lunes 11 de mayo de 2009
El nuevo PP pasa de Aznar
La reaparición del ex presidente del Gobierno choca con la indiferencia del marianismo, eufórico aún por la victoria en las elecciones gallegas
CARLOS E. CUÉ - Madrid - 10/05/2009
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En todos los partidos políticos hay algún personaje de esos a los que nunca se les escucha una crítica. Los llaman hombres -o mujeres- de aparato, cuya fidelidad al partido le impide ver nada malo en su formación.
Mayor dará a Aznar un papel estelar en las europeas
José María Aznar López
A FONDO
Nacimiento: 25-02-1953 Lugar: Madrid
PP
(Partido Popular)
A FONDO
Sede: Madrid (España)
"Ahora se apunta a caballo ganador", afirma un miembro del 'aparato' del PP
El día que José María Aznar, hace dos semanas, decidió juntar a todos los ministros de 1996, Mariano Rajoy incluido, para presumir de lo bien que había gobernado él y de paso apoyar la campaña de Jaime Mayor a las europeas, uno de esos hombres que nunca critican comentaba en los pasillos del Congreso: "Ya le vale a Aznar. Todos estos meses, cuando lo hemos pasado fatal, poniendo palos en las ruedas y ahora que las cosas van bien se apunta a caballo ganador". Es un detalle, una prueba de los sentimientos que afloran en muchos dirigentes cuando se habla del que fue todopoderoso líder de la derecha española.
Eso, y la victoria casi personal de Rajoy en las autonómicas gallegas, que le ha reforzado internamente, explican que la omnipresencia de Aznar en las últimas semanas -viajes, entrevistas, fotos, libro, actos de campaña- no haya alterado un ápice la vida interna del partido.
El nuevo PP, el que salió del congreso de Valencia, lleno de hijos políticos de Aznar como el propio Rajoy, Javier Arenas o Ana Mato, pasa del que fue su líder, trata con indiferencia su reaparición.
"Casi todo el mundo en el PP es consciente de que Aznar se arrepiente de haber elegido a Rajoy como sucesor", explica un marianista, "pero eso ya no hace daño como antes". "Aznar se hundió internamente con su discurso en el congreso del partido en Valencia, con su gesto de saludar casi con desprecio a Rajoy, con su displicencia, llegando tarde, marchándose antes de votar. Se retrató, y perdió mucho crédito. La victoria de Rajoy en las gallegas ha terminado de apuntillarle".
El regreso de Aznar al primer plano no es casual, y tiene dos motivos, señalan. "El más importante es editorial. Está en el contrato millonario que firmó con Planeta que no sólo debe escribir los libros, además tiene que dar entrevistas para venderlos, y cuanto más se le vea, mejor. Y por otro, es Mayor Oreja quien le ha pedido que le ayude en la campaña. A Aznar le gusta ganar dinero, y está ganando mucho, pero sobre todo le gusta la política, el aplauso, la crítica, que hablen de él. Por eso está encantado de tener la excusa del apoyo a Jaime para ser de nuevo protagonista en la campaña, y reivindicarse. 'Yo hice, yo avisé, yo sabía, mi Gobierno...' Y Rajoy deja hacer, como siempre, pero ahora desde la fortaleza de la victoria", sentencia un veterano aznarólogo, que en el PP son legión.
Otros dirigentes creen que el caso Gürtel, que ha afectado de lleno al corazón del aznarismo -el principal imputado, Francisco Correa, fue testigo en la boda de su hija; otro es un gran amigo suyo, Jesús Sepúlveda, ex alcalde de Pozuelo, y casi todos los acusados proceden del aparato del PP, de cuando él lo lideraba- también debilita la fuerza interna del ex presidente.
Todos los consultados, marianistas y críticos, coinciden en que Aznar está rellenando un hueco mediático y político que el discurso discreto de Rajoy, aún muy mal valorado en las encuestas, no llena. Pero también todos ellos creen que eso no le hace daño al líder en este momento. Lo único que lo podría debilitar, aseguran, es un mal resultado en las europeas del 7 de junio, que no es previsible.
Algunos marianistas, haciendo de la necesidad virtud, algo que siempre gustó a Rajoy, incluso ven positiva la presencia de Aznar. "En estas elecciones el objetivo no es ganar votos, sino sobre todo no perderlos entre los más españolistas del barrio de Salamanca (Madrid), que se pueden ir a Rosa Díez. Dos de cada tres votos suyos eran nuestros, y ahí Mayor y Aznar son muy útiles. Movilizan el voto de los muy convencidos, los muy politizados, que son de los pocos que van a ir a las urnas", sentencia un miembro de la dirección.
¿Y por qué tiene tanto interés Aznar en decir que él sabría resolver la crisis económica? ¿No es una manera de desautorizar a Rajoy? A falta de análisis político, los aznarólogos más destacados se decantan aquí por la psicología. "Yo sé cómo salir de la crisis', dice Aznar. Esa frase forma parte de la psicología del personaje. Tiene una vanidad casi infantil. No hay cálculo político para hacer daño a Rajoy. Es simplemente la necesidad de autoafirmarse constantemente. Eso viene del dolor que le provocó descubrir que su país no le quería como él creía merecer. También a Felipe González le pasó, es esa mezcla de triste, sobrado y enfadado que tienen los ex presidentes", sentencia un dirigente.
Otro que conoce muy de cerca al personaje va más lejos. "Aznar ha sido toda la vida un niño, joven y adulto reprimido. Por el tipo de educación recibida, siempre fue disciplinado, obediente, reprimido. Y en el Gobierno tampoco se pudo soltar la melena, por responsabilidad y para ganar elecciones. Pero ahora está haciendo y diciendo exactamente lo que le da la gana, y nadie puede rechistar. Está encantado consigo mismo, se le nota. Y el papel de malo es su preferido, siempre lo fue".
En cualquier caso, y con el único riesgo de que su presencia pueda movilizar a los votantes de izquierda, la mayoría de los consultados cree que la presencia de Aznar ya no es tan molesta para Rajoy. Incluso algunos ven un cambio en el ex presidente, que hace sólo unos meses, en noviembre, atacaba sin piedad al líder -"en política no se está para empatar ni para heredar, sino para ganar", sentenció junto a Esperanza Aguirre, la gran rival de Rajoy- y ahora apoya la campaña europea, aunque sea la de su amigo Mayor.
"La relación con Rajoy sigue siendo mala, pero parece que está lanzando mensajes de acercamiento, que ha decidido enterrar el hacha de guerra. Bienvenido sea", sentencia un marianista
http://www.elpais.com/articulo/espana/nuevo/PP/pasa/Aznar/elpepinac/20090510elpepinac_6/Tes/
domingo, mayo 10, 2009
La crisis de Zapatero
11-V-2009
La crisis de Zapatero
EDITORIAL
Las políticas socialistas de restricción artificial del suelo y de desprotección de los arrendadores contribuyeron primero a inflar la burbuja y las de rigidez laboral y de gasto público están agravando ahora el pinchazo.
Zapatero ha respondido con una amenaza camuflada de silencio a las declaraciones fortuitas de Díaz Ferrán, presidente de la patronal española, en las que consideraba que la peor parte de la crisis era consecuencia de la nefasta gestión socialista de la economía. El presidente del Gobierno ha apelado a la responsabilidad para no enturbiar el clima de diálogo social. No ha dudado, eso sí, de elogiar a los sindicatos quienes, no en vano, son los únicos que no critican al Ejecutivo. Parece que Zapatero sólo acepta el incienso como valoración de su acción política, la disidencia merece el silencio displicente.
Aunque se entiende la prudencia de la patronal a la hora de realizar valoraciones políticas –ya que por desgracia las zarpas del Estado siguen siendo muy largas– no deja de llamar la atención el contraste existente entre los agentes sociales: mientras que los sindicatos sólo saben hacer política, la patronal se niega rotundamente a ello.
Probablemente sea, como decimos, porque los sindicatos viven de la política y de los políticos mientras que los empresarios sobreviven a pesar de ellos. Pero aún así, la libertad de empresa –esto es, el respeto a la propiedad privada– que podrían reclamar los empresarios como auténticos pilares de la sociedad y de la prosperidad económica, muchas veces se ve silenciada en exceso por el celo de prudencia.
Por fortuna, algunos empresarios exitosos, sobre cuya fortuna Zapatero no tiene demasiado poder, comienzan a hablar claro. Adolfo Domínguez, diseñador de prestigio internacional, responsabilizó a las políticas socialistas del "peor tsunamí" económico desde la Gran Depresión y reclamó, con toda la razón del mundo, el reconocimiento de la labor de los empresarios como la "base para hacer civilización".
Adolfo Domínguez sabe de lo que habla porque conoce de primera mano el mercado. Es consciente de que el intervencionismo nos ha abocado a esta desastrosa situación y de que, pese a lo que proclama Zapatero, no necesitamos más Estado, sino mayor libertad económica.
Pero el presidente del Gobierno no acepta semejante diagnóstico, ya que la realidad le importa más bien poco. La suya es una cruzada ideológica para implantar, aprovechando la coyuntura de la crisis, una socialdemocracia mucho más agresiva contra la propiedad privada. Este domingo propuso en Vistalegre un cambio en el modelo productivo de España, pasando del ladrillo a la innovación y del petróleo a las energías renovables.
Desde luego, nuestro país necesita un reajuste de su estructura productiva, pero Zapatero está lejos de conocer su dirección. Más bien, en línea con lo apuntado ayer por Adolfo Domínguez y desde hace siglos por la ciencia económica, el Gobierno tiene que permitir que sean los empresarios quienes descubran qué compañías tienen que cerrarse y cuáles han de crearse y desarrollarse. La labor del Estado, aparte de garantizar la seguridad jurídica (inexistente hoy en España), debería ser simplemente no entorpecer ese proceso. No intentar liderarlo como si de un comité de planificación soviética se tratara.
Pero Zapatero desea incrementar la esfera de acción del Estado y no duda en intervenir activamente en la economía, aun cuando lo haga de manera esquizofrénica. Al tiempo que señala que hacen falta más ordenadores y más sociedad de la información, grava con impuestos a las empresas de telecomunicaciones para financiar industrias ruinosas como la televisión pública o el cine nacional. Justo cuando dice confiar en que las energías renovables contribuyan a la recuperación económica, su ministro de Industria advierte del grave riesgo que suponen al encarecer la factura eléctrica y generar burbujas especulativas (pocas semanas después, eso sí, de que intentara engatusar a los estadounidenses de lo contrario).
Es cierto que la crisis económica no es, en su origen, responsabilidad del Gobierno (sino de las expansiones crediticias de los bancos centrales), pero también es verdad que las políticas socialistas de restricción artificial del suelo y de desprotección de los arrendadores contribuyeron primero a inflar la burbuja y las de rigidez laboral y de gasto público están agravando ahora el pinchazo.
Es necesario profundizar en esta guerra ideológica y dejar claro que no ha sido la libertad de empresa, sino el intervencionismo que representa Zapatero, quien ha engendrado y agravado la crisis.
http://www.libertaddigital.com/opinion/editorial/la-crisis-de-zapatero-49115/
La crisis de Zapatero
EDITORIAL
Las políticas socialistas de restricción artificial del suelo y de desprotección de los arrendadores contribuyeron primero a inflar la burbuja y las de rigidez laboral y de gasto público están agravando ahora el pinchazo.
