jueves 26 de julio de 2007
Cuadernos de campaña
POR FERNANDO FERNÁNDEZ
HACIENDA hizo ayer público un superávit del Estado de 6.075 millones hasta junio que aumenta espectacularmente respecto al mismo período de 2006. Quizás por eso el presidente del Gobierno se ha sentido capacitado para gastar de un plumazo más de una cuarta parte en el famoso cheque bebé. Un exceso electoral que cobra toda su magnitud si pensamos que la ley de Dependencia, el cuarto pilar del Estado de Bienestar como se define ampulosamente desde el poder, apenas supone una sexta parte de lo que nos vamos a gastar en subsidiar la natalidad. También es relevante la comparación del superávit con el dato publicado por Funcas que fija en 5.895 millones el exceso de recaudación fiscal provocado por la inflación en esta legislatura. Si por simplicidad hacemos una distribución lineal, casi una cuarta parte del superávit se debe precisamente a la inflación, a pesar de que el Gobierno repite machaconamente que ha deflactado las tarifas impositivas para evitar ese impuesto silente e indoloro.
Las cuentas públicas son aceptables. Hay que decir en descargo de Hacienda que ése es su principal activo, aunque no sirva para diferenciarse de la competencia, porque ese atributo lo ha monopolizado el PP. Pero son insuficientes, porque son el resultado de un ciclo extraordinariamente alcista que ha permitido un crecimiento de los ingresos del 12.4% a la vez que los pagos aumentaban al 7% y los gastos de personal al 6,6%, más o menos lo que nos han subido el sueldo a usted y a mí. El propio secretario de Estado reconocía que la ejecución presupuestaria está yendo por encima de lo previsto. Dicho para que se entienda, el Estado está aprovechando la imprevista bonanza del primer semestre para preparar las elecciones a golpe de gasto. Dirán que lo han hecho antes todos los gobiernos, y probablemente estén en lo cierto. Pero eso no le quita responsabilidad a un equipo que modificó la ley de estabilidad porque era demasiado permisiva en los momentos buenos e imponía una rigidez contraproducente en los malos. Si el Gobierno cumpliera sus promesas electorales, el superávit tendría que ser el doble del registrado.
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