viernes, diciembre 15, 2006

Ismael Medina, La Nicolasa nació tarada y nos lleva al caos

sabado 16 de diciembre de 2006
La Nicolasa nació tarada y nos lleva al caos
Ismael Medina
E L pasado día 6, festividad religiosa de San Nicolás, conmemoró la partitocracia el aniversario de la constitución de 1978. Nació aquejada de graves taras y de tanto violarla, sobre todo desde que Rodríguez llegó al poder "por accidente", la han convertido en el chocho de la Bernarda, imagen popular que solíamos utilizar en Jaén para ahorrarnos disquisiciones sobre transgresiones reiterativas de una u otra índole, incluidas las de naturaleza política. Nunca me paré a indagar el origen del dicho ni quien pudo ser aquella Bernarda tan propicia a abrirse de piernas ante el primero que la requiriese para llevarla al catre o al rastrojo. Pero este lejano recuerdo me ha hecho recalar en otro también lejano, aunque no tanto. Me refiero a uno de los que archivé en la memoria durante mi estancia en Grecia como enviado especial en ocasión del llamado "golpe de los coroneles", el cual se ajustó al plan defensivo de la Alianza Atlántica frente a una eventual revolución comunista. EL SIMBOLISMO GRIEGO DE LA PLAZA DE LA PROSTITUCIÓN ME hospedaba junto a un buen número de colegas extranjeros, bastantes de ellos agentes enmascarados de los servicios secretos de sus países, en uno de los modernos hoteles de la plaza de la Constitución, la cual era conocida popularmente en Atenas como plaza de la Prostitución. Y no por el hecho de que en ella acamparan las putas a la espera de clientes que pagaran en dólares. Dominada por la gran escalinata que daba acceso al edificio que albergaba el parlamento, era para los atenienses el símbolo de la prostitución política en que había degenerado el sistema, aquejado por la corrupción, el arbitrismo y la pugna enconada entre el demagogo Papandreu que preparaba un golpe de Estado desde Salónica para implantar una república progresista, los monárquicos que se disponían a aplastarla a instancias de la reina Federica y los comunistas que buscaban aprovechar el enfrentamiento para instaurar una republica popular socialista con la ayuda del vecino bloque soviético. El funcionamiento de la Administración era caótico y acusado el malestar social. La constitución era papel mojado y se había convertido para los políticos en el chocho de la Bernarda. Nada de extraño tuvo que el "golpe de los coroneles" fuera recibido con alivio por la población y que resultara incruento. Salvo en materia de índices macroeconómicos, poco o nada lisonjeros para las economías domésticas de la mayoría de los españoles, aunque sí para el capitalismo de viejo y nuevo cuño o una espesa burocracia partitocrática, la realidad española me recuerda en no pocos aspectos la que se daba en aquella Grecia de mediados de los sesenta, impregnada de rescoldos otomanos y de mimetismos britanizantes. No pretendo sugerir en el XXVIII aniversario constitucional que la degradación de la democracia precise una solución tan drástica como entonces la griega. Pero sí un recio golpe de timón que la salve de que también nosotros caigamos en la tentación, o la necesidad, de trastrocar constitución por prostitución, como los griegos. Sobre todo a tenor del desmadre anticonstitucional a que asistimos tras los sucesivos golpes de Estado protagonizados por Rodríguez y sus aliados parlamentarios desde las turbias jornadas del 11 al 14 de marzo de 2004. ¿O acaso es incorrecto calificar de golpe de Estado cada una de las gruesas vulneraciones constitucionales a que asistimos desde entonces? LA NICOLASA, COMO LA PEPA, FUE UNA CRIATURA CONFUSA Y CONVULSA AQUILINO DUQUE, un gran escritor silenciado por su incombustible amor a España y su indomable independencia, bautizó la constitución de 1978 como la Nicolasa en remedo de la liberal de 1812, conocida como la Pepa, aunque entre una y otra no exista en apariencia otra relación que la referida al santoral del día en sus respectivas promulgaciones. Pero comparecen analogías nada desdeñables cuando se estudian la elaboración de una y otra y sus respectivos y alterados recorridos. Ambas fueron consecuencia de concesiones y pactos entre las tendencias partidistas que en uno y otro caso tomaron la iniciativa de instaurar un nuevo modelo de Estado a tenor