jueves, marzo 01, 2007

Luis del Pino, Punto de no retorno

Punto de no retorno
1 de Marzo de 2007 - 06:55:51 - Luis del Pino
De Juana Chaos, asesino de 25 españoles, va a quedar en libertad en las próximas horas. Lo que no consiguió con esos 25 asesinatos, que era doblar la mano al Gobierno español, lo va a conseguir ahora, gracias a que en La Moncloa se aloja alguien dispuesto a dejar que le doblen la mano.
Y si en La Moncloa hay alguien dispuesto a ceder a las pretensiones de los terroristas es porque hace tres años alguien hizo volar cuatro trenes y consiguió el vuelco electoral que las encuestas no auguraban. De Juana sale hoy libre gracias a que un atentado masivo cambió el rumbo de la Historia de España.
¿Es meramente casual esa relación de circunstancias o se trata de una relación de causa-efecto? No lo sabemos aún. Pero lo que sí sabemos es que nos mintieron a la hora de adjudicar la autoría de esos atentados. Al igual que sabemos también que el Gobierno ha hecho lo posible y lo imposible por entorpecer las averiguaciones tendentes a determinar quiénes fueron los verdaderos autores. Lo mismo que somos conscientes de que personas acusadas de falsificar informes del 11-M para eliminar referencias a ETA no sólo no son apartadas de sus cargos, sino que incluso son promocionadas.
A la luz de los acontecimientos, en las próximas horas se decidirá qué acciones se toman como respuesta a la nueva cesión a la banda terrorista. Por el momento, quedémonos con dos cosas: la necesidad de cerrar filas, más que nunca, detrás de los movimientos cívicos, que ya están en marcha para decidir la mejor forma responder a la nueva provocación del Gobierno de Zapatero; y, en segundo lugar, la necesidad de mantener, más que nunca, la más absoluta de las calmas ante lo que no es sino otro pago (y no va a ser el último) de Zapatero a ETA.
Vivimos desde el 11-M en una situación de golpe de estado permanente. La puesta en libertad de este asesino no constituye ningún punto de no retorno. El punto de no retorno fue el propio 11-M, que puso en marcha la dinámica que ha conducido, de manera inexorable, a que ese asesino pueda salir a la calle en breve plazo. Y la lucha contra la alianza que ha hecho posible esta situación va a ser larga, difícil y llena de sinsabores. Pero es Zapatero, no nosotros, quien tiene motivos para perder la calma. Porque sabe que, haga lo que haga, algunos van a tener que responder ante la Justicia por sus actos. Puede que De Juana haya saldado ya, con la Ley en la mano, sus 25 asesinatos. Pero aquellos que mataron a 192 españoles aún no han tenido que enfrentarse a su castigo. Y les aseguro que tendrán que hacerlo. Y Zapatero también lo sabe.

Antonio Robles, ETA, mira las estrellas

viernes 2 de marzo de 2007
Izquierda liberal
ETA, mira a las estrellas
Antonio Robles

En mala hora, un presidente de Gobierno se siente capacitado para perdonarlo. No pondré sus nombres, ni el de uno ni el de otro. Que la inmensidad oscura del tiempo los una en su indignidad.

La noche lo envuelve todo en el desierto de Kalahari. Es tan intensa la oscuridad que la luz de las estrellas parece brotar misteriosamente de la nada. El abismo es sobrecogedor. El que me rodea y el que se esparce sin fin. No es posible abstraerse a su influjo, es imposible sujetar el aliento de la conciencia mientras crea la inmensidad, pensándola.
Dos niñas juegan alrededor de una hoguera. Son frágiles, están indefensas ante esa infinitud negra que nos aplasta.
Dicen los físicos que la luz recorre el espacio a 300.000 kilómetros por segundo. ¿A dónde irá la naturaleza tan deprisa si no puede salir de sus propios límites? Aseguran los astrofísicos que la estrella polar está a 42 años luz, o sea, a una barbaridad de kilómetros del desierto de Kalahari. O lo que es lo mismo, que su luz tarda en llegar a nosotros 42 años. Un ratito nada más si lo comparamos con lo que tardan otras estrellas y galaxias mucho más alejadas de nosotros; algunas a más de 20.000 millones de años luz. ¿Es posible que la noche que ahora contemplo sea el pasado de un universo que yo no pude contemplar por la enorme distancia que me separaba de él?
Los sabios del siglo XX aventuraron que el espacio y el tiempo nacieron de una gran explosión hará unos 20.000 millones de años luz. No de la nada, sino de un punto de dimensiones reducidas pero indeterminadas que no pudo soportar la densidad de su masa. Desde entonces no ha dejado de expandirse y de recrearse en materia y energía. 6.0000 millones de años luz después aparecieron las primeras estrellas y galaxias. Todo aún era silencio y oscuridad porque nadie podía percibirlas. Después se formó la tierra, una insignificante mota de materia abandonada en un remoto sistema solar a su vez perdido en los suburbios de miles de millones de estrellas de una galaxia de un universos de miles de millones de galaxias. Abismo, abismo, abismo...
Hará unos cuatro mil millones de años nada más, en esa pequeña mota de materia apareció el milagro de la vida. Nada parecido a lo que ahora es, pero en ella ya palpitaba el aliento de los bosques y de los pájaros. También nosotros, los humanos, uno a uno, cada cual fruto de otros millones de casualidades. Desde entonces, cada uno de los momentos hasta el instante de nuestra concepción hubimos de ganar en el azar los miles de millones de posibilidades imprescindibles para ser. Si consideramos sólo el último instante, un espermatozoide entre millones logró fecundar un óvulo. Ese espermatozoide no hubiera existido si el encuentro amoroso no hubiera sido en ese momento, si nuestros padres no se hubieran conocido, si nuestros abuelos hubieran nacido en continentes distintos...Un mínimo cambio lo hubiera cambiado todo.
Y lo más maravilloso, la conciencia. No sé, ni sabremos nunca los humanos, que descomunal azar hizo posible la conciencia, pero percibimos la conciencia de esa misma vida en la mirada de un mono con suerte que nos hemos empeñado en llamar humano. Por el tortuoso sendero del tiempo aún permanecen perdidas las claves de ese milagro. No importa, es la conciencia de nuestro pensamiento que ha logrado escapar de la materia para pensarla.
Se me hace difícil expresar el valor inmenso, único de cada uno de esos seres humanos que hemos brotado del azar del universo.
Cada uno de nosotros somos un milagro del cosmos, pero aún mas importante, somos hijos de padres maravillosos, amigos de seres con sentimientos hermosos, conocidos o deudores de otros muchos seres humanos. ¡Cuántos desvelos de una madre! ¡Cuántas historias asombrosas! Y sin embargo...
Un mal día, un maldito comando de ETA aniquila la vida de un ser que, como cada una de todas las demás vidas, es irrepetible en el tiempo infinito del universo. Hay que ser necios, muy estúpidos, para no darse cuenta de su crimen.
En mala hora, un presidente de Gobierno se siente capacitado para perdonarlo. No pondré sus nombres, ni el de uno ni el de otro. Que la inmensidad oscura del tiempo los una en su indignidad.antoniorobles1789@hotmail.com

Agapito Maestre, Decision cruel

viernes 2 de febrero de 2007
De Juana Chaos
Decisión cruel
Agapito Maestre

La decisión responde a un proceso de negociación política entre terroristas, nacionalistas y socialistas para mantenerse en el poder y sacar fuera de juego al PP

La decisión de Pérez Rubalcaba no es humanitaria, ni legal, ni personal. Es una decisión tomada por Zapatero directamente para castigar a las víctimas del terrorismo. Zapatero ha respondido a los miles de personas que salen a la calle a protestar. Su política de entendimiento con ETA y los nacionalistas no admite crítica alguna. La decisión de Zapatero era esperada. Tenía que contestar rápidamente y con contundencia a la concentración de la AVT. Era necesario volver a sacrificar a las víctimas.

Ya lo anuncié aquí, en mi anterior columna, cuando dije que, mientras Sarkozy se emociona por las manifestaciones pacíficas contra el terrorismo, Zapatero, por el contrario, las utiliza para hacer todo lo contrario. La prueba es evidente: el sábado miles de personas le piden a Zapatero el cumplimiento integro de las penas para De Juana Chaos y a los pocos días él les contesta sacándolo a la calle. Es la diferencia entre un político demócrata y un político con principios totalitarios.

Pero, más allá de las valoraciones sobre la justeza democrática de las posiciones de Zapatero, seamos realistas. Analicemos su respuesta a la AVT y veremos que es el primer acto de su campaña electoral dirigido hacia una sociedad débil, sin principios y dispuesta a tragar todo lo que le echen los socialistas con tal de seguir pactando en una nación desvertebrada y sin pulso. Nadie se engañe con las paparruchadas de Rubalcaba sobre la piedad con un terrorista. No hay razones humanitarias, menos aún legales, pues cualquier jurista sensato podría demostrar que hay fraude de ley en la decisión del Gobierno de dejar en la calle a De Juana Chaos, sino una táctica política terrible para llevar a cabo su estrategia de negociación con los terroristas y nacionalistas.

