miércoles, mayo 10, 2006

Odium ideologicum a Aznar (II)

EL ODIUM IDEOLOGICUM A AZNAR (II)
por Enrique de Diego
La ruptura de la tradición estatista
Nada que objetar a la definición intelectual que da de sí mismo: “siempre he sido un liberal, y sigo siéndolo. Un liberal conservador, pero sustancialmente un liberal” José María Aznar, Ocho años de gobierno, p. 11. No es cuestión de perderse en esencialismos, ni en reivindicar ortodoxias, ni en cuestionar, como híbrido, el liberalconservadurismo. No puede, por menos, que reconocérsele a Aznar haber sido el presidente que ha roto la tradición española por excelencia: el intervencionismo. Uno de los precursores de la planificación es un hispano de los tiempos medios: Alfonso X el Sabio. Cánovas y Sagasta eran intervencionistas. Cánovas se pavoneaba de no haberse contado nunca entre los partidarios de “la moda del librecambio”. Canalejas era intervencionista. Miguel de Unamuno entendía que liberalismo y estatalización de la enseñanza eran sinónimos. Joaquín Costa veía en el Estado la solución al atraso patrio. El franquismo fue estatista –salvo el Plan de Estabilización de 1959, de Alberto Ullastres- y tanto la UCD como el felipismo fueron continuistas del esquema económico mental del franquismo. Partidarios del paternalismo de Estado. Desde los doceañistas y Jovellanos, no hay hasta Joaquín Garrigues Walker un político en España que propugne menos Estado y más sociedad. Y hasta Aznar no hay nadie que lo lleve a la práctica. “No creo que el mundo definido por el liberalismo sea un mundo perfecto, pero no sé si será posible uno mejor. Ninguno de los que se han ensayado y de los que hemos podido conocer lo ha conseguido. En cualquier caso, las sociedades libres, tal como las concibe el liberalismo, me parecen las mejores sociedades. Siempre preferiré vivir en una sociedad liberal, y en un mundo regido por la libertad, que no en otro regido por principios que coarten arbitrariamente la libertad” (José María Aznar, Ocho años de gobierno, p. 11).
Sin embargo, reconocido el mérito, ciertamente histórico, Aznar es también hay un político que hace reformas dentro del sistema, reduciendo el liberalismo a límites inapropiados. No ha conseguido desembarazarse del consenso socialdemócrata en puntos básicos. “El Estado moderno tiene que asegurar un determinado grado de bienestar y de oportunidades para todos: entre otros deberes, tiene que garantizar el acceso a la Sanidad, el pago de las pensiones, una educación de calidad. Pero no tiene que entrometerse en la libertad de la gente, porque no puede sustituir la responsabilidad individual de cada uno sobre sus propios actos” Ibídem, p. 124. La reflexión es contradictoria. El Estado no hace otra cosa que entrometerse obligando a los ciudadanos a contratar su salud o su jubilación con un sistema estatal ineficiente o a ser penalizado por una doble imposición si, libremente, opta por la enseñanza privada para educar a sus hijos. Ni la sanidad, ni la enseñanza son excepciones a las normas generales válidas de la acción humana para el resto de sectores económicos. Si la liberalización del tráfico aéreo o las telecomunicaciones ha ofrecido beneficios palpables para los consumidores, mucho mayores serían si se permitiera a los ciudadanos ejercer su libertad y asumir su responsabilidad en aspectos mucho más decisivos de su vida. En ese sentido, Aznar, en su vis más conservadora, no hace otra cosa que legitimar el intervencionismo de la izquierda y el mantenimiento del humus estatista imprescindible para el sostenimiento de los nuevos clérigos. Ya hemos visto, como en materia de cultura, el PP tuvo mucho cuidado de mantener el flujo de maná a costa del contribuyente.
El mal con ausencia de todo bien
La cuestión es que la izquierda no ha criticado a Aznar, lo ha odiado. El odio es un sentimiento irracional. Esa parte de crítica común, no ha sido más que la excusa o el revestimiento de la diabolización: la consideración de Aznar como el mal con ausencia de todo bien. Es ese odio el que merece un detenido análisis. ¿Por qué la izquierda ha odiado tanto a Aznar, hasta identificarle como un ‘asesino’, con las ‘manos manchadas de sangre’, ‘culpable’ de la masacre de Atocha? ¿Por qué la izquierda, instalada ya en el poder, alimenta de continuo ese odio?
