matthews, de la MSNBC, sugirió que el ascenso al poder de la senadora Clinton se debía a su imagen compasiva de mujer engañada por su marido. Feministas enfurecidas exigieron una disculpa... y la obtuvieron.)
Sin embargo, la jauría de expertos de la NBC disfrazados de periodistas –o de periodistas disfrazados de expertos– golpea, degrada y difama rutinariamente a los republicanos. Bien, ¿qué tal unas cuantas disculpas por la constante, incesante y chabacana crítica a los republicanos y a Bush?
Chris Matthews dijo en el programa Today de la NBC el 14 de noviembre de 2006 al copresentador Matt Lauer: "¿Cuántas bajas más soportaremos en lo que parece ser una guerra perdida? Es exactamente como Vietnam. En el 68 podríamos haber alcanzado el mismo acuerdo al que al final llegamos en el 73. Creo que el pueblo americano acabará viéndolo."
Chris Matthews, en la celebración del décimo aniversario de su programa en la MSNBC, acusó a la administración Bush de "intentar censurarle durante años" y a continuación anunciaba jactancioso que la Casa Blanca de Bush "había sido por fin pillada en sus crímenes". Se supone que el comentario aludía a la acusación de perjurio contra “Scooter” Libby, ex ayudante del vicepresidente Cheney. El arrebato se producía días antes de un debate republicano. ¿El moderador? Chris Matthews.
Keith Olbermann, de la MSNBC, el 25 de septiembre de 2006: "Durante cinco años, un mes y dos semanas, la administración actual, y el presidente en particular, han dado las mayores muestras de incompetencia y conducta delictiva de la historia americana... Por lo que respecta al resto de sus perversiones y porquerías, en nuestra peor presidencia desde James Buchanan, el presidente se las arregla para que otros las perpetren por él."
Olbermann ofrecía un Comentario Especial en el día de San Valentín de este año. Hablaba del deseo de la administración Bush de proporcionar inmunidad a las compañías de telecomunicaciones cuando cooperan con las medidas de vigilancia solicitadas por el Gobierno: "Si usted cree en la reciprocidad perfecta entre el Gobierno y las grandes empresas, dé un paso al frente y dígalo. Existe una definición de diccionario que describe esta mezcla venenosa. ¡Es usted un fascista! Haga que le estampen una camiseta con la palabra “fascista”. ¿Qué es esto sino fascismo?... Y si hay algo que sabemos acerca del Gran Hermano, señor Bush, es que él –bueno, usted– es un embustero... Usted dijo que 'las vidas de incontables americanos dependen' de que usted se salga con la suya. Esto es basura. Y usted la desperdiga con una audacia y una velocidad incomparables, incluso si lo comparamos con los mayores criminales políticos de nuestra historia."
El veterano comentarista deportivo de la NBC Bob Costas, colaborador también del programa Today y de Nightly News, dijo en su programa radiofónico sindicado: "Creo que hoy es aplastantemente evidente. Si usted es sincero. Incluso si es un republicano conservador. Si usted es honrado, ésta es una administración fracasada. Y ningún conservador honesto diría que George W. Bush estaba entre las 500 personas mejor cualificadas para ser presidente de los Estados Unidos. Esto no es cuestión de simpatías políticas. Si un progresista, y yo tiendo a ser progresista, discrepa de un conservador, aún puede respetar la aptitud y la integridad de su punto de vista... Esta administración puede ser criticada acertadamente por una persona imparcial que encaje exactamente en el centro del espectro político por un centenar de razones, todas autoevidentes."
En Morning Joe, una “reportera”, Erin Burnett, cubría la visita del presidente francés Sarkozy a China. Con las imágenes del presidente Bush flanqueado por Sarkozy a su izquierda y la canciller alemana Angela Merkel a su derecha, la reportera decía con entusiasmo: "¿Quién no se pirraría por ese hombre? No me refiero al mono, sino al otro." Preguntada por el presentador del programa quién era el mono, la periodista aclaraba: “El mono de en medio", lugar que ocupaba el presidente Bush. Más tarde se disculpó.