No perdamos el tiempo con los "ideologemas" de Pérez Rubalcaba y comentemos lo esencial. La decisión responde a un proceso de negociación política entre terroristas, nacionalistas y socialistas para mantenerse en el poder y sacar fuera de juego al PP. Es una decisión más contra la democracia. El Gobierno ha hecho lo que se esperaba. No entra en ningún chantaje sino, simplemente, quiere seguir liderando el proceso con los terroristas y los nacionalistas. Por lo tanto, por favor, que nadie diga que el PSOE se equivoca con los terroristas o que se entrega a ETA. Esto es radicalmente falso. El Gobierno está en lo mismo que los terroristas.

En efecto, de acuerdo con ETA en general, y Otegi en particular, el Gobierno decide sacar a la calle al asesino De Juana Chaos, porque a todos les resulta, simplemente, disfuncional para su "proceso" que el criminal esté en el hospital. Mejor un escándalo durante unos días, quizá una semana como mucho, que soportar la protesta de la calle contra el Gobierno por los histrionismos del criminal. De paso, se da un escarmiento a las víctimas, que durante dos años han mantenido a este tipo en la cárcel. Zapatero ha sido fiel a su estilo inflexible, terrible y cruel con las peticiones de las víctimas. Se la tenía jurada y lo ha hecho: De Juana a la calle es el primer acto, reitero, de una durísima campaña electoral, que sólo tiene un objetivo, mantenerse en el poder destruyendo la nación y, por tanto, la democracia. Vale.

GEES, El ministro suicida

viernes 2 de marzo de 2007
Rubalcaba
El ministro suicida
GEES

Se trata del mayor error cometido hasta ahora por Zapatero, de un alcance moral y político incalculable, puesto que ni los suyos pueden ya negar los oscuros tratos con ETA.

La hoja de ruta marcada por ETA al Gobierno pasa en los próximos meses por tres exigencias ineludibles sin las cuales los terroristas atentarán con mayor o menor intensidad. La primera, ya cumplida, el traslado de De Juana Chaos a su casa. La segunda, la legalización de Batasuna para presentarse a las próximas elecciones autonómicas. La tercera, el pacto en Navarra del PSOE con los nacionalistas para empezar el desguace social y cultural de la Comunidad Foral. El primer acto ya se ha desarrollado.
Y una vez más, con el oficio de Rubalcaba ejerciendo de señuelo de Zapatero. En un tema mortal de necesidad, el ministro mezcló en su comparecencia ideas contradictorias. Lo peor: que afirmó que se limitaba a cumplir mecánicamente la ley, pero al mismo tiempo que se hacía él responsable de una medida "humanitaria". No había salida alguna a tan perverso acto. Es tal la felonía, que Rubalcaba estaba condenado de antemano, y ni su oficio le salvaría de la quema. Y no lo ha hecho.
Rubalcaba comparecía al mediodía, cuando De Juana había salido por la puerta de atrás e iba camino de San Sebastián y los proetarras esperaban en las cunetas vascas el paso de la caravana para dar vivas al terrorista. Mezcló conceptos, ideas, certezas y vaguedades que no le salvarían del desastre. Diciendo que la cosa era legal buscó aliviar su desgraciado papel, pero lo ha liado aún más, porque dejar enchironado al psicópata era tan legal como llevarlo a su casa.
Y lo esperable, la reacción de airada indignación de la sociedad española. Las víctimas huérfanas de Gobierno, se espantan y se soliviantan, mientras Batasuna lo celebra a lo grande. La imagen del terrorista aclamado victorioso ha provocado un sentimiento de humillación que ha prendido también entre la clientela socialista. A izquierda y derecha cunde la sospecha y la indignación ante unos acontecimientos inauditos en un Gobierno occidental y democrático. Se trata del mayor error cometido hasta ahora por Zapatero, de un alcance moral y político incalculable, puesto que ni los suyos pueden ya negar los oscuros tratos con ETA.
Y la cara del desvergonzado y macabro espectáculo de los últimos días, con el colofón del jueves, es el ministro de interior, pese a que es Zapatero quien tiene como obsesión lograr un pacto con ETA. Desde su escondite monclovita, Zapatero ha enviado a Rubalcaba a sufrir las iras de la sociedad en un tema evidentemente explosivo. Cansado, desmotivado, salió el jueves a la plaza pública a inmolarse por su presidente. Pues, bien, Zapatero ha conseguido que Rubalcaba se convierta en el ministro del Interior que llevó a De Juana a su casa. De él lo conocíamos todo, pero ahora sabemos que su generosidad no tiene límites, hasta el punto de suicidarse políticamente en nombre su jefe. Ahora queda por saber si la onda expansiva del escándalo De Juana llega hasta el sótano de La Moncloa donde ZP se esconde.GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

Juan Carlos Girauta, Comunicaciones especiales intimas

viernes 2 de marzo de 2007
Opinión
Comunicaciones especiales íntimas
Juan Carlos Girauta

Han ilustrado a pedir de boca aquella diferencia que tanto preocupaba a Camilo José Cela entre estar jodido y estar jodiendo. Creían los más que el asesino se encontraba en el primer estado, y hasta lo compadecían. ¡Y resulta que estaba en el segundo!

Blanco es un fenómeno, un as del humor. Su último gag, el de Clos teniendo una intuición sobre finanzas internacionales, opas, fusiones y adquisiciones –o cualquier otro asunto que requiera conocimiento especializado– ha provocado la carcajada colectiva más sonora desde que Cebrián escribiera clítorix.
No sólo los asistentes al desayuno lúdico-informativo se atragantaron, se revolcaron, se convulsionaron, se desternillaron y estuvieron a punto de perecer. La catarsis risoterapéutica contagió a banqueros, inversores, taxidermistas, presos y colegialas. España toda, como un solo hombre, se puso a darse golpes en el pecho con el borde de la mano abierta.
"España se parte", concluyó el tripartito con razonada alegría. A ver si al final el semen aquel acaba dando un bastardillo energético por vías inesperadas. Por do más pecado había. Por el Gobierno italiano, sin ir más lejos. El gag de la intuición financiera de Clos multiplica su eficacia al saber la audiencia que los dos gobiernos habían mantenido –antes de que se pronunciara el ministro pitoniso– una comunicación especial íntima.
Trátase ésta última de una institución esencial para favorecer, para lubricar relaciones socio-políticas, para penetrar los problemas hasta el fondo y para verter las semillas del éxito.
Hay variantes, como las comunicaciones especiales íntimas mantenidas por De Juana y su novia, que no sólo han contribuido a calmar y humanizar al matarife; también han revolucionado la política penitenciaria. Y han ilustrado a pedir de boca aquella diferencia que tanto preocupaba a Camilo José Cela entre estar jodido y estar jodiendo. Creían los más que el asesino se encontraba en el primer estado, y hasta lo compadecían. ¡Y resulta que estaba en el segundo!
Despega ya el pajarraco hacia la libertad, entre aplausos que suben de las cloacas y bajan de los palacios. Y lo hace, cómo no, gracias a las comunicaciones especiales íntimas que mantiene el Gobierno con la ETA.
La práctica permite –como observaría Woody Allen– conocer gente. Pero es que, además, el flujo de información aumenta, los canales se abren, los conductos se ensanchan. En fin, que une mucho a los comunicados. Por eso el Gobierno ha intentado hacernos a todos una comunicación especial íntima soltando a De Juana. Pero Rodríguez no tiene orientación, pues por mucho que insistamos en que esa no es la vía adecuada, él sigue empeñado en atacar por donde no debe. El perverso.

Un botellazo que haga recapcitar a todos

2-III-2007
Un botellazo que haga recapacitar a todos
EDITORIAL

Pocos diagnósticos tan lúcidos sobre el bochornoso espectáculo vivido en el Ruiz de Lopera entre el Betis y el Sevilla que las declaraciones del técnico sevillista, tras recuperarse del botellazo

Pocos diagnósticos tan lúcidos sobre el bochornoso espectáculo vivido en el Ruiz de Lopera entre el Betis y el Sevilla que las declaraciones del técnico sevillista, tras recuperarse del botellazo: "Los que siembran vientos recogen tempestades. Los profesionales y los dirigentes somos los que peor nos hemos portado y tenemos que recapacitar, porque nuestras palabras tienen mucho peso en el comportamiento de algunos que no necesitan demasiado para cometer estas barbaries".
Ciertamente, no se trata de eximir de responsabilidades a los bárbaros, pero sí, desde luego, de denunciar el comportamiento, cuanto menos tabernario, de las directivas de ambos clubs, cuyos enfrentamientos previos al encuentro lo crisparon hasta el extremo.
Ejemplo de ello fue la negativa en el anterior encuentro liguero del presidente sevillista a recibir, junto a un busto de Lopera, una insignia que conmemoraba el centenario del club verdiblanco, como lo fue también la ofendida respuesta de la directiva del Betis, advirtiendo a Del Nido que no volvería a pisar el palco de su estadio. A ello se sumaron las acusaciones que mutuamente se hicieron los presidentes de incitar a la violencia a sus respectivas aficiones, la amenaza de suspensión, la quema de contenedores horas antes del inicio del nuevo encuentro o el bochornoso recibimiento al presidente del equipo visitante, que incluía la colocación de un busto de Lopera al lado de su asiento. Todo ello fue, en definitiva, una siembra de odio, más propia de una chusma que de unos profesionales y directivos que también deberían dar muestra de Fair Play, dentro y fuera del terreno de juego.
Esperemos, pues, que lo declarado por Juande Ramos, poco después de recuperar el conocimiento, sirva para que todos recuperen la sensatez.

