martes 20 de febrero de 2007
MI ADMIRADO JULIO IGLESIAS
Félix Arbolí
J ULIO IGLESIAS, con “La vida sigue igual”, ganó el Festival de Benidorm en 1968 y esta pegadiza melodía fue el comienzo de una carrera fulgurante hacia el olimpo de los privilegiados. Soy y lo proclamo públicamente, sin complejos, ni temor a que me juzguen desfasado, cutre o cualquier otro “piropo” de ese estilo, un ferviente admirador y asiduo oyente de nuestro cantante internacional del que tengo la casi totalidad de sus discos grabados. Un detalle más que debo agradecer a mi hijo José Luis que, aunque no sea fan de este artista, respeta mis gustos y me obsequia con sus grabaciones nada más enterarse que hay una nueva en el mercado. Oyéndole con su original y melancólica voz cantar y rememorar los pasajes más importantes de su biografía, me he sentido solidarizado con su tremenda soledad y añoranza del gran amor de su vida, aunque aparente una vida desenfadada y feliz en sus apariciones públicas y el lujo que le arropa durante toda la jornada de su novelesca vida. El decía que la vida sigue igual, pero las circunstancias, la letra de sus canciones y el gesto triste y ensimismado que se le escapaba en los momentos que se creía libre de miradas, denotaba todo lo contrario. Yo he descubierto la causa de su amargura vital, oyéndole cantar mientras escribo, en ese fallido matrimonio. Una separación a la que él contribuyó, hay que reconocerlo, en esos años de éxitos y locuras en que inesperadamente se vio envuelto, con el acoso constante de las más espectaculares mujeres que se le ofrecían ávidas de unos momentos de intimidad y amor. La inevitable y conocida “borrachera” de la fama y la gloria, que padece todo triunfador en los momentos iniciales de su consagración a escala internacional. Isabel sabía con quién se casaba y a lo que se exponía si, afortunadamente, triunfaba en su carrera. Luego ella encontró nuevo consuelo a su dorada soledad, aunque tuviera la compañía y el cariño de sus tres hijos, con dos nuevos matrimonios y otros tantos hijos. El se encontró solitario en esa jaula de oro, donde faltaba la presencia y el amor de una mujer aunque ocuparan su tálamo solitario, en muchas ocasiones, las amantes ocasionales que buscan en el adulterio y su propagación, las oportunidades que por sus propios méritos jamás alcanzarían. Auténticas predadoras del sexo que revolotean en torno al famoso para que alguna migaja de su gloria y popularidad sacie su insatisfecha ambición y pretendida e inmerecida fama. Miranda, maravillosa en su belleza, en la ilusionada felicidad que le ha devuelto al cantante y en haberle hecho nuevamente padre de cuatro angelotes rubios que “nimban” a la pareja, como él jamás habría imaginado se iba producir, le ha devuelto su alegría, le ha restado melancolía a sus canciones y las ha convertido en un canto a la vida a través del amor a una mujer. Ya suenan a pasado, no por ello menos gratas y con los mismos y poderosos atractivos, las anteriores melodiosas letanías de lamentos, que me siguen gustando y relajando, aunque me produzcan la sensación de un amargo reproche a ese primer amor que él jamás olvidó. Como ya he contado en varios de mis artículos, la inspiración para escribir me viene con la música, la llamada clásica en mayor medida, aunque a veces alterne a Mozart, Beethoven, Vivaldi, Chopin, con especial mención a Debussy y a Grieg, etc. con autores que no están considerados dentro de este excepcional universo melódico, pero que son auténticos prodigios y maestros en este difícil arte y llenan con frecuencia mis vacíos mentales, en esos momentos en los que no se apetece hacer nada. Entre éstos, el único que puedo oir mientras escribo y más aún, me ayuda a pensar y a inspirarme es mi admirado Julio Iglesias. No lo puedo remediar soy un romántico compulsivo, de los de pasadas épocas y un hipersensible fuera de serie, cuando advierto la pena o la tragedia, la simple desgracia, en cualquier persona, aunque no pertenezca a mi círculo habitual. Y con sus discos he llegado al cenit en estos sentimientos. Una forma