Si los republicanos rechazasen debatir en una cadena cuyos expertos-periodistas sobrepasan los límites del equilibrio, nunca podrían debatir ante estos "periodistas" izquierdistas. Ahora que lo pienso, no es mala idea.
© Laurence A. Elder. Distributed by Creators Syndicate Inc.
http://www.libertaddigital.com/opiniones/opinion_42240.html
Urbaneja, Telefonica, un acorazado en tres continentes
viernes 29 de febrero de2 008
Telefónica, un acorazado en tres continentes
Fernando González Urbaneja
Telefónica presentó sus resultados del pasado ejercicio con orgullo manifiesto y justificado. Les va bien, han consolidado todos los negocios y los garbanzos duros del guiso ya no se notan, lo que queda son las buenas tajadas. El volumen de negocio crece un 7%, hasta 56.000 millones de euros, y el beneficio neto un 43%, hasta 8.900 millones. Con esas cifras la compañía cumplirá este año con el compromiso de pagar un euro de dividendo por acción, promesa que sustentó el crecimiento de la cotización de 12 a 20 euros durante los últimos meses.
Como Telefónica representa el 20% de la negociación del Ibex 35, su revalorización explica buena parte de la mejora del índice general, superior a la de otros índices europeos. Telefónica es la locomotora del mercado, más aun que el Santander, que el pasado año ganó cien millones más de euros.
Telefónica, como el Santander o el BBVA, se ha centrado en su negocio principal y ha podado las demás ramas para no distraerse y no distraer. Como los bancos, se ha concentrado en tres mercados básicos y con distinto ciclo: el local español (un tercio del negocio), el americano (otro tanto con referencia al dólar) y el europeo, en particular el británico. Y en el caso de telefónica con dos apuestas adicionales para ir poniendo más banderas en el mapa: China e Italia.
Telefónica es una de las grandes mundiales del sector, probablemente la principal, la más diversificada y globalizada y sin desventaja tecnológica alguna. Sin un núcleo duro accionarial parece a cubierto de hostilidades por fortaleza propia y cuenta con un equipo profesional tanto operativo como corporativo, consejo y dirección, tan competente o más que cualquier otro.
La transformación de Telefónica durante estos últimos años ha sido tan ejemplar como espectacular, de monopolista a compañía de mercado, de burocrática a competitiva. Y entre los beneficiados de esas transformaciones, además de los accionistas, están también los clientes.
Por ejemplo, la progresiva recuperación del tiempo perdido en cuanto a implantación de nuevas tecnologías en España tiene mucho que ver con la competencia en el sector y con el protagonismo y activismo de Telefónica a la hora de innovar en su propio mercado y productos. Año a año la desventaja, el retraso tecnológico español apura distancia respecto a los países vecinos. La implantación de banda ancha y el uso de internet está generalizado en todas las empresas y cada día en más hogares. Lejos aún de los mejores países pero por encima de la media europea y mejorando posición.
Para cualquier país, disponer de empresas líderes significa una oportunidad; para un país medio disponer de ese activo es difícil, porque el mercado local no lo propicia. Preservar Telefónica, y los grandes bancos y las buenas eléctricas, sin poner puertas al campo de la competencia, debería formar parte de un pacto no escrito pero bien aprendido de quienes tienen capacidad para que las puertas se abran o se cierren.
Telefónica ha cumplido sus compromisos, puede repartir un euro de dividendo e invertir buena parte de lo que gana para seguir creciendo sin endeudarse y reforzando su balance. Acredita que es posible llegar más lejos de lo previsible, que el lema de Obama es válido: Sí, se puede.
fgu@apmadrid.es
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=29/02/2008&name=urbaneja
Telefónica, un acorazado en tres continentes
Fernando González Urbaneja
Telefónica presentó sus resultados del pasado ejercicio con orgullo manifiesto y justificado. Les va bien, han consolidado todos los negocios y los garbanzos duros del guiso ya no se notan, lo que queda son las buenas tajadas. El volumen de negocio crece un 7%, hasta 56.000 millones de euros, y el beneficio neto un 43%, hasta 8.900 millones. Con esas cifras la compañía cumplirá este año con el compromiso de pagar un euro de dividendo por acción, promesa que sustentó el crecimiento de la cotización de 12 a 20 euros durante los últimos meses.