O con las victimas o con los terroristas

2-III-2007
O con las víctimas, o con los terroristas
EDITORIAL

Aún en ese perverso universo moral que iguala a Iñaki de Juan Chaos y Miguel Ángel Blanco, la libertad concedida a De Juana por el Gobierno no está en ningún punto medio, virtuoso o no. Está, consciente y plenamente, con los verdugos.

Al Gobierno de Aznar lo sometieron a un fuerte chantaje. Prometieron asesinar a un joven concejal de Ermua en dos días si no acercaban los presos etarras al País Vasco. Antes habían secuestrado a Ortega Lara con idéntico objetivo. No cedió ni un milímetro, porque no podía ni debía hacerlo. El funcionario de prisiones, rescatado por la Guardia Civil, pudo decirle a Mayor Oreja que había hecho bien. Miguel Ángel Blanco nunca pudo imitarlo.
Al Gobierno de Zapatero, en cambio, lo han sometido a un chantaje ridículo. Una huelga de hambre de un etarra, de un asesino en serie, de un cómplice que afirma "comer" con los asesinatos de sus compañeros. El peligro, que muriera una alimaña criminal por la que ninguna persona decente derramaría una sola lágrima. El precio, rendir al Estado de Derecho y negarle la Justicia a las víctimas del terrorismo. La rebelión cívica encabezada por la AVT comenzó precisamente por la posibilidad de que De Juana saliera de la cárcel, en aquella manifestación cuyo protagonismo robó el agredido imaginario, y tuvo su último episodio en la concentración del sábado en la que se volvía a exigir que cumpliera íntegramente su pena. Pero el Gobierno no tiene oídos para las víctimas, sólo para los terroristas.
Rubalcaba se ha escondido tras "razones humanitarias", por la posibilidad de que De Juana Chaos muriera por su huelga en las próximas semanas. Es la misma razón que el diario proetarra empleaba para exigir la excarcelación. Es una curiosa forma de morirse de inanición, esa de andar en la cama y en la ducha retozando con la novia. Y es que las mentiras de Rubalcaba cada vez son menos creíbles. Pero aunque fuera cierto, que es evidente que no lo es, ¿acaso es ese un argumento para dejar en libertad a nadie? La situación del etarra era voluntaria, de modo que, si de verdad fuera esa la razón real para dejarlo libre y no una lamentable excusa, el ministro del Interior estaría dando el mayor de los incentivos a todos los presos de España para hacer lo mismo que el asesino en serie.
Pero ha hecho algo más, ha justificado su decisión en que la preocupación por la vida de De Juana marca la diferencia "entre los terroristas y los que no lo somos". En el momento de soltar a uno de los mayores asesinos que España ha tenido la desgracia de ver nacer, encima ha querido situarse moralmente por encima de quienes exigían que cumpliera íntegramente el año escaso que le quedaba entre rejas. El portavoz del Gobierno de los GAL pretende además darnos lecciones de moral a los españoles. Pero ya nadie le quitará el sambenito de haber sido el liberador de De Juana Chaos, aunque sea una etiqueta injusta. Su responsabilidad ha sido la de obedecer las órdenes de José Luis Rodríguez Zapatero, el único responsable de que el etarra vaya a estar pronto en la calle para amenazar, y quién sabe si volver a matar.
"Quien es misericordioso con los crueles, acaba por ser cruel con los misericordiosos", asegura el Talmud. Durante todo el tiempo que el proceso de rendición ha ocupado los titulares, la progresía bienpensante se ha encargado de señalarnos la senda correcta entre los asesinos y sus víctimas, entre ETA y el PP, entre Otegi y Alcaraz, como si el virtuoso punto medio que predicaba Aristóteles pudiera encontrarse entre el mal y el bien, y no entre dos males igualmente condenables, el exceso y el defecto. Pero aún en ese perverso universo moral que iguala a Iñaki de Juan Chaos y Miguel Ángel Blanco, la libertad concedida a De Juana por el Gobierno no está en ningún punto medio, virtuoso o no. Está, consciente y plenamente, con los verdugos.

Fernando Rodriguez Genoves, El pobre, el progre y la moral

jueves 1 de marzo de 2007
El pobre, el progre y la moral
Fernando Rodríguez Genovés
De cómo desde la miseria moral se proclama solemnemente que los pobres no tienen moral, negándoles así, de paso y de plano, nada menos que la libertad. Recientemente, ha podido oírse semejante exhortación, a voz en cuello, en la reposición/deposición de la ópera Wozzeck en el Teatro Real de Madrid
Primer ActoLa cosa tiene nombre, pero ¿cuál?
¿Cómo denominarlos? Me refiero a aquellos que articulan su discurso ideológico a través de una defensa rabiosa de los pobres (así, en bloque), de los desposeídos, los oprimidos, los miserables, los descamisados, los parias de la Tierra, un baluarte que en su rabia y violencia acaba revelándose, a la postre, como un profundo aborrecimiento, una inocultable repugnancia, un odio traidor a todos aquellos que dicen proteger. El presumido afecto y desprendimiento hacia el desventurado y el menesteroso que exhiben tales individuos no llega nunca, con todo, hasta el punto práctico de «ponerse en su lugar» (en el del pobre, digo), no importa que sostengan en público lo contrario. Así, sin ir más lejos, para cubrir las apariencias y salir en las revistas, muchos de estos ricos y famosos amigos de los pobres suelen organizar, con regularidad muy estudiada, giras solidarias (o sea, publicitarias: siempre en viajes de ida y vuelta) en la que escenifican un contacto fraterno y filántropo con el desheredado de tomo y lomo, a quien dan de paso, con dudosa intención, enérgicas palmadas en la espalda y algún presente adquirido por su representante o agente, haciéndose la foto sonriente con el sufriente para desaparecer a continuación con la conciencia tranquila.
El desdichado, objeto de la visita, a veces también sonríe junto al presunto benefactor, qué remedio. He aquí, en verdad, una situación tragicómica que recuerda muchísimo la sátira recreada con negro humor por Luis G. Berlanga, en la célebre película Plácido. En un momento del filme, un pobre de TBO es interrogado por quien le va a dar de cenar («por una noche») en Nochebuena, oiga, que si usted canta, a lo que aquél responde con temeroso asombro, no exento de suspicacia: «¿si no canto, no ceno?».
¿Cómo denominar, entonces, a quienes hacen bandera política, ideológica ¡y ética! de la causa del pobre, pero lo usan como mero subterfugio y excusa al objeto de insultarle y mantenerle en su sitio, y ellos en el propio? ¿Cómo llamar, insisto, a quien niega al pobre la condición de sujeto moral, de persona libre y responsable de sus actos, e incluso haciendo de él un asesino despiadado, por el hecho de ser pobre y nada más, y por ende un héroe? ¿Cómo tildar, dicho sea de paso, a esas feministas de salón de peluquería que aplauden al marido pobre que asesina sobre el escenario a su mujer, pobre víctima propiciatoria aquí de la larga marcha contra el Sistema, el Machismo y la Falocracia?
Hablo de una profesión de las más antiguas que ha conocido la Humanidad, cuyos practicantes responden, por lo común, al rótulo de socialistas, comunistas, rojos, progres, gente de izquierdas, progresistas, acaso también «radicales», vanguardistas, comprometidos con la Causa, concienciados…, qué sé yo. Sea como sea, lo que no perdonan jamás del pobre es que su más ferviente anhelo sea mejorar en la vida, y si, es posible, con suerte y esfuerzo, hacerse rico. He aquí un propósito temerario (burgués) que millones de personas han pagado con la tiranía y aun con la propia vida.
Se llamen como se llamen, por sus obras en tres actos (en dos o en uno) los conoceréis. Algunos de estos compañeros del pobre han escrito incluso teatro y alguna ópera que otra. Muchos de ellos escriben todavía hoy columnas desazonadoras en los periódicos, componen novelas y poemas de amor al desgraciado, canciones desesperadas, redactan apuntes de clase revolucionaria, garrapatean libelos, libretos, y a veces hasta un ensayo, a menudo practican la docencia como una variante de la acción directa; ah, también salen mucho en televisión, y de todo ello sacan provecho. Y así viven.
¿Cómo llamarles? Los llamaré aquí, para resumir, pobresistas. Resulta, pues, que los pobresistas quieren mucho a los pobres, esto es, los quieren para sí mismos, para que les sirvan y guarden de todo mal. Los toman, pues, como escudos humanos. Hay distintas versiones de esta trama o tramoya. En el Oriente Medio, por ejemplo, les gusta tener a los palestinos sujetados y sometidos a la Autoridad Nacional Palestina y a los grupos terroristas islámicos, sin solución ni futuro, amenazados de muerte y miseria si conciben el menor entendimiento con Israel y Occidente; de este modo siguen manteniendo viva la llama que impide a los judíos (amigos de los americanos) vivir en libertad, en paz y con seguridad. En Cuba, asimismo, adoran tanto a los nativos que les piden cada día un sacrificio más, cuarenta, cincuenta, sesenta años más de miseria y represión castrista, con tal de mantener en pie la Causa de la Izquierda que ya no tiene dónde cogerse, desesperada y desquiciada tras el derrumbe del Muro de Berlín. Y así de plan quinquenal en plan quinquenal, van progresando en otros frentes.
Los pobresistas saltan y bailan la danza del fuego, e incluso, cuando es menester, cantan. Quiero decir, entonan al tiempo proclamas de lucha e himnos de paz, hazañas contra el capitalismo y el liberalismo, todo sea por el pobre. Con este comportamiento tienen muy satisfechos a los potentados que les protegen, amparan y mantienen, aunque no es raro tampoco que el Estado subvencione generosamente sus andanzas y romanzas. Y así subsisten, qué remedio: «¿si no canto, no ceno?».
Segundo ActoEl pobre Wozzeck (o Woyzeck)
Vayamos, pues, a la ópera donde se representa la tragedia del pobre, el progre y la moral
«ACTO I. Escena I. Wozzeck está afeitando a su capitán como cada día. Éste le afea que viva irregularmente con su esposa y haya tenido con ella un hijo. Pero Wozzeck cree que la moral que invoca el capitán sólo es para los ricos, no para él.»
Con estas palabras, que huelen, como mínimo, a rancio y trasnochado marxismo-leninismo, arranca el libreto escrito por Alban Berg, bajo el título de Wozzeck, además de la música, aunque, como veremos, la música cuenta bastante poco en este drama. Durante el mes de enero de 2007 fue elegido por los actuales gestores del Teatro Real como pieza con la que abrir la temporada lírica en el «coliseo madrileño». Un dato este, a la sazón, nada intrascendente ni casual. En el Sumario del programa editado por la empresa, que pagamos todos con nuestros impuestos, puede leerse una presentación de la obra todavía más indiciaria de lo que va a consumarse en el escenario:
«Acto I. I. Wozzeck, un pobre soldado, afeita a su capitán. Éste tiene ganas de conversar. Filosofa, habla del tiempo. Pero Wozzeck responde sólo con “Sí, mi capitán”. Sin embargo, cuando el Capitán habla de moral y del hijo de Wozzeck, que nació “sin la bendición de la Iglesia”, Wozzeck replica que los pobres no pueden tener moral.»
Para que quede claro, por sí no estaba suficientemente explícito en el texto original y al objeto de ponerlo al día, he ahí la presentación. El resto es una consecuencia «lógica» de tan proterva declaración de principios, en lo formal y en lo material, esto es: una representación en la que los cantantes, entre arias y entre parias, escenifican felonías y felaciones, practican autopsias y cometen asesinatos, extienden vómitos por el suelo y lucen borracheras de taberna, destrozan ostensiblemente un ejemplar de la Biblia («¡Osama, mátanos!»), y se rasgan las vestiduras de pura desesperación existencial; una producción escénica, ya ven, en la que aparecen en cascada imágenes de desolación industrial, explotación económica, opresión social y… chapapote (¡sí, han leído bien, el chapapote del Prestige!). Y todo ello, al compás atonal y desgarrado de la musicalidad dodecafónica, gritado a voz en cuello por las sopranos, los barítonos y los tenores tocados en suerte para la faena.
A la heroína, Marie, Wozzeck, su pobre marido, le corta el cuello. ¿Por qué? Muy sencillo: porque Wozzeck es pobre y víctima del Sistema. Wozzeck no es, en consecuencia, realmente culpable (tampoco los terroristas lo son de sus crímenes, según los pobresistas; matan y destruyen porque tienen que defenderse y resistir). Wozzeck es un pobre diablo oprimido (¡es barbero, claro!) y por tanto asesino. Y por todo ello se suicida al final de esta triste historia. No lo puede remediar. No es libre. La culpa es, por consiguiente, de los Otros: de los Jefes, de los Nobles, del Capitán del regimiento, del Tambor Mayor, de la Clase Dominante, de los dueños de la Fábrica, del Cristianismo, del Capitalismo, de los Valores Burgueses, del Neoliberalismo salvaje...
Escena final. Los figurantes desfilan desnudos –de arriba abajo, de punta a rabo– dirigiéndose pausada y desafiantemente hacia el espectador. El hijo de los Wozzeck queda huérfano, más solo que desolado. Otra víctima del Capital. Tras el desfile proletario a lo Novecento, pero con menos ropa, los pobres descamisados nos interrogan con su mirada de oprimido, o lo que sea. Este mundo, parecen escupirnos a la cara, es un asco y hay que prepararse para que Otro Mundo sea posible. Un mundo sin dominadores ni propietarios. ¡Un mundo de pobres!
En este punto final, parte del público aplaude extasiado (iba predispuesto a ello; sólo les faltaban las pegatinas, o acaso es que no las vi), dejando resbalar, muy complacidos, sobre sus mejillas los esputos e insultos que acaban de lanzarles a la cara. Pero, qué más da, se ha consumado otro golpe contra la Derecha Extrema, esa clase decadente convencida de que va a quedarse con la Ópera. La próxima acción directa y de conquista social, redistribuidora de la riqueza cultural, será previsiblemente acabar de una vez por todas con el golf o la hípica o el spa, además de las corridas de toros y el vino de crianza, si es preciso, también con el Real Madrid. Algo se les ocurrirá.
Otra sección del público, por el contrario, silba y patea, se indigna e increpa al provocador. Hace mal. Eso es lo que busca el provocador: irritar, desafiar y escandalizar. ¡Y total por unos desnudos de tercera división, un vómito poco sólido, unos Evangelios desencuadernados y unas copulaciones en escena que no llegan a la clasificación S, y ni digamos X! Así de rancia y de reaccionaria es la cosa. Así de anticuados los pobresistas…
¿No es esto romántico, románticamente antiguo, aunque alardee de vanguardista? ¿No huele a mohoso, a passé composé, a texto descatalogado, a démodé? ¿No sabe todo esto a rayos y suena a desafinado, a dodecafónico, a siglo pasado?
Tercer ActoDe Barcelona a Madrid, vía Berlín (y Teherán)
La ópera Wozzeck fue representada la pasada temporada en Barcelona por el mismo director escénico que ahora asalta los escenarios madrileños («Nueva producción del Teatro Real en cooproducción con el Gran Teatre del Liceu de Barcelona», según reza en el Programa). En el Liceo de la Ciudad Condal fue estrenada por vez primera en España en 1964. Más recientemente lo han avisado los tres tenores del tripartito catalán que desde la plaza de San Jaime luchan contra el dragón español: Cataluña, siempre a la vanguardia, no piensa irse de España, es España la que ha de quedar subsumida en Cataluña. Y para tal fin, España ha dejar de ser sencillamente lo que ha sido y es. La misma suerte le está reservada a la Ópera. Y a la Fiesta Nacional.
La ópera Wozzeck fue estrenada en 1925 en Berlín. Hoy, en 2007, tras la caída del Muro berlinés, ¿qué tiene que decir al público español, al espectador contemporáneo? ¿Por qué sacar ahora a relucir esta pobre romanza? ¿Por qué Wozzeck ahora en el Teatro Real de Madrid? Fácil respuesta. Porque es un arma cargada de futuro, de ruido y de furia, un instrumento de lucha con el que èpater la noblesse y èpater le bourgeois. Como en los viejos tiempos. Hoy, el texto desempolvado pretende conseguir nuevas (que resultan viejas) legitimaciones ideológicas para sobrevivir. Después de Munich y después de Berlín. El pobre y la ópera aquí y ahora, en Madrid o en Barcelona, son meros pretextos.
Wozzeck es una obra mal escrita, empezando por el propio título: fue copiado incorrectamente el nombre original al que remitía –Woyzeck–, y así quedó la zeta reiterativa, con nocturnidad y aliteración (zz), como para echarse a dormir y roncar. El plomizo realizador alemán Werner Herzog la llevó, por su parte, al cine con ese título –Woyzeck – en 1979, interpretada por el histriónico Klaus Kinski. Ningún cinéfilo se acuerda hoy de ella, como no sea en sueños, y si el filme es repuesto (por ejemplo, por el propio Teatro Real, a fin de cerrar el ciclo y rematar la faena), ello se debe a causas estrictamente extracinematográficas. Lo mismo ocurre, ya lo he dicho, con la ópera de nombre parecido.
¿Qué es Wozzeck? Una ópera contemporánea inspirada en la obra de teatro Woyzeck de Georg Büchner, un profesor de Anatomía y escritor amateur alemán del siglo XIX, nostálgico de Danton y Robespierre, a quien se le antojó que la Revolución Francesa se había quedado corta, y quería más sangre y guillotina. Muchos años antes de las hazañas bélicas del Che Guevara y el Subcomandante Marcos, Büchner se empeñó en convertir a los campesinos a la Causa, mas tuvo que salir huyendo del país, corrido a bastonazos por aquellos a quienes quería liberar. Así han sido desde antaño los pobresistas. Desde entonces, no han progresado de veras, quién iba a decirlo… Su obsesión agresiva por la gente humilde y sencilla es patológica, por no decir facinerosa. Transformada en ópera por Alban Berg, este texto/pretexto más que innovar el género, aspira a arruinarlo. Algo similar ha ocurrido con la filosofía, la literatura y las artes plásticas, pero no me extenderé ahora sobre estos otros asuntos deconstruccionistas, por lo demás, de sobra conocidos.
Diré sólo, y acabo, que para los conceptualistas acelerados, los vanguardistas, los retroprogres, los pobresistas, los revolucionarios de todo pelaje, generalmente, las artes y las letras les interesan bien poco. Lo que les preocupa en serio es otra cosa; por ejemplo, llevar a escena y ensalzar el asesinato y la propia muerte, el desgarramiento en público de las páginas de la Biblia (precisamente en estos momentos; pero, así es el «progresismo islamista»), preconizar el orgullo del pobre criminal y su sacrificio, la causa del suicidio colectivo, el despelote general, el fin de Occidente. Aunque quizás tampoco demasiado, si no de qué van a vivir: «¿si no canto, no ceno?».

