sabado 17 de febrero de 2007
El juicio
JOSÉ MARÍA ROMERA j.m.romera@diario-elcorreo.com
Son de sobra conocidos -por insistentes, por pelmas, por taimados- los intentos de convertir el proceso sumarial sobre el atentado del 11-M en una olla de grillos, admirable tarea a la que se han venido entregando algunos periódicos con un tesón digno de mejor causa. Por eso adquiere mayor valor el hecho de que por fin haya comenzado el juicio que desembocará en el esclarecimiento de las culpas y la condena de los culpables. Dicho de otro modo, es la hora de la Justicia. Teniendo en cuenta la estremecedora magnitud de aquel crimen monstruoso y las circunstancias en que se llevó a efecto, los treinta y cinco meses transcurridos desde entonces son, lejos de una demora excesiva, una prueba de diligencia de todo el aparato judicial, desde los investigadores y peritos hasta los propios magistrados. Pero el comienzo de la vista oral trae también otro motivo de satisfacción. Por fin va a quedar delimitado el auténtico terreno de juego, después de haber padecido escaramuzas de todo tipo por las bandas, en las gradas y en las tribunas. Un lector desapasionado que se acercara a la hemeroteca y leyera lo escrito acerca del atentado en los dos años largos pasados llegaría a la conclusión de que no nos importaban ni el dolor de las víctimas ni el descubrimiento de los culpables. A juzgar por lo escrito en titulares estruendosos y por lo vociferado en emisoras chillonas, el proceso del 11-M era una disputa entre partidos políticos donde verdad y mentira no eran sino matices secundarios, argumentos menores, aspectos anecdóticos. Se ha intentado por todos los medios que los ciudadanos anhelantes de justicia orillaran sus preocupaciones y en lugar de atender a ellas dedicasen su máxima atención al estudio de la química o la lectura de novelas de enredo. Han querido hacer de nosotros expertos en explosivos en vez de hombres justos; intrigantes obscenos en vez de personas compasivas. Una parte de ese ruido cegador todavía va a seguir oyéndose, pero por encima de él se impondrá el sonido implacable de la maquinaria procesal, las preguntas de los fiscales, las palabras de los testigos. Quienes más invocan la independencia de la Justicia han sido los primeros en tratar de encaminarla por los senderos de un delirio conspiranoico. A muchos se les llena la boca al hablar de víctimas, pero lo cierto es que se han burlado de ellas empleándolas como coartada de sus oscuras maquinaciones. Pues bien, se acabó. El recinto de la Casa de Campo es a partir del jueves el lugar de la Justicia quizá imperfecta, pero autónoma, y sobre todo el templo donde va a oficiarse el único homenaje posible para las víctimas: la aclaración de los hechos, el castigo de los criminales, el triunfo de la verdad.
viernes, febrero 16, 2007
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