jueves, septiembre 07, 2006

Apuntaciones sobre algunos dirigentes del PP

viernes 8 de septiembre de 2006
Apuntaciones sobre algunos dirigentes del PP
Antonio Castro Villacañas
T ODOS los españoles estamos marcados por la historia: la individual y propia de cada uno junto a la común y solidaria. Lógico es, en consecuencia, que al hablar del pasado cada cual lo haga desde su propio punto de vista, personal e intransferible por mucho que su titular se esfuerce en comunicarlo. Es evidente que yo, por ejemplo, no puedo hacer mía la historia íntima de nadie, ni siquiera la de mis más próximos en el afecto (padres, esposa, hijos, hermanos), en primer lugar porque nadie cuenta nunca del todo su propia vida, y en segundo -pero principal- término porque todo lo que me cuenten o hayan contado, aunque sea verdadero y esté lleno de datos eficaces, yo no lo he vivido ni podré nunca vivirlo con igual intensidad que lo hicieron aquellos a quienes escuché algún día o escucho en estos momentos. Algo parecido sucede con la historia común. Si la has vivido o la estás viviendo, porque cada cual habla de la feria según le va o le ha ido en ella; y si -lo que sucede muchas más veces- te refieres o se refieren a la historia pasada, porque cuanto puedes o pueden decir de ella es un simple reflejo de lo que tú o los demás hayáis leido o escuchado. No quiero decir con cuanto antecede que la historia personal y la historia común carezcan de importancia, pero sí que a mi juicio tienen una limitada y relativa trascendencia, salvo que la una y la otra se utilicen como arma dialéctica para afianzar y expandir la forma de vida individual y colectiva que por cualquier razón más nos gusta o interesa. Esa es la trascendencia y la importancia que tiene la llamada "memoria histórica", desde el primer momento convertida en una carga de profundidad contra determinadas personalidades y sobre todo contra un modo concreto de vivir y entender el pasado, el presente y el inmediato futuro de España. Cuanto antecede lo he escrito motivado por un artículo que Eduardo Zaplana, el conocido dirigente "popular", publicó el pasado 2 de agosto en "El Mundo" bajo el título de "Memoria, sectarismo y reconciliación", y que comienza con este significativo párrafo: "Me he reconocido siempre como un español marcado profundamente por la Transición". Es de agradecer que el señor Zaplana se confiese uno de tantos, sin nada especial que lo distinga o separe del resto de sus compatriotas, pues todos y cada uno de ellos, igual los que vivieran ese periodo como los nacidos durante su transcurso o después de él, estamos y estaremos profundamente marcados -sólo Dios sabe durante cuánto tiempo- por un fenómeno político de tan trascendental importancia. Nadie puede dudar de que la llamada Transición cambió el rumbo de la historia de España. La forma en que se hizo es lo que a mí me permite llamarla, en minúscula, tra(ns)ición: es un intento de expresar gráficamente su verdadera esencia. A todos los españoles nos ha marcado profundamente esa tra(ns)ición. Por eso no solo el señor Zaplana, sino también todos y cada uno de los votantes, de los militantes y de los dirigentes "populares", llevan esa misma marca, aunque no en todos tenga la misma forma ni idéntica profundidad e intensidad. Ello se debe a que el colectivo "pepe" está integrado por personas de diverso origen, diferente formación y distinta actitud ante el pasado, el presente y el futuro. Esa es una de las más características diferencias que podemos hallar entre el Partido Popular y los demás partidos políticos. En el artículo que comento, el señor Zaplana continúa exponiendo su personalidad: "He sido siempre crítico con la dictadura franquista", dice, como si quisiera con ello destacar lo sólido y firme de sus creencias políticas y con ello adquirir un pasaporte o un visado para sucesivas empresas. La verdad es que con tal frase no dice nada nuevo y válido, porque mucho antes de que Franco muriera ya un gran número de profesores y de políticos en ejercicio habíamos calificado al franquismo como una "dictadura constituyente" y le criticábamos tanto por el ritmo -a nuestro juicio más lento de lo aconsejable- y la orientación -demasiado derechista, a nuestro parecer- con que se iba en ese tiempo constituyendo España. Otros muchos españoles, entre los cuales por razón de edad no podía estar el señor Zaplana, criticaban a Franco mientras Franco estaba vivo y ejercía el poder, cada cual desde su peculiar punto de vista, y ese criticismo sí tiene su mérito porque sus autores y protagonistas se exponían a recibir alguna reprimenda