jueves, mayo 24, 2007

Lo que esta en juego en estas elecciones

viernes 25 de mayo de 2007
Lo que está en juego en estas elecciones

CHEMA BARROSO Zapatero y Rajoy suben las escaleras de La Moncloa
MADRID. «Para el presidente -asegura un dirigente socialista- estas elecciones locales y autonómicas son menos importantes que para Rajoy». Le interesarían más, según esta versión, los pactos políticos generales que aseguren la continuidad de su Gobierno y las elecciones generales, en las que consideraría que la disputa dialéctica le resulta más fácil. Asimismo, añade esta fuente, «no va a haber muchas variaciones en los equipos de gobierno municipales y autonómicos y, en los casos en los que ahora hay duda, el problema es más bien del PP, es decir, si va a lograr o no las mayorías necesarias para mantenerse en el poder. Para nosotros, desde luego, no son unas primarias».
«Fue un error hablar de primarias -dice un diputado popular-, porque las primarias tienen un carácter interno, como si las elecciones locales y sus resultados fueran a determinar el programa del PP y los rostros que lo representen en las elecciones de 2008». Hace unos días, en Vigo, Mariano Rajoy dijo lo mismo: «Esto no son unas primarias de las generales». Tenía sentido, en el marco de la estrategia del PP, porque acababa de ser presentado como «el próximo presidente del Gobierno». El diputado, sin duda entre los más fieles al presidente del partido conservador, reconoce que este domingo se juegan «algunos asuntos muy sensibles, especialmente Navarra», aunque quiere ver las elecciones como una «gran encuesta de tendencias» (en la que se jugaría más Zapatero que el PP) y no como «un dato definitivo para el futuro».
Se diría que, en ciertos sectores de los dos grandes partidos, se quiere quitar importancia a las elecciones del domingo, al menos en estas jornadas inmediatamente anteriores en las que las encuestas siguen dando un «empate técnico» en la intención de voto de los españoles. Si las cosas salen bien para alguno de ellos, adquirirán -ya estamos acostumbrados- una importancia definitiva; si no es así, nada impide que la situación se recomponga en los meses que quedan hasta las próximas generales.
Alta participación
Pero, independientemente de que haya quienes quieran poner las vendas antes de la herida, las elecciones del domingo pueden tener un efecto fundamental en el curso de las estrategias políticas de los próximos meses. La estrategia del PSOE, sobre todo en este último tramo de la campaña, se ha basado en confiar en que una alta participación le resulta conveniente. Ocurrió así en las municipales de 2003, en las que los socialistas superaron a los populares en aproximadamente 100.000 votos cuando la participación se había elevado, respecto a las anteriores, del 64% a casi el 69%. Y volvió a ocurrir en las generales que llevaron a Rodríguez Zapatero a La Moncloa en 2004: no fue excesiva la pérdida de votos del PP pero si notable el aumento de los del PSOE con un incremento de la participación del 68,7% del 2000 (mayoría absoluta de Aznar) al 75,6% del electorado.
La constatación socialista no es neutra. En las dos ocasiones citadas la participación aumenta (y favorece al PSOE) porque «despiertan» los votantes contra el PP que, en circunstancias más calmosas, no se sienten entusiasmados por el PSOE. Recordemos, en el periodo señalado, la guerra de Irak, el «Prestige», el 11-M, etc. Seguramente por ello la estrategia electoral en busca de una mayor participación incluye la demonización del PP como suma de todos los males (el franquismo, el inmovilismo, la guerra, las desigualdades, etc.) y la llamada a un voto «contra esa formación». Ayer mismo, el presidente del Gobierno hacía un llamamiento al voto «masivo» de los «ofendidos», no a favor de un proyecto ilusionante, sino contra la «crispación» del PP. Un error dialéctico del ex presidente Aznar (que no habló de «Guerra Civil» pero sí de una circunstancia «que nos condujo a lo peor de nuestra historia hace setenta años») ha acelerado esa maquinaria, sin que importe que las referencias a una situación «pre-bélica» o «bélica» hayan sido en estos meses patrimonio del PSOE y de algunos de sus medios afines.
Si la constatación socialista no es neutra, el resultado de las municipales (sobre todo, el cómputo total de votos) tampoco debería serlo y servirá para ver qué eficacia sigue teniendo esa estrategia. El propio Aznar, al ganar por mayoría absoluta las elecciones de 2000, hizo alusión a una guerra civil por fin cancelada, es decir, al final de las resistencias a votar masivamente a la derecha desquitándose de los complejos y efectos del franquismo. Era una exageración verbal, como se ha visto después, pero, sin sobreactuaciones, veremos el domingo (insisto, con todo lo que en torno al franquismo, la guerra civil, la «memoria histórica» y la exclusión del PP) si la actitud socialista sigue rentando electoralmente. Por cierto, Felipe González no necesitó esta estrategia aunque ahora, de modo bastante impostado, diga que quiere contarnos toda la verdad sobre la derecha y que no le dejan.
Para el PP no son menos importantes, aunque no deseen que se vean como unas primarias. En primer lugar, son importantes para Rajoy como líder del partido. Sus dificultades no han sido pocas, incluso desde el punto de vista psicológico: a la sucesión de Aznar, y de un partido hecho a su imagen y semejanza, ha tenido que unir la dureza de una oposición que, al parecer, no esperaba, con lo que supone de crisis en una organización de la naturaleza del PP. Y, además, da la impresión demasiado a menudo que algunos de los líderes conservadores que le rodean -una expresión que a veces es reveladora- están pendientes, no ya de sucederle, sino de sustituirle. No son primarias, es cierto, pero tampoco le vendría mal reafirmar su liderazgo y enfrentar con seguridad, no ya las próximas generales, sino el congreso de su partido.
Tiene el inmediato reto de superar aquellos 100.000 votos de diferencia de 2003 o, mejor, de dar la vuelta al resultado para que sea el PP el que lleve esa delantera. Pero las elecciones también podrían ser un test para el tono del partido conservador en los próximos meses. Buena parte de sus problemas han estado en el hecho de no haber encontrado el tono adecuado de la oposición, a diferencia, por ejemplo, de la «ruptura tranquila» de Sarkozy. El domingo podrá verse el resultado que obtienen los moderados y los exaltados. No serán las diferencias muy grandes, pero quizá si significativas. Y podría, a la luz de ese próximo congreso, iluminar un camino en el que el diagnóstico de los problemas debe dar paso a la explicación de las soluciones.

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