Gustavo Bueno, En España lo que cuenta es la idea de imperio

jueves 1 de marzo de 2007

CATEDRATICO DE FILOSOFIA DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO
«La historia del siglo pasado es una total falsificación, hablar de música alemana o francesa es mentira, cuentan la tradición previa europea, qué sería de Bach sin Vivaldi»

Gustavo Bueno: «En España lo que cuenta es la idea de imperio»
Una obra polémicaPortada de «España frente a Europa», el último libro de Gustavo Bueno, una obra polémica que acaba de llegar a las librerías.

TEXTO: JAVIER NEIRAFOTOS: LUISMA MURIAS

Gustavo Bueno ha vuelto a la carga. Esta vez se trata del libro «España frente a Europa» en el que ensaya una teoría de la historia, una filosofía de la historia –si es que valen estos términos para el caso– extremadamente original, radical y valiente. En el libro de Alba Editorial, del mismo grupo que LA NUEVA ESPAÑA, Bueno se hace la pregunta recurrente ¿qué es España? y, tras repasar, abordar, criticar y pulverizar todas las ideas y conceptos que se cruzan en este camino de siglos, concluye que lo que cuenta es España como imperio, como imperio católico –luego racional, universal y en el fondo antirreligioso ya que el catolicismo no es una religión desde sus presupuestos–, un imperio incluso contra el Papa, un imperio que es previo a la idea de nación. Un imperio, en fin, en la línea de aquél de Alejandro, que nacería en el Reino de Asturias y su vocacion de expansión infinita –toda la Península, Africa, América...– frente al imperio musulmán, también de tendencia infinita y, después, en disputa con el imperio protestante, subjetivista, sentimental y capitalista. Esas serían las coordenadas de España que, por supuesto, niegan las pretensiones nacionales de las comunidades autónomas, aconsejan prevención frente a una Europa a la que siempre pertenecimos e invitan, asimismo, a bracear fecundamente entre los restos del naufragio de nuestro imperio que ahora se denomina Hispanoamérica.
—¿Cuál ha sido el móvil del libro?
—Es continuación de otros. Es un libro de política. Con todas sus implicaciones. El papel de España, el de Europa, obliga a dar forma a ciertas ideas. España siempre ha sido un problema filosófico de primera magnitud.
—¿Por dónde le echa el diente?
—Por la idea de imperio. España como imperio remite al género humano, que es una idea metafísica.
—¿Entonces?
—La historia universal se supone que es la historia del género humano. Eso dicen Hegel o San Agustín. Pero hay que someterlo a crítica. Después de Atapuerca, el género humano no se sabe dónde empieza. Marx está en esa perspectiva también. Y Jaspers. Pero la historia universal no la hace todo el género humano sino una parte. Una parte que es un imperio.
—Imperios que son pasado.
—Claro. La humanidad se resuelve en los escombros, en los restos de los grandes imperios. Lo demás es metafísica, como los derechos humanos.
—¿Cómo?
—Son una lista de reivindicaciones de carácter ético individual. Entran en contradicción con los derechos de los pueblos, como pasa en la emigración.
—Volviendo a España...
—El imperio español sólo es comparable con el de Alejandro. El Romano no fue universal porque fuera estaban los bárbaros. También sería universal la Unión Soviética.
—¿EE UU?
—Ahora ejerce como tal. Es lo más parecido a Roma. Inglaterra, no. Fue un imperio depredador. Hay imperios generadores y depredadores. Alejandro Magno, al que Aristóteles enseña la idea suprema de ciudad, desborda la polis. Por eso Aristóteles rompe con él. Pero creo que Alejandro no se desvió de Aristóteles, sembró el mundo de polis. Hay 40 Alejandrías.
—¿Cuál es el origen de la idea de imperio?
—Es una idea cristiana. De Constantino. El Sacro Imperio Romano Germánico sin embargo nunca tuvo interés en extenderse. La antorcha la cogió España en la Reconquista.
—Explique ese proceso.
—De España todo el mundo tiene su opinión. En la transición, la izquierda la subestimó, la ligó al franquismo. Era sólo un sector de la lucha de clases. Lo importante era acabar con el capitalismo. Asimismo, ese planteamiento se transformó, curiosamente, en los nacionalismos. España es sólo una superestructura. En cualquier caso, las posibilidades de definición de España se cuentan con los dedos de una mano. Como los poliedros regulares. No cabe ser creativo.
Gustavo Bueno.
—¿Cuáles son?
—Para empezar, la identidad es estructural o superestructural. Si es estructural hay a su vez dos altemativas: como un todo exento, que es el caso de la unidad de destino en lo universal, una nación eterna; o bien como una parte de otras totalidades que pueden ser Europa y la comunidad hispánica. Por cierto, la idea de José Antonio sobre España como unidad de destino en lo universal es de Otto Bauer. Como tantas ideas de la Falange procede de la filosofía alemana, tomadas a través de Ortega. La gente se ríe de José Antonio, que si el hombre es portador de valores eternos, pero entonces debería reírse de Bauer o de Max Scheler. Hay tanto ignorante. Bueno, ésa es la España de Pemán, una España eterna, un todo, una sustancia. 0 bien, siguiendo con el esquema, España es una parte, de Europa o de Hispanoamérica. Las otras formas de identidad son las superestructurales. 0 bien España es una superestructura sobre estructuras reales como piensa el cosmopolitismo donde las naciones son fantasías románticas que se han acabado porque ya estamos en un mundo global. Es el punto de vista capitalista, liberal, anarquista, socialista, comunista o humanista. No tengo nación, soy ciudadano del mundo. España sería algo sólo administrativo, sin importancia. Lo importante es el hombre libre o lo que sea. 0 bien, por otra parte, sería una superestructura de otras estructuras reales que son las nacionalidades. Hay, pues, esas cinco posibilidades. Son las que se barajan.
—¿Y la idea de nación?
—No hay una teoría sobre la nación. Así, como suena. La reconstruyo como si fuese una idea matemática: la nación biológica, la étnica, la política y la nación fraccionaria. Originariamente, España no es una nación política. En la toma de Almería se habla de la nación asturiana, son los que van de Asturias a esa batalla. Pero es la noción étnica de nación. La ciudad, el Estado, se fundan de diferentes naciones étnicas. En tiempos de Roma, España es una provincia. En tiempos de los visigodos, es un reino. Y en época medieval, reinos diferentes. Cuando Luis XIV dice que ya no hay Pirineos, que formamos una misma nación, se refiere a los Borbones, la familia de los Borbones. La nación es la familia Borbón. Hasta la Revolución Francesa no tiene sentido político el nombre de nación. En el cristianismo, las naciones son las gentes; los paganos, los que están fuera de Roma; los paletos, los que viven fuera de la ciudad y no se enteran que la ciudad ya es cristiana. El libro «Adversus naciones» es contra los paganos, claro. La ciudad de Dios no la nación de Dios.
—Una idea nueva.
—La idea de nación política es totalmente nueva. Es la idea de Marx pero desarrollada. La nueva clase social, la burguesía avanzada, arrebata el poder a la aristocracia, pero valiéndose de los campesinos. A todo ese conjunto se llamó pueblo o nación. Una república sin esclavos. Todos están unidos, los plebeyos, los aristócratas. Es una posición ideológica. Y a eso se llama nación en el sentido político. Ya no tiene nada que ver con la nación étnica. La teoría de esa nación la hacen los filósofos del XVII y del XVIII. Y hay dos grandes versiones, la contractualista, la del pacto –es la versión francesa o inglesa– y la germánica, donde la nación es el pueblo, la comunidad, la cultura. La nación es la cultura, el espíritu y se organiza como Estado de cultura. Eso se corresponde con las dos grandes versiones de la economía política. Por un lado, la economía es una cuestión puramente de intercambio, individual y universal. Es Adan Smith. Es la riqueza de las naciones. Ojo, de las naciones. Las leyes económicas están por encima de las fronteras. Pero los alemanes hablan de economía nacional en vez de economía política. Lo principal es el Estado comercial cerrado, de Fichte.