de sentir bastante exagerada que, según mi mujer, es un gran defecto por el daño que puede producirme, pero que no puedo vencer, aunque lo intento, porque forma parte inseparable de mi personalidad y carácter. Con él moriré, cuando Dios lo tenga dispuesto. Me gustan y los oigo con frecuencia, Nat King Cole, Louis Armstrong, Percy Sledge, Chuck Berry, entre otros extranjeros de distintas líneas y Maria Dolores Pradera, la dama de la canción, Ana Belén, aunque no coincidimos políticamente, soy un gran admirador de su belleza y sus excepcionales cualidades artísticas, Serrat, un auténtico mito de ya largas temporadas y otros más que ahora no recuerdo. Pero a ninguno de éstos podría estar oyendo mientras la blanca pantalla del ordenador me incita a profanarla al teclear y plasmar mis elucubraciones y absurdos, mis gozos y pesadillas, con la consiguiente y duplicada pérdida de tiempo: el que empleo en escribirlas y el que mi generoso lector invierte al leerlas. La música es mi constante compañía y animación cuando en las mañanas y atardeceres, como ocurre a todo jubilado, nos queremos olvidar de que somos ya inútiles miembros de un pasado ya lejano, carentes de toda actividad oficial y sin otro horizonte que buscar un entretenimiento, capricho u ocupación que te hagan olvidar la “insoportable pesadez del ser mayor” y perdonen mi atrevimiento, al casi plagiar el título de una novela maravillosa como todas las de ese monstruo literario llamado Milan Kundera. ¡Dios, cuanto daría yo por llegar a escribir una novela como la suya, aunque fuera lo último que hiciera en mi vida!. Conocí a Julio Iglesias en los inicios de su carrera con la compañía discográfica Columbia, que le contrató a escasas fechas de ganar el festival, y con la que yo mantenía excelentes relaciones y frecuentes contactos en el terreno profesional. Eran mis tiempos de gloria y sus comienzos y aspiraciones a un éxito que todos le auguraban, aunque no con la sorpresiva rapidez en conseguirlo a escala internacional y de forma tan brillante y consolidada. Eran también sus momentos de feliz matrimonio en Toledo con esa guapa joven filipina, que le dio tres hijos. Una boda que tuvo corta vida. Sin Julio posiblemente, pienso yo, Isabel no hubiese brillando con esa facilidad en la sociedad española, ni su nombre y su figura se hubieran paseado con frecuencia por las revistas, reuniones y acontecimientos de la alta clase social y ambiente aristocrático y financiero. Era la “ex” del ídolo, la madre de sus hijos. Un cantante ya de fama universal y personaje que ganaba los millones como cualquier otro puede ganar unas pesetas en su trabajo. Su palmarés artístico es realmente prodigioso, de verdaderos records: 250.000 millones de discos vendidos y 2.600 de platino ganados. ¡Ahí queda eso!. ¿Hay quien de más en ese tiempo?. Viviendo rodeado de un lujo auténticamente sibarita. Mansiones donde la imaginación más exaltada queda corta, contratos súper millonarios, aviones privados, alterne con los más renombrados personajes de la vida social, artística, política y financiera del mundo, etc. Era un cuento de hadas convertido en espléndida realidad, gracias a su voz, sus gestos (que muchos atacan), su sonrisa y su personalidad, no exento de un carácter afable y una evidente simpatía en su trato con el público y con la prensa. Hubo, como era de esperar, la “mala uva” en las opiniones y comentarios de los clásicos agoreros de turno, siempre presentes con sus calumnias y malas artes en cuanto alguien destaca y logra el éxito en su profesión. Esa envidia cochina y puñetera que corroe nuestras vidas y nos convierte en bestias salvajes, irresponsables y deshumanizadas. Pero, vuelvo a afirmarlo, a mí me gustan sus canciones y su original forma de interpretarlas. La verdad siempre por delante. He de aclarar que no estoy de acuerdo con la actual tendencia musical de esas jóvenes ninfas y niñatos, que con aires siderales y esperpénticos o provocando a la masa con la zafiedad, la marginación y el mal gusto en su apariencia, se suben al escenario con aires de “perdonavidas” e