lunes 19 de junio de 2006
Impermeable el ademán
Por EDUARDO SAN MARTÍN
MEDIADO el año 2001, el recién elegido secretario general del PSOE pasó una jornada en Murcia. Estábamos en plena discusión del Plan Hidrológico, en cuya aprobación había depositado sus esperanzas toda la región: gobernantes y gobernados, empresarios y sindicatos, y casi todas las fuerzas políticas, aunque ya los socialistas habían comenzado a matizar su discurso al compás de los dictados de los nuevos burócratas de Ferraz. Tuve la oportunidad de ejercer de anfitrión y de pasar casi todo el día junto a Rodríguez Zapatero, que se había alineado con aragoneses y catalanes, dejando con el culo al aire a sus camaradas del Levante español y poniendo patas arriba la doctrina tradicional del PSOE en política hídrica. Le habíamos preparado un almuerzo con lo más representativo de la sociedad civil murciana: exportadores, economistas, profesores, regantes... Escuchó atentamente argumentos independientes y cargados de razón, sonrió mucho, esbozó algunas improvisaciones sobre un tema que desconocía, fuese y... hasta hoy. Absolutamente impermeable. Al agua y a los argumentos. Él ya tenía un designio.
Así es Zapatero. Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que su talante es en realidad una coraza. De que escucha mucho pero no absorbe nada que no se acompase con sus propios planes. Puede que el presidente del Gobierno no tenga un dibujo acabado de todo lo que emprende; que sea un buen táctico, pero un estratega deficiente. Ahora bien, tiene propósitos. Y en su cumplimiento empeña todo su crédito político. La insistencia en hacer honor a las promesas no es en él un recurso retórico. Es su forma de entender la política. Ayuno de virtudes como las que adornan a políticos de mayor consistencia ideológica y de más elevado nivel intelectual, Zapatero se justifica en la praxis, en la acción. Leninismo posmoderno. Cumplir sus objetivos se convierte en una suerte de legitimidad de ejercicio que le redime de las dudas que suscitaría su legitimidad de origen.
Con la aprobación ayer del Estatuto catalán, Zapatero ha tallado una muesca importante en la culata de su escopeta de explorador. Es lo que le preocupa. No importa que hasta él mismo pueda desconocer el diseño final -y los riesgos- del experimento que hoy se pone en marcha con el refrendo de un texto que va a provocar (está provocando ya) una estampida de emulaciones en el resto de las comunidades españolas; tampoco lo ridículo de un porcentaje de aprobación que se sitúa ligeramente por encima del nivel de ratificación de un texto tan lejano como el de la Constitución Europea; ni, por supuesto, lo pírrico de una victoria que se ha llevado por delante a un gobierno de coalición, a su presidente (si se deja finalmente) y a un partido de incautos que creían rozar la gloria (del poder) con los dedos.
Él tenía un designio. Es muy probable que, en la conversación que sostuvieron una mañana de enero del año pasado en Moncloa, Zapatero escuchara con atención a Mariano Rajoy, sonriera todo el tiempo y despidiera a su huésped con las mejores palabras. El líder del PP disponía de buenas razones para creerle: el comunicado que ponía fin a un encuentro que pudo cambiar la historia reciente de España anunciaba la revisión consensuada del diseño territorial del Estado. Pero, pasadas algunas semanas, no hubo nada. Como en Murcia. Y a Mariano Rajoy se le debió de quedar la misma cara de estupor que a las fuerzas vivas murcianas en aquel día de hace ahora cinco años. Estupor ante la rotunda impermeabilidad que se oculta detrás del más exquisito de los ademanes. Zapatero tenía su hoja de ruta y había elegido a sus acompañantes. Al PP sólo le pedía que no estorbara.
La siguiente muesca, ya se sabe, es el inminente diálogo con ETA y la legalización de sus escuderos. Nada apartará a Zapatero de su propósito. Me temo que ni siquiera un acto de violencia (la extorsión ha cambiado de nombre pero no de sustancia). Y no es sólo que le importe un bledo el consenso con el PP para emprender ese viaje; es que muy probablemente prefiera hacerlo sin él
No hay comentarios:
Publicar un comentario