Gustavo Bueno.
—El planteamiento ortodoxo concede gran papel a la nación.
—La historia oficial del siglo pasado es una total falsificación. Hablar de la música alemana o de la francesa es mentira, es falso. Lo que cuentan son las tradiciones previas europeas en todo eso. Qué sería de Bach sin Vivaldi. No depende del supuesto flujo de la música alemana. Y no digamos en la filosofía. Kant es un escolástico de los pies a la cabeza y no tiene sentido ninguno sin Suárez y todos los demás. Presentar naciones de donde brota la cultura es complemente mentira. Es completamente ideológico. Todo eso se ha construido ad hoc. La nación política está supeditada al Estado, aunque después ideológicarnente se dé la vuelta a todo y se ponga del revés.
—¿Y la nación fraccionaria que propone como una nueva categoría?
—Es la contrafigura. La nación fraccionaria parte de un Estado nacional, ya constituido, del que se desgaja una parte por secesión. Los nacionalismos de este siglo no tienen nada que ver con los nacionalismos románticos. No son una construcción sino una secesión. Y con las mismas categorías. Los independentistas vascos, por ejemplo, quieren lo mismo pero a una escala menor con su Tribunal Supremo, su Bolsa y todo lo demás. En vez de veinte naciones en Europa habría doscientas por lo menos.
—¿Desde cuándo existe la nación española política?
—Desde las Cortes de Cádiz se puede decir. Pero tampoco, porque la Constitución de 1812 habla de la gente de los dos hemisferios. Empieza con las guerras napoleónicas, se desmembra el imperio y nace como nación con Mendizábal y el trienio liberal. Los liberales crean la nación española estricta pero fracasan por el analfabetismo, las guerras carlistas, la penuria. ¿Quién la hizo entonces? Seguramente las capitanías generales que mantenían una estructura, al menos en el siglo pasado. España no es una nación en el siglo VIII, ni en el IX..., hasta el XVIII o mejor el XIX no lo es, como tampoco lo es Francia. Y mucho menos Cataluña o Galicia. Ni por asomo. Son sólo naciones étnicas si lo son.
—¿Cuál es la identidad de España a lo largo de los siglos?
—Existía antes de ser nación. Se puede ver como un conglomerado de reinos unidos por relaciones matrimoniales. Pero no es suficiente, los matrimonios no son causa, sino efecto.
—Ahí es cuando aparece la idea de imperio.
—Claro, en España lo que cuenta es la idea del imperio. Los reyes de Asturias no se llaman Leovigildo o Ataúlfo, sino Alfonso y Bermudo. Esos nombres siguen en León y en Aragón. No son nombres visigodos. Y cuando una dinastía quiere romper cambia el nombre. De ahí el imperio. Es una de las ideas más difíciles. Los historiadores no la saben manejar. La ven como una cosa ornamental, ampulosa, de voluntad de poder.
«El hundimiento de la URSS ha roto el marxismo y el capitalismo; al final de este siglo, todo es diferente.»
—¿Y Europa?
—Distingo la sublime y la real. La sublime es la de Husserl: Europa está en crisis porque ha perdido su fundamento, que es la filosotía griega. Es la Europa ideológica de la Novena Sinfonía, la libertad, la democracia, la razón. Pero claro esa Europa ha producido las dos guerras mundiales, más los campos de concentración, el dadaísmo, el fascismo... Europa es el club del euro. Lo de entrar en Europa no tiene sentido porque España siempre estuvo en Europa. Es un club controlado por Alemania y Francia principalmente. Por eso hay que tratar de definir el mapa del mundo actual. La humanidad no existe, está dividida. Hay sociedades o culturas incompatibles muchas veces. Utilizo el criterio religioso para analizar esto aunque no es precisamente religioso. En «El animal divino» decimos que a lo que llamamos religión ya no es religión. 0 sea, que la Iglesia católica no es una religión. Es una organización compleja con instituciones jurídicas, culturales, de todo tipo. Y lo mismo vale para el islamismo. Actualmente, las religiones, que ya no son religiones, son las que mejor definen las áreas de la humanidad. Total, las coordenadas de España actualmente son, por un lado, la musulmana de Argelia a Bosnia e Indonesia. El mundo musulmán que envuelve a Europa. Por otra parte está el mundo protestante, el racionalismo subjetivista, el sentimentalismo. España es el residuo del imperio católico.
«El ortograma del Reino asturiano era avanzar sin límite»
—Asturias en el origen
—Utilizo la idea de ortograma, un proyecto sistemático siempre en una dirección. Lo hablé mucho en su día con Tierno Galván y le gustaba mucho la idea. Roma tenía como ortograma avanzar y al llegar a un río o al mar, ocupar la otra orilla. El ortograma del Reino asturiano y luego leonés era avanzar sin límite, es el imperio, es la única manera de combatir al Islam, que también era infinito. Eso destroza la versión de que se trataba de un reino minúsculo. Eso es falso. Llegaba hasta Galicia y hasta La Rioja. Alfonso II llega a Lisboa, y Alfonso III, hasta Algeciras y se plantea incluso pasar a Africa. Eran razias pero funda Burgos. Es falso que el reino visigodo quedó fragmentado y aparecieron puntos de resistencia. Sí había puntos de resistencia pero el caso de Asturias fue otro, fue un proyecto imperialista desde el principio. No fue un foco de resistencia. El ortograma imperialista está inmediatamente vinculado a la Iglesia católica que quiere convertir a todos. Y lo incorporan reyes, curas, ganaderos, todos. La Reconquista es un episodio de ese programa imperialista al que se pliegan los demás. Cataluña es la misma palabra que Castilla, catalán es lo mismo que castellano, claro. Es una marca. Castilla es una gemación de Asturias y de León. Y Cataluña no tiene más remedio que unirse. El imperialismo va contra los reyes moros y contra la Iglesia, que es el punto más difícil de demostrar de mi exposición. El imperialismo astur-leonés, siendo católico, va contra la Iglesia, va contra el Papa. Ahí está el cantar del Mio Cid contra Gregorio VII nada menos, por los tributos. Y el saqueo de Roma de Carlos V. Trento es realmente un instrumento de Felipe II. Por Dios hacia el imperio, así es realmente. El ortograma no es la Reconquista sólo, es infinito. Pasan a Africa. Hay que incorporar a los musulmanes que también tienen un proyecto universal. A América se va no por las especias sino para coger a los turcos por la espalda. Se va a la India realmente y se encuentran con América. Eso cambia toda la estructura de la historia, América es decisiva, sin ella no habría capitalismo.
—¿Qué hacer, que diría Lenin?
—Triturar las ideas opuestas. La izquierda en sus cúpulas más altas, Blair o Schroeder, es puro liberalismo. ¿Europeísmo? Hay razones pragmáticas evidentes a favor pero es necesario mantener la distancia. ¿Qué queda del imperio español? Utilizo la distinción de ser y estar. Ser español es decir mucho, es muy metafísico, es una idea heideggeriana. El español no es una forma de ser. Pero sí es un modo de estar. Ocupa una posición. Nacer en España da una posición entre otras. A distancia del fanatismo musulmán y del subjetivismo luterano y del capitalismo.
—Pero el imperio español perdió frente al luterano.
—Por el capitalismo, por el imperio depredador. La Europa protestante siguió la ruta del capitalismo. Marx se enganchó ahí como la fase previa del comunismo y todo marchaba sobre ruedas. Pero el hundimiento de la URSS ha roto el marxismo y el capitalismo. Al final de este siglo todo es diferente.

