EL ODIUM IDEOLOGICUM A AZNAR (I)
por Enrique de Diego
España
Reproducimos aquí un capítulo del próximo libro del brillante periodista y ensayista liberal Enrique de Diego
Problema teológico fundamental es dar explicación a la existencia del mal. Las sectas gnósticas han dado una respuesta dualista: dos principios del bien y del mal. El marxismo era un gnosticismo radical. La dialéctica proletarios y capitalistas, opresores y oprimidos- se movía dentro de esas pautas. El revestimiento cientificista introducía un elemento apocalíptico en su tosco irracionalismo. Era abrumadoramente dogmático: la realidad debía de continuo adecuarse a la plantilla ideológica. Contenía una carga inagotable de diabolización, pues satanizaba a colectivos completos, como capitalistas y burgueses. También mencheviques y anarquistas y cuantos, declarados herejes, se opusieran al avance del bien, de la revolución. En muchos sentidos, era un movimiento conservador, que idealizaba un mundo pasado al que, mediante artera estrategia finalista, heredada de Hegel, proyectaba como ideal al futuro.
Sin tener en cuenta que la izquierda sigue siendo deuda del marxismo en el que se formó no se entienden sus pautas de comportamiento político. La izquierda sigue siendo gnóstica, continúa considerándose más que una parte del espectro político. Derrumbados los dogmas aprendidos en su tierna infancia, ha desarrollado, como en las sectas más refractarias, un curioso proceso, según el cual, en el principio las ideas eran el bien siendo los hombres, con las desviaciones de su conducta, quienes se desviaban mediante errores prácticos. Sólo así podían darse continuos rodeos ante los desastres y los genocidios provocados. Ese tipo de proceso llevaba a considerar a Stalin trágica desviación, manteniendo incólume el legado de Lenin que, sin embargo, fue el gran artífice del terror rojo.
Ahora, es la izquierda como colectivo la que encarna la verdad, lo bueno y lo bello, si bien estos han pasado a ser cambiantes, a medida que se ve precisada a evolucionar soltando lastre ideológico, sin cuestionar nunca el dogma fundamental: es al Estado, a los políticos y a los funcionarios a quienes corresponde resolver los problemas humanos y obtener la felicidad para los individuos. Ese totalitarismo light incomprensión y constante sospecha respecto a la libertad personal- permanece íntimamente ligado al discurso y a la práctica política de la izquierda, y no es baladí que la de trayectoria más democrática el PSOE en la mayor parte de su historia consideró a la democracia mero instrumento para llegar al partido único- ha recibido, con alborozo, continuos aportes del comunismo a la casa común, recibidos con el alborozo evangélico hacia el retorno del hijo pródigo, detentador de las esencias. El aparato ideológico del PSOE ha estado controlado habitualmente por excomunistas.
Entre las constantes que dan un mismo aire de familia a la vieja y a la nueva izquierda está la extraordinaria capacidad para anatemizar y diabolizar. Pues como gnósticos no se creen capaces más que del bien, en nombre de sus elevadas buenas intenciones, perciben el mal absoluto en sus adversarios. El gnosticismo siempre tuvo aversión a la libertad personal y tendió al determinismo. Dos constantes cuyas huellas son nítidamente perceptibles en el íter gauchiste. Hay sobresaliente maestría en la izquierda donde, como hemos visto, el pensamiento es de continuo arrumbado por la consigna- para diabolizar, necesidad perentoria. Diabolizaciones colectivas la identificación de la derecha con el fascismo, que fue una herejía de izquierdas- y personales, como el odio a Aznar, en nombre del cual la izquierda se consideró liberada para asaltar sedes del Partido Popular tras las manifestaciones del No a la guerra esperpéntico ver a los comunistas liderando el pacifismo- y para acosarlas durante la jornada de reflexión. Ese odio a Aznar, tan intenso y manifiesto en las predicas de los nuevos clérigos, se proyecta en el ejercicio del poder, como la búsqueda de una nueva legitimidad. Proceso bien curioso. Sin la consideración de ese transfondo marxista de la izquierda, de sus sillares totalitarios, no es posible entenderlo.
Crítica y diabolización
Porque no se trata de la crítica, como se entiende normalmente. No resulta difícil hacerla de Aznar ni en lo personal, ni en lo político, porque, además, es consustancial a la democracia. No es un hombre simpático. Como muchos hombres públicos, es tímido. En su caso, no ha conseguido disimularlo, porque ni tan siquiera ha llegado a intentarlo. Es de fácil caricatura. En su autorretrato hay un punto de ironía: yo soy un carácter extrovertido... de puertas para adentro. Quiero decir, en mi casa. No siendo así, tiendo más bien a la sequedad, no a la sequedad desde el punto de vista personal, o en las relaciones políticas, sino a una cierta sequedad en la expresión. Que le vamos a hacer, soy así. Es un poco como le decía Fernando de los Ríos a Azaña: pero no sea usted tan sequerón, don Manuel. Con esa forma de ser y el ejercicio del Gobieno, se ha ido creando una imagen de mí que combina autoritarismo con prepotencia (José María Aznar, Ocho años de gobierno, una visión personal de España, Editorial Planeta, Barcelona, 2004, p. 46).