imitando al simio en sus contorsiones y a la cacatúa en sus gorgoritos, tienen enloquecidas a las quinceañeras que los aclaman como posesas, dando salida a sus embravecidas hormonas. Idolos de barro, gloria de escasa duración y ostracismo seguro y merecido, cuando otro fantoche de similares o peores características ocupen su lugar entre las enardecidas “walkirias” de turno. En las canciones de este intérprete objeto de mi artículo, antes de la aparición de su musa actual y prodigiosa compañera, he visto a un hombre amargado, de un ser enamorado y no correspondido y de un padre un tanto distanciado del calor familiar. Y esos pesares los vivía y sentía como propios, porque se lo que duelen las penas del amor y las puñaladas traperas en nuestro sensible corazón. Me solidarizaba con su tristeza, con su canto a la nostalgia de un ayer, de un primer amor sublimizado, de unos hijos un tanto apartados que fueron sus momentos y obras más transcendentales. Y en sus canciones tristes donde descubría su alma solitaria y sus sentimientos truncados, imaginaba a un hombre abatido, sentado en una butaca de cara al mar, con la mente y el sentir a muchos kilómetros de distancia, e imaginaba a una mujer, realmente elegante y maravillosa, que ha cambiado tres veces de marido, ha tenido hijos con todos y no ha debido olvidar esos momentos indelebles a toda mujer de ese primer beso, esa primera entrega y esa primera experiencia pasional con esa entonces joven promesa de la canción, cuando felices y enamorados se prometieron amor eterno. Comprendo que ha debido sufrir, viéndolo rodeado de féminas hambrientas de noches de amor con el ídolo. Es muy difícil ser la esposa de una celebridad y aguantar estoicamente sus infidelidades. Máxime siendo una mujer de bandera y con una belleza y atractivos nada comunes y con un gancho especial que es imposible no sentirse irremediablemente fascinado cuando se la conoce. Y cuando Julio se cansó de experimentar los amoríos del triunfador, era demasiado tarde para recuperar el gran amor de su vida. La familia se había desecho, ella había iniciado su andadura por nuevos derroteros sentimentales y sus hijos se habían acostumbrado a vivir sin la presencia frecuente y entrañable del padre. No hubo desamor, fueron las circunstancias de los contratos, actuaciones por todos los países y ese alterne obligado y no siempre deseado del que se debe al público, a los compromisos profesionales y los actos y promociones de una profesión que si no tiene la debida proyección, tiene el riesgo de cortar su trayectoria y pasar al olvido o como máximo, al efímero recuerdo de la evocación en alguna reunión de nostálgicos. Dentro de su inconfundible estilo, se nota ya la presencia e influencia de esa nueva y magnífica mujer que ha roto definitivamente con sus obligadas soledades y nostalgias. Y también, la maravillosa presencia de esos cuatro diablillos que seguro estoy le harán no recordar con excesiva frecuencia algunos detalles y celos profesionales del que si no llevara su apellido y le hubieran permitido alternar sin problemas en los ambientes adecuados, gracias a la fama de papá, a lo mejor no habría alcanzado el éxito con tanta rapidez y facilidad. Posiblemente, lo hubiera logrado años más tarde y tener que someterse a otras pruebas, ya que es un terreno donde hay que ir con pie de plomo, si no quiere darse el patinazo antes de llegar a la meta. Algunos se creen con méritos propios para subir hasta las estrellas y superar sus destellos, sin querer reconocer que han tenido las espaldas bien guardadas y gracias a ello ver como se le abrían las inaccesibles puertas de representantes, editoras de discos y programadores de actuaciones con suma facilidad. Sólo mencionar su nombre y procedencia era motivo más que suficiente para que les extendieran las alfombras rojas de la fama. Lo siento, no me vengan con gaitas y tejemanejes, soy un fan de Julio Iglesias y no me avergüenza reconocerlo. Respeto al que opine lo contrario.
Julio Iglesias, el gallego universal
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