viernes, diciembre 15, 2006

Felix Arbolí, ¿Desaparece el Rastro madrileño?

sabado 16 de diciembre de 2006
¿Desaparece El Rastro madrileño?
Félix Arbolí
H ACE unos veinticinco años que acudo al Rastro madrileño todos los domingos y algunas fiestas de guardar, a excepción de cuando amanece la mañana diluviando o el amigo Gallardón hace algunas de sus frecuentes gracias y nos fastidia el desplazamiento por el centro de la ciudad con sus inacabables obras, caravanas ciclistas, manifestaciones autorizadas para protestar por todo, aunque no le inmuten las peticiones formuladas por los afectados e incluso esas carreras y maratones que cada dos domingos y el de en medio organiza para provocar el caos circulatorio y el que la mayoría de las familias, ante las enojosas eventualidades y obstáculos que se van a encontrar para desplazarse, prefieran encerrarse en casa y ver la “caja tonta”. ¿No tenemos una esplendida Casa de Campo donde celebrar esos eventos sin molestar al ciudadano que solo aspira a disfrutar un domingo familiar y tranquilo, sin cortes de circulación, señales prohibitivas a diestro y a siniestro y demás zarandajas con las que nuestro insaciable alcalde nos obsequia de continuo?. Con esta medida incluso iríamos eliminando la cada vez más numerosa y provocativa prostitución que han hecho de esta zona madrileña un lugar inseguro para el adulto y vedado para la infancia. La historia del Rastro madrileño figura en la literatura más tradicional y costumbrista de nuestro Madrid desde hace siglos. Es un patrimonio cultural, turístico y recreativo que ningún alcalde, por muy todopoderoso que se crea, tiene la facultad de eliminar o ir transformándolo en algo anodino, una especie de híbrido comercial, sin el primitivo encanto y los numerosos alicientes y sorpresas con los que hasta la llegada de los ediles del PP era normal encontrarse si uno era asiduo visitante de tan original escenario. Recuerdo al Rastro de los alcaldes Rodríguez Sahagún y Tierno Galván y el que están intentando eliminar y desprestigiar desde la llegada de Álvarez del Manzano y sobre todo, Ruiz Gallardón y siento rabia e impotencia ante estos señores tan enemigos de la tradición y el costumbrismo madrileño, cuando debieran poner sus facultades y energías en hacerlo aún más atractivo, sorprendente y original. Ya han desaparecido esos puestos y mantas donde cualquier persona o familia, si tenía interés en desprenderse de esos objetos hallados en el viejo arcón de la abuela o trastero familiar, sólo tenía que madrugar el tiempo suficiente para ocupar un espacio de los muchos entonces disponibles y colocar su mercancía a la vista del público, esperando pacientemente la llegada del comprador que aliviara ese momentáneo o urgente problema. Hubo vendedores que estaban allí las gélidas noches invernales desde las tres de la mañana, con mantas y abultada indumentaria, al calor de una hoguera improvisada, formando animada y aterida tertulia con otros colegas de tales menesteres, para tener asegurado el espacio donde exponer su abigarrada mercancía. Pero era una gozada visitar esos improvisados puestos, donde entre tanta cosa baladí y de desconocida utilidad, hallábamos ese cuadro o antiguo reloj, la vieja estilográfica de primeras épocas y otras singularidades por el estilo, cuya adquisición por una cantidad realmente justificable, nos hacía sentir feliz y afortunado el resto del día. Y el vendedor, solventado su problema, se marchaba airoso y complacido al final de la jornada con ese dinero que le era tan necesario y desprenderse de una serie de trastos que ocupaban un espacio polvoriento en ese cuarto o trastero donde apenas si se podía pasar. Todos felices y un lugar inigualable en esos domingos madrileños, cuya fama, historias contadas y leyendas más o menos inventadas eran conocidas más allá de nuestras fronteras y objeto de inspiración para eminentes e inolvidables escritores, gracias a los cuales