de las ideas dominantes en Europa. La constitución de 1812 trató de conciliar tradición con revolución, aunque no se pasara de un ocasional transaccionismo que en buena parte sería la causa de su alterada existencia en que menudearon nada pacíficas derogaciones y restauraciones. La Guerra de la Independencia había unido a los dispares y una vez llegada la paz se harían enconadas las diferencias. Lo explica así Pedro Farias García en "Breve historia constitucional de España" (Publicaciones de la Universidad de Murcia, 1969): "Šresultó un texto de amalgama para Sánchez Agesta, mestizo en opinión de Diego Sevilla y a mi entender expresión de la anarquía mental hispana. España era una criatura confusa y convulsa. Confusa en la apreciación de su pasado y el trazado de su futuro. Convulsa, por ello, en la aventura de su presente. Faltó serenidad que es, con la inteligencia, condición fundamental de la conciencia histórica". Un juicio crítico aplicable casi literalmente a la constitución de 1978 y que por eso mismo lo traigo a colación.¿O acaso el tan elogiado "consenso" del que nació la Nicolasa no es equivalente a la "amalgama" o al "mestizaje" de la Pepa? La conmemoración constitucionalista se saldó con dos propuestas de reforma: el manifiesto rodriguezco del P(SOE) que propugna retrotaernos al laicismo militante de la II República; y la de Rajoy, por el PP, cuyo propósito radica en el fortalecimiento de las competencias del Estado frente a la dinámica depredadora del federalismo desintegrador en marcha. Demostración evidente de que la Nicolasa ha quedado inservible para unos y para otros. Pero de manera muy especial para el común de los españoles, alelados por la droga consumista , privados a un mismo tiempo de tradición y futuro históricos por la tiranía partitocrática. Para Rodríguez, apegado a una visión tuerta de la historia de España ya la muy particular de su abuelo paterno, la tradición termina en 1931 y todo lo más en el federalismo de la I República. Corta y sesgada tradición, montada sobre una procaz falsificación y un salto en el vacío sobre los cuarenta años del Estado Nacional y los seis de la dictadura del general Primo de Rivera, amén del obtuso desprecio progresista hacia el pasado secular en que se fraguó la conciencia histórica de España, hoy en turbia almoneda. Rajoy y los peperos escurren el bulto sobre una consideración razonable del pasado histórico, temerosos de que les califiquen de derechistas, que lo son aunque se esfuercen por disimularlo, de fascistas y de franquistas. Sus ofertas de futuro se reducen, de otra parte, a rectificaciones de presente. Convienen por todo ello algunas precisiones acerca de como se llegó al mestizaje democratizador y se fraguó la constitución. FRANCO ERA CONSCIENTE DE QUE LE SUCEDERÍA LA MONARQUÍA PARLAMENTARIA DE PARTIDOS NADA se entenderá de ese proceso ahistórico sin admitir de antemano que el primer convencido de que el Estado Nacional no podría sucederse a sí mismo era su creador. Y sin asumir que Francisco Franco fue el último y más capaz de los regeneracionistas. El único, acaso, que desde la Jefatura del Estado estuvo en condiciones de llevar a la práctica sus propuestas básicas. Ayuda a entenderlo de manera bastante cabal el libro de reciente aparición "En una España cambiante", las memorias de Pedro González-Bueno y Bocos, ministro de Organización y Acción Social del primer gobierno de Franco (30 de enero de1938) y promotor del Fuero del Trabajo, recopiladas por su hijo Pedro González-Bueno Benítez y precedida por un ecuánime prólogo del profesor y ex ministro de Trabajo Fernando Suárez González. El pragmatismo de Franco, su cualidad para mí más sobresaliente como estadista, lo mismo en la guerra que en la paz, emerge con claridad en las páginas de este libro. Sus gobiernos, reflejo del Decreto de Unificación, uno de los fundamentos de la victoria militar y política en la guerra, fueron todos de coalición. O para mayor precisión, de equilibrio entre las diversas opciones políticas, militares, sociales y económicas sólo formalmente unificadas en las estructuras del Movimiento y del Estado. Y acomodadas en su distribución a las circunstancias interiores y exteriores de cada periodo. El subtítulo del libro de González- Bueno, "La creación del Estado de bienestar", expresa