martes 20 de febrero de 2007
Una inmensa pedorreta
M. MARTÍN FERRAND
MANUEL Chaves, todavía presidente de la Junta de Andalucía -la vergüenza se lleva corta esta temporada-, ha dicho que «asume toda la responsabilidad» sobre la absten-ción, cuasi gallega, en el referéndum que debía darle apresto al nuevo estatuto de autonomía y que, en la realidad, le ha dejado hecho unos zorros. Chaves es uno de esos políticos correosos y contumaces que amontonan más méritos en lo que no hacen que en aquello que emprenden y ejecutan. De ahí que resulte raro que, a estas alturas, se ponga a conjugar el verbo asumir. Bien es verdad que ha dicho el yo asumo como quien acepta la memoria de la cultura griega y no con la resolución de quien lo que asume es una deuda. Chaves está en lo literario, no en lo pragmático.
Tampoco hay que rasgarse las vestiduras ante la escasa participación en una consulta popular. Votar es un derecho democrático y mal está ver las urnas como una obligación. El desdén forma parte de los derechos y la expresión ciudadanos y lo que dos de cada tres andaluces le han hecho a Chaves, y a su asociado para la ocasión Javier Arenas, es una inmensa pedorreta. Lo inquietante no es que los ciudadanos no acudan a la llamada de las urnas, sino que quienes dicen ser sus representantes políticos -y sólo lo son, de serlo, en función de una marca y un lote- no trabajen según la demanda social, sino al ritmo de su propio gusto y el interés del partido al que, mucho más que a los votos, le deben la cuota de gloria que tanto disfrutan.
Conviene recordar, para ponerle sordina a las trompetas que quieren derribar las murallas de la democracia a las que estamos constitucionalmente acogidos, que la abstención es un concepto y el voto, una realidad. Sólo tienen valor decisorio los votos que pueden contarse. Interpretar el valor de las abstenciones es gratuito y equivale a buscar el futuro en los posos del té. Eso no nos impide entender la creciente abstención ante las últimas invitaciones para acudir a las urnas como el síntoma de una enfermedad que, tomado el pulso del enfermo y a la vista de la analítica disponible, no es otra que el distanciamiento abismal entre quienes elegimos y aquellos que son elegidos.
Las grandes líneas de las actividades gubernamentales -un Gobierno nacional y 17 autonomías- no coinciden, ni en poco ni en mucho, con las inquietudes prioritarias de la ciudadanía. Eso podría ser democrático si no se entiende que un sistema electoral de listas cerradas y bloqueadas es una forma light de totalitarismo partitocrático; pero es, en cualquier caso, ineficaz. Vamos llenando las estanterías legislativas del Estado con nuevas leyes, grandilocuentes estatutos y reglamentos fofos. Algo tan inútil como tener una bodega de botellas vacías. Esto sólo podría satisfacer a Elena Salgado por la misma razón que aquello reconforta a Jo-sé Luis Rodríguez Zapatero.
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