La izquierda -al margen de la engañifa del talante, para el que precisaba el contraste de la caricatura grotesca de Aznar- está preparada para odiar. El marxismo, en el que se ha formado, era una ideología con insondables reservas de odio. Lo que la izquierda precisa es canalizar sus torrenteras de resentimiento y en Aznar ha encontrado un objetivo claro. Una primera respuesta se mueve en el rencor, el nivel más bajo de ese sentimiento insano. Rencor hacia quien ha vencido a la izquierda en dos contiendas electorales y la ha mantenido durante un interregno de ocho años alejada del poder, en la intemperie de la oposición. Ese rencor es muy acusado en Felipe González, quien siempre subestimó a Aznar –le parecía ridículo imaginar su imagen junto a Helmut Kohl. La izquierda nunca le ha perdonado su denuncia de la corrupción y del terrorismo de Estado. Ese rencor se prolonga en el revanchismo, seña de identidad definitoria del retorno socialista al poder. Va más allá de la disputa democrática y hunde sus raíces en la trastienda antidemocrática de la izquierda, de su visión patrimonialista del poder, de la convicción, tan infundada como profunda, de que la derecha está ilegitimada para gobernar en democracia, pues ello representa un riesgo de retorno al franquismo. Es ese retorno instintivo al guerracivilismo. El mismo gesto de Zapatero de homenaje a su abuelo fusilado, que sería considerado obsceno si se recordaran las sacas de Paracuellos, las chekas o los ‘paseos’. La mitología victimista –y la mala conciencia de tantos franquistas reconvertidos en líderes morales de la izquierda- permitió a ésta considerarse legitimada para intentar derribar -desde la calle y la algarada- al gobierno durante la campaña del ‘No a la guerra’ y con el golpismo residual del 13 de marzo. ¡El odio a Aznar sería el de los vencidos hacia los vencedores de la guerra civil!
En cuanto a las críticas expuestas a su personalismo, no se puede dejar de considerar que Aznar resistió a las tentaciones mefistofélicas del poder cumpliendo su compromiso de abandonarlo, en pleno apogeo, tras dos legislaturas. Hecho tan inusual, y meritorio, que durante tiempo fue tenido por artimaña y puesto bajo sospecha, por si se volvería atrás. Ese gesto, lejos de haber reducido el odio, lo ha retroalimentado. Una muestra más de su irracionalidad. En la consigna de los SMS del 13 de marzo no se hablaba de Rajoy, sino de “Aznar de rositas”. Que Aznar fue derrotado el 14 de marzo, a pesar del hecho notorio de no presentarse, ha sido obsesivo en la izquierda. La izquierda no le perdona ni le perdonará que se hurtara a la derrota, si bien Aznar no era un candidato invicto, pues antes de acceder a La Moncloa fue vencido en dos citas electorales.
Con el estilo que ya se ha hecho marca del Grupo Prisa, el 22 de julio de 2004, la cadena SER colgaba en su página web la siguiente falsa noticia: “Aznar pagó con dinero público a un lobby de Washington para conseguir la medalla del Congreso de EEUU”. El titular es todo un ejemplo de manipulación. Todo vale en el intento de demolición. Aznar no habría conseguido tal medalla “por ser un aliado firme e incondicional de Estados Unidos y por su apoyo a la guerra contra el terrorismo”, sino porque la había comprado, con fondos públicos. A pesar del tufo a filtración interesada en estado puro, los socialistas se hicieron de nuevas. Como en el caso del inventado kamikaze de los trenes de la muerte, estamos ante un uso alternativo de la información. ¿Existe demostración mayor de la impostura de la cadena SER, que la continuidad del contrato bajo el gobierno Zapatero, con certeza indudable, el filtrador de la noticia? Este episodio no se entiende sin la convicción de que el periodismo ha muerto o una cierta concepción de él, en el que todavía era posible la deontología. El Grupo de los nuevos clérigos por excelencia le dio un golpe de muerte entre el 11 y el 14 de marzo. El periodismo, en el que los hechos pretendían cuanto menos ser sagrados, ha caído bajo la moral relativista de la secta, esa mezcla de sublimaciones e intereses, la falta de escrúpulos y límites, en la que los periodistas son meros peones. Los libros de estilo han sido sustituidos por listados tácitos de amigos-enemigos de la empresa, en la línea de la dialéctica política establecida por el jurista Carl Smichdt, uno de los ideólogos del nazismo.