o algún castigo por oponerse a la general tendencia, consistente en decir amén -como Manuel Fraga- a cuanto Franco dijera, o a sugerirle ritmos y orientaciones todavía más próximos a la derecha... Criticar la dictadura franquista desde que empezó la Tra(ns)ición no tiene ningún mérito, aunque otra cosa crea y presuma el señor Zaplana, y menos aún si quienes tal hicieron en ese tiempo o lo hacen ahora están arropados por los puestos políticos --de alcalde a portavoz de la oposición, pasando por la presidencia de una comunidad autónoma y la poltrona ministerial- ganados mediante elecciones y actividades en las que pudorosamente se ocultan o aminoran tal tipo de críticas, como es el caso según mis noticias del señor Zaplana. "Fue un tiempo perdido para España", ha escrito este singular personaje refiriéndose a la "dictadura franquista", sin duda para que sus enemigos políticos le perdonen la vida y le otorguen la patente de corso demócrata y progresista que necesita para ganarse todavía mejor la existencia. Ante tal afirmación me pregunto: ¿ese es el particular punto de vista de un político en busca de mejores puestos, o la doctrina oficial -aunque oculta- de un partido que tiene en su cuadro de fundadores y dirigentes muchos nombres que ocuparon lugares de honor y confianza en aquél tiempo? Y sigo preguntándome: el señor Zaplana, y los que como él piensen, ¿han sometido tal cuestión, u otra por el estilo, a la deliberación y el acuerdo de los votantes del "Pepe"? Como carezco de información al respecto, mucho agradeceré que me la proporcione cualquiera de los "pepes" que sostienen con su voto, sus afanes y su dinero a ese partido y a ese singular vocero. La "dictadura franquista" fue "en primer lugar, un tiempo perdido para la libertad", ha escrito el creador de la doctrina zaplanesca. Quien se ha hecho rico hombre desde los puestos públicos alcanzados en los últimos treinta años, no ha tenido tiempo -según se deduce por tal frase- para aprender nada de la historia contemporánea de España, ni en libros escritos por personalidades de muy diversos ámbitos ni de labios de sus propios y directos familiares, vecinos, amigos y compañeros de partido. Cualquiera que sepa algo de lo que pasó en España desde la II restauración borbónica en adelante, y más en concreto desde 1931 a l936 y desde el 18 de Julio hasta la muerte de Franco; cualquiera que tenga unos mínimos conocimientos históricos y un mínimo sentido común, jamás hubiera escrito o escribiría una majadería semejante a la del señor Zaplana. ¿Tiempo perdido para España el gastado en reconstruirla tanto en lo cívico como en lo material, hasta dejarla en buenas condiciones, muchísimo mejores que las vigentes hace cien, setenta y cinco o setenta años? ¿Pueden crer en serio el señor Zaplana y sus semejantes que fue tiempo perdido el hacer imposible la resurrección de los años en que agentes de orden público y escoltas privados de políticos socialistas asesinaban a los jefes de la oposición parlamentaria, o aquellos otros en que se excitaban los peores instintos de las masas mediante la insidiosa tesis de que monjas y frailes daban a los niños proletarios caramelos envenenados? ¿Qué concepto de la libertad tienen los Zaplanas si no se dan cuenta de que por no ser tachados de "franquistas" están poco a poco abriendo puertas y ventanas a la "libertad" que consiste en difundir bulos semejantes -este verano, el de los "pepes" gallegos incendiarios- y en escindir y enfrentar a los españoles al resucitar parciales modos de entender el pasado y al despojar a España de sus cimientos históricos y espirituales? "La dictadura franquista -es otra afirmación del señor Zaplana- fue también un tiempo perdido para nuestro enganche con el mundo avanzado, como sociedad abierta y plural". Es otra afirmación y a mi juicio otra mentira, ya que cualquier observador sin prejuicios -y sin miedo a ser tachado de franquista- de la España que Franco rigió desde 1936 a 1975 sabe muy bien que esa España fue aceptada en 1939 por la práctica totalidad de los Estados entonces existentes en el mundo, ya que sólo dos (la URSS y México, pésimos ejemplos de sociedad abierta y plural) se negaron a reconocerla como igual a ellos. Es verdad que desde 1945 a 1951 los vencedores de la II Guerra Mundial, impulsados por el archiconocido prototipo de apertura y pluralismo que durante toda su vida fue la URSS, retiraron sus embajadores y dispusieron un cerco social, político y económico contra España, pero nadie podrá negar que ese cerco lo tuvieron que abrir los mismos que lo impusieron, ante la evidencia de