sabremos que existió, antes que los ediles del PP, si continuamos bajo su mandato, terminen de cargarse este típico y entrañable mercadillo. Contaremos a nuestros nietos que hubo un lugar donde algunos sueños se hicieron realidades y de algunas “chisteras algo deterioradas por el paso del tiempo surgieron auténticos conejos de la suerte”, gracias a la magia de un escenario que todas las capitales europeas, menos Madrid, se empeñan en respetar, alentar y mitificar. Que se lo pregunten a los parisinos con su célebre “mercado de las pulgas”… En el Rastro, me refiero al anterior a la llegada de los “ppeínos”, he logrado formar la colección completa de las obras de Hugo Wast, uno de mis escritores favoritos durante la juventud y cuyas obras me he leído en su totalidad. Libros que fui adquiriendo en los montones que se esparcían sobre el suelo de la plaza del Campillo del Mundo Nuevo y que por algunos pagué la miseria de veinticinco pesetas. Algunos los tengo hasta repetidos al no poder contenerme de adquirirlos dado el precio que me pedían. En este insospechado batíburrillo literario encontré también ejemplares magníficos y antiguos de editoriales ya desaparecidas, como los famosos “Callejas”, ilustrados maravillosamente y a todo color, primeras ediciones de escritores de pasados siglos, comics primitivos, centenarias publicaciones de autores reconocidos, etc, etc. Todo un “tesoro” de un valor inapreciable para mí que no me fue nada difícil conseguirlos, ya que estaban en esa montaña donde solo había que enredar un poco para encontrar ese ejemplar que por una u otra causa me resultaba de enorme interés. Y a parte de libros, poseo también una colección de campanitas de casi todos los pueblos de España y gran número de ciudades extranjeras. La inicié, por pura casualidad, al ver a una aterida anciana ofreciendo unos escasos e inservibles objetos y me dio lástima verla temblar desde las primeras horas de una fría mañana bajo su ajado mantoncillo. Por esas circunstancias inexplicables que a veces nos dominan, le pregunté cuanto pensaba sacar durante toda la mañana por su mercancía. Me miró extrañada y confusa y me dijo que se conformaba con sacar cien pesetas (de mediados de los sesenta), para solucionar su problema. Le ofrecí doscientas pesetas para que se fuera y le dije que se llevara también sus mercancías, ya que a mi no me servían para nada. Creía que era una mala broma, pero al ver que le entregaba el dinero, lo cogió emocionada y se empeñó en que me quedara con todos sus géneros Al no aceptarlo, me pidió y vi en ello un rasgo de dignidad que le impedía aceptarlo como limosna, que al menos me llevara las dos campanitas, una de la Virgen del Pilar y otra de Santiago, como recuerdo y agradecimiento. Las acepté, por no herir su sensibilidad y ellas fueron el principio de esta colección que hoy sobrepasan los trescientos ejemplares procedentes de todos los rincones, eventos y ciudades tanto nacionales, como extranjeros, ya que al conocer mi debilidad, amigos y conocidos han ido acrecentándola con las que me han traído de sus viajes y celebraciones. La última, precisamente, del amigo José Luis Navas, nuestro director, procedente de Baltimore donde estuvo para asistir al bautizo de una nueva nieta. Algunas son de plata, otra como la japonesa de lo más original que uno pueda imaginarse y que me fue traída ex profeso por una antigua compañera del ministerio y hasta la grandota que da el campanazo sobre las demás pues es de las que llevan los yates para avisar algunos pormenores de la navegación. Asimismo, soldaditos de plomo, algunos de los antiguos y ya desaparecidos y hasta de diminutos tamaños representando actores de alguna comedia teatral de capas y espadas que jamás había visto en ninguna otra exhibición de este tipo. Pero mis caprichos y visitas son inacabables y tengo mi cuarto estudio con los objetos más curiosos y hasta desconocidos que uno pueda imaginar, desde