Zapatero ha respondido con una amenaza camuflada de silencio a las declaraciones fortuitas de Díaz Ferrán, presidente de la patronal española, en las que consideraba que la peor parte de la crisis era consecuencia de la nefasta gestión socialista de la economía. El presidente del Gobierno ha apelado a la responsabilidad para no enturbiar el clima de diálogo social. No ha dudado, eso sí, de elogiar a los sindicatos quienes, no en vano, son los únicos que no critican al Ejecutivo. Parece que Zapatero sólo acepta el incienso como valoración de su acción política, la disidencia merece el silencio displicente.
Aunque se entiende la prudencia de la patronal a la hora de realizar valoraciones políticas –ya que por desgracia las zarpas del Estado siguen siendo muy largas– no deja de llamar la atención el contraste existente entre los agentes sociales: mientras que los sindicatos sólo saben hacer política, la patronal se niega rotundamente a ello.
Probablemente sea, como decimos, porque los sindicatos viven de la política y de los políticos mientras que los empresarios sobreviven a pesar de ellos. Pero aún así, la libertad de empresa –esto es, el respeto a la propiedad privada– que podrían reclamar los empresarios como auténticos pilares de la sociedad y de la prosperidad económica, muchas veces se ve silenciada en exceso por el celo de prudencia.
Por fortuna, algunos empresarios exitosos, sobre cuya fortuna Zapatero no tiene demasiado poder, comienzan a hablar claro. Adolfo Domínguez, diseñador de prestigio internacional, responsabilizó a las políticas socialistas del "peor tsunamí" económico desde la Gran Depresión y reclamó, con toda la razón del mundo, el reconocimiento de la labor de los empresarios como la "base para hacer civilización".
Adolfo Domínguez sabe de lo que habla porque conoce de primera mano el mercado. Es consciente de que el intervencionismo nos ha abocado a esta desastrosa situación y de que, pese a lo que proclama Zapatero, no necesitamos más Estado, sino mayor libertad económica.
Pero el presidente del Gobierno no acepta semejante diagnóstico, ya que la realidad le importa más bien poco. La suya es una cruzada ideológica para implantar, aprovechando la coyuntura de la crisis, una socialdemocracia mucho más agresiva contra la propiedad privada. Este domingo propuso en Vistalegre un cambio en el modelo productivo de España, pasando del ladrillo a la innovación y del petróleo a las energías renovables.
Desde luego, nuestro país necesita un reajuste de su estructura productiva, pero Zapatero está lejos de conocer su dirección. Más bien, en línea con lo apuntado ayer por Adolfo Domínguez y desde hace siglos por la ciencia económica, el Gobierno tiene que permitir que sean los empresarios quienes descubran qué compañías tienen que cerrarse y cuáles han de crearse y desarrollarse. La labor del Estado, aparte de garantizar la seguridad jurídica (inexistente hoy en España), debería ser simplemente no entorpecer ese proceso. No intentar liderarlo como si de un comité de planificación soviética se tratara.
Pero Zapatero desea incrementar la esfera de acción del Estado y no duda en intervenir activamente en la economía, aun cuando lo haga de manera esquizofrénica. Al tiempo que señala que hacen falta más ordenadores y más sociedad de la información, grava con impuestos a las empresas de telecomunicaciones para financiar industrias ruinosas como la televisión pública o el cine nacional. Justo cuando dice confiar en que las energías renovables contribuyan a la recuperación económica, su ministro de Industria advierte del grave riesgo que suponen al encarecer la factura eléctrica y generar burbujas especulativas (pocas semanas después, eso sí, de que intentara engatusar a los estadounidenses de lo contrario).
Es cierto que la crisis económica no es, en su origen, responsabilidad del Gobierno (sino de las expansiones crediticias de los bancos centrales), pero también es verdad que las políticas socialistas de restricción artificial del suelo y de desprotección de los arrendadores contribuyeron primero a inflar la burbuja y las de rigidez laboral y de gasto público están agravando ahora el pinchazo.
Es necesario profundizar en esta guerra ideológica y dejar claro que no ha sido la libertad de empresa, sino el intervencionismo que representa Zapatero, quien ha engendrado y agravado la crisis.
http://www.libertaddigital.com/opinion/editorial/la-crisis-de-zapatero-49115/
viernes, mayo 08, 2009
Carlos Herrera, SGAE, Moderada comprension
SGAE: Moderada comprensión
CARLOS HERRERA
Viernes, 08-05-09
ASUNTO delicado el de la SGAE. Por varias razones resumibles en una sola: tienen en contra todas las valoraciones apriorísticas que puedan realizarse a día de hoy. Pase lo que pase, quiero decir, la SGAE es sospechosa: lo menos grave que se puede decir de ellos es que se trata de una codiciosa agencia de cobro que no perdona ni un entierro. Permítanme que a lo largo de unas líneas reme en sentido contrario aunque sólo sea por ese sexto sentido compensatorio que tenemos los que siempre sospechamos de la unanimidad en el linchamiento. La Sociedad de Autores es un ente administrativo que tiene el mandato de los «autores» españoles de velar por sus intereses reconocidos por la ley. Un autor vive del acierto de su creación y lo hace de manera discreta: si usted o yo tarareamos «tengo una vaca lechera» significa que alguien acertó en la creación de esa melodía y de esa letra y significa, evidentemente, que merece una parte de los beneficios que obtengamos con el tarareo de la pieza. Si no produce beneficio, es decir, si la cantamos usted y yo en el transcurso de una fiesta privada, el autor se considerará pagado con el prurito de ser objeto de diversión; pero si obtenemos un dividendo de nuestro tarareo, bien porque hayamos cobrado entrada a los vecinos, bien porque una televisión transmite nuestra actuación, parece lógico que destinemos una cantidad de nuestro estipendio a quien nos ha brindado el argumento cantable. Hasta aquí supongo que todos estamos más o menos de acuerdo. Algunos episodios recientes, no obstante, han puesto a esta sociedad a los pies de los caballos, me atrevo a decir que de forma un tanto injusta. Ya sé que no me voy a convertir en el columnista más popular del día, pero permítanme un ejercicio moderado de comprensión. Si la SGAE procede al cobro de los derechos de autor en un festival benéfico es porque nadie le ha pedido a los autores que cedan los derechos de sus canciones para el objeto en cuestión, cosa que podría hacerse si la sociedad de autores dispusiera de un protocolo que le evitara estos sofocones -y que igual tiene, cosa que desconozco-. Si la misma sociedad cobra por los derechos de autor del Himno de Andalucía que los herederos de los autores cedieron a la Junta de Andalucía es porque dichos herederos no formalizaron en documento alguno dicha cesión y porque siguen percibiendo los devengos correspondientes. Si la SGAE cobra su parte preceptiva en un festival dedicado a beneficiar al objeto que sea menester, está haciendo más o menos lo mismo que los músicos que acompañan a un artista -casi nunca actúan gratuitamente- o que la compañía que sirve la luz para el concierto, que jamás la brinda de forma altruista. Así permanentemente. Nada ocurriría si, efectivamente, dicha sociedad se desproveyera de esa imagen de cobrador voraz e implacable y explicara a los ciudadanos que lo que hace es absolutamente consecuente: si cobra el intérprete, es lógico que cobre -infinitamente menos- el autor que propicia dicha intervención. Tiene, a mi entender, una suficiencia o una resignación que no le es precisamente beneficiosa. Debería intensificar una política de comunicación que no le deje siempre a los pies de los caballos y que explique que la creación no puede ser gratuita. La «cultura», nos guste más o menos, tiene que pagarla alguien. Nos aferramos a casos puntuales en los que, evidentemente, se cometen excesos fácilmente corregibles, pero no nos engañemos, en el fondo del conflicto anida la duda de que un autor deba cobrar durante unos cuantos años por el acierto de su composición, cosa que a mi entender debe ocurrir.
Y a mí no me miren: yo sólo le he puesto letra a una canción que hasta la fecha no me ha deparado ni un solo euro. Con lo bonita que era.
http://www.abc.es/20090508/opinion-firmas/sgae-moderada-comprension-20090508.html
CARLOS HERRERA
Viernes, 08-05-09
ASUNTO delicado el de la SGAE. Por varias razones resumibles en una sola: tienen en contra todas las valoraciones apriorísticas que puedan realizarse a día de hoy. Pase lo que pase, quiero decir, la SGAE es sospechosa: lo menos grave que se puede decir de ellos es que se trata de una codiciosa agencia de cobro que no perdona ni un entierro. Permítanme que a lo largo de unas líneas reme en sentido contrario aunque sólo sea por ese sexto sentido compensatorio que tenemos los que siempre sospechamos de la unanimidad en el linchamiento. La Sociedad de Autores es un ente administrativo que tiene el mandato de los «autores» españoles de velar por sus intereses reconocidos por la ley. Un autor vive del acierto de su creación y lo hace de manera discreta: si usted o yo tarareamos «tengo una vaca lechera» significa que alguien acertó en la creación de esa melodía y de esa letra y significa, evidentemente, que merece una parte de los beneficios que obtengamos con el tarareo de la pieza. Si no produce beneficio, es decir, si la cantamos usted y yo en el transcurso de una fiesta privada, el autor se considerará pagado con el prurito de ser objeto de diversión; pero si obtenemos un dividendo de nuestro tarareo, bien porque hayamos cobrado entrada a los vecinos, bien porque una televisión transmite nuestra actuación, parece lógico que destinemos una cantidad de nuestro estipendio a quien nos ha brindado el argumento cantable. Hasta aquí supongo que todos estamos más o menos de acuerdo. Algunos episodios recientes, no obstante, han puesto a esta sociedad a los pies de los caballos, me atrevo a decir que de forma un tanto injusta. Ya sé que no me voy a convertir en el columnista más popular del día, pero permítanme un ejercicio moderado de comprensión. Si la SGAE procede al cobro de los derechos de autor en un festival benéfico es porque nadie le ha pedido a los autores que cedan los derechos de sus canciones para el objeto en cuestión, cosa que podría hacerse si la sociedad de autores dispusiera de un protocolo que le evitara estos sofocones -y que igual tiene, cosa que desconozco-. Si la misma sociedad cobra por los derechos de autor del Himno de Andalucía que los herederos de los autores cedieron a la Junta de Andalucía es porque dichos herederos no formalizaron en documento alguno dicha cesión y porque siguen percibiendo los devengos correspondientes. Si la SGAE cobra su parte preceptiva en un festival dedicado a beneficiar al objeto que sea menester, está haciendo más o menos lo mismo que los músicos que acompañan a un artista -casi nunca actúan gratuitamente- o que la compañía que sirve la luz para el concierto, que jamás la brinda de forma altruista. Así permanentemente. Nada ocurriría si, efectivamente, dicha sociedad se desproveyera de esa imagen de cobrador voraz e implacable y explicara a los ciudadanos que lo que hace es absolutamente consecuente: si cobra el intérprete, es lógico que cobre -infinitamente menos- el autor que propicia dicha intervención. Tiene, a mi entender, una suficiencia o una resignación que no le es precisamente beneficiosa. Debería intensificar una política de comunicación que no le deje siempre a los pies de los caballos y que explique que la creación no puede ser gratuita. La «cultura», nos guste más o menos, tiene que pagarla alguien. Nos aferramos a casos puntuales en los que, evidentemente, se cometen excesos fácilmente corregibles, pero no nos engañemos, en el fondo del conflicto anida la duda de que un autor deba cobrar durante unos cuantos años por el acierto de su composición, cosa que a mi entender debe ocurrir.