Como Telefónica representa el 20% de la negociación del Ibex 35, su revalorización explica buena parte de la mejora del índice general, superior a la de otros índices europeos. Telefónica es la locomotora del mercado, más aun que el Santander, que el pasado año ganó cien millones más de euros.
Telefónica, como el Santander o el BBVA, se ha centrado en su negocio principal y ha podado las demás ramas para no distraerse y no distraer. Como los bancos, se ha concentrado en tres mercados básicos y con distinto ciclo: el local español (un tercio del negocio), el americano (otro tanto con referencia al dólar) y el europeo, en particular el británico. Y en el caso de telefónica con dos apuestas adicionales para ir poniendo más banderas en el mapa: China e Italia.
Telefónica es una de las grandes mundiales del sector, probablemente la principal, la más diversificada y globalizada y sin desventaja tecnológica alguna. Sin un núcleo duro accionarial parece a cubierto de hostilidades por fortaleza propia y cuenta con un equipo profesional tanto operativo como corporativo, consejo y dirección, tan competente o más que cualquier otro.
La transformación de Telefónica durante estos últimos años ha sido tan ejemplar como espectacular, de monopolista a compañía de mercado, de burocrática a competitiva. Y entre los beneficiados de esas transformaciones, además de los accionistas, están también los clientes.
Por ejemplo, la progresiva recuperación del tiempo perdido en cuanto a implantación de nuevas tecnologías en España tiene mucho que ver con la competencia en el sector y con el protagonismo y activismo de Telefónica a la hora de innovar en su propio mercado y productos. Año a año la desventaja, el retraso tecnológico español apura distancia respecto a los países vecinos. La implantación de banda ancha y el uso de internet está generalizado en todas las empresas y cada día en más hogares. Lejos aún de los mejores países pero por encima de la media europea y mejorando posición.
Para cualquier país, disponer de empresas líderes significa una oportunidad; para un país medio disponer de ese activo es difícil, porque el mercado local no lo propicia. Preservar Telefónica, y los grandes bancos y las buenas eléctricas, sin poner puertas al campo de la competencia, debería formar parte de un pacto no escrito pero bien aprendido de quienes tienen capacidad para que las puertas se abran o se cierren.
Telefónica ha cumplido sus compromisos, puede repartir un euro de dividendo e invertir buena parte de lo que gana para seguir creciendo sin endeudarse y reforzando su balance. Acredita que es posible llegar más lejos de lo previsible, que el lema de Obama es válido: Sí, se puede.
fgu@apmadrid.es
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=29/02/2008&name=urbaneja
Tibor Machan, No nos importa mucho la libertad
viernes 29 de febrero de 2008
Queremos intervencionismo
No nos importa mucho la libertad La ciudadanía no está siendo engañada por los medios de comunicación ni por los políticos. No, la gente lo que quiere son cosas gratis que paguen los demás.
Tibor R. Machan
Pienso que los candidatos y los proyectos que favorecen la libertad individual suelen perder en las contiendas electorales porque la mayoría de los electores no los apoyan. La realidad es que hay demasiados ciudadanos que no quieren ser libres, por lo que una y otra vez rechazan a candidatos que defienden el libre mercado, las libertades civiles, el comercio global y otras ideas y principios similares. Por el contrario, apoyan el proteccionismo, las regulaciones y el intervencionismo en los hábitos y en la vida personal, restringiendo la libertad individual bajo el espejismo de la perfecta seguridad, se trate de las amenazas de terrorismo, las medicinas bajo prescripción o el medio ambiente. Así tratan de hacer uso de los impuestos que otros pagan con el fin de controlar las vidas de los demás y para evitar supuestos peligros.
La ciudadanía no está siendo engañada por los medios de comunicación ni por los políticos. No, la gente lo que quiere son cosas gratis que paguen los demás. En el actual proceso electoral en Estados Unidos, el precandidato presidencial que apoya abiertamente las políticas libertarias, Ron Paul, no tiene posibilidades de triunfo.