Gustavo Bueno, La unidad europea en cuanto utopia

jueves 1 de marzo de 2007
La unidad europea en cuanto utopía
Gustavo Bueno, en su casa de Niembro.Gustavo Bueno
Pero ¿acaso el proyecto de una Unión Europea no va precisamente dirigido a superar este estado de «acuerdo insolidario» propio de las «biocenosis salvajes» para conseguir la transformación de la Europa de los combatientes en una Europa de las personas libres, solidarias, democráticas... dentro de una comunidad fraternal universal?
Un proyecto de Unión Europea, concebido en estos términos, es una simple utopía, que razona desde el supuesto de las necesidades estructurales de una Unión Europea futura, pero considerando como simples «problemas intermedios» las exigencias que los estados socios tienen en el presente. Sólo desde esta perspectiva (que es la perspectiva de una «ciencia de visión») pueden sentarse tesis tan tautológicas como la que sostiene que «será el mantenimiento del principio de supranacionalidad y el incremento de la fortaleza de la Comisión y del Tribunal la que permita a la Unión Europea enfrentarse con los retos internos y externos del próximo futuro». Los euroburócratas y los entusiastas de la política de «más Europa» se lamentan de las reglas por las cuales se viene conduciendo la UE en su política económica interna: ante todo, de las dos reglas generales: la regla según la cual el incremento del gasto comunitario no debe rebasar el de los presupuestos nacionales; y también la regla (teoría, se le llama otras veces) del «justo retorno» (de las contribuciones de los socios a la Unión). Y también se lamentan de la regla particular que establece como límite rígido del gasto máximo el del 1,27% del PIB comunitario (un límite que, de hecho, ni siquiera pretende alcanzarse, puesto que, según la llamada «Agenda 2000» para los años 2000-2006, las cifras de gasto irán descendiendo desde el 1,16% en el año 2000 hasta el 0,99% del PNB en el 2006). En efecto (dicen), la primera regla general equivale a no reconocer una «voluntad general europea» que esté por encima de las voluntades de cada Gobierno nacional (pues cada Gobierno puede reducir o aumentar su presupuesto eludiendo en parte de este modo acuerdos internacionales europeos que debieran ser vinculantes, sobre el gasto comunitario). En cuanto a la regla del «justo retorno», abriría la puerta a que cada Estado socio calcule para sí cada negociación importante. Ahora bien, la cuestión de fondo que quienes se lamentan de estas reglas (dando por supuesto que existe ya una «voluntad europea», por encima de las voluntades nacionales, como si el «principio de la supranacionalidad» pudiera confundirse con su realidad efectiva) debieran plantearse es ésta: ¿Cómo podrían los estados socios de la Unión, actuando desde su propia racionalidad económico-política, actuar sin tener en cuenta las reglas o normas generales citadas? Se podrá discutir la regla particular, que fija los «parámetros» de las reglas generales, pero las reglas generales son indiscutibles. O, dicho de otro modo, Europa como entidad económico-política supranacional no existe en la práctica de los facta concludentia; sólo existe en los principios imaginarios de los entusiastas europeos.
Los estados socios tienen intereses contrapuestos, como lo demuestra ya la regla de competitividad de sus productos respectivos. Porque esta regla dice algo más que «competencia» (en el sentido de «capacidad de hacer las cosas bien»), puesto que es «competencia confrontada, a vida o muerte, con otras competencias», que están en situación de acuerdo insolidario. Pero la competencia es la misma ley de la lucha por la vida de una biocenosis, una ley reproducida, casi en estado de naturaleza, en las sociedades capitalistas. Sólo un tercer enemigo, común a todos los estados europeos, y con energía suficiente, podía transformar la insolidaridad de principio que iguala a los estados europeos, dentro del campo de su unidad polémica, en una solidaridad más o menos transitoria. Entre las «solidaridades transitorias» o coyunturales, frente a terceros, hay que contar, por ejemplo, la solidaridad que en importantes aspectos de su mercado interno vincula a los estados de la «zona euro», frente a los EE UU, frente al dólar; pero tampoco cabe olvidar la nueva solidaridad objetiva que se abre (una vez caída la URSS y hasta que la Federación Rusa no vuelva eventualmente a remontar) entre el euro y el dólar, en el reparto de los mercados mundiales y del aprovechamiento de la mano de obra tercermundista, frente al yen y a los demás «dragones». Esta solidaridad constituye el fundamento del llamado «grupo de los dos» (G-2) cuya vitalidad y acuerdo se ha hecho visible, en el último año del milenio, a través de la guerra llevado a cabo por la OTAN en Serbia y en Kosovo (una guerra, por cierto, que no quiere serlo, o serlo de otro orden, más adecuado al «humanismo jurídico» de los nuevos tiempos: el orden de las «campañas militares» cuya estrategia no iría dirigida contra la vida de las personas, salvo los «efectos colaterales», sino contra los bienes económicos).
Ahora bien: la competitividad implica desigualdad. La desigualdad de los socios de la Unión se disfrazará, a lo sumo, de igualdad (teórica, jurídica, por ejemplo) en la atribución a los individuos, o a los pueblos, de las condiciones de salida (igualdad de oportunidades); pero no es igualdad en las condiciones de llegada. Se dice: sólo los más competitivos alcanzarán el éxito (que es, en definitiva, el que mide la excelencia). La igualdad de las condiciones de salida de los corredores en el estadio es la condición necesaria para las desigualdades en el punto de llegada, a partir de las cuales se discernirán los premios. Los estados socios de la Unión son desiguales económicamente, demográficamente, industrialmente y por ello tenderán a mantener políticas «fraccionalistas» los subgrupos más solidarios respecto de determinados intereses, por ejemplo, el que se denomina «núcleo duro» (Alemania, Francia y el Benelux), pero también el «grupo de contacto-Yugoslavia», etcétera. El «núcleo duro» tenderá a establecer un catálogo de competencias de la Unión Europea (trasunto de los catálogos alemanes) lo más preciso posible, frente a las competencias de los estados miembros. La igualdad en determinadas condiciones formales de salida (tasa de inflación, deuda pública, etcétera) será, por tanto, el principio de la desigualdad en el momento en el que la carrera comience. Las distancias iniciales se agrandarán en el curso de la competencia y los socios más favorecidos irán apropiándose de los bienes (particularmente de los bienes inmuebles) ofrecidos por los países menos favorecidos (por ejemplo, los alemanes o los suecos se convertirán en los propietarios de amplias zonas urbanas, o de recreo, a lo largo de las costas mediterráneas) y, en todo caso, tenderán a limitar, no sólo, como es lógico, el incremento de gastos comunitarios, sino también el techo de los porcentajes máximos para estos gastos, como hemos dicho. La moneda común no garantiza la igualdad ni la libertad, ni tampoco la movilidad en el mercado del trabajo. La moneda común no significa por sí mucho más de lo que significó en su tiempo la tipografía uniforme (que eliminó las diferencias existentes entre letras góticas, cirílicas o griegas en beneficio del común alfabeto latino); sin embargo, la tipografía uniforme fue sólo un instrumento para representar cosas muy distintas, que había que leer, además, unas veces en inglés, otras en alemán y otras en español. El sistema del euro, como moneda común, no significará mucho más de lo que significó el sistema métrico decimal: facilitó los intercambios, la medida común, pero precisamente una medida común que permite establecer las diferencias entre las cosas desiguales medidas. El euro –que inicia su competencia con el dólar, al que no logra desplazar en su puesto jerárquico– no garantiza tampoco el pleno empleo (el fortalecimiento del euro podría, además, agravar, al dificultar la exportación, el problema del paro), ni elimina el desempleo estructural propio de cada Estado. Incluso podría éste incrementarse, según algunos economistas, dado que cada Estado perdería, no ya simplemente las comisiones derivadas de los intercambios de divisas (que puede considerarse como «cantidad despreciable»), sino, sobre todo, la posibilidad de controlar, mediante devaluaciones o revaluaciones pertinentes, el mercado de trabajo y la tasa de producción industrial o agrícola exportable, la inflación. La moneda única encuentra su principal utilidad en los desplazamientos turísticos y sólo en este terreno algunas minorías podrán alcanzar los «niveles de convivencia armónica, comunitaria». Las barreras lingüísticas son importantes y, sobre todo, insuperables en régimen de igualdad, porque es imposible que los cuatrocientos millones de europeos hablen simultáneamente francés, inglés, alemán, español, portugués, holandés, sueco, griego, polaco..., sin contar con el catalán, el gaélico, el retorromano, el euskera. Sin duda, «Europa» implica una élite políglota constituida por funcionarios, ejecutivos, azafatas, diplomados, agentes de Bolsa, periodistas, que dan la imagen, en los medios, del «europeo cosmopolita»; pero esta élite no sube más allá del 1% de la población total.