Y a mí no me miren: yo sólo le he puesto letra a una canción que hasta la fecha no me ha deparado ni un solo euro. Con lo bonita que era.
http://www.abc.es/20090508/opinion-firmas/sgae-moderada-comprension-20090508.html
El virus de la desinformación
El virus de la desinformación
Viernes, 08-05-09
EL virus de la nueva gripe plantea múltiples problemas socioeconómicos y sanitarios que se agravan cuando los ciudadanos no reciben información clara y precisa. Parece que los organismos internacionales y los diversos Estados no se ponen de acuerdo sobre los efectos del consumo de carne de cerdos infectados. Después de muchas vacilaciones, la OMS, tras advertir que no debe consumirse «bajo ninguna circunstancia», rectificó ayer en sentido exactamente contrario y en consonancia con lo anunciado por la Administración sanitaria española. Rusia no matizó hasta ayer su veto al cerdo procedente de varios países, incluido España, mientras que en China sucede todo lo contrario: la Feria Gastronómica de Hong Kong muestra su entusiasmo ante el jamón de «pata negra» y otros productos de alta calidad. Ante una amenaza de alcance global, debe exigirse a todos los responsables nacionales e internacionales una coordinación eficaz y una respuesta homogénea a las preocupaciones de los ciudadanos. Como es natural, el consumidor tiende a retraerse en cuanto existe cualquier voz de alarma, y el daño causado al sector afectado por una información precipitada puede ser muy grave, especialmente en plena crisis económica de alcance universal.
La voz de los científicos tiene que prevalecer en estos casos sobre el afán de notoriedad de algunos políticos o los intereses comerciales proteccionistas de ciertos sectores. La OMS debe promover un consenso de los investigadores y expertos para que su criterio sea aceptado formalmente por todos los Estados con carácter vinculante. Lo peor es el envío de mensajes contradictorios o la propagación de rumores infundados que caen sobre un terreno abonado para el alarmismo y la desconfianza. En el caso español, el Ministerio de Sanidad viene manteniendo una razonable política de transparencia informativa y debe ahora exigir a la OMS y a los demás países un compromiso serio en el mismo sentido. También los medios de comunicación tienen que contribuir a mantener las alertas sin caer en excesos que sólo consiguen agravar los problemas. El riesgo de pandemia en una sociedad global no puede tratarse informativamente a base de declaraciones subidas de tono y búsqueda de protagonismos coyunturales. Se imponen la seriedad y el rigor para unificar criterios y evitar el desconcierto de la opinión pública. En último término, el virus de la desinformación resulta ser también una enfermedad contagiosa.
http://www.abc.es/20090508/opinion-editorial/virus-desinformacion-20090508.html
Viernes, 08-05-09
EL virus de la nueva gripe plantea múltiples problemas socioeconómicos y sanitarios que se agravan cuando los ciudadanos no reciben información clara y precisa. Parece que los organismos internacionales y los diversos Estados no se ponen de acuerdo sobre los efectos del consumo de carne de cerdos infectados. Después de muchas vacilaciones, la OMS, tras advertir que no debe consumirse «bajo ninguna circunstancia», rectificó ayer en sentido exactamente contrario y en consonancia con lo anunciado por la Administración sanitaria española. Rusia no matizó hasta ayer su veto al cerdo procedente de varios países, incluido España, mientras que en China sucede todo lo contrario: la Feria Gastronómica de Hong Kong muestra su entusiasmo ante el jamón de «pata negra» y otros productos de alta calidad. Ante una amenaza de alcance global, debe exigirse a todos los responsables nacionales e internacionales una coordinación eficaz y una respuesta homogénea a las preocupaciones de los ciudadanos. Como es natural, el consumidor tiende a retraerse en cuanto existe cualquier voz de alarma, y el daño causado al sector afectado por una información precipitada puede ser muy grave, especialmente en plena crisis económica de alcance universal.
La voz de los científicos tiene que prevalecer en estos casos sobre el afán de notoriedad de algunos políticos o los intereses comerciales proteccionistas de ciertos sectores. La OMS debe promover un consenso de los investigadores y expertos para que su criterio sea aceptado formalmente por todos los Estados con carácter vinculante. Lo peor es el envío de mensajes contradictorios o la propagación de rumores infundados que caen sobre un terreno abonado para el alarmismo y la desconfianza. En el caso español, el Ministerio de Sanidad viene manteniendo una razonable política de transparencia informativa y debe ahora exigir a la OMS y a los demás países un compromiso serio en el mismo sentido. También los medios de comunicación tienen que contribuir a mantener las alertas sin caer en excesos que sólo consiguen agravar los problemas. El riesgo de pandemia en una sociedad global no puede tratarse informativamente a base de declaraciones subidas de tono y búsqueda de protagonismos coyunturales. Se imponen la seriedad y el rigor para unificar criterios y evitar el desconcierto de la opinión pública. En último término, el virus de la desinformación resulta ser también una enfermedad contagiosa.
http://www.abc.es/20090508/opinion-editorial/virus-desinformacion-20090508.html
Treinta años de Lady Thatcher
Treinta años de Lady Thatcher
Viernes, 08-05-09
El 4 de mayo se cumplieron treinta años de la victoria electoral que abrió las puertas de Downing Street a Margaret Thatcher y dieciocho de su defenestración por algunos compañeros de partido carentes de convicciones y estatura. Los soviéticos la apodaron con acierto «la dama de hierro». En el interior, supo recoger un disgusto general por la decadencia de su país, con reformas que revitalizaron la economía y la sociedad británicas. En el exterior y en alianza con el presidente Reagan, contribuyó a la derrota y disolución de la Unión Soviética y señaló al mundo entero, incluida la Argentina por algún tiempo, el camino del capitalismo democrático. La presente crisis económica ha hecho pensar a los enemigos del libre mercado que había que enterrar definitivamente el legado de lady Thatcher. Muy al contrario: ella acertó al aceptar el diagnóstico de su amigo Ronald Reagan, según el que «el Estado no es la solución, es el problema». Lady Thatcher, por desgracia, con el paso de los años está perdiendo la memoria; mucha mayor desgracia sería que el mundo occidental olvidara a lady Thatcher y su obra. Hija de un tendero metodista y su esposa ama de casa, fue la primera mujer en presidir el partido Tory, formación hasta entonces dirigida por hombres de espíritu paternalista, que por elitismo desconfiaban de las decisiones individuales. También fue la primera mujer en presidir el Gobierno del Reino Unido y lo hizo con el valor suficiente para romper el consenso de todos los partidos favorable al Estado de Bienestar y al control administrativo de la economía. Ha dejado un recuerdo imborrable en quienes la tratamos: sus ojos calaban en los de su interlocutor; ella luego expresaba su pensamiento directa y sencillamente, no dudando en contradecir lo que creía equivocado. Sus discursos llegaban a todos los públicos, favorables o no, por el buen sentido de sus propuestas, expresadas en cortas frases, que traslucían la firmeza de carácter.
Los once años de gobierno de Margaret Thatcher se caracterizaron sobre todo por una lucha ideológica sin cuartel entre quienes apoyaban la liberación de los mercados y quienes consideraban peligrosa la política económica del laissez- faire defendida por la primera ministra. Es la misma lucha que pronto tendremos que entablar quienes aspiramos a ver una España productiva y moderna. Intentarán convencernos de que toda la culpa de la crisis actual la tuvo el sector financiero privado: cierto es que muchos financieros privados pecaron de grave imprudencia, pero fueron los bancos centrales públicos quienes, deseosos de evitar todo desfallecimiento de la expansión económica, mantuvieron de 2001 a 2007 demasiado bajos los tipos de interés. Así suministraron el gas para inflar el globo que luego ha reventado con tanto daño. Pasarán por alto que las hipotecas «subprime» con alto riesgo de impago fueron impulsadas por la política de «Una casa para cada americano» de la Administración de EEUU. Esa política populista fue financiada con ayuda de dos empresas de carácter público, Fannie Mae y Freddy Mac, que concentran ahora la mitad del riesgo inmobiliario de ese inmenso país. Olvidarán que es el sector más regulado de las economías occidentales, el sector bancario, el que está medio quebrado, menos en España, gracias a la severidad del Banco de España. Dirán que no importa que las finanzas públicas estén al borde de la quiebra ni que la deuda del Estado crezca sin límite. Pasada la tempestad que nos azota, tendremos que replantearnos el papel que el sector público debe desempeñar en una sociedad progresiva, igual que lo hizo ella tras constatar el fracaso del modelo social-demócrata de su país creado tras la Segunda Guerra Mundial.
Durante su primer mandato de 1979 a 1983 Margaret Thatcher trató al IRA con la firmeza necesaria: así, dejó que diez de sus terroristas llevaran su huelga de hambre hasta el final para no ceder a su exigencia de recuperar el estatus de preso político. En cambio, los españoles cedimos al chantaje planteado por de Juana Chaos. El resultado final de la política irlandesa de los Gobiernos británicos ha sido que el Ulster sigue dentro del Reino Unido. La misma firmeza demostró al embarcarse en la Guerra de las Malvinas, para recuperar un territorio ilegalmente invadido por la fuerza de las armas: los argentinos nunca le han agradecido suficientemente que así les librara del dictador general Galtieri. El mismo principio, en una escala mucho menor, tuvo que aplicarlo el Gobierno de Aznar durante la crisis de la Isla Perejil, cuya pronta solución sirvió de aviso de que los españoles estamos decididos a defender Ceuta, Melilla y las Canarias.
Durante ese primer período, Margaret Thatcher comenzó a recortar el poder de los sindicatos que, con sus huelgas políticas, habían echado abajo los Gobiernos de Heath y Callaghan. También entonces implantó y mantuvo una política monetaria estricta para reducir las altas tasas de inflación, pese a que dio lugar temporalmente a un desempleo de más de dos millones de parados. Esa misma política dio lugar a una reducción de la base industrial de la economía británica pero permitió que se desarrollara el sector de los servicios, en especial el financiero de la City de Londres. Deberíamos aprender de ella que no es posible vivir con una moneda sólida si la economía real no es muy flexible. El euro impone aceptar los cambios que exige la vuelta a la productividad, pese a la resistencia de los socialistas de todos los partidos, como los llamaba Hayek.
Un gran triunfo electoral abrió su segundo período de gobierno, de 1983 a 87. Lo marcó la violentísima huelga contra el cierre de minas ineconómicas, que duró todo un año. Venció la primera ministra, que en años anteriores había acumulado reservas de carbón para evitar los cortes de electricidad con los que los mineros habían doblegado al Estado en dos ocasiones anteriores. Estos también fueron los años de la venta de empresas públicas al sector privado y del gran parque de viviendas protegidas a sus inquilinos, una privatización luego imitada en todo el mundo. Su colaboración y amistad con Ronald Reagan tuvieron su mejor fruto en la resistencia ante las ansias expansionistas de la URSS. Ella supo apreciar los deseos reformistas de Gorbachov y así contribuyó a la disolución del régimen comunista ruso y la liberación de la Europa sojuzgada. Muy criticada fue la moderación de su política frente al apartheid, que sin embargo desembocó finalmente en la liberación de Mandela. También se ha visto mal en el Continente su parco entusiasmo por el lado burocrático de la Unión Europea.
