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miércoles, octubre 01, 2008

Pio Moa, Queipo-Franco (II) "Ni olvida ni perdona"

Queipo-Franco (II) "Ni olvida ni perdona"

2 de Octubre de 2008 - 08:11:45 - Pío Moa

El odio a Franco es tan intenso y duradero en nuestra izquierda – hasta ha conseguido contagiarlo en buena medida a una derecha deseosa de hacerse la moderna—que no duda en utilizar contra él, como una referencia fiable, a Queipo de Llano, a quien por lo demás presentan como un borracho embustero y sanguinario. En Años de hierro examiné las causas y circunstancias de este enfrentamiento entre los dos generales, y me ha alegrado comprobar, por estas memorias publicadas por Fernández-Coppel, que acerté en lo esencial. Queipo detestaba a Franco por motivos personales: se consideraba superior a él militarmente, le dolía obedecerle cuando lo había tenido a sus órdenes, se sentía postergado cuando, a su juicio, si el alzamiento había triunfado se debía fundamentalmente a la toma de Sevilla. Estos agravios se doblan de críticas políticas no muy convincentes: Queipo no era ningún político, y sus argumentos pertenecen al género de los esgrimidos en las tertulias de café.

Le dolía especialmente la supresión de sus charlas radiofónicas. Él las consideraba, con razón, como una innovación bélica de efectos trascendentales: habían elevado la moral de los nacionales en los primeros y cruciales tiempos del alzamiento, hasta disuadir a Mola de dar por perdida la rebelión y huir al extranjero; y habían deprimido el espíritu de lucha de los rojos, quienes bien lo habían sentido y le replicaban en tono equivalente, aunque menos eficaz. Pero, llegado un momento, Franco parece haber juzgado perjudicial el estilo de aquellas charlas, y ordenó cesarlas, para frustración del interesado (y de muchos miles de oyentes).

La actitud independiente de Queipo, su prestigio, su aversión a la Falange y menosprecio del Caudillo, que no ocultaba, alentaban, por lo menos, la división y la insubordinación en Andalucía, donde él gobernaba de hecho como un “virrey”, aun si no conspirara directamente. Si Franco lo toleraba, se exponía a serios problemas apenas terminada la guerra y comenzada la reconstrucción, en medio de fuertes tensiones potenciales dentro del régimen. La maniobra con que se libró de Queipo estuvo urdida para evitar el choque abierto e impedir que se abriera una peligrosa grieta en el régimen. Queipo explica en su relato, tras comunicarle Franco su decisión de alejarlo de España: “De modo que… ¿esto no tiene arreglo?”. “Como amigo te puedo perdonar, como jefe de Estado, no”.

Dato importante de aquellos años, a menudo negligido, fue la escasa lealtad de bastantes generales (y políticos) hacia su Caudillo, y los continuos complots de varios de ellos. En este caso, Franco cortó la amenaza en sus inicios, pero con otros opositores internos -- que casi seguramente habrían introducido a España en la guerra mundial--, hubo de lidiar con sumo cuidado, atento siempre a evitar un resquebrajamiento político. Lo consiguió siempre y sin sangre: conspiradores como Aranda habrían sido fusilados por casi cualquier otro gobernante.

El castigo de Queipo, de todas formas, resultó poco trágico: “destierro” a Roma con un cargo en el cual podía hacer algo o nada, y bien vigilado. Él mismo lo explica: “Sueldo de príncipes, vida espléndida… ¡Corpo di tal, qué destino….! Y toda mi obligación es bien sencilla: cobrar y estarme quieto”.

¿Sentía Franco amistad por Queipo? Es muy posible: le concedió los máximos honores y reconocimientos…cuando dejó de ser un peligro para él y no tenía, por tanto, interés o necesidad de ganarse a su díscolo compañero de armas. Según el agraciado, el Caudillo ni olvidaba ni perdonaba, pero en su caso, desde luego, fue al revés.

Franco, debe reconocerse, supo mantener la disciplina con notable destreza. Durante la guerra había tenido el mismo problema que el Frente Popular: asegurar la unidad de sus filas, tradicionalmente propensas a la disgregación. Él lo había logrado sin apenas derramamiento de sangre, mientras que en el bando contrario costó una pequeña guerra civil interna y ni aun así se consolidó bien.

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Cuatro frases, cuatro embustes:



"Los caídos del bando franquista han sido dignificados. Ahora les toca a los del otro bando".

"Somos o representamos a los familiares de las víctimas de la guerra".


"Las víctimas del franquismo defendían la democracia y un régimen legal".


"Esta ley quiere cerrar las heridas de la guerra".




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http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/queipofranco-ii-ni-olvida-ni-perdona-3863/

martes, septiembre 30, 2008

Pio Moa, ¿Que legaron los visigodos?

miercoles 1 de octubre de 2008
HISTORIA
¿Qué legaron los visigodos?
Por Pío Moa
Con frecuencia leemos opiniones despectivas sobre la herencia visigoda en España: la reducen a un puñado de palabras y niegan su influencia sobre la historia posterior, dentro de la tendencia semitizante de Américo Castro u otras similares. Como observa Serafín Fanjul de otras parecidas, tales opiