miércoles, mayo 10, 2006

Menos mal que nos queda la Alameda

jueves 11 de mayo de 2006
DEMETRIO PELÁEZ CASAL
AILOLAILO
Menos mal que nos queda la Alameda
Vale que el rollo de tener hijos no está de moda, y vale también que la mayoría de las parejas se conforman con tener un único churumbel, el Luisito o la Maripuri de turno, por lo que el problema típico de qué puñetas hacer con los pequeños monstruitos durante los fines de semana afecta cada vez a menos personas. Sin embargo, en Santiago todavía debemos ser unos cuantos miles los pringaos que nos encontramos cada sábado con el mismo dilema. ¿Vamos a la Alameda y arreamos unas collejas a los patos del estanque? ¿Llevamos a Pepito a montar en bicicleta a la plaza Roja mientras Laurita se da cabezazos con las columnas de las marquesinas surfianas? ¿Montamos un botellón infantil con cacaolat en el parque de Ramírez? ¿Subimos al Pedroso o mandamos el senderismo directamente a tomar por saco? Todo es, llegado el fin de semana, un sinvivir, y si para colmo llueve, entonces ya sólo te queda como opción tragarte a Bambi por enésima vez o acordarte de la madre que parió a los pokemones.
Santiago es, decididamente, una ciudad desesperante para las familias tradicionales -ahora se llaman así, ¿no?- y francamente aburrida, con muchos museos turísticos y muy pocas instalaciones públicas que cumplan la misión, en plan barateiro, de sociedades como el Aeroclub.
Varios barrios se ha llenado, sí, de parques desangelados -ahora la moda es hacerlos sin bancos- y de centros socioculturales que nadie sabe para lo que sirven, pero faltan canchas de deporte gratuitas donde se pueda hacer algo más que jugar al fútbol, sitios donde poder patinar o echar un frontón, clubes baratos donde los padres puedan tomar una cervecita mientras los cafres de sus hijos se desbravan sin peligro, pistas de tenis, alguna piscina climatizada que no sirva sólo para dar clases de natación e incluso un laguito artificial donde poder alquilar una barca de remos cuando la primavera invita a salir a merendar fuera de casa, por british que pueda parecer el plan. La imaginación, desde luego, no ha llegado a un poder sólo preocupado de poner en marcha proyectos faraónicos de escasa utilidad social, y así nos luce el pelo. Porque luego arresulta que nuestros gobernantes ni siquiera tienen siete míseros millones de pesetas para arreglar las destrozadas pistas de tenis del campus, que manda huevos la cosa. Lo dicho, menos mal que nos queda la Alameda.

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