El tercer período de 1987 a 90 nació bajo una estrella menos favorable. El intento de su ministro Lawson de combatir una caída del crecimiento económico con una política fiscal expansiva desembocó en una vuelta a la recesión con inflación. Una reforma fiscal doctrinaria e impopular llevó a que un grupo de sus colaboradores más íntimos, organizado por lord Garel-Jones que tanto le debía, le clavara el metafórico cuchillo por la espalda. El 22 de noviembre de 1990, la futura baronesa Thatcher of Kesteven significó su dimisión a Su Majestad la Reina Isabel II.
La historia de la primera ministra Thatcher confirma que el problema de las sociedades democráticas es el Estado. Lo difícil no es cambiar el rumbo de la economía sino el de la política. Quizá tardemos dos años en salir de esta recesión. Tardaremos mucho más en corregir los defectos de la política. ¿Para cuando la reforma del mercado de trabajo, la mejora de la educación, el verdadero encaje de las autonomías, una ley electoral que sustituya a la «provisional» de 1985?
http://www.abc.es/20090508/opinion-tercera/treinta-anos-lady-thatcher-20090508.html
Viernes, 08-05-09
El 4 de mayo se cumplieron treinta años de la victoria electoral que abrió las puertas de Downing Street a Margaret Thatcher y dieciocho de su defenestración por algunos compañeros de partido carentes de convicciones y estatura. Los soviéticos la apodaron con acierto «la dama de hierro». En el interior, supo recoger un disgusto general por la decadencia de su país, con reformas que revitalizaron la economía y la sociedad británicas. En el exterior y en alianza con el presidente Reagan, contribuyó a la derrota y disolución de la Unión Soviética y señaló al mundo entero, incluida la Argentina por algún tiempo, el camino del capitalismo democrático. La presente crisis económica ha hecho pensar a los enemigos del libre mercado que había que enterrar definitivamente el legado de lady Thatcher. Muy al contrario: ella acertó al aceptar el diagnóstico de su amigo Ronald Reagan, según el que «el Estado no es la solución, es el problema». Lady Thatcher, por desgracia, con el paso de los años está perdiendo la memoria; mucha mayor desgracia sería que el mundo occidental olvidara a lady Thatcher y su obra. Hija de un tendero metodista y su esposa ama de casa, fue la primera mujer en presidir el partido Tory, formación hasta entonces dirigida por hombres de espíritu paternalista, que por elitismo desconfiaban de las decisiones individuales. También fue la primera mujer en presidir el Gobierno del Reino Unido y lo hizo con el valor suficiente para romper el consenso de todos los partidos favorable al Estado de Bienestar y al control administrativo de la economía. Ha dejado un recuerdo imborrable en quienes la tratamos: sus ojos calaban en los de su interlocutor; ella luego expresaba su pensamiento directa y sencillamente, no dudando en contradecir lo que creía equivocado. Sus discursos llegaban a todos los públicos, favorables o no, por el buen sentido de sus propuestas, expresadas en cortas frases, que traslucían la firmeza de carácter.
Los once años de gobierno de Margaret Thatcher se caracterizaron sobre todo por una lucha ideológica sin cuartel entre quienes apoyaban la liberación de los mercados y quienes consideraban peligrosa la política económica del laissez- faire defendida por la primera ministra. Es la misma lucha que pronto tendremos que entablar quienes aspiramos a ver una España productiva y moderna. Intentarán convencernos de que toda la culpa de la crisis actual la tuvo el sector financiero privado: cierto es que muchos financieros privados pecaron de grave imprudencia, pero fueron los bancos centrales públicos quienes, deseosos de evitar todo desfallecimiento de la expansión económica, mantuvieron de 2001 a 2007 demasiado bajos los tipos de interés. Así suministraron el gas para inflar el globo que luego ha reventado con tanto daño. Pasarán por alto que las hipotecas «subprime» con alto riesgo de impago fueron impulsadas por la política de «Una casa para cada americano» de la Administración de EEUU. Esa política populista fue financiada con ayuda de dos empresas de carácter público, Fannie Mae y Freddy Mac, que concentran ahora la mitad del riesgo inmobiliario de ese inmenso país. Olvidarán que es el sector más regulado de las economías occidentales, el sector bancario, el que está medio quebrado, menos en España, gracias a la severidad del Banco de España. Dirán que no importa que las finanzas públicas estén al borde de la quiebra ni que la deuda del Estado crezca sin límite. Pasada la tempestad que nos azota, tendremos que replantearnos el papel que el sector público debe desempeñar en una sociedad progresiva, igual que lo hizo ella tras constatar el fracaso del modelo social-demócrata de su país creado tras la Segunda Guerra Mundial.
Durante su primer mandato de 1979 a 1983 Margaret Thatcher trató al IRA con la firmeza necesaria: así, dejó que diez de sus terroristas llevaran su huelga de hambre hasta el final para no ceder a su exigencia de recuperar el estatus de preso político. En cambio, los españoles cedimos al chantaje planteado por de Juana Chaos. El resultado final de la política irlandesa de los Gobiernos británicos ha sido que el Ulster sigue dentro del Reino Unido. La misma firmeza demostró al embarcarse en la Guerra de las Malvinas, para recuperar un territorio ilegalmente invadido por la fuerza de las armas: los argentinos nunca le han agradecido suficientemente que así les librara del dictador general Galtieri. El mismo principio, en una escala mucho menor, tuvo que aplicarlo el Gobierno de Aznar durante la crisis de la Isla Perejil, cuya pronta solución sirvió de aviso de que los españoles estamos decididos a defender Ceuta, Melilla y las Canarias.
Durante ese primer período, Margaret Thatcher comenzó a recortar el poder de los sindicatos que, con sus huelgas políticas, habían echado abajo los Gobiernos de Heath y Callaghan. También entonces implantó y mantuvo una política monetaria estricta para reducir las altas tasas de inflación, pese a que dio lugar temporalmente a un desempleo de más de dos millones de parados. Esa misma política dio lugar a una reducción de la base industrial de la economía británica pero permitió que se desarrollara el sector de los servicios, en especial el financiero de la City de Londres. Deberíamos aprender de ella que no es posible vivir con una moneda sólida si la economía real no es muy flexible. El euro impone aceptar los cambios que exige la vuelta a la productividad, pese a la resistencia de los socialistas de todos los partidos, como los llamaba Hayek.
Un gran triunfo electoral abrió su segundo período de gobierno, de 1983 a 87. Lo marcó la violentísima huelga contra el cierre de minas ineconómicas, que duró todo un año. Venció la primera ministra, que en años anteriores había acumulado reservas de carbón para evitar los cortes de electricidad con los que los mineros habían doblegado al Estado en dos ocasiones anteriores. Estos también fueron los años de la venta de empresas públicas al sector privado y del gran parque de viviendas protegidas a sus inquilinos, una privatización luego imitada en todo el mundo. Su colaboración y amistad con Ronald Reagan tuvieron su mejor fruto en la resistencia ante las ansias expansionistas de la URSS. Ella supo apreciar los deseos reformistas de Gorbachov y así contribuyó a la disolución del régimen comunista ruso y la liberación de la Europa sojuzgada. Muy criticada fue la moderación de su política frente al apartheid, que sin embargo desembocó finalmente en la liberación de Mandela. También se ha visto mal en el Continente su parco entusiasmo por el lado burocrático de la Unión Europea.
El tercer período de 1987 a 90 nació bajo una estrella menos favorable. El intento de su ministro Lawson de combatir una caída del crecimiento económico con una política fiscal expansiva desembocó en una vuelta a la recesión con inflación. Una reforma fiscal doctrinaria e impopular llevó a que un grupo de sus colaboradores más íntimos, organizado por lord Garel-Jones que tanto le debía, le clavara el metafórico cuchillo por la espalda. El 22 de noviembre de 1990, la futura baronesa Thatcher of Kesteven significó su dimisión a Su Majestad la Reina Isabel II.
La historia de la primera ministra Thatcher confirma que el problema de las sociedades democráticas es el Estado. Lo difícil no es cambiar el rumbo de la economía sino el de la política. Quizá tardemos dos años en salir de esta recesión. Tardaremos mucho más en corregir los defectos de la política. ¿Para cuando la reforma del mercado de trabajo, la mejora de la educación, el verdadero encaje de las autonomías, una ley electoral que sustituya a la «provisional» de 1985?
http://www.abc.es/20090508/opinion-tercera/treinta-anos-lady-thatcher-20090508.html
Ana Nuño, Filología catalana
LAS MEMORIAS DEL DISIDENTE PERICAY
Filología catalana
Por Ana Nuño
Filología catalana. Memorias de un disidente es el título del primer libro de memorias de Xavier Pericay, traducido por el autor al castellano y originalmente publicado en catalán, en 2007, con el título Filologia catalana. Memòries d’un dissident. A la vista salta, al comparar los dos títulos, que catalán y castellano son lenguas tan alejadas entre sí como pueden serlo el ruso y el inglés o el chino y el hebreo.
Recuerdo la primera vez que oí hablar del catalán. Fue en casa, en Caracas, y quien hablaba era mi padre, que contaba la sorpresa que se había llevado al recibir un libro de un colega suyo escrito en esa lengua. En la nota que acompañaba al ejemplar, el autor se había tomado la molestia de recomendar un par de gramáticas del catalán y un diccionario bilingüe catalán-castellano. Para que así mi padre pudiera descifrar el arduo tomito. Como debe ser, éste agradeció el envío y el consejo. Pero al acusarle recibo no pudo evitar la tentación de recordarle la reflexión que a Jorge Luis Borges, en una célebre y aguda reseña, le inspiraron en su día "las alarmas del doctor Américo Castro":
El idioma español adolece de varias imperfecciones (monótono predominio de las vocales, excesivo relieve de las palabras, ineptitud para formar palabras compuestas), pero no de la imperfección que sus torpes vindicadores le achacan: la dificultad. El español es facilísimo. Sólo los españoles lo juzgan arduo: tal vez porque los turban las atracciones del catalán, del bable, del mallorquín, del galaico, del vascuence y del valenciano; tal vez por un error de la vanidad; tal vez por cierta rudeza verbal: confunden acusativo y dativo, dicen le mató por lo mató, suelen ser incapaces de pronunciar Atlántico o Madrid...
Y concluía con esta nota irónica, no exenta de melancolía:
Veo que los catalanes, al fin, se rinden a la evidencia: han acabado siendo tan españoles como los que siempre se han enorgullecido de serlo.
Si mi padre viviera, no saldría de su asombro: podría constatar que los catalanes han pasado del prepotente y ridículo orgullo lingüístico a imponer el catalán y proscribir el castellano, y que hoy en Cataluña está prohibido dar clases en castellano, los funcionarios están obligados a demostrar que dominan el catalán y los comerciantes que llaman a su establecimiento, pongamos, El Rincón de Pepe en vez de El Racó d'en Pep se exponen a pagar multas de varios cientos de euros a la Generalitat.
Hace año y medio publiqué una reseña de la primera edición de las memorias de Pericay (que, por cierto, acabo de descubrir que ha desaparecido del catálogo de su editor, Destino, al menos en su portal web). Hace dos semanas tuve el placer de leer la versión al castellano, en la bella y cuidada edición de Barataria, que hace ocho días presentamos un grupo de amigos en Barcelona, en un acto que hizo posible la generosa hospitalidad de la Asociación por la Tolerancia. Reproduzco aquí lo esencial de mi presentación, y añado algún otro apunte.