con nitidez el objetivo prioritario de la política regeneracionista de Franco, cuyo indudable éxito sería la clave de que la transición hacia la democracia partitocrática, alterada en los tiempos del proceso previsto, se consumara en paz. "Misiones discretas", del general norteamericano Vernon A. Walter (Ed. Planeta) es otro libro esclarecedor para confirmar que el proceso hacia la democracia tópica de corte occidental entraba en las previsiones del Jefe del Estado. Pese a su gran interés para un conocimiento real de la posguerra mundial, sobre todo en Europa, las relaciones USA-España y el meollo de la transición, las memorias de Vernon A. Walter, pronto agotadas, no fueron reeditadas. Desmontaban no pocas falacias de los democratizadores y resultaban inconvenientes. Más de una vez me he referido a este libro en Vistazo a la Prensa: 04.06.2004 y 12.02.2005, por ejemplo. No es cosa de repetir lo escrito. Pero sí recordar que el presidente Nixon envió en misión secreta Walter el verano de 1973 para conocer de boca de Franco, ya con la salud muy delicada, sus previsiones sucesorias. Sintetizo dos de sus repuestas: el Príncipe de España será el futuro rey y traerá la democracia que ustedes quieren y de la que desconfío; mi legado es la nueva y extensa clase media creada por el régimen y que, con el amparo del Ejército, hará posible una transición pacífica a esa democracia. CARRERO PROPICIÓ LA CREACÓN DE LOS FUTUROS PARTIDOS POLÍTICOS CONTRARIAMENTE a los tópicos acuñados, la misión encomendada por Franco a Carrero Blanco, presidente del gobierno, conocida por el todavía Príncipe de España, fue proceder a sucesivas reformas de las Leyes Fundamentales, mediante referendum, mecanismo previsto en dicha constitución abierta del Estado Nacional, hasta llegar a la democracia de partidos exigida por los USA para después de su muerte. Era obvio que Washington respaldaba la permanencia del aliado Francisco Franco hasta su extinción física por cuanto garantizaba la estabilidad del sistema y a despecho de las presiones de la progresía europea y determinados sectores de la internacional democristiana. Carrero Blanco, con el concurso de su equipo de tecnócratas liberalistas, se dio a la tarea de crear en la sombra el futuro esquema partitocrático que garantizase la instauración de la monarquía en la persona de Juan Carlos de Borbón y Borbón y la transición pacífica. A través del SECED se procedió a crear un "socialismo del interior" susceptible de bloquear el posible revisionismo del socialismo exiliado y Felipe González fue seleccionado y protegido para encabezar una hueste seleccionada entre los llamados "cristianos para el socialismo", criados a la sombra de los democristianos Jiménez Fernández, en Sevilla, y Ruiz Jiménez, en Madrid. El "socialismo del inerior" se benefició de una discreta libertad de maniobra y de la ayuda del SECED para ganar la partida en el congreso de Suresnes. Al propio tiempo se facilitó desde el gobierno la consolidación de una democracia cristiana joven en el espacio de la Editorial Católica, de la que el grupo Tácito fue expresión ideológica desde las páginas de "Ya". Faltaba para completar el trípode la formación de un partido equivalente al neogaullismo. Yerran quienes creen que esa era la misión encomendada por Carrero a Fuerza Nueva, creada a su iniciativa. La proximidad entre Carrero y Blas Piñar era más confesional que política. Les identificaba un recio catolicismo. Pero alguien del entorno de Carrero vio en Fuerza Nueva la ocasión de sustraer a los falangistas la posibilidad de unir a sus diversas facciones para levantar una perturbadora bandera revolucionaria de autenticidad joseantoniana. Se presumía que la asunción por Fuerza Nueva de los símbolos externos de FET y de las JONS, en clave radicalmente franquista, la convertiría en el hijo proscrito de la democracia en ciernes y contribuiría a reducir a la condición suburbial los falangistas de viejo y nuevo cuño que pugnaban por asumir la autenticidad histórica perdida. Y así fue. El futuro neofranquismo, al que se atribuía capacidad para agrupar al luego llamado "franquismo sociológico", debía surgir de los cuadros de la Secretaría General del Movimiento y de la Organización Sindical. Así nació la Unión del Pueblo Español, a cuya cabeza si situó