Esta campaña electoral deja claro que a los votantes no les interesa la raza ni el sexo del candidato presidencial sino los recursos que el Gobierno le extraerá a Pedro para regalárselos a Juan. No importa que los beneficiarios sean muy pocos. Se trata de algo parecido a los jugadores que van a Las Vegas con la esperanza de ganar mucho, aunque saben que lo más probable es que pierdan cuanto apuesten. Al igual que ellos, los ciudadanos votan con la esperanza de conseguir algo a cambio de nada.
Hay diversos grupos de la sociedad que fomentan esa manera de pensar y de actuar en las contiendas electorales. Y las escuelas del gobierno no enseñan la verdad de lo que sucede porque los maestros forman parte de esos mismos grupos que quieren lo que otros tienen que pagar. Pero es ridículo creer en un futuro próspero para la sociedad cuando tantos rechazan la productividad y más bien favorecen la dependencia.
Así, hoy vemos a mucha gente apoyando a Hillary Clinton y no creo que abandonemos los malos hábitos a corto plazo. Pero, a pesar de todo esto, soy optimista con respecto al largo plazo. La idea de una sociedad libre es bien nueva. A través de casi toda la historia de la humanidad, la gente ha vivido bajo gobiernos opresivos, donde pequeños grupos que se hacían pasar como salvadores del prójimo oprimían a sus conciudadanos.
© AIPE
Tibor Machan es profesor de la Chapman University y académico asociado de Cato Institute
http://www.libertaddigital.com/opiniones/opinion_42112.html
Queremos intervencionismo
No nos importa mucho la libertad La ciudadanía no está siendo engañada por los medios de comunicación ni por los políticos. No, la gente lo que quiere son cosas gratis que paguen los demás.
Tibor R. Machan
Pienso que los candidatos y los proyectos que favorecen la libertad individual suelen perder en las contiendas electorales porque la mayoría de los electores no los apoyan. La realidad es que hay demasiados ciudadanos que no quieren ser libres, por lo que una y otra vez rechazan a candidatos que defienden el libre mercado, las libertades civiles, el comercio global y otras ideas y principios similares. Por el contrario, apoyan el proteccionismo, las regulaciones y el intervencionismo en los hábitos y en la vida personal, restringiendo la libertad individual bajo el espejismo de la perfecta seguridad, se trate de las amenazas de terrorismo, las medicinas bajo prescripción o el medio ambiente. Así tratan de hacer uso de los impuestos que otros pagan con el fin de controlar las vidas de los demás y para evitar supuestos peligros.
La ciudadanía no está siendo engañada por los medios de comunicación ni por los políticos. No, la gente lo que quiere son cosas gratis que paguen los demás. En el actual proceso electoral en Estados Unidos, el precandidato presidencial que apoya abiertamente las políticas libertarias, Ron Paul, no tiene posibilidades de triunfo.
Esta campaña electoral deja claro que a los votantes no les interesa la raza ni el sexo del candidato presidencial sino los recursos que el Gobierno le extraerá a Pedro para regalárselos a Juan. No importa que los beneficiarios sean muy pocos. Se trata de algo parecido a los jugadores que van a Las Vegas con la esperanza de ganar mucho, aunque saben que lo más probable es que pierdan cuanto apuesten. Al igual que ellos, los ciudadanos votan con la esperanza de conseguir algo a cambio de nada.
Hay diversos grupos de la sociedad que fomentan esa manera de pensar y de actuar en las contiendas electorales. Y las escuelas del gobierno no enseñan la verdad de lo que sucede porque los maestros forman parte de esos mismos grupos que quieren lo que otros tienen que pagar. Pero es ridículo creer en un futuro próspero para la sociedad cuando tantos rechazan la productividad y más bien favorecen la dependencia.
Así, hoy vemos a mucha gente apoyando a Hillary Clinton y no creo que abandonemos los malos hábitos a corto plazo. Pero, a pesar de todo esto, soy optimista con respecto al largo plazo. La idea de una sociedad libre es bien nueva. A través de casi toda la historia de la humanidad, la gente ha vivido bajo gobiernos opresivos, donde pequeños grupos que se hacían pasar como salvadores del prójimo oprimían a sus conciudadanos.
© AIPE
Tibor Machan es profesor de la Chapman University y académico asociado de Cato Institute
http://www.libertaddigital.com/opiniones/opinion_42112.html
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