Cuarenta días para reflexionar
Rafael González Rojas
20 de febrero de 2007. Mañana, Miércoles de Ceniza, entramos en la Cuaresma, "tiempo fuerte" según el lenguaje eclesial. Es un lapso de cuarenta días dedicado a la preparación para la Pascua, la fiesta por excelencia de los cristianos y el fundamento de su fe. Tiempo de oración para los creyentes, para mirar hacia adentro, hacia las entretelas del alma a ver qué tal, si requieren un agüita y el detergente de la penitencia; para reavivar la esperanza y proponerse un cambio. Yo sé que hoy día no está de moda hablar de estas cosas. Hoy lo que está de moda es declararse agnóstico. Se da mucho en las tertulias televisivas. En cuanto en los debates sale algún tema de los que más afectan a la Iglesia, algunos, si consideran justo tomar postura en favor de ella, lo primero que hacen, para que nadie se llame a engaño, es proclamar su agnosticismo. Una de las personas más interesantes que he conocido, don Emilio González López, catedrático de Penal, republicano y exiliado a EE.UU., si le preguntaban por su credo solía decir que él era de cultura católica. Y para una persona de cultura católica, aunque sea ateo o agnóstico, si no está intoxicada por el laicismo que predica el progresismo eccematoso, la Cuaresma le ofrece también unos puntos de reflexión que puede aceptar sin repugnancia alguna y sin temor a quebrantar ningún principio; todo lo contrario, si es persona solidaria. Porque uno de los ejercicios que nos propone la Cuaresma es la caridad, una caridad ensamblada a la sobriedad y a la austeridad, que insta a ponerle límite al consumismo que nos atiborra y que, a la postre, no nos satisface por completo. O sea, se trata de un meditado ejercicio de sobriedad que ha de potenciarse en ayuda de otros más necesitados, de manera efectiva y si es posible de forma organizada a través de instituciones que tienen la misión específica de ayudar al prójimo. Eso en cuanto a lo personal. En lo social la Cuaresma también puede ofrecernos algunas sugerencias. Vivimos en permanente desasosiego. Los acontecimientos nacionales nos llevan como si cabalgáramos a lomos de un caballo desbocado. Tenemos miedo de perder lo que con tanto esfuerzo y tenacidad se ha ido consiguiendo en los últimos decenios. Perdón, reconciliación, paz y convivencia, fueron los grandes valores morales que la Iglesia proclamó en su día para la nueva realidad nacional. Al parecer, los españoles que vivieron intensamente aquellos momentos los aceptaron ilusionadamente. Por eso, sería una lástima que una sociedad que parecía haber encontrado el camino de su reconciliación vuelva a dividirse y enfrentarse. En este sentido, la Cuaresma también nos invita a reconciliarnos con los demás. La Iglesia le llama el sacramento de la reconciliación, porque puede llevarnos a cambiar muchos esquemas: cambiar, por ejemplo, el egoísmo por la solidaridad, la radicalidad por la tolerancia y en encuentro amistoso, la desidia por el esfuerzo y el compromiso. Tenemos cuarenta días para pensar en estas cosas. De cara a las próximas elecciones no nos vendría mal.
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