Adolfo Suárez, aureolado por su condición de hombre de confianza Fernando Herrero Tejedor, muerto en muy oportunas y extrañas circunstancias. Ultimo secretario general del Movimiento, su promoción de UPE ofrecía las indispensables garantías para que a ella se adscribieran numerosos personajes del franquismo en sus varios niveles. La única objeción residía en la terminante decisión de que el PCE quedará excluido de la democratización. No carecía de sentido aquello de que todo estaba "atado y bien atado", que dijo Franco, para que a su muerte se cumpliera el proceso paulatino de cambio del el Estado Nacional al Estado democrático de partidos. O con frase lapidaria de Torcuato Fernández Miranda, cuando todavía creía tener la confianza del Borbón para ser presidente del gobierno, que las instituciones sucederían a las instituciones. Fue un macabro error de los conspiradores que querían la ruptura en vez de la reforma instigar el asesinato por ETA del presidente del gobierno Carrero Blanco a través de un miembro de la Junta Democrática y del grupo que preparó el atentado de la calle del Correo. Las convicciones monárquicas de Carrero Blanco llegaban al extremo de que, muerto Franco, cedería la presidencia del gobierno si el futuro Rey se lo pedía. También se equivocan quienes creyeron, y aún sostienen, que Carlos Arias, sustituto imprevisto de Carrero, modificaría las previsiones para la transición. Su misión no era otra que la de fortalecer los mecanismos del Estado para que a la democracia de partidos se llegara mediante sucesivas reformas de las Leyes Fundamentales, según lo previsto. Hay que proseguir con esta exhumación para entender las causas que dieron al traste con aquellos planes. JUAN CARLOS QUERÍA EN SU ENTORNO GENTE MALEABLE ADOLFO SUÁREZ, un trepador nato, se había ganado la confianza del Príncipe de España cuando era gobernador civil de Segovia y le prestaba confidenciales servicios en el palacio de Riofrío. Y también de Carrero Blanco, durante los veranos en Campoamor. Uno y otro se lo colaron a Sánchez Bella como director general de Radio y Televisión. Y soy testigo de cómo puenteaba y traicionaba a su ministro. Hacía méritos para convertirse en el fiel remero del nuevo rey para el cambio. Pocos meses antes de la muerte de Franco (septiembre de 1975) se celebró una reunión extraordinaria del Club del Bilderberg en el hotel Son Vida de Palma de Mallorca bajo la presidencia del general Haig, con dos únicos temas en la agenda: el futuro político de de Portugal y España. A instancias del todavía Príncipe de España se decidió que la transición del franquismo a la democracia debían realizarla "hombres nuevos". No se entendía como tales a quienes no tuvieran pasado franquista, sino los que, pertenecientes a unas u otras fuerzas políticas dispuestas para la democratización, lo fueran de la generación de Juan Carlos de Borbón y Borbón para abajo, salvo muy contadas excepciones susceptibles de obedecerle al igual que los otros. Y así fue como el doble Borbón se valió del engaño para colar Suárez en la terna del Consejo Nacional del Movimiento de la que habría de salir su futuro y manejable hombre de confianza. El llamado a destripar el neofranquismo de Unión del Pueblo Español, presidir el primer gobierno real y promover el inequívoco golpe de Estado que supuso la promover la constitución de 1978 sin la previa exigencia de convocar elecciones para Cotes constituyentes. Suárez se evadió inopinadamente de UPE para formar la UCDE, un extraño conglomerado de partidillos personales de variada y difusa calaña ideológica que acapararía los votos del "franquismo sociológico" y daría ocasión para que el siempre imprevisible Manuel Fraga creara Alianza Popular, atrayendo a ella, para quemarlos, a los más destacados personajes de gobiernos de Franco que quedaron a la intemperie política tras la desaparición de UPE. EL CAMBIO PROPICIADO POR EL REY ALCANZÓ TAMBIEN AL PCE A estos imprescindibles antecedentes hay que añadir otros más para completar el cuadro, sin necesidad de recaer en las válidas consideraciones que desmenuza Antonio Castro Villacañas respecto al comportamiento real en la transcripción de sus tertulias. Cuatro de ellos sobre todo: Juan Carlos de Borbón y Borbón tenía ya en marcha su propio plan de cambio, comprometido