viernes 16 de febrero de 2007
El montepío de Zapatero
IGNACIO CAMACHO
SIEMPRE serán leales al partido y a la causa a la que han entregado sus vidas, pero supuran sangre por las heridas de la marginación. Del «despido», como gráficamente ha dicho Rodríguez Ibarra. Son los antiguos barones territoriales de la España autonómica y constitucional, convertidos en rémoras para el designio confederal de Zapatero. Los Bono, Leguina, Vázquez, el propio Ibarra, apartados a la vía muerta por la mano de hierro que el presidente esconde bajo su guante de seda retórica. Guerristas y felipistas de la vieja observancia preteridos para dejar vía libre a una «nación de naciones» en la que jamás han creído, zahoríes de la socialdemocracia convencional marginados por la nueva nomenclatura del republicanismo cívico. Despedidos. Con suavidad, con sonrisas, casi con dulzura, pero a la calle. Nothing personal, dicen los americanos; cosas de la política.
Y, junto a ellos, junto a los veteranos virreyes territoriales -de los que sólo Chaves se salva porque presta coartadas estatutarias y apoyo logístico a un zapaterismo en el que tampoco creía-, le han puesto la proa a los resistentes vascos. A Rosa Díez, a quien no tragan por oponerse a la negociación con ETA y a la que guardan la factura de haberle disputado a Zapatero la secretaría general; a Enrique Múgica, al que no perdonan que aceptase ser el Defensor del Pueblo con Aznar y que se niegue a olvidar el asesinato de su hermano. A Díez, hija de obreros de la orilla izquierda del Nervión, cuyo padre estuvo en las cárceles de Franco mientras su madre fregaba escaleras, la tratan de humillar negándole directamente su condición de socialista, la ningunean y desautorizan cuando opina en público como miembro del PSOE. A Múgica le echan los leones del nacionalismo radical en las Cortes, sin mover un dedo para defenderle de los mordiscos y gañafones. Sus voces discrepantes, rebeldes, inconformistas, perturban y distorsionan el mantra oficialista del diálogo y la pazzzzzzz. Y molestan porque se niegan a entregar el carné, porque defienden a cara de perro la pertenencia a un partido del que se consideran parte como el que más.
Tarde o temprano los liquidarán también del primer plano de la escena; el poder tiene resortes de sobra para otorgarles una excedencia involuntaria. Lo que no podrán es laminarlos ni suprimir su libertad de opinión; la que mueve a Leguina a escribir un atroz prólogo contra la fragmentación del Estado -¿por qué no diría esas cosas durante el debate del Estatut?- o empuja a Bono a multiplicar apariciones públicas en clara actitud de alternativa reservista. La que sacude la soberbia de González en círculos privados, la que provoca la queja áspera de un Ibarra dolorido.
Poco a poco, jubilados, despedidos y disidentes van conformando un ilustre montepío con notable capacidad de referencia. Y los más jóvenes o enérgicos de ellos no disimulan demasiado su paciencia para esperar que el líder pierda el equilibrio en su arriesgado surf sobre las olas de un mar político que él mismo ha agitado en demasía.
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