No sólo sigo pensando de Filologia catalana lo que escribí en aquella reseña, sino que me parece igualmente aplicable a Filología catalana. ¿Cómo puede ser? Si la etnolingüística y algunas ramas de la sociolingüística tienen razón, el uso de una determinada lengua condiciona y define una determinada visión del mundo. Es decir, tendría forzosamente que haber leído no el mismo libro en dos lenguas diferentes, sino dos libros distintos. Es más, cada uno de esos libros debería evidenciar universos simbólicos claramente diferenciados.
Pero hay más. La lengua materna del autor no es el castellano, sino el catalán. Pues bien, Filologia catalana es un libro de memorias magníficamente bien escrito, pero resulta que de Filología catalana puede decirse exactamente lo mismo. ¿Qué pasa aquí? No puede ser, alguien está haciendo trampa. O el autor, o su editor en castellano, o ambos. Porque de no ser así va a resultar que otro de los pilares en los que reposa el imponente (más bien, impuesto) edificio del nacionalismo lingüístico amenaza venirse abajo. Por aquello, harto sabido, de que no se puede aprender y dominar bien dos lenguas, mucho menos simultáneamente, y no digamos ya si se está en edad escolar.
Las lenguas son entes de enorme complejidad. Como no puede ser de otro modo: además de cargar con su propia historia a cuestas, que sólo es posible descifrar después de años de estudio y a través del dominio de la etimología y de arduas disciplinas como la lingüística o la filología, resulta que las lenguas deberían tener por función primordial no la comunicación entre las personas, menuda ordinariez, sino la de contribuir a la construcción de la casa común, gran o petita, de la identidad colectiva. ¿Y dónde se ha visto que una casa se pueda construir con materiales destinados a la edificación de otra? ¿O que los mismos materiales sirvan para construir la una y la otra? ¿O no una casa, sino, qué sé yo, una sala de conciertos?
Pero hay todavía una razón añadida a mi perplejidad. Leyendo tanto Filologia como Filología he descubierto, ya con estupor rayano en sacro horror, que la lengua en la que el autor fue, de entrada, escolarizado no es ni una ni otra, ni el catalán ni el castellano, sino una tercera: ¡el francés!
Llegada a este punto, comprendí que lo mejor que podía hacer era tirar la toalla. Puesto que no podía hacer lo único que me hubiese permitido aliviar la conciencia: pedir audiencia con don José Montilla para advertirle del serio peligro que está haciendo correr a sus hijas al escolarizarlas en un establecimiento privado donde, a diferencia de lo que ocurre en los centros públicos, sí se imparten clases en castellano, y en el que, además de tener sus padres que dejarse la piel en matrículas, a ellas las están privando del mayor disfrute y óptima utilidad que derivarse pueda del aprendizaje de una lengua: la inmersión en los valores patrios. Las hijas de Montilla, a menos que sus padres reaccionen a tiempo (aunque me temo que ya sea tarde), vivirán el resto de sus días injustamente y para siempre privadas de acceso a universos simbólicos coherentes y unitarios y, sobre todo, nacionales, y mucho me temo que nunca aprenderán a construir correctamente una casa, gran o petita, o ningún otro albergue colectivo.
Aparte, quiero retomar una comparación que hice en mi primera reseña del libro de Pericay. Porque releyéndolo ahora (puesto que, en efecto, se trata del mismo libro) comprendo, no que había errado el tiro, sino que me había quedado corta. Después de mi primera lectura, comparé el método de composición de estas memorias del disidente Pericay con En busca del tiempo perdido de Proust. Por lo general, en una reseña, este tipo de comparaciones entre autores vivos y glorias de panteón son o gratuitas o, en el peor de los casos, halagos obsecuentes. Peloteo, vamos. Como no tengo motivos para hacerle la pelota a Pericay (con los amigos, como con los seres queridos, no hace falta cultivar este fatigoso deporte, visto que podemos hacerles trastadas, lo que es mucho más placentero), diré por qué me parece que la comparación no es gratuita.
La novela de Proust es lo que se considera un monumento. Lo que quiere decir, entre otras cosas, que casi nadie la lee, y que quienes sí la leen lo hacen buscando en sus páginas la estatua y el bronce literarios. Es una lástima, porque En busca del tiempo perdido es mucho más y mejor que una novela: una falsa novela. De hecho, probablemente la más inteligente y completa impugnación de este género. Porque lo que hizo Proust fue eliminar las barreras que separan a la novela de las memorias, a la ficción de la realidad, a la literatura de la vida. Y lo hizo introduciendo muy sutilmente en un relato que es, esencialmente, autobiográfico y que hubiese podido convertirse en sus memorias esas escorias y excrecencias que son la ficción y la imaginación. En suma, lo que se considera literatura.
Xavier Pericay, en estas memorias suyas que sí lo son, utiliza el mismo método, el método de patchwork, si se quiere, que utilizó Proust, pero no para hacer algo tan normalizado a estas alturas como instilar dosis variables de literatura en sus memorias, sino para dar a sus recuerdos, esa piel quebradiza, el punto exacto de hidratación para que pueda volver a respirar por todos sus poros. Esa crema restauradora de la memoria es el presente, desmenuzado y destilado en reflexión y análisis. En ensayo. Algo parecido, por cierto, hacía Montaigne en sus essais. Salvo que Pericay, porque es filólogo y no es un francés del siglo XVI, sabe que las palabras no significan por sí solas, que siempre hay que reconocer o reconstruir el contexto donde fueron utilizadas, y que sirven para comunicarse entre sí las personas, pero también pueden servir para fines políticos. El nacionalismo, en Cataluña y en otros rincones de España, tiene muy bien aprendida esta última lección.
Por último, además de por estas virtudes, hay que leer Filología catalana para comprender que es posible ser catalán, haber militado, más o menos fervorosamente, a la izquierda y en el centro o corazón del catalanismo, y ser honesto y, llegado a un punto, reconocer que es también posible salir de la caverna de las ilusiones colectivas sin traicionarse ni renegar del pasado. Es fácil decirlo, es terriblemente difícil vivirlo. Pericay nos cuenta, con la urbanidad que lo caracteriza, este largo y lento proceso de cambio de piel, que ha debido de ser doloroso. Hay que agradecerle, además, que nos haya ahorrado el dolor y nos regale el mejor libro de memorias, desde Josep Pla, escrito por un catalán.
XAVIER PERICAY: FILOLOGÍA CATALANA. MEMORIAS DE UN DISIDENTE. Barataria (Sevilla), 2009, 406 páginas.
http://libros.libertaddigital.com/filologia-catalana-1276236561.html
Filología catalana
Por Ana Nuño
Filología catalana. Memorias de un disidente es el título del primer libro de memorias de Xavier Pericay, traducido por el autor al castellano y originalmente publicado en catalán, en 2007, con el título Filologia catalana. Memòries d’un dissident. A la vista salta, al comparar los dos títulos, que catalán y castellano son lenguas tan alejadas entre sí como pueden serlo el ruso y el inglés o el chino y el hebreo.
Recuerdo la primera vez que oí hablar del catalán. Fue en casa, en Caracas, y quien hablaba era mi padre, que contaba la sorpresa que se había llevado al recibir un libro de un colega suyo escrito en esa lengua. En la nota que acompañaba al ejemplar, el autor se había tomado la molestia de recomendar un par de gramáticas del catalán y un diccionario bilingüe catalán-castellano. Para que así mi padre pudiera descifrar el arduo tomito. Como debe ser, éste agradeció el envío y el consejo. Pero al acusarle recibo no pudo evitar la tentación de recordarle la reflexión que a Jorge Luis Borges, en una célebre y aguda reseña, le inspiraron en su día "las alarmas del doctor Américo Castro":
El idioma español adolece de varias imperfecciones (monótono predominio de las vocales, excesivo relieve de las palabras, ineptitud para formar palabras compuestas), pero no de la imperfección que sus torpes vindicadores le achacan: la dificultad. El español es facilísimo. Sólo los españoles lo juzgan arduo: tal vez porque los turban las atracciones del catalán, del bable, del mallorquín, del galaico, del vascuence y del valenciano; tal vez por un error de la vanidad; tal vez por cierta rudeza verbal: confunden acusativo y dativo, dicen le mató por lo mató, suelen ser incapaces de pronunciar Atlántico o Madrid...
Y concluía con esta nota irónica, no exenta de melancolía:
Veo que los catalanes, al fin, se rinden a la evidencia: han acabado siendo tan españoles como los que siempre se han enorgullecido de serlo.
Si mi padre viviera, no saldría de su asombro: podría constatar que los catalanes han pasado del prepotente y ridículo orgullo lingüístico a imponer el catalán y proscribir el castellano, y que hoy en Cataluña está prohibido dar clases en castellano, los funcionarios están obligados a demostrar que dominan el catalán y los comerciantes que llaman a su establecimiento, pongamos, El Rincón de Pepe en vez de El Racó d'en Pep se exponen a pagar multas de varios cientos de euros a la Generalitat.
Hace año y medio publiqué una reseña de la primera edición de las memorias de Pericay (que, por cierto, acabo de descubrir que ha desaparecido del catálogo de su editor, Destino, al menos en su portal web). Hace dos semanas tuve el placer de leer la versión al castellano, en la bella y cuidada edición de Barataria, que hace ocho días presentamos un grupo de amigos en Barcelona, en un acto que hizo posible la generosa hospitalidad de la Asociación por la Tolerancia. Reproduzco aquí lo esencial de mi presentación, y añado algún otro apunte.
No sólo sigo pensando de Filologia catalana lo que escribí en aquella reseña, sino que me parece igualmente aplicable a Filología catalana. ¿Cómo puede ser? Si la etnolingüística y algunas ramas de la sociolingüística tienen razón, el uso de una determinada lengua condiciona y define una determinada visión del mundo. Es decir, tendría forzosamente que haber leído no el mismo libro en dos lenguas diferentes, sino dos libros distintos. Es más, cada uno de esos libros debería evidenciar universos simbólicos claramente diferenciados.
Pero hay más. La lengua materna del autor no es el castellano, sino el catalán. Pues bien, Filologia catalana es un libro de memorias magníficamente bien escrito, pero resulta que de Filología catalana puede decirse exactamente lo mismo. ¿Qué pasa aquí? No puede ser, alguien está haciendo trampa. O el autor, o su editor en castellano, o ambos. Porque de no ser así va a resultar que otro de los pilares en los que reposa el imponente (más bien, impuesto) edificio del nacionalismo lingüístico amenaza venirse abajo. Por aquello, harto sabido, de que no se puede aprender y dominar bien dos lenguas, mucho menos simultáneamente, y no digamos ya si se está en edad escolar.
Las lenguas son entes de enorme complejidad. Como no puede ser de otro modo: además de cargar con su propia historia a cuestas, que sólo es posible descifrar después de años de estudio y a través del dominio de la etimología y de arduas disciplinas como la lingüística o la filología, resulta que las lenguas deberían tener por función primordial no la comunicación entre las personas, menuda ordinariez, sino la de contribuir a la construcción de la casa común, gran o petita, de la identidad colectiva. ¿Y dónde se ha visto que una casa se pueda construir con materiales destinados a la edificación de otra? ¿O que los mismos materiales sirvan para construir la una y la otra? ¿O no una casa, sino, qué sé yo, una sala de conciertos?
Pero hay todavía una razón añadida a mi perplejidad. Leyendo tanto Filologia como Filología he descubierto, ya con estupor rayano en sacro horror, que la lengua en la que el autor fue, de entrada, escolarizado no es ni una ni otra, ni el catalán ni el castellano, sino una tercera: ¡el francés!