con poderes internacionales, cuando, al ser investido rey, juró fidelidad a las Leyes Fundamentales y a los principios el Movimiento Nacional; hizo suyos para el nuevo régimen los compromisos políticos contraídos con anterioridad por su padre, aunque a despecho de los monárquicos recalcitrantes que, como Luís María Ansón, soñaban con la continuidad dinástica en la persona de don Juan de Borbón y Battenberg; también asumió los acuerdos de la tenida de Munich en 1962, entre los que figuraba el restablecimiento de los estatutos de Cataluña y Vascongadas. Fueron esos mimbres; y ya desde antes de la muerte de Franco había utilizado intermediarios para conectar con el PCE a través de Santiago Carrillo. El retorno a España y a la vida política del genocida Santiago Carrillo y la legalización del PCE configuraban serios escollos que salvar, especialmente por temor a una intempestiva reacción militar. La apresurada Ley de Amnistía no sólo permitió el archivo de la causa por el magnicidio de que fue víctima Carrero Blanco, las cual estaba muy cerca de descubrir a sus inductores. Borró de un plumazo las responsabilidades penales de Carrillo, la Pasionaria y otros destacados dirigentes comunistas, además de los terroristas nacionalmarxistas de ETA. Quedaba expedito el camino para la incorporación del comunismo al sistema particrático. Pero no era bastante la carnavalada del retorno eepelucado de Carrillo, urdida desde el ministerio de Interior por Rodolfo Martín Villa. El sangriento atentado del despacho de abogados de la calle de Atocha, atribuído a la extrema derecha franquista, aunque en su montaje participaron dos agentes de los servicios secretos, cuyos alias eran Barber y Barco, serviría para un entierro multitudinario y acallar resistencias a la legalización del PCE. Es falso que se persiguiera la reconciliación, como ahora tantas veces se repite. Se buscaba realmente la impunidad para los enemigos tradicionales de la soberanía y la unidad de España, amén de la democracia. Para los culpables de la revolución frentepopulista de octubre de 1934 y su continuación en 1936. Es obvio que el golpe de Estado constitucional de 1978 se realizaba en clave antifranquista, pese a que la legitimidad de la monarquía y del sistema parlamentario provenían de las Leyes Fundamentales del Estado Nacional. Fue consecuente que en la portada del original del texto constitucional figurase el escudo del águila de San Juan, emblema de los Reyes Católicos rescatado por el régimen de Franco. Símbolo más acorde con la conciencia histórica de España que el borbónico, cuya corona fue sustituida por la mural en la II República. Escudo l del águila de San Juan que perduraría hasta su cambio por ley posterior. LA NICOLASA ESTÁ EN EL ORIGEN DEL ACTUAL DESMADRE LA Nicolasa fue el resultado de una amalgama de intereses partidistas contradictorios, ayuna de rigor técnico. Una suerte de coyuntural potaje ideológico en el que, además de inocultables resonancias de la constitución de 1931, se añadieron ingredientes contemporizadores de muy variada procedencia, entre ellos el soviético de las "nacionalidades", nada ajeno al enredoso y conflictivo Titulo VIII que consagraba el nacimiento del Estado de las Autonomías de tres velocidades que privilegiaba a Cataluña y Vascongadas, amparaba sus desmesurados apetitos y encubría a duras penas un esbozo de Estado federalista. Y también el nacimiento de una tiranía partitocrática a cuya merced y arbitrio quedaban confundidos y supeditados los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. No fue la Nicolasa el resultado de un laborioso quehacer de expertos acreditados, sino la consecuencia de un chalaneo entre representantes de grupos políticos, los más de ellos poco dotados para tan grave menester, al que pusieron la guinda en cuestiones capitales Alfonso Guerra, por el PSOE, y Abril Martorell, por UCD, en una indecente mano a mano. Las crónicas parlamentarias de Joaquín Aguirre Bellver durante el vidrioso periodo constituyente proporcionan un testimonio difícilmente refutable. Escribía en "ABC" el profesor Benigno Pendás, uno de sus colaboradores más ponderados: "Hace tiempo que está en marcha un proceso de degradación de la Constitución como norma". Me atrevo a corregirle, pese a no ser, como él, un experto en Historia