jueves 14 de diciembre de 2006
Zapatero y el no plan b
VALENTÍ PUIG
POR VALENTÍ PUIG
UN plan B consiste generalmente en una elaboración de la nada, entre otras cosas porque bastante se tuvo con poner en pie un plan A. Con ETA, un plan A basado en la aquiescencia de la buena gente si le dicen que no habrá más muertos tiene una muy difícil presunción de un plan B, porque cuanto más buena voluntad se ofrece a los terroristas más fuertes se sienten. Es muy ingrato que esta disyuntiva se haya trasladado al sistema nervioso de la opinión pública española. En términos genéricos, el escepticismo respecto al plan A está cundiendo en porcentajes tangibles y, en casinos y estudios de televisión, se argumenta sobre un plan B del que nadie sabe nada, un estado de desconocimiento que suele ser habitual ante lo que es inexistente.
El plan A -llamado proceso de paz- seguramente fue urdido por intuiciones fragmentarias y no sobre un esquema de realidades, alternativas y contrapartidas. No hubo un diseño riguroso. Eso es propio de Rodríguez Zapatero. Según esta lógica, había hecho ya lo que de una vez por todas le iba a dar la confianza de la ciudadanía: retirar las tropas de Irak, incluso antes de lo institucionalmente previsible. Investido de la hiperlegitimidad moral de la izquierda -una izquierda más arcaica y radical que el felipismo-, lo natural sería que el resto de sus intuiciones también se convirtieran en datos reales, como reconstituir una mitología republicana con buenos y malos o enfrentarse denodadamente al oscurantismo eclesial.
En paralelo, Zapatero teje un nuevo sistema de alianzas que le permita descontaminarse de cualquier contacto con el centro-derecha: busca sus apoyos parlamentarios en la misma trama que firmase el pacto del Tinell y emprende unilateralmente -casi unipersonalmente- la larga marcha para la reconciliación con ETA, hasta el punto de dar a entender que una Herri Batasuna en la línea idónea pudiera ser un aliado cómodo para desalojar al PNV del poder, como ocurrió en Cataluña al entenderse con ERC. Es así: reconciliación para que ETA sienta las buenas vibraciones, y no acción de gobierno concertada con el PP -según el Pacto Antiterrorista- para poner al terrorismo entre las cuerdas y ofrecerle, ante el gesto de deponer las armas, una casuística generosa que para nada alterase las normas y pilares del Estado de Derecho. Corresponde a un malogro de esta tesis que sea la izquierda abertzale la que predice que el proceso está hundido o a punto de naufragio. Es sustancial que el presidente de la Conferencia Episcopal y obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, dijera ayer que el proceso está en una fase de «penumbra, de cierta penumbra», aunque le fuese debido invocar el realismo esperanzado.
Es incógnita de un largo tiempo, sobrecargado de alta tensión, lo que hará Rodríguez Zapatero si llega a la conclusión de que su proceso de paz no tiene futuro. Por el momento, se diría que es por la peculiar naturaleza de su liderato y por la endeblez del actual PSOE, que todavía no ha iniciado el repliegue a posiciones anteriores ni ha buscado recuperar las líneas de comunicación -ese teléfono rojo que nunca debe estar desconectado- con el principal partido de la oposición. Pero lo cada vez más acuciante es que el plan A era un mal plan, entre otras cosas porque se basaba en premisas irreales cuando no le no faltaba correspondencia con elementos sustanciales de la verdad. Huida hacia delante o regreso paulatino al Pacto Antiterrorista: si el plan A puede recordarnos que el infierno está empedrado de buenas intenciones, la carencia de un plan B ya es más bien referente de una política inhábil, ilusoria, adolescente e ineficaz. Mesas políticas, autodeterminación, Navarra: son bazas del terrorismo inasumibles para el Estado de Derecho, sea según un plan A o B. No sabemos si en alguna fase de su ensimismamiento criminal ETA ya ha renunciado a transformar el País Vasco en un trasunto de la Albania de Hoxha. Lo que sabemos es que el molde demoliberal le está tanto de más que le lleva a amenazar, extorsionar y matar. Desde luego, ETA siempre tiene un plan A, un plan B y uno C: atentar contra la vida y dañar la condición de seres vivos.
vpuig@abc.es
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