lunes, febrero 19, 2007

Carlos Luis Rodriguez, La informacion al poder

martes 20 de febrero de 2007
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
La información al poder
Hay que empezar a pensar que la única función de los protocolos es infundir confianza en la población. Gracias a ellos, el ciudadano preocupado por una catástrofe, se reconforta pensando que todo está previsto y que los pasos que se dan fueron previamente meditados in vitro. El protocolo tendría el mismo objetivo que el placebo que se administra en medicina, algo que no tiene propiedades curativas, pero que influye en el ánimo del paciente.
En este caso el paciente es la sociedad, y el protocolo, la cápsula que se le da para que esté tranquila. Convencidos de su eficacia, los políticos han protocolizado todo, y en especial las emergencias. Toda contigencia está prevista en planes voluminosos, que suelen presentarse con gran ceremonial, para ser posteriormente guardados a la espera de que llegue el momento.
Cuando ese momento llega, las circunstancias desbordan el protocolo y se impone la bendita improvisación. Ni la situación se adapta a lo previsto, ni la delimitación de competencias es la adecuada, ni las decisiones pueden adoptarse como manda el libro de instrucciones. Los gruesos volúmenes que contienen las pautas a aplicar se utilizan como mobiliario.
Hay un protocolo para aplicar al Ostedijk, había otro en el que se preveía lo del Prestige y normas que tenían como objetivo reaccionar ante el Mar Egeo, el Urquiola, o el Casón. Sirvieron de poco. Una y otra vez, los criterios se establecen sobre la marcha, mezclando sin receta consideraciones políticas y técnicas, e incurriendo siempre en el pecado original de la desinformación.
A día de hoy, nadie explicó qué tipo de examen se hizo del carguero holandés que nos preocupa, para permitirle seguir rumbo sur, aunque no debió de ser exahustivo ya que a las pocas horas viraba hacia el norte. Tampoco se justifica que fueran descartados otros lugares de abrigo próximos, antes de llegar a la costa lucense.
En cuanto a la prohibición de entrar en un puerto, además de contradecir la doctrina establecida por algunos con el Prestige, no es congruente con el empeño en decir que no hay riesgo de contaminación o intoxicación. Si de verdad la combustión es inocua, parece más seguro sofocarla en una instalación portuaria que a varias millas de Estaca de Bares, en condiciones climatológicas inciertas. En suma: faltan muchos porqués.
No está claro si esa usura informativa figura en los protocolos o es espontánea. Sea cual fuere su origen, la consecuencia es la pérdida de credibilidad de las versiones oficiales. Algunos gestores de las crisis entienden que una dieta rigurosa de aclaraciones sobre lo que se está haciendo los protege ante un posible fracaso, cuando en realidad los vuelve más vulnerables a los rumores y ataques de sus adversarios.
Un buen ejemplo se encuentra en uno de los ancestros del Ostedijk, de nombre Casón. Se quiso ocultar el contenido de su carga y su traslado por tierra, también a la costa de Lugo. A falta de noticias fiables, aparecieron especulaciones de lo más descabellado, que hablaban de nubes tóxicas desplazándose por Galicia como en Bhopal.
Hace de aquello veinte años, pero la sabia lección de que el racionamiento informativo sólo provoca más hambre, aún no se ha aprendido. Llegan nuevas administraciones que sustituyen a las anteriores, heredando ese instintivo miedo a decir lo que pasa. La crisis del Ostedijk era una buena oportunidad para romper la mala tradición. Sin embargo, se sigue creyendo que la penumbra es mejor que la transparencia.

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