de las Ideas Políticas. Ese proceso de desfondamiento constitucional emprendido por Rodríguez forma parte de la entraña misma de la constitución de 1978, cuya reiterada exaltación responde a la imperativa necesidad defensiva de un sistema en quiebra desde sus mismos orígenes. Se han cumplido las sólidas y proféticas críticas que sobre el texto constitucional evacuaron muy acreditados catedráticos en Filosofía del Derecho, Derecho Político y Derecho Constitucional, entre ellos el profesor Galán y Gutiérrez. "Otra vez -advierte el profesor Pendás- la Carta Magna convertida en adorno literario, reflejo de la soberanía que se diluye en una imaginaria "gobernanza multinivel". El Estado residual, la relación bilateral, la financiación privilegiada o el blindaje competencial no caben en esta Constitución sin forzar la letra hasta destruir el espíritu. Tampoco, por supuesto, el derecho, aunque sea disfrazado, a que la parte decida por el todo". Pues a la vista está que íi cabe cuando el poder lo ejerce un petulante ignaro como Rodríguez, persuadido de que el Estado es su finca. Y no por casualidad sigue adelante con engreimiento mesiánico. Lo hacen posible la letra evanescente y el espíritu poliédrico de la Nicolasa, propiciatoria precisamente a que la parte decida por el todo. RETORNO AL LAICISMO MASÓNICO DE 1931 PRETENDE Rodríguez reinstalar a España en la II República, apoyado en sus sayones y en sus aliados de conveniencia. Hace y deshace a su antojo como si ya estuviéramos metidos de hoz y coz en la retrocesión histórica. Su laicismo militante, por ejemplo, es un fiel reflejo del que la Gran Logía Española y el Gran Oriente de España inyectaron a los constitucionalistas de 1931 por medio de sus decisorios diputados masones y de sus allegados ideológicos. Eran 151 los diputados masones en las Cortes constituyentes según el pormenorizado cuadro que incluye como apéndice María Dolores Gómez Molleda en "La masonería en la crisis española del siglo XX" (Editorial Universitaria S.A., 1998).¿Cuántos lo eran ya en 1978 entre los llamados "padres de la constitución" y en las ilegítimas Cortes constituyentes? ¿Cuántos lo son ahora, además de Rodríguez, en el gobierno, en la mayoría relativa socialista y las minorías que le apoyan y chantajean? ¿Cuántos a izquierda y derecha? Las tres ramas masónicas tradicionales ocultan cuidadosamente la filiación de sus huestes partitocráticas y resulta laborioso localizarlos a través de sus iniciativas, comportamientos y signos simbólicos de identificación. Pero son bastantes más de los que se supone, un buen número de ellos estratégicamente situados en las estructuras de las taifas y en las administraciones locales. Y si hasta 1936 las recluta prevalecía entre la mesocracia, también ahora se reproduce el fenómeno, una vez que el poder está en manos de la mediocracia, igualmente manipulable. SÓLO EN LA CONSUMACIÓN DEL CAOS CABRÍA ALENTAR ALGUNA ESPERANZA DE FUTURO MUCHOS se preguntan hoy si es irremediable la deriva hacia la desintegración de España, de la que la forma federal o confederal perseguida por Rodríguez sería sólo una etapa previa a la balcanización o a la creación neomarxista de una Unión Ibérica de Repúblicas Socialistas. La propuesta de reforma constitucional limitada evacuada por Rajoy como contrarpuesta al Manifiesto socialista de descarado retorno a la II República proporciona escaso margen a la esperanza. Lo que España precia para regenerarse no es una reforma de la Nicolasa, sino una nueva constitución elaborada con rigor y susceptible de ensamblar tradición histórica con futuro verazmente democrático. Pero una solución de tal naturaleza requiere que emerjan auténticos líderes, capaces de ilusionar a amplios segmentos de la sociedad. Y un fenómeno de tal naturaleza raya con lo milagroso en circunstancias decadentes como la actual. Necesitan el caldo del caos para surgir. En política como en astrofísica el caos es manantial de nuevo orden. Es triste y paradójica esperanza que la regeneración de España pueda fiarse en el caos hacia el que nos conduce Rodríguez. Mientras ese presumible desenlace no se materialice plenamente España, como la Nicolasa, seguirá siendo Plaza de la Prostitución y remedo político del chocho de la Bernarda.

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