La desigualdad, es cierto, no excluye la solidaridad, así como tampoco solidaridad implica la igualdad, según hemos dicho. Porque la solidaridad fuerte se establece frente a terceros, y quienes son desiguales según parámetros tales como la posición social, la renta o el desempleo pueden solidarizarse y formar causa común frente los inmigrantes del Tercer Mundo.
Para que la Unión Europea alcance un grado de cohesión política aceptable y sostenible sería preciso que los estados socios no sólo «cedieran» parte de su soberanía, sino sobre todo que terminasen por renunciar definitivamente a la igualdad efectiva respecto de los socios que resultasen ser hegemónicos. Pero, ¿cómo podía ceder España, o los demás estados de la Unión, a su soberanía en la regulación de la Seguridad Social? De hecho, las resoluciones que tienen que ver con la Seguridad Social en Europa están sometidas, de momento, a la regla de la unanimidad. Es imprescindible, para hablar de una Unión Europea en pleno sentido político, un idioma europeo común; este idioma no es probable que resulte de la mixtión de los actualmente existentes, como una especie de llingua franca. El idioma común sólo podrá derivarse de la hegemonía de uno los idiomas europeos, el inglés por ejemplo. Pero la hegemonía de uno de esos idiomas colocaría a todos los demás en posición subordinada. Ahora bien: la posibilidad de que determinado idioma nacional quede subordinado al producirse la Unión interesa sobre todo a las «naciones fraccionarias», porque un idioma común distinto del español, el inglés, «liberaría» a estas naciones del idioma propio de la «nación canónica» a la que pertenecen: los separatistas vascos, los catalanes o los gallegos aceptarán gustosos el inglés como idioma común europeo, con tal de librarse del castellano (como también Inglaterra o EE UU podrán ver con agrado, en principio, y aun ayudarán a los movimientos secesionistas que impliquen la incorporación a su comunidad lingüística de algunos millones nuevos de angloparlantes cualificados). Dice un dirigente nacionalista a sus correligionarios separatistas en una reunión de representantes de autonomías: «nos separaremos de España, pero en Europa nos encontraremos». Añadiremos, por nuestra parte: nos encontraremos en Europa hablando en inglés.
La Unión Europea en la medida en la que sus estados socios mantengan su identidad histórica (y, por tanto, la estructura económica y social que esta identidad implica) puede aspirar a ser una asociación próxima a una Confederación, poco más que un club, estructurado fundamentalmente como una unión aduanera, complementada de todos los instrumentos precisos (desde la moneda y el pasaporte comunes hasta matriculación uniforme de automóviles, desde los trenes de alta velocidad hasta las «ofertas culturales» cada vez más diversificadas). No hay por qué dudar que estas posibilidades, además de hacer posible un mercado común competitivo, pueden llenar de alborozo a millones de ciudadanos europeos, que disfrutan de un pasable nivel de renta, aunque no sea más que por el puro placer de visitarse mutuamente como turistas, comprarse mutuamente los bienes expuestos en los escaparates o en Internet; también llenarán de alborozo a los becarios a quienes «Europa» ofrecerá la ocasión de iniciar la carrera que los lleve al codiciado puesto de eurofuncionario cualificado. Pero la inevitable «ampliación al Este» de la Unión Europea debilitará, cada vez más, los contenidos comunes que no sean estrictamente mercantiles (aunque abrirá posibilidades nuevas a los exportadores de la Europa occidental).
(...) Desde luego, los efectos más importantes que pudieran derivarse del ingreso de España en la Unión Europea tendrían que ver con el sistema de las autonomías. La Unión Europea bajo le hegemonía de los «estados del paralelo 50» (que son los estados de estirpe más claramente capitalista) puede facilitar la disgregación de España por muchas de sus líneas de fractura. A los países hegemónicos de Europa les interesa más tener como socios a «naciones fraccionarias» que a «naciones enteras». Es cierto que desde el punto de vista de la estrategia militar de la OTAN los intereses pueden ir en sentido opuesto.
En cualquier caso y aun en el supuesto de que la unidad de España se mantuviera sin perjuicio del proceso de consolidación de su nueva «identidad europea», sí cabría decir que la ruta por la cual podría marchar la unidad de su estructura económica-política estaría trazada a niveles muy bajos y marginales, por respecto de los cuales marcharán los socios hegemónicos. Ninguno de los centros de decisión verdaderamente importantes de la nueva Europa (el Parlamento, el Gobierno europeo, el Banco Central) están situados en España: se localizan en el entorno del paralelo 50 de referencia (Estrasburgo, Bruselas, Francfort). A España le puede corresponder el papel similar al de un comparsa situado en la frontera sur de Europa, que, sin embargo, no por ello dejaría de ser un mercado de bienes de consumo nada despreciable para las multinacionales que tengan el pie puesto en Europa. Más aún, estos papeles de comparsa serán aceptados con gusto por los muchos españoles que puedan beneficiarse de ellos.
Algunos ideólogos del europeísmo afirman que la consolidación de la Unión Europea, juntamente con la consolidación de otras grandes asociaciones políticas de tipo continental, es la mejor garantía que tiene hoy la Humanidad, de cara al próximo milenio, para conjurar las eventuales guerras mundiales. Las tensiones constantes entre los estados, que habrá que reconocer como ineludibles, podrían descargar su energía de fricción entre guerras locales, que ya no comprometerán a las uniones continentales. Un Tribunal Internacional de Justicia, a quien se encomendase velar por los derechos humanos, aseguraría la paz perpetua o, por lo menos, la paz durante el próximo milenio. En esta perspectiva, el proyecto europeo se convertiría en uno de los más ambiciosos proyectos prácticos cara al futuro inmediato, un proyecto que «ningún europeo con mediana inteligencia y buena voluntad» podría dejar de asumir entusiásticamente.
Pero ninguna de estas previsiones se apoya en premisas seguras. Son ya muy problemáticas las competencias a que puede aspirar el Tribunal de Justicia europeo, vinculado a un Derecho Comunitario supranacional que habrá de circunscribirse a los límites que le impongan los intereses laborales o industriales de los estados socios. En cuanto al proyecto de un Tribunal Internacional de Justicia, independiente por completo de los poderes ejecutivos, y autoconcebido, por tanto, como la más efectiva aproximación a la idea de una justicia divina que tutelase la Tierra, cabría decir que él puede verse en gran medida como un producto de la «fantasía imperialista» del gremio de los jueces, de la idea de un poder judicial soberano y universal. Ese Tribunal Internacional de Justicia, aun suponiendo que sus sentencias fueran prudentes, ¿de dónde sacaría la fuerza de obligar a su cumplimiento? Las sentencias de un Tribunal de Justicia de esa naturaleza se irían acumulando para formar repertorios especulativos de «casos de ética, moral o derecho», en el supuesto de que el alto tribunal no dispusiera de un poder ejecutivo capaz de hacerlas cumplir mediante el uso de la violencia legal (la violencia que obliga al condenado a ir a prisión, a la silla eléctrica o, simplemente, a satisfacer las multas). ¿Y qué Estado pondría sus poderes ejecutivos al servicio de un Tribunal Internacional de Justicia que sentenciara contra él en materia grave? El proyecto de un Tribunal Internacional de Justicia pide el principio de consenso entre todas las potencias de la Tierra; pero este consenso es tan sólo una ficción jurídica. Un consenso, además, encubre casi siempre la discordia efectiva, la falta de acuerdo que resulte del conflicto objetivo entre los estados. Y de un modo mucho más estrepitoso, si estos estados son «estados continentales». La consolidación de una Unión Europea, como un Estado federal, no puede presentarse como garantía de una paz perpetua, ni, al menos, milenaria. Puede conducir también al enfrentamiento con otros gigantes continentales (China, India), que están en vías de un desarrollo demográfico, tecnológico y social que cristalizará probablemente en el próximo milenio. En cualquier caso, tampoco cabe descartar la reminiscencia, en el seno de ese mismo «sistema planetario de estados continentales», de proyectos ligados a los proyectos nacionalistas tradicionales y, particularmente, en Europa, a la reminiscencia de un nacionalismo alemán de nuevo cuño (¿Reichstag o Bundestag?). Tenemos en cuenta algunos puntos de la trayectoria que ha seguido Alemania una vez que transcurrieron las décadas de recuperación, después de su derrota y fragmentación en la II Guerra Mundial (reunificación de las dos Alemanias, política unilateral, tras la crisis yugoslava, de reconocimiento de Croacia y Eslovenia, apertura hacia el Este: «de una forma u otra en la tradición de la Mittel Europa (dice un profundo conocedor de la política internacional contemporánea) también se trataría (por parte de Alemania) de incluir a Polonia, Hungría, Bohemia y Moravia en el campo de la influencia dominante del IV Reich en formación»).