aquella pistola detonadora de nuestros años juveniles, que funcionaba a base de pistones, hasta los sables con empuñaduras del águila y la cruz gamada, usadas por los oficiales nazis sujetos a su cinturón y una catana japonesa, entre otras muy diferentes y de distintas épocas, incluso los famosos trabucos de nuestros legendarios bandoleros y aquellas que de su cañón al igual que salía el tiro, lo hacía una afilada daga. Y una pequeña colección de tortugas de todo tipo de materiales, figuras de jade, ópalos, marfiles y un sin fin de curiosidades y extraños artilugios algunos de los cuales no hemos sabido descifrar. Sin contar, desgraciadamente los que dos “sudacas”, aprovechando nuestra ausencia y bajo el pretexto de entregar un paquete a una vecina ausente, se le colaron en casa a mi suegra y mientras una la entretenía amigablemente en el salón, la otra hizo un recorrido y barrido por el resto de la casa, limpiándonos de todo nuestro dinero en efectivo y alhajas y objetos de valor que encontró en el resto de la casa. La denuncia cursada, lógicamente, no nos sirvió para nada. Un detalle más que debo agradecer a esta llegada masiva de indeseables, mezclados entre los pocos que vienen a trabajar y a vivir con dignidad. Volviendo a nuestro tema, la visita al Rastro se llega a convertir en costumbre que se hace habito y cuando por alguna causa mayor no puedo acudir a mi cita semanal, noto que me falta algo, que el día no ha empezado bien y hasta me encuentro raro en el discurrir de la jornada. Y no soy el único que siente esa extraña y curiosa sensación respecto a la obligada visita a este mercadillo. Son miles los “rastreros”, (en el mejor sentido de esta expresión), que sienten idénticas inquietudes respecto a su tradicional costumbre de pasar las mañanas dominicales “comprando duros a pesetas”, o intentándolo al menos. Porque las ocasiones y portentosos hallazgos tan contados y celebrados desde siglos atrás ocurridos en este espacio múltiple y revuelto, han pasado ya al terreno de la leyenda y los milagros se han evadido de la realidad. Hoy puede encontrar ciertas gangas en todos los terrenos o un ahorro más o menos considerable a la hora de adquirir ese objeto o bagatela que atrae su atención y le hace aligerar el bolsillo, si antes no ha tenido la mala suerte de que se lo aligeren algunos de los muchos carteristas que hacen su agosto, septiembre y muchos meses más aprovechando el tumulto, la concentrada atención del visitante en un puesto determinado y el conocimiento, tras aguda y precisa atención, del lugar exacto donde la victima ha tenido la desgracia de guardar sus euros. No se preocupe que no encontrará al policía municipal en ese momento oportuno, están más dedicados a otros menesteres, al parecer de mayor consideración para su ilustre Alcalde, el medir los distintos puestos para que ninguno se pase unos centímetros de la medida impuesta y cobrada por el Ayuntamiento de la Villa y Corte. Esta es la prioridad, al parecer, de nuestras autoridades municipales y confiscar esos cachivaches, que se ven viejos y han sido hallados en los rebuscos nocturnos, a esos ancianos o pobres gentes que se colocan en algún sitio libre y sólo tienen ese medio de ganarse la vida, para no tener que robar o utilizar otros procedimientos fraudulentos. No hablo de los videos, discos y demás géneros que venden generalmente los chinos y otros “ciudadanos ilustres de última hornada”, que si se puede considerar mercancía de dudosa procedencia. Recuerdo la anécdota del inolvidable Ramón Gómez de la Serna, en su divertido y famosísimo libro sobre el Rastro, en el que cuenta que estuvo toda una mañana intentando vender monedas de duro, de las que circulaban en su tiempo, por una peseta y no consiguió que “picara nadie el anzuelo”, ya que todos pensaban que se trataba de dinero falso o sin ningún valor. Nadie podía sospechar que era un ardid del escritor para probar la falta de confianza