No han sido ni Aznar ni su entorno monclovita una traslación del mito artúrico. Su principal error fue no proceder a la profunda reforma de la ley electoral y el modelo de partidos. Nuestro sistema de listas cerradas y fuerzas políticas jerarquizadas resulta cómodo para el líder, mas, al tiempo, le somete a tentaciones sobreañadidas. El síndrome de La Moncloa no es un maleficio provocado por fantasmas y psicometrías existentes en las paredes del Palacio presidencial. Es el producto del servilismo y la adulación que provoca la falta de autonomía personal de los cargos políticos y la fontanería. La dependencia del jefe reduce la libertad de criterio. En el marco de una democracia, Aznar tuvo en el interior de su partido los poderes de un autócrata, rodeado de una auténtica guardia pretoriana (Ver Enrique de Diego, Pretorianos, Ediciones Martínez Roca, 3ª edición, Madrid, 2004)El hecho de haber llevado a su partido de la oposición al Gobierno le rodeó de un halo heroico, adobado por el lógico agradecimiento de su hueste. Durante años, a Aznar, dentro del PP y de los límites de Moncloa, nadie le llevó la contraria, ni desarrolló la autocrítica necesaria para el contraste de las ideas. El Aznar distante no pertenece a la mitología, sino a la realidad. Le retrata la anécdota de Jesús Posada, uno de los políticos de mejor humor, quien siendo ministro, viendo pasar a Aznar, con la mirada perdida, por los pasillos del Congreso, inquiría con sorna a otro miembro del gabinete: ¿tú crees que nos conoce?.
En sus reflexiones sobre el liderazgo parece percibirse que ha sentido como pocos la soledad del poder. Producto de una concepción en exceso personalista. El ejercicio auténtico del liderazgo dice- es el que combina convicciones fuertes con capacidad de decisión. Sin embargo, el liderazgo democrático no se entiende si no es emanación de procesos colectivos, complejos y abiertos, que generan consensos. Los modelos de Aznar han sido Azaña y Churchill. Azaña es la soledad, mas Churchill tuvo a la nación detrás, sólo cuando fue inevitable, cuando el pactismo de Chamberlain se mostró como callejón sin salida, suicidio colectivo.
Una vez en el Gobierno, comprobé hasta qué punto es un asunto que requiere una capacidad de resistencia muy fuerte, y que tiene que fundamentarse en convicciones morales y políticas de un calado muy profundo (Op. cit., p. 45). Es obvio que se refiere al principal problema de nuestro tiempo: el terrorismo, cuestión en la que los gobiernos de Aznar han destacado por su firmeza y por la elaboración de toda una doctrina contraria a la cesión. Sin embargo, en la segunda legislatura se percibe una reducción del debate y la pedagogía de las ideas. Aquí, primero se toman las decisiones y luego se explican, me comentó uno de sus colaboradores más cercanos en plena vorágine del respaldo a George Bush en la cuestión de Iraq. Mala práctica. Toma de decisiones en exceso personalizada. No es, propiamente, error personal, sino efecto perverso del modelo, que transmite una imagen caudillista. Para Aznar, no es muy difícil distinguir un liderazgo de verdad de un liderazgo de cartón piedra. Las sociedades modernas fomentan liderazgos artificiales. Hay gente que llega a creerse que tiene madera de líder y no es así. Eso ocurre cuando se confunde el liderazgo con la imagen. Por eso, en general, en las sociedades modernas faltan líderes con convicciones (Ibídem, p. 97)No resulta difícil percibir en quién está pensando para su descripción: José Luis Rodríguez Zapatero. Sí que he echado de menos a un Sagasta (Ibídem, p. 97), se duele Aznar, y hay en ello proyección del turnismo canovista. Puesto por pasiva, el proceso sucesorio representó ventajas adicionales, en términos de competencia política, para el líder del PSOE, pues durante tiempo fue señalado por Aznar como interlocutor válido para las cuestiones de Estado. Además, la tardanza en el nombramiento de heredero restó incentivos para proceder a la confrontación con el adversario.
Hay en Aznar una preocupación, acentuada con el tiempo, por su propia proyección histórica, que obligaba a su partido a asumir decisiones que no habían sido debatidas ni explicadas. Ello no empece para el acierto de fondo de muchas de ellas, incluso de las fundamentales, bien orientadas respecto a la causa de la libertad. Su visión de la lucha internacional contra el terrorismo es sumamente correcta, como lo es la necesidad de un reforzamiento del vínculo trasatlántico, sin quedar atrapados en gaullismos trasnochados. Como se ha dicho con anterioridad, Aznar se sentía a gusto en el modelo de políticos profesionales en que había sido formado, lo que vaciaba de contenido la retórica regeneracionista, dando alas a la acusación de inmovilismo de sus adversarios. No percibió que los nacionalismos ofrecen un dinamismo, alocado, disolvente y reaccionario, ante el que es preciso ofrecer una profundización dinámica en la sociedad abierta. En ese sentido, su liberalismo siempre fue parcial. Mantuvo la permanencia del proyecto nacional, con una España fuerte, prestigiada en el concierto internacional, y la vigencia de la Constitución de 1978, algo que no le perdonará nunca la coalición de PSOE y partidos nacionalistas. El Gobierno actual de fuerzas antisistema y de la no España.
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