que los españoles de entonces -entre los que por fortuna no había zaplanistas- no estaban dispuestos a tolerar que fueran los extranjeros quienes dictaran como debíamos organizar nuestras formas de convivencia política y humana, así como el nombre y las circunstancias de nuestros gobernantes. Fruto de esa "desobediencia" fue que la España de Franco, a partir de 1950, recuperara todo su prestigio internacional, consolidado de modo espectacular por la visita que el Presidente de los Estados Unidos, general Eisenhower, hizo en Madrid al general Franco para firmar con él un Tratado de amistad y cooperación todavía en parte vigente. Otra visita semejante no ha vuelto a producirse en los 30 años que lleva de existencia el actual Régimen, pese a haberse construído siguiendo las directrices de los dirigentes "abiertos y plurales" que adoran Zaplana y sus muchachos. "Fue esta conciencia de todo cuanto la dictadura nos hizo perder, la que contribuyó a que los que vivimos y protagonizamos la Transición supiéramos claramente qué metas teníamos que lograr", dice el tal Zaplana, atribuyéndose un papel y una personalidad que entonces no tuvo. ¿Las consiguieron? Si aceptamos como unidad de medida y peso político el resultado de las diversas elecciones generales celebradas desde entonces, hemos de reconocer que el singular partido político formado en 1976 para realizar tal tra(ns)ición, y su fundador y director, Adolfo Suárez, que fue siempre franquista mientras el franquismo le era rentable, lograron algunas de ellas hasta que sus votantes se dieron cuenta de que habían sido objeto de una singular estafa política, puesto que les habían pedido el voto para asegurar la instauración de un franquismo reformado y adecuado a los nuevos tiempos, y lo que en realidad habían hecho UCD y Adolfo Suárez era iniciar el entierro de cuanto podía de algún modo obstaculizar su peculiar manera de entender los negocios políticos. Por eso, y de un modo claramente democrático, fueron puestos literalmente en la calle por el pueblo español Adolfo Suárez, UCD y el CDS, su último y diferente sucedáneo. Por eso, y para no quedarse en la calle, bastantes adolfistas y cededores se apresuraron a hacerse "populares" en cuanto éstos dejaron de ser una Alianza -básicamente franquista- para convertirse en algo -un Partido- menos puro y mucho más práctico. Entre ellos estaba y sigue estando Eduardo Zaplana, hábil explotador de sentimientos y fidelidades, que junto con otros "pepes" dirigentes de primer o segundo orden ha dado al pueblo español el triste espectáculo de sumarse a las invectivas y falacias de quienes perdieron la guerra y ahora quieren ganarla al precio de poner a los españoles en una situación cada vez más semejante a la que la provocó. Estos dirigentes de los "pepes" no quieren ser tachados como demócratas falsos o franquistas encubiertos: sólo quieren seguir cobrando sus sueldos y manteniendo la posibilidad de hacer negocios políticos y económicos. Es decir: seguir viviendo, como llevan haciéndolo ya cerca de treinta años, del cuento centrista y democrático, que en esencia consiste en decir y hacer lo que haga falta para seguir ellos prosperando... Yo también soy un español profundamente marcado por la Tra(ns)ición, en la que no quise participar de ninguna manera cuando pude hacerlo en posiciones de bastante rango. Dejé la política en cuanto comprobé que el rey Juan Carlos y su cortejo habían emprendido un camino muy diferente al que juraron hacer cuando vivía Franco y poco después de morir éste. Puedo presumir de no haber votado nunca a UCD, ni al CDS, ni a liberales, demócratas, centristas o populares... Inútil me parece decir que tampoco les iba a votar en las próximas elecciones municipales o generales, pero que al leer lo escrito por el señor Zaplana -y que no sigo glosando para no cansar más a mis posibles lectores-, he creído mi deber el hacer pública mi convicción de que el PP carece hoy de una adecuada y firme dirección y orientación política, lo que le hará perder puntos en las próximas convocatorias electorales. Me alegraré de que tal suceda si con ello desaparecen de la escena política figuras y figurones semejantes a la del señor Zaplana. Lo sentiré, y muy de veras, por los disgustos que todo ello puede proporcionar a los Pepes votantes y militantes, pues de sobra merecen consideración y respeto. Me gustaría, eso sí, que tras esas elecciones dichos Pepes reorganizaran su partido y su línea política. Pero eso es algo que habremos de comentar, si Dios lo permite, dentro de un año.

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