Llegada a este punto, comprendí que lo mejor que podía hacer era tirar la toalla. Puesto que no podía hacer lo único que me hubiese permitido aliviar la conciencia: pedir audiencia con don José Montilla para advertirle del serio peligro que está haciendo correr a sus hijas al escolarizarlas en un establecimiento privado donde, a diferencia de lo que ocurre en los centros públicos, sí se imparten clases en castellano, y en el que, además de tener sus padres que dejarse la piel en matrículas, a ellas las están privando del mayor disfrute y óptima utilidad que derivarse pueda del aprendizaje de una lengua: la inmersión en los valores patrios. Las hijas de Montilla, a menos que sus padres reaccionen a tiempo (aunque me temo que ya sea tarde), vivirán el resto de sus días injustamente y para siempre privadas de acceso a universos simbólicos coherentes y unitarios y, sobre todo, nacionales, y mucho me temo que nunca aprenderán a construir correctamente una casa, gran o petita, o ningún otro albergue colectivo.
Aparte, quiero retomar una comparación que hice en mi primera reseña del libro de Pericay. Porque releyéndolo ahora (puesto que, en efecto, se trata del mismo libro) comprendo, no que había errado el tiro, sino que me había quedado corta. Después de mi primera lectura, comparé el método de composición de estas memorias del disidente Pericay con En busca del tiempo perdido de Proust. Por lo general, en una reseña, este tipo de comparaciones entre autores vivos y glorias de panteón son o gratuitas o, en el peor de los casos, halagos obsecuentes. Peloteo, vamos. Como no tengo motivos para hacerle la pelota a Pericay (con los amigos, como con los seres queridos, no hace falta cultivar este fatigoso deporte, visto que podemos hacerles trastadas, lo que es mucho más placentero), diré por qué me parece que la comparación no es gratuita.
La novela de Proust es lo que se considera un monumento. Lo que quiere decir, entre otras cosas, que casi nadie la lee, y que quienes sí la leen lo hacen buscando en sus páginas la estatua y el bronce literarios. Es una lástima, porque En busca del tiempo perdido es mucho más y mejor que una novela: una falsa novela. De hecho, probablemente la más inteligente y completa impugnación de este género. Porque lo que hizo Proust fue eliminar las barreras que separan a la novela de las memorias, a la ficción de la realidad, a la literatura de la vida. Y lo hizo introduciendo muy sutilmente en un relato que es, esencialmente, autobiográfico y que hubiese podido convertirse en sus memorias esas escorias y excrecencias que son la ficción y la imaginación. En suma, lo que se considera literatura.
Xavier Pericay, en estas memorias suyas que sí lo son, utiliza el mismo método, el método de patchwork, si se quiere, que utilizó Proust, pero no para hacer algo tan normalizado a estas alturas como instilar dosis variables de literatura en sus memorias, sino para dar a sus recuerdos, esa piel quebradiza, el punto exacto de hidratación para que pueda volver a respirar por todos sus poros. Esa crema restauradora de la memoria es el presente, desmenuzado y destilado en reflexión y análisis. En ensayo. Algo parecido, por cierto, hacía Montaigne en sus essais. Salvo que Pericay, porque es filólogo y no es un francés del siglo XVI, sabe que las palabras no significan por sí solas, que siempre hay que reconocer o reconstruir el contexto donde fueron utilizadas, y que sirven para comunicarse entre sí las personas, pero también pueden servir para fines políticos. El nacionalismo, en Cataluña y en otros rincones de España, tiene muy bien aprendida esta última lección.
Por último, además de por estas virtudes, hay que leer Filología catalana para comprender que es posible ser catalán, haber militado, más o menos fervorosamente, a la izquierda y en el centro o corazón del catalanismo, y ser honesto y, llegado a un punto, reconocer que es también posible salir de la caverna de las ilusiones colectivas sin traicionarse ni renegar del pasado. Es fácil decirlo, es terriblemente difícil vivirlo. Pericay nos cuenta, con la urbanidad que lo caracteriza, este largo y lento proceso de cambio de piel, que ha debido de ser doloroso. Hay que agradecerle, además, que nos haya ahorrado el dolor y nos regale el mejor libro de memorias, desde Josep Pla, escrito por un catalán.
XAVIER PERICAY: FILOLOGÍA CATALANA. MEMORIAS DE UN DISIDENTE. Barataria (Sevilla), 2009, 406 páginas.
http://libros.libertaddigital.com/filologia-catalana-1276236561.html
No son sindicalistas, son políticos
8-V-2009
No son sindicalistas, son políticos
EDITORIAL
Esperanza Aguirre es la única figura nacional que no les ríe las gracias, no habla de diálogo social y no se apunta a la mala costumbre de quitar el dinero a unos trabajadores para dárselo a otros sólo porque chillen más: es una rival ideológica.
Si a alguien le cabía alguna duda de que la principal y prácticamente única función de los sindicatos mal llamados "de clase" UGT y CCOO es hacer oposición al PP, su actuación en los últimos meses debería despejarlas por completo. Ante la peor crisis económica de la democracia, los liberados sindicales a los que pagamos el sueldo emplean su tiempo no en protestar contra el Gobierno central sino contra el de una autonomía, la madrileña, que no es ni de lejos la que peores cifras de paro presenta.
El boicot a la Asamblea de Madrid no es el primer episodio de esta obsesión contra Esperanza Aguirre, aunque sí es de los más graves. Los sindicalistas han pasado de disfrazarse de médicos hasta a agredir al consejero Güemes, pero nunca han levantado la voz contra el Gobierno de los cuatro millones de parados, el Gobierno que se ríe del drama del paro, el Gobierno más incapaz de nuestra historia democrática en la política económica. Eso sí, se han manifestado contra la Comunidad de Madrid porque "está sufriendo más la crisis que otras". El caso es que la tasa del paro en esta región es del 13,49%, bastante por debajo de la media nacional del 17,36%. Y los sindicatos no se han manifestado en Andalucía (24,04%) o Extremadura (21,75%).
¿Qué excusa pueden dar los sindicatos ante este evidente doble rasero? Evidentemente, ninguna. Al menos mientras quieran seguir simulando ser defensores de los trabajadores y no de una ideología política y de unos partidos que los tratan especialmente bien. La razón por la que se manifiestan contra Aguirre, recurriendo incluso a apedrear la sede del parlamento regional y amenazar con visitas futuras armados con dinamita, es porque el PSOE se sabe incapaz de vencer por medios legítimos y echa mano de lo que tiene alrededor, esperando que los ciudadanos echen la culpa de las huelgas de servicios públicos no a quienes las realizan sino a quienes las sufren.
Esperanza Aguirre es, además, la única figura nacional que no les ríe las gracias, no habla de diálogo social y no se apunta a la mala costumbre de quitar el dinero a unos trabajadores para dárselo a otros sólo porque estos últimos chillen más. Es, en definitiva, una rival ideológica, y la discrepancia es algo que no pueden permitir bajo ningún concepto. De ahí que la inexistente beligerancia ante el Gobierno del paro se transforme en ofensiva furiosa contra el Ejecutivo de Aguirre.
Es posible que esta forma ilegítima y subvencionada de oposición no funcione, porque la gente no es tonta y semejante diferencia de trato entre gobiernos de distinto signo es demasiado llamativa. Pero aún así no debería salir gratis a quienes la perpetran. Los sindicatos disfrutan de unos fondos públicos que no están empleando para lo que están destinados, la defensa de los trabajadores, sino para hacer política. Pues como partidos políticos deberían ser tratados, sin recibir ni un céntimo de dinero público mientras no tengan representación. Quizá sea el momento de que las administraciones gobernadas por el PP den ese primer paso. Evidentemente, los jefes políticos de UGT y CCOO no lo van a hacer.
Los sindicatos "de clase" pudieron tener una razón de ser en un momento histórico determinado, pero carecen ya de utilidad como mecanismos para que los trabajadores se asocien y defiendan sus intereses y han quemado su legitimidad a base de hacer política partidista. Es momento, por tanto, de que pierdan sus privilegios.
http://www.libertaddigital.com/opinion/editorial/no-son-sindicalistas-son-politicos-49065/
No son sindicalistas, son políticos
EDITORIAL
Esperanza Aguirre es la única figura nacional que no les ríe las gracias, no habla de diálogo social y no se apunta a la mala costumbre de quitar el dinero a unos trabajadores para dárselo a otros sólo porque chillen más: es una rival ideológica.
Si a alguien le cabía alguna duda de que la principal y prácticamente única función de los sindicatos mal llamados "de clase" UGT y CCOO es hacer oposición al PP, su actuación en los últimos meses debería despejarlas por completo. Ante la peor crisis económica de la democracia, los liberados sindicales a los que pagamos el sueldo emplean su tiempo no en protestar contra el Gobierno central sino contra el de una autonomía, la madrileña, que no es ni de lejos la que peores cifras de paro presenta.
El boicot a la Asamblea de Madrid no es el primer episodio de esta obsesión contra Esperanza Aguirre, aunque sí es de los más graves. Los sindicalistas han pasado de disfrazarse de médicos hasta a agredir al consejero Güemes, pero nunca han levantado la voz contra el Gobierno de los cuatro millones de parados, el Gobierno que se ríe del drama del paro, el Gobierno más incapaz de nuestra historia democrática en la política económica. Eso sí, se han manifestado contra la Comunidad de Madrid porque "está sufriendo más la crisis que otras". El caso es que la tasa del paro en esta región es del 13,49%, bastante por debajo de la media nacional del 17,36%. Y los sindicatos no se han manifestado en Andalucía (24,04%) o Extremadura (21,75%).
¿Qué excusa pueden dar los sindicatos ante este evidente doble rasero? Evidentemente, ninguna. Al menos mientras quieran seguir simulando ser defensores de los trabajadores y no de una ideología política y de unos partidos que los tratan especialmente bien. La razón por la que se manifiestan contra Aguirre, recurriendo incluso a apedrear la sede del parlamento regional y amenazar con visitas futuras armados con dinamita, es porque el PSOE se sabe incapaz de vencer por medios legítimos y echa mano de lo que tiene alrededor, esperando que los ciudadanos echen la culpa de las huelgas de servicios públicos no a quienes las realizan sino a quienes las sufren.
Esperanza Aguirre es, además, la única figura nacional que no les ríe las gracias, no habla de diálogo social y no se apunta a la mala costumbre de quitar el dinero a unos trabajadores para dárselo a otros sólo porque estos últimos chillen más. Es, en definitiva, una rival ideológica, y la discrepancia es algo que no pueden permitir bajo ningún concepto. De ahí que la inexistente beligerancia ante el Gobierno del paro se transforme en ofensiva furiosa contra el Ejecutivo de Aguirre.
Es posible que esta forma ilegítima y subvencionada de oposición no funcione, porque la gente no es tonta y semejante diferencia de trato entre gobiernos de distinto signo es demasiado llamativa. Pero aún así no debería salir gratis a quienes la perpetran. Los sindicatos disfrutan de unos fondos públicos que no están empleando para lo que están destinados, la defensa de los trabajadores, sino para hacer política. Pues como partidos políticos deberían ser tratados, sin recibir ni un céntimo de dinero público mientras no tengan representación. Quizá sea el momento de que las administraciones gobernadas por el PP den ese primer paso. Evidentemente, los jefes políticos de UGT y CCOO no lo van a hacer.