del género humano en sus semejantes. Hoy no se ofrecen estas gangas, desgraciadamente, aunque a veces surge la sorpresa y nos encontramos con ese extraño y curioso objeto, que no andábamos buscando, pero que nos hace una gran ilusión haber encontrado y a un precio irrisorio. Los que conocemos al Rastro desde tantos años pasados, jamás podremos perdonarle a los alcaldes del PP, Álvarez del Manzano y al actual Ruiz Gallardón, la animadversión que durante todo su mandato han sentido por este tradicional y célebre mercado de todo lo imaginable y lo sorprendente. Hasta Tierno Galván, al que tuve la oportunidad de votar en las elecciones, aunque no tenga afinidad política alguna con su partido, se preocupó y mucho de este típico y reconocido mercadillo madrileño, al que visitó en algunas ocasiones y dotó de mayor seguridad. Por cierto, a éste alcalde tuve la oportunidad de conocerle y tratarle en varias ocasiones. Una de ellas, como enviado del Alcalde de mi tierra natal Chiclana de la Frontera, para invitarle oficialmente a la celebración del centenario de la muerte de nuestro ilustre poeta local don Antonio García Gutiérrez, invitación que aceptó complacido y gracias a la cual, tuve el privilegio de viajar con él y con Juan José Alonso Millán, en su calidad de Presidente de la Sociedad General de Autores, compartiendo el mismo avión y hotel. Era todo un caballero, correcto, amable y con una dignidad que irradiaba como un aura por cada uno de sus poros. No se me olvidarán los dos gestos que tuvo, dignos de figurar en la crónica histórica de esta Villa y Corte. Uno, al recibir oficialmente como Alcalde de la ciudad al Papa en su visita a España y expresarle la bienvenida y dirigirle todo el discurso del acto en un perfecto y clásico latín, que dejó asombrado al propio Pontífice. El segundo y no menos importante para mí, cuando fueron a retirarle el Crucifijo de la mesa del despacho oficial, que habían tenido sus antecesores y pensaban que él, como agnóstico, no lo querría. Se opuso radicalmente y ordenó que lo dejaran donde estaba ya que Jesús simbolizaba al Amor y a él no le molestaba tenerlo presente en su mesa. ¡ Qué diferencia con los actuales “muñecos diabólicos”, politicastros y educadores sin responsabilidad profesional y personal hacia las creencias e ideología de la mayoría sobre los que ejercen su mandato e influencia y sin el menor ánimo consensual, que están quitando crucifijos e imágenes religiosas de los locales públicos excusándose en el absurdo “laicismo” del Estado. ¿Es que tenemos que abjurar de nuestras creencias y costumbres para que los advenedizos intolerantes, que nos “invaden” en pateras, se sientan complacidos con la desaparición de nuestros ancestrales símbolos religiosos al ser cambiados por los que ellos y su fanatismo tratan de imponernos?. Con la llegada de estos ediles “peperianos”, el Rastro está desapareciendo paulatinamente. En la mente de algunos estarán planos y proyectos de modernos y elevados edificios, lujosos aparcamientos y otras bagatelas que hagan más ricos a los que ya lo son, si el pueblo no se impone y corta por lo sano con los enemigos de esta tradición en las elecciones municipales venideras. Cada domingo una nueva norma, apenas perceptible, cada semana menos puestos autorizados y muchos más eliminados de forma fulminante. Nuevos y elevados impuestos, medidas controladas para que cada vendedor ocupe un espacio limitado, etc, etc. Una labor de la que solo los que conocemos este inigualable escenario desde hace tantos años nos percatamos ya que la realizan con extremado disimulo y con el consabido “ordeno y mando” tan característico de este edil, al que solo vemos en la tele cuando tiene el casco puesto, anunciando una nueva demolición y una nueva y faraónica obra. Los votos del Rastro y de la mayoría de sus visitantes los tiene negados de antemano. El sabrá lo que hace.

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