domingo, febrero 18, 2007

Calos Luis Rodriguez, El holandes errante

lunes 19 de febrero de 2007
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
El holandés errante
Una cosa no estaba clara del todo en los protocolos elaborados a partir de la experiencia del Prestige. ¿Alejar el barco o no alejarlo? El hamletiano dilema quedó oculto porque aceptar lo primero suponía darle la razón al Gobierno del PP, y optar por lo segundo era muy arriesgado. Así que la duda se mantuvo, a la espera de que un caso práctico obligara a resolverla.
Se presentó ayer a pocas millas de la Torre de Hércules, en forma de carguero holandés lleno de fertilizantes, que queda sin máquina y con una reacción química en sus bodegas de consecuencias tóxicas o inocuas, según se hiciera caso a Salvamento Marítimo o a la Delegación del Gobierno. Ya no valía escudarse en la prosa ambigua de los documentos oficiales. Era necesario tomar la decisión fundamental en este tipo de percances, es decir, prestar cobijo al barco en un puerto, o evitar cualquier peligro.
Se opta por poner el navío en una situación errante a la espera de que aparezca una solución, o se descubra ese puerto refugio que se nos dijo que sería secreto. Nada de hospitalidad marinera. A buen seguro que el capitán del Ostedijk se habrá sorprendido mucho al ver que no era cortésmente invitado a fondear en Galicia.
En su memoria estará toda la peripecia de aquel infausto petrolero mandado por su colega Mangouras, y el debate posterior a la catástrofe, en el que se concluyó que el alejamiento había sido una terrible equivocación, fruto de la irresponsabilidad de los delegados, directores generales y ministros de entonces. En buena lógica, pensaría este capitán en el puente de mando del carguero, si alejar el Prestige se consideró erróneo en aquel momento, acercar el Ostedijk era lo preceptivo ahora.
Al igual que mucha gente, el marino supone que el rechazo al alejamiento del Prestige era fruto de una serena reflexión técnica, cuando en realidad tenía un fuerte ingrediente político. De lo que se trataba en ese debate era de demostrar que el causante de la tragedia no había sido el capitán griego, ni el armador, ni el propietario de la carga, ni los inspectores que dieran fe de la buena salud del navío achacoso, sino el alejamiento. Al estar poco ducho en la política doméstica española y gallega, el oficial al mando del carguero holandés no se da cuenta de que la teoría del acercamiento sólo se mantuvo en pie durante una temporada.
Después fue derogada en silencio. Lo ocurrido ayer es la constatación más elocuente. La peligrosidad de este buque era pequeña comparada con la del Prestige, sobre todo si se acepta la tesis oficial (una de ellas) de que los gases que desprendía no eran tóxicos, y contando como se cuenta con remolcadores poderosos como el Don Inda.
Aún así, es rechazado sin contemplaciones. No hace falta elaborar complicados silogismos para aventurar cuál sería la decisión si, en vez de un carguero repleto de fertilizantes, fuese otro petrolero. Nadie osaría recurrir al derecho de asilo para meterlo en un puerto o una bahía, como exigían algunos en los tiempos del Prestige.
La prueba final de que la teoría del acercamiento era coyuntural, la tendremos en los próximos días. Veremos cuántos expertos y plataformas cívicas se levantan censurando el deambular del Ostedijk por la costa gallega, o haciendo de su capitán un héroe en lucha contra un Estado incompetente. Seguramente serán pocos. La conclusión provisional de esta historia es que la tesis del acercamiento se va a pique, y que la autoridad contribuye con su decisión a la antigua leyenda del holandés errante.

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