viernes, febrero 16, 2007

Aqui te queria ver yo

viernes 16 de febrero de 2007
Aquí te quería ver yo
EL goteo no ha cesado, sino todo lo contrario. Pero como tendemos a percibirlo al final de cada año, cuando su acumulación ya se ha convertido en chorro, el número de mujeres asesinadas a cuenta de la violencia de género en lo que llevamos de 2007 todavía no parece lo suficientemente alarmante como para que salte a las primeras páginas de los medios, o para que los conductores de las tertulias lo traten como uno de sus «temas estrella» de debate. Y, sin embargo, lo cierto es que las mujeres siguen muriendo a manos de hombres que dicen o creen amarlas hasta la locura. Y en una proporción absolutamente inaceptable para un país que, como le gusta repetir al señor Rajoy, es la octava potencia económica del mundo.
La situación se prolonga insidiosamente en el segundo año de aplicación de la Ley contra la Violencia de Género. Los 500 asesinatos de mujeres contabilizados desde 1999 hasta anteayer, cuando sucumbió Noelia Pérez Rivero («aquí te quería ver yo», parece que exclamó su agresor antes de apuñalarla), constituyen una auténtica tragedia nacional. Nueve mujeres eliminadas en el mes y medio que llevamos de 2007: si la media se mantiene a este ritmo, a finales de año habremos superado con mucho los 68 asesinatos de 2006 y batiremos los récords registrados en 2003 y 2004.
La sociedad tiene prisa por erradicar esta lacra machista. Y, por eso, a la ley para ello diseñada se le exige un plus de eficacia y contundencia que quizá no se le demande a otras normas. La razón de esta impaciencia es elemental: las mujeres amenazadas no pueden esperar con los dedos cruzados a que sus parejas o ex parejas tengan a bien concederles una prórroga de vida. Es preciso, desde luego, aumentar los presupuestos destinados a la prevención, disponer de más medios, optimizar los sistemas de alerta, habilitar más juzgados, incrementar las penas, aumentar la vigilancia, facilitar la comunicación entre las amenazadas y la Policía, etcétera. Pero, con todo, eso es aún demasiado poco.
La violencia doméstica constituye una especie de terrorismo aparentemente desideologizado y sin organización que lo sustente. Lo que no quiere decir que, en último extremo, no esté apoyado en la difusa -pero omnipresente y permeabilizadora- ideología destilada por la estructura patriarcal de nuestra sociedad, particularmente agresiva todavía en determinados sectores de la población. Los varones -que somos mayoritariamente los que mandamos, jueces incluidos- seguimos teniendo dificultades en reconocer esa violencia (y, por tanto, en actuar sobre ella) salvo cuando ya hay sangre, fracturas o moratones de por medio. Muy pocos son todavía los capaces de identificar como violencia doméstica los reiterados y persistentes abusos verbales, emocionales o sexuales de los que es víctima en el hogar -y fuera de él- un considerable número de mujeres. Y es sobre esas pautas de comportamiento doméstico violento, que son los primeros estadios de lo que puede venir después si no se atajan a tiempo, contra las que hay que actuar de la mejor manera posible: con la educación, a medio plazo, y con publicidad, a corto.
Es preciso incrementar las iniciativas públicas -de ámbito estatal, autonómico o local- destinadas a facilitar la identificación del ciclo de la violencia desde sus primeras fases: desde la amenaza, la humillación o el insulto, al abusivo chantaje económico o la violencia indirecta (contra los objetos) e intimidatoria en el hogar. Y es urgente, sobre todo, llevar las campañas informativas y disuasorias a las zonas rurales y a las bolsas de población más culturalmente deprimidas, incluidas las de la emigración. Tolerancia cero con los agresores, castigos ejemplares, rechazo social. Ninguna «comprensión» hacia las practicas culturales o religiosas (¿recuerdan el siniestro episodio del imán de Fuengirola?) que toleran o justifican el maltrato o la discriminación a la mujer. No podemos seguir soportando esta tragedia. Ni esta vergüenza.

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