Los sindicatos "de clase" pudieron tener una razón de ser en un momento histórico determinado, pero carecen ya de utilidad como mecanismos para que los trabajadores se asocien y defiendan sus intereses y han quemado su legitimidad a base de hacer política partidista. Es momento, por tanto, de que pierdan sus privilegios.
http://www.libertaddigital.com/opinion/editorial/no-son-sindicalistas-son-politicos-49065/
miércoles, mayo 06, 2009
Los que creen que gobernar es gastar
7-V-2009
Los que creen que gobernar es gastar
EDITORIAL
Tras saber que el paro ha crecido como nunca lo ha hecho en un mes de abril, y tras la apertura de un expdiente sancionador por nuestro déficit excesivo, el Gobierno dedica su loa al despilfarro de 50.000 millones de euros que ha supuesto el Plan E.
Aun de manera involuntaria, y gracias a un micrófono abierto, el presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, nos ha hecho saber, durante la Asamblea de la Confederación Empresarial de Madrid, que "el problema que tenemos no es la grave crisis (...), son los años de Zapatero". La casualidad ha querido también que, durante su intervención en esa misma asamblea, la presidenta de la Comunidad de Madrid advirtiera a los sindicatos que no es el momento de una "huelga general" sino de "sumar esfuerzos y profundizar en un diálogo constructivo para buscar soluciones". En esa misma línea de corrección política, Aguirre ha pedido a los agentes sociales que asuman su responsabilidad, tal como –dijo– lo han hecho los empresarios que durante muchos meses no han caído "en la tentación de culpar o amenazar a nadie por la crisis".
Al margen del contraste de ambas declaraciones, una cosa es que una huelga general no sea la solución de la crisis, y otra cosa que no sea necesaria por ello una critica, todo lo diplomática y constructiva que se quiera, de los agentes sociales a la errática política de este Gobierno. Naturalmente las palabras de Díaz Ferrán, involuntariamente interceptadas gracias a un descuido, no son muestra de esa crítica constructiva, pero tampoco lo es la oficial condescendencia que la CEOE y, sobre todo, los sindicatos, están dedicando a la devastadora política de Zapatero. Más aun cuando hay visibles y válidas alternativas de gobierno, como la que protagonizó Aznar o la que protagoniza Esperanza Aguirre.
La critica al Ejecutivo es necesaria, más aun si tenemos en cuenta que, dos días después de saber que el paro ha crecido como nunca lo ha hecho en un mes de abril, y de que la Comisión Europea nos ha abierto un expediente sancionador por nuestro déficit excesivo, se ha celebrado un Consejo de Ministros extraordinario para mayor loa del despilfarro de más de 50.000 millones de euros que ha supuesto el Plan E. A pesar de sus nulos resultados, María Teresa Fernández de La Vega se ha jactado de que España sea el país de la UE que más ha gastado, mientras que Elena Salgado ha rechazado, entre risas, la posibilidad de emprender una de las reformas que tanto requiere nuestra economía, la del mercado laboral.
Por ello también queremos destacar, en forma y fondo, la oportuna descripción que ha hecho Manuel Pizarro de los miembros de este Gobierno como "aquellos que creen que gobernar es gastar". Y es que, como también ha destacado el diputado nacional del PP, gobernar es fundamentalmente "aplicar bien los recursos públicos, aplicar con moderación en época de crisis los recursos a su disposición, y aplicar medidas de competitividad en la economía española". En esta línea, Pizarro ha resaltado que "el problema de la economía española es un problema de competitividad", al tiempo que ha puesto de manifiesto que "esto ya no es una crisis internacional, sino un problema de una crisis que aparece como internacional pero que tiene un componente específico español, que es la generación de desempleo".
No hay que extrañarse, por otra parte, de que España siga a la cola de Europa en libertad económica, tal y como refleja el Indice de Libertad Económica que elabora The Heritage Foundation, The Wall Street Journal y la Fundación FAES. Gracias a este prestigioso y riguroso estudio académico, sabemos que España no sólo no avanza sino que retrocede en términos relativos, siendo los ámbitos más restrictivos para la libertad económica precisamente el fiscal, el laboral y el derivado del enorme gasto público. Pero, a la vista está, quienes nos gobiernan no sólo no solucionan estos problemas, sino que, como Fernández de la Vega o Salgado, se jactan y se ríen de los mismos.
Esperemos, pues, que la crítica que merecen "quienes creen que gobernar es gastar" siga encontrando más cauces que el que otorga el descuido de un micrófono abierto.
http://www.libertaddigital.com/opinion/editorial/los-que-creen-que-gobernar-es-gastar-49047/
Los que creen que gobernar es gastar
EDITORIAL
Tras saber que el paro ha crecido como nunca lo ha hecho en un mes de abril, y tras la apertura de un expdiente sancionador por nuestro déficit excesivo, el Gobierno dedica su loa al despilfarro de 50.000 millones de euros que ha supuesto el Plan E.
Aun de manera involuntaria, y gracias a un micrófono abierto, el presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, nos ha hecho saber, durante la Asamblea de la Confederación Empresarial de Madrid, que "el problema que tenemos no es la grave crisis (...), son los años de Zapatero". La casualidad ha querido también que, durante su intervención en esa misma asamblea, la presidenta de la Comunidad de Madrid advirtiera a los sindicatos que no es el momento de una "huelga general" sino de "sumar esfuerzos y profundizar en un diálogo constructivo para buscar soluciones". En esa misma línea de corrección política, Aguirre ha pedido a los agentes sociales que asuman su responsabilidad, tal como –dijo– lo han hecho los empresarios que durante muchos meses no han caído "en la tentación de culpar o amenazar a nadie por la crisis".
Al margen del contraste de ambas declaraciones, una cosa es que una huelga general no sea la solución de la crisis, y otra cosa que no sea necesaria por ello una critica, todo lo diplomática y constructiva que se quiera, de los agentes sociales a la errática política de este Gobierno. Naturalmente las palabras de Díaz Ferrán, involuntariamente interceptadas gracias a un descuido, no son muestra de esa crítica constructiva, pero tampoco lo es la oficial condescendencia que la CEOE y, sobre todo, los sindicatos, están dedicando a la devastadora política de Zapatero. Más aun cuando hay visibles y válidas alternativas de gobierno, como la que protagonizó Aznar o la que protagoniza Esperanza Aguirre.
La critica al Ejecutivo es necesaria, más aun si tenemos en cuenta que, dos días después de saber que el paro ha crecido como nunca lo ha hecho en un mes de abril, y de que la Comisión Europea nos ha abierto un expediente sancionador por nuestro déficit excesivo, se ha celebrado un Consejo de Ministros extraordinario para mayor loa del despilfarro de más de 50.000 millones de euros que ha supuesto el Plan E. A pesar de sus nulos resultados, María Teresa Fernández de La Vega se ha jactado de que España sea el país de la UE que más ha gastado, mientras que Elena Salgado ha rechazado, entre risas, la posibilidad de emprender una de las reformas que tanto requiere nuestra economía, la del mercado laboral.
Por ello también queremos destacar, en forma y fondo, la oportuna descripción que ha hecho Manuel Pizarro de los miembros de este Gobierno como "aquellos que creen que gobernar es gastar". Y es que, como también ha destacado el diputado nacional del PP, gobernar es fundamentalmente "aplicar bien los recursos públicos, aplicar con moderación en época de crisis los recursos a su disposición, y aplicar medidas de competitividad en la economía española". En esta línea, Pizarro ha resaltado que "el problema de la economía española es un problema de competitividad", al tiempo que ha puesto de manifiesto que "esto ya no es una crisis internacional, sino un problema de una crisis que aparece como internacional pero que tiene un componente específico español, que es la generación de desempleo".
No hay que extrañarse, por otra parte, de que España siga a la cola de Europa en libertad económica, tal y como refleja el Indice de Libertad Económica que elabora The Heritage Foundation, The Wall Street Journal y la Fundación FAES. Gracias a este prestigioso y riguroso estudio académico, sabemos que España no sólo no avanza sino que retrocede en términos relativos, siendo los ámbitos más restrictivos para la libertad económica precisamente el fiscal, el laboral y el derivado del enorme gasto público. Pero, a la vista está, quienes nos gobiernan no sólo no solucionan estos problemas, sino que, como Fernández de la Vega o Salgado, se jactan y se ríen de los mismos.
Esperemos, pues, que la crítica que merecen "quienes creen que gobernar es gastar" siga encontrando más cauces que el que otorga el descuido de un micrófono abierto.
http://www.libertaddigital.com/opinion/editorial/los-que-creen-que-gobernar-es-gastar-49047/
López, no nacionalista y lendakari
López, no nacionalista y lendakari
Miércoles, 06-05-09
CON el telón de fondo del previsible adiós político de Juan José Ibarretxe, el discurso de investidura del nuevo lendakari marcó ayer las directrices de su gobierno y, si se cumplen lealmente, darán lugar a una transformación radical del País Vasco. Los mensajes de López no eran nuevos en su contenido, porque son los que el PP vasco y el Partido Socialista de Euskadi -éste de forma discontinua e incompatible en más ocasiones de las disculpables- ya defendieron en 2001 y alimentaron el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo de diciembre de 2000. En este sentido, el homenaje que ayer rindió José María Aznar a Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo Terreros no era en vano. La gran novedad de ese discurso es que no fue el de la resistencia al nacionalismo y a ETA, sino el programa de gobierno para los próximos cuatro años. No fue pronunciado por un nacionalista resignado fatalmente a permanecer en la oposición, sino por quien hoy es el primer lendakari no nacionalista, aupado al cargo, además, por un pacto político de alto nivel con el PP. Por tanto, no puede haber continuidad tras casi treinta años de hegemonía nacionalista, porque no es políticamente posible, ni éticamente admisible. El lendakari López pronunció el discurso que muchos vascos querían oír como advenimiento de una nueva etapa y por el que tantas víctimas perdieron su vida a manos de ETA. PP y PSE ofrecieron ayer al unísono una alternativa moral a una sociedad alienada por la imposición nacionalista y por el terror de la violencia. Ahora también los vascos tienen la responsabilidad de demostrar que la indiferencia ante ETA, la insolidaridad con las víctimas y el silencio cómplice son cosa del pasado.
López hizo un discurso en sí mismo histórico, pero que debe ser plasmado en acciones políticas concretas. En todo caso, Patxi López demostró lealtad con los compromisos adquiridos con el PP, a quien agradeció el acuerdo de investidura, e inauguró su mandato con una declaración de principios inéditos en la Cámara vasca. Se habló de España sin resentimiento; no hubo mención alguna al «conflicto con el Estado»; de ETA sólo se dijo que es una banda de asesinos y que la paz no tendrá precio político; se proclamó la libertad y los derechos de los vascos como prioridad frente a la violencia y la exclusión identitaria; y defendió la Constitución y el Estatuto de Guernica como únicas fuentes de legitimación del autogobierno. También para el PSE el discurso de ayer canceló sus aventuras filosoberanistas fracasadas. Lo importante es que nunca antes un lendakari, desde 1981, había situado al País Vasco ante un futuro tan esperanzador y digno. La democracia española será desde hoy distinta si sus instituciones vascas realmente se ponen al servicio de la derrota de ETA, el honor de las víctimas y la convivencia entre vascos. La alianza entre PP y PSE ha de superar cualquier adversidad mientras estos objetivos -verdadera transición constitucional en el País Vasco- sean la prioridad del nuevo Gobierno.