En materia de escándalos, los socialistas tienen amnesia galopante. Los lobbys en Estados Unidos son perfectamente legales y están regulados. Pagan IVA, al contrario que Filesa, el gran lobby generado por Ferraz. Cuenta Julio Feo que, en 1983, “para la visita a USA, habíamos contratado los servicios de la empresa de comunicación, relaciones públicas y relaciones gubernamentales, Haley, Kiss and Dowd. En Exteriores y en la embajada este comportamiento heterodoxo sentó muy mal, pero yo, que sin ninguna falsa modestia, presumo de conocer muy bien USA, sabía que era la única forma de asegurar el éxito de la visita” (Julio Feo, Aquellos años, Ediciones B, Barcelona, 1993, p. 295)El asesor áulico de Felipe González no escatima elogios al trabajo del lobby. Así, “el presidente dio una cena en la embajada. En la confección de la lista de invitados colaboró Kiss con la embajada. El ‘todo Washington’ estuvo presente y fue un gran éxito”. Felipe González mantuvo entrevistas con Ronald Reagan, el vicepresidente Bush y Alexander Haig, gestiones todas ellas en la que colaboró activamente el lobby. La lección, para Julio Feo, no puede ser más clara: es conveniente contar con la colaboración de un lobby para defender los intereses de España en el escenario político norteamericano. “La cobertura en medios norteamericanos del viaje del presidente fue excepcional. El trabajo de Haley, Kiss and Dowd, magnífico. Desgraciadamente no tuvo continuidad, pues, como ya he explicado, fue imposible convencer al servicio exterior español de la necesidad del servicio de una empresa así, apoyo con el que cuentan países como Alemania o Japón sin ningún rubor” (Ibídem, p. 302.)
¿Por qué es creíble la insidia subliminal que sitúa a Aznar como el político de una república –o monarquía- bananera a la búsqueda de alimentar su ego a golpe de talonario? Unos meses antes la periodista Virginia Drake realizó una entrevista al “segundo” corresponsal de TVE en Estados Unidos. No se trata de una persona sospechosa de fervor aznarista. El título, de hecho, no era condescendiente para el PP, entonces en el poder: “los informativos de TVE están controlados desde el poder”. Lorenzo Milá, el entrevistado, fue el primer contactado por Zapatero a su llegada a La Moncloa para ofrecerle la dirección de informativos de TVE. Pues bien, en la entrevista la periodista le pregunta si “¿en Estados Unidos ven a Aznar más alto, más sonriente y más guapo de lo que resulta en España?” He aquí la respuesta: “Es impresionante. Aznar aquí es recibido con todos los honores allá donde va. Es una cosa espectacular, realmente sorprendente”. Virginia Drake insiste reticente: “¿pese a que hay un porcentaje muy alto de americanos en contra de la guerra de Iraq?”. Lorenzo Milá responde: “sí, pero aquí la gente se ha sentido muy aislada en la ONU y valora el apoyo de Aznar. Llama la atención como su relación con Bush ha cambiado la percepción que los americanos tenían de España”. O sea, que es Aznar quien hace mejorar la imagen de España en Estados Unidos. Lejos de ser un político desconocido, al que habría de promocionar un lobby, es un dirigente respetado, recibido con los brazos abiertos y en olor de multitudes, al que la medalla del Congreso le terminará llegando con un sentido claro de agradecimiento. Dos millones de dólares no parece suma suficiente para comprar las voluntades de los congresistas, ni la concesión de la medalla a un presidente del Gobierno deja de estar relacionada con “los intereses de España”, mucho más allá del bufonesco episodio interno del laureado Bono. Cuando José Luis Rodríguez Zapatero, como estricto meritorio, buscó ‘robar’ una foto junto a George Bush en la reunión de la OTAN en Estambul y permanecer unos minutos –dicen que siete- junto a él, mediante el recurso de llamarle la atención –‘¿qué tal estás, George?’-, la ‘foto de las Azores’ no sólo adquiere toda su dimensión histórica, también es el recuerdo de una dignidad perdida.No, el rencor no explica la persecución a Aznar después de abandonar el poder. La paranoia antiAznar pertenece al mundo del odium ideologicum, responde a estrictos resortes de secta. Rompiendo con la tradición intervencionista, poniendo en práctica las fórmulas liberales en el terreno económico, Aznar ha demostrado la superioridad intelectual y ética del liberalismo sobre el socialismo. Ha puesto en evidencia la mentira profunda en que se sustenta el socialismo. Eso es imperdonable.

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