martes 20 de febrero de 2007
Medicinas de pobres y de ricos
JOSÉ MARÍA GARCÍA-HOZ -No entendemos qué teme el hombre de la calle para irse alejando de los gobernantes cada vez que acumulamos más poder.
MUCHAS personas que murieron víctimas del cáncer hace 20 ó 30 años hoy podrían continuar con vida. Y muchas de las personas que hoy luchan contra la terrible enfermedad presentan patologías que dentro de 20 ó 30 años serán perfectamente curables. Hoy más que nunca resulta cierta la letra del chotis castizo: «las ciencias adelantan que es una barbaridad». La humanidad, tan incapaz de mejorar en otros aspectos no menos sustanciales, parece capaz de un avance científico y técnico sostenido e ilimitado.
Sin descartar, desde luego, las mejores intenciones de las personas que se esfuerzan por conseguir nuevos adelantos, parece claro que la fuente común de ese progreso es el beneficio que los hallazgos procuran al inventor-investigador y a sus financiadores. Beneficio que unas veces toma forma de ganancias económicas, otras de fama y popularidad personal y otras de aumento de poder militar.
Esa relación directa entre el progreso científico provocado por la expectativa de beneficio económico parece particularmente evidente en la farmacología. Si los grandes laboratorios dedican cada año miles de millones de euros a la investigación es precisamente porque a continuación de cada nuevo principio activo aparece un fármaco novedoso que produce ventas por millones de euros y también sustanciosos beneficios. La mejor prueba de que éste es el sistema que funciona se encuentra en que para estar al tanto del progreso farmacológico se deben leer las revistas científicas, pero tambien los diarios económicos: The New England Journal of Medicine y The Wall Street Journal reflejan en sus páginas esta dicotomía del progreso farmacológico.
La ciencia adelanta, pero el progreso cada vez resulta más caro, y encontrar una nueva molécula que mejore alguna patología de forma relevante cuesta años y miles de millones de dólares en investigación. Como el éxito resulta incierto, cuando un fármaco con notorias mejoras terapéuticas llega a las farmacias, su precio debe reflejar todo lo invertido en su investigación, así como lo invertido en otras investigaciones frustradas, y eso en sólo diez años de ventas, porque al cabo de ese plazo caduca la patente y el producto terapéutico pasa a disposición de todos, incluidos los fabricantes que no han gastado ni un duro en su descubrimiento.
El fallo de ese proceso impecable está en los huecos que deja una investigación que busca exclusivamente el beneficio económico. El más evidente es la epidemia que desde hace años devasta el África subsahariana: la malaria. Como los 300 millones de afectados por la terrible enfermedad son pobres y carecen de dinero para pagar cualquier medicina, la malaria no merece la atención de ningún laboratorio y provoca tres millones de muertes cada año. Frente a los miles de millones de dólares que los mercados financieros dedican anualmente a la investigación cardiovascular, o neurológica o psiquiátrica, del sida o del cáncer, la búsqueda científica de una vacuna de la malaria sólo se sostiene en donaciones sin ánimo de lucro, infinitamente mucho más pequeñas, aunque provengan de la supermillonaria Bill & Melinda Gates Foundation.
El escarnio de la desigualdad en la búsqueda de fármacos según sean para enfermos pobres o ricos ha provocado la exigencia de los países en desarrollo de fabricar y distribuir a los enfermos más pobres medicinas que no satisfagan los derechos de patentes, es decir, copias de los originales. Ahora mismo está a punto de conocerse el fallo del proceso de la farmacológica Novartis, que se niega a que el Gobierno de la India ampare la fabricación de copias baratas de uno de sus medicamentos y lo exporte a otros países pobres.
Es un pleito lejano en un país lejano, pero la sentencia afectará de inmediato a todos, porque si las empresas indias fueran autorizadas a continuar con fabricaciones y exportaciones de copias médicas se habría dado un golpe de muerte a la investigación farmacológica, pues nadie querría invertir allí donde no se esperan beneficios, dado que otros se aprovecharían del resultado sin haber compartido los costes. El mecanismo actual funciona, como lo demuestran los consistentes avances en la farmacopea. Desde luego que no es perfecto, pero la solución a sus imperfecciones pasa por respetar sus evidentes cualidades.
josemaria@garcia-hoz.com
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