Extintor para hoguera de vanidades
VALENTÍ PUIG
Jueves, 09-10-08
EL panorama depresivo de la economía va asemejándose a una orquesta en la que los músicos tocan partituras del todo distintas y contradictorias. La cacofonía resultante es hasta tal punto abrumadora que operaciones concertadas globalmente como la reducción de tipos de interés de ayer o bien parecen caer en el vacío o tardan en inyectar confianza en un momento en el que el dinero corre por internet a la velocidad de la luz y uno puede operar en la Bolsa siguiendo sus sobresaltos a cada instante de las veinticuatro horas, «non stop». Casi nadie va a quedarse sin recibir algún impacto -directo o colateral- de una crisis que lastra los inicios de un siglo sorprendente. No existe una receta específica contra el pánico. Estamos en un territorio en el que, tanto por exceso de información como por carencia de precedentes, toda pisada es incierta porque la alta tecnología y factores como la movilidad de los capitales han prohijado factores desconocidos. En gran manera, las soluciones consistirán en improvisar bien. Martin Wolf, oráculo de sensatez para las dinámicas del capitalismo global, ayer rectificaba apreciaciones previas abogando por una inmediata operación que insufle confianza para que los bancos se presten unos a otros o, en caso contrario, actúen los bancos centrales de forma amplia, con el préstamo de dinero a instituciones cuyo hundimiento, por la naturaleza del sistema, no se puede permitir. A pesar de todo, lo que Martin Wolf decía ayer aún vale para hoy: el miedo que colapsa ahora los mercados financieros es tan exagerado como la codicia que propulsaba un comportamiento del todo opuesto hace muy poco.
El conjunto de lo que está ocurriendo configura una prueba de fuego para el orden económico mundial y una insospechada traslación de los flujos de la economía global. En cuanto a la actuación coordinada y global de los bancos centrales, no es como para minusvalorarla. Tras la hoguera de las vanidades no hay por qué regresar a la presunción reactiva de encender el fuego con un pedernal. Ese sistema económico ha aportado crecimiento y prosperidad para cientos de millones y volverá a hacerlo. Inducir el miedo a convertirse en alergia a las nuevas formas del sistema de mercado sería ahora la peor política, como achacarlo todo a los Estados Unidos. Aparte de unos ejecutivos que van demasiado a su aire, la economía de casi toda la especie humana consiste en trabajar, ahorrar y prosperar, en España, en Vietnam y en California. Como siempre, a veces nuestra naturaleza se deja llevar por promesas de rentabilidad desorbitada sin atender a los riesgos: mientras haya gente propicia a ser estafada, habrá estafadores. Eso son las «subprime» y otros productos financieros que atraen la credulidad y el afán de un beneficio irreal. Pero la economía de mercado se rige por normas jurídicas y morales, en el marco del Estado de Derecho. No es que hayamos sometido la sociedad a la economía; es que la economía nos ha venido permitiendo vivir mejor en sociedad.
En «La hoguera de las vanidades», Tom Wolfe agitó la coctelera para que viésemos cómo el choque económico entre lo real y lo virtual banalizaba la vida de sus personajes. Aquella era la era dorada del «broker», cuya configuración mental no percibía nada más allá del ajetreo vital a cierre de los mercados en el bar del Waldorf, donde la cinta sinfín de las cotizaciones narra en el lenguaje verde y rojo de alza y baja las aventuras de Arthur Gordon Pym en el remolino de la autodestrucción. Es ciertamente funesto que ahora la psicología del pánico y los repliegues de los excesos financieros alcancen de forma tóxica las economías domésticas con paro, inflación y desconfianza. Añaden alarma el carácter global del derretimiento financiero y la costumbre cada vez más extendida de vivir por encima de nuestras posibilidades. Aplíquese bien el extintor para apagar la hoguera de las vanidades. Para eso hay tribunales y cárceles. Pero lo fundamental es que el liderato de gobernantes e instituciones públicas aseguren el paso de la nave más allá de los arrecifes. La buena gente pide estabilidad, ver alejarse prontamente tanta volatilidad. Al final, de lo que se trata es de ir a comprar el pan y acompañar a los niños a la escuela.
vpuig@abc.es
http://www.abc.es/20081009/opinion-firmas/extintor-para-hoguera-vanidades-20081009.html
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