Era lógico que el candidato del PNV, Juan José Ibarretxe, no entendiera nada de lo que dijo el lendakari López, porque el lenguaje y la ética nacionalistas llevan décadas adaptado a la ambigüedad moral y el aprovechamiento del terrorismo, a la deslealtad con el Estado. Pero ya importa poco lo que diga Ibarretxe en su adiós a la vida política, porque el lendakari se llama López y no es nacionalista.
http://www.abc.es/20090506/opinion-editorial/lopez-nacionalista-lendakari-20090506.html
Miércoles, 06-05-09
CON el telón de fondo del previsible adiós político de Juan José Ibarretxe, el discurso de investidura del nuevo lendakari marcó ayer las directrices de su gobierno y, si se cumplen lealmente, darán lugar a una transformación radical del País Vasco. Los mensajes de López no eran nuevos en su contenido, porque son los que el PP vasco y el Partido Socialista de Euskadi -éste de forma discontinua e incompatible en más ocasiones de las disculpables- ya defendieron en 2001 y alimentaron el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo de diciembre de 2000. En este sentido, el homenaje que ayer rindió José María Aznar a Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo Terreros no era en vano. La gran novedad de ese discurso es que no fue el de la resistencia al nacionalismo y a ETA, sino el programa de gobierno para los próximos cuatro años. No fue pronunciado por un nacionalista resignado fatalmente a permanecer en la oposición, sino por quien hoy es el primer lendakari no nacionalista, aupado al cargo, además, por un pacto político de alto nivel con el PP. Por tanto, no puede haber continuidad tras casi treinta años de hegemonía nacionalista, porque no es políticamente posible, ni éticamente admisible. El lendakari López pronunció el discurso que muchos vascos querían oír como advenimiento de una nueva etapa y por el que tantas víctimas perdieron su vida a manos de ETA. PP y PSE ofrecieron ayer al unísono una alternativa moral a una sociedad alienada por la imposición nacionalista y por el terror de la violencia. Ahora también los vascos tienen la responsabilidad de demostrar que la indiferencia ante ETA, la insolidaridad con las víctimas y el silencio cómplice son cosa del pasado.
López hizo un discurso en sí mismo histórico, pero que debe ser plasmado en acciones políticas concretas. En todo caso, Patxi López demostró lealtad con los compromisos adquiridos con el PP, a quien agradeció el acuerdo de investidura, e inauguró su mandato con una declaración de principios inéditos en la Cámara vasca. Se habló de España sin resentimiento; no hubo mención alguna al «conflicto con el Estado»; de ETA sólo se dijo que es una banda de asesinos y que la paz no tendrá precio político; se proclamó la libertad y los derechos de los vascos como prioridad frente a la violencia y la exclusión identitaria; y defendió la Constitución y el Estatuto de Guernica como únicas fuentes de legitimación del autogobierno. También para el PSE el discurso de ayer canceló sus aventuras filosoberanistas fracasadas. Lo importante es que nunca antes un lendakari, desde 1981, había situado al País Vasco ante un futuro tan esperanzador y digno. La democracia española será desde hoy distinta si sus instituciones vascas realmente se ponen al servicio de la derrota de ETA, el honor de las víctimas y la convivencia entre vascos. La alianza entre PP y PSE ha de superar cualquier adversidad mientras estos objetivos -verdadera transición constitucional en el País Vasco- sean la prioridad del nuevo Gobierno.
Era lógico que el candidato del PNV, Juan José Ibarretxe, no entendiera nada de lo que dijo el lendakari López, porque el lenguaje y la ética nacionalistas llevan décadas adaptado a la ambigüedad moral y el aprovechamiento del terrorismo, a la deslealtad con el Estado. Pero ya importa poco lo que diga Ibarretxe en su adiós a la vida política, porque el lendakari se llama López y no es nacionalista.
http://www.abc.es/20090506/opinion-editorial/lopez-nacionalista-lendakari-20090506.html
martes, mayo 05, 2009
Tomas Cuesta, Al Gore y su porquero
Al Gore y su porquero
TOMÁS CUESTA
Martes, 05-05-09
HACE apenas un mes, al personal no le llegaba la camisa al cuello porque el cambio climático nos iba a dejar más secos que una inspección de Hacienda. Ahora, sin embargo, la calentura escatológica ha sido barrida del terreno de juego por un bichito de esos que, como diría el clásico, se caen de la mesa y se desencuadernan. No hay mal que por bien no venga y el que no se consuela es porque no quiere. Convengamos, por tanto, que uno de los efectos de la gripe -el único positivo hasta el momento- es que ha dejado sin palabras a los profetas del efecto invernadero. O sea, que, mientras las mascarillas amurallan el aliento del planeta, los mascarotas, al menos, ya no cascan de la imparable degradación de los casquetes (de los casquetes polares, obviamente). Y, puesto que la verdad es la verdad, dígala Al Gore o su porquero, hay que reconocer que, en este caso, si alguien está autorizado a hablar «ex cátedra» es el encargado de la cochiquera.
Del «global warming», que era un Apocalipsis postmoderno, hemos pasado a una epidemia gótica que no se compadece con las sociedades opulentas. Tal y como afirmaba «mister» Chesterton -echándole ironía a la clarividencia-, los que no creen en Dios no suelen ser capaces de llevar con decoro su descreimiento. Pueden tachar al Papa de irracional y de embustero, pero se postran embobados ante quienes sostienen que, en sólo cuarenta años si nadie lo remedia, el mar se colará por la terraza del apartamento en Torrevieja. No obstante, los cataclismos a pagar en cuatro décadas se toman a beneficio de inventario en el momento en que un simple estornudo puede ponerte en cuarentena. ¿De qué ha servido, al cabo, estar día tras día colocando el termómetro en las axilas de la Tierra si luego nos cocemos en nuestra propia fiebre?
El AH1N1, en vez del CO2, se ha convertido en la clave del infierno. El realismo sucio ha tomado el relevo del catastrofismo de diseño. El espantajo del futuro se ha dado un batacazo en la bolsa del miedo y los augures del estrambote ecologista se exponen a quedarse sin clientes. El bichito de marras es un depredador inesperado que se ha colado de rondón en este gatuperio sin respetar las normas y sin acomodarse a los consensos. Antes el porvenir estaba escrito con absoluta precisión en negro sobre verde. El papel de villano de lo que, según se mire, constituye una tragicomedia elaborada o un vulgar sainete, corría, y aún corre, a cargo del de siempre. Capitalismo impío, codicia insaciable, salvaje mercadeo... Bautícenlo a su antojo o, si les da pereza, llámenlo equis. A fin de cuentas, equis es lo que viene al pelo porque la bestia no pierde una ocasión de violar a la bella, a la Naturaleza. Porno duro, en efecto. Durísimo de mollera.
Lo que no figuraba en el libreto es que los demiurgos que presumen de su capacidad de reducir la vida a un meticuloso experimento se vean desbordados por una jugarreta de la muerte. Quiera el Cielo que el virus -pinche virus, menuda chingadera- no supere los límites de la finta siniestra. Ojalá que el amago -si en un amago queda- alcance a vacunarnos contra la soberbia. Y quizás de ese modo nos quepa en la cabeza que es inmoral jactarse de reproducir el Génesis en el interior de una probeta y seguir encallados en los tiempos de Homero. En el primer canto de la Ilíada, Apolo desciende del Olimpo con el carcaj repleto, el arco tenso y un monumental cabreo. Zumban las flechas y los humanos caen vencidos por un pernicioso dengue. Una pandemia griega. El calentamiento global, por contra, no aparece en los versos. En cuanto Al Gore lo sepa, le acusará de no enterarse de la musa la media. ¿Homero? Un reaccionario, un carcamal, un ciego.
http://www.abc.es/20090505/opinion-firmas/gore-porquero-20090505.html
TOMÁS CUESTA
Martes, 05-05-09
HACE apenas un mes, al personal no le llegaba la camisa al cuello porque el cambio climático nos iba a dejar más secos que una inspección de Hacienda. Ahora, sin embargo, la calentura escatológica ha sido barrida del terreno de juego por un bichito de esos que, como diría el clásico, se caen de la mesa y se desencuadernan. No hay mal que por bien no venga y el que no se consuela es porque no quiere. Convengamos, por tanto, que uno de los efectos de la gripe -el único positivo hasta el momento- es que ha dejado sin palabras a los profetas del efecto invernadero. O sea, que, mientras las mascarillas amurallan el aliento del planeta, los mascarotas, al menos, ya no cascan de la imparable degradación de los casquetes (de los casquetes polares, obviamente). Y, puesto que la verdad es la verdad, dígala Al Gore o su porquero, hay que reconocer que, en este caso, si alguien está autorizado a hablar «ex cátedra» es el encargado de la cochiquera.
Del «global warming», que era un Apocalipsis postmoderno, hemos pasado a una epidemia gótica que no se compadece con las sociedades opulentas. Tal y como afirmaba «mister» Chesterton -echándole ironía a la clarividencia-, los que no creen en Dios no suelen ser capaces de llevar con decoro su descreimiento. Pueden tachar al Papa de irracional y de embustero, pero se postran embobados ante quienes sostienen que, en sólo cuarenta años si nadie lo remedia, el mar se colará por la terraza del apartamento en Torrevieja. No obstante, los cataclismos a pagar en cuatro décadas se toman a beneficio de inventario en el momento en que un simple estornudo puede ponerte en cuarentena. ¿De qué ha servido, al cabo, estar día tras día colocando el termómetro en las axilas de la Tierra si luego nos cocemos en nuestra propia fiebre?
El AH1N1, en vez del CO2, se ha convertido en la clave del infierno. El realismo sucio ha tomado el relevo del catastrofismo de diseño. El espantajo del futuro se ha dado un batacazo en la bolsa del miedo y los augures del estrambote ecologista se exponen a quedarse sin clientes. El bichito de marras es un depredador inesperado que se ha colado de rondón en este gatuperio sin respetar las normas y sin acomodarse a los consensos. Antes el porvenir estaba escrito con absoluta precisión en negro sobre verde. El papel de villano de lo que, según se mire, constituye una tragicomedia elaborada o un vulgar sainete, corría, y aún corre, a cargo del de siempre. Capitalismo impío, codicia insaciable, salvaje mercadeo... Bautícenlo a su antojo o, si les da pereza, llámenlo equis. A fin de cuentas, equis es lo que viene al pelo porque la bestia no pierde una ocasión de violar a la bella, a la Naturaleza. Porno duro, en efecto. Durísimo de mollera.
Lo que no figuraba en el libreto es que los demiurgos que presumen de su capacidad de reducir la vida a un meticuloso experimento se vean desbordados por una jugarreta de la muerte. Quiera el Cielo que el virus -pinche virus, menuda chingadera- no supere los límites de la finta siniestra. Ojalá que el amago -si en un amago queda- alcance a vacunarnos contra la soberbia. Y quizás de ese modo nos quepa en la cabeza que es inmoral jactarse de reproducir el Génesis en el interior de una probeta y seguir encallados en los tiempos de Homero. En el primer canto de la Ilíada, Apolo desciende del Olimpo con el carcaj repleto, el arco tenso y un monumental cabreo. Zumban las flechas y los humanos caen vencidos por un pernicioso dengue. Una pandemia griega. El calentamiento global, por contra, no aparece en los versos. En cuanto Al Gore lo sepa, le acusará de no enterarse de la musa la media. ¿Homero? Un reaccionario, un carcamal, un ciego.
http://www.abc.es/20090505/opinion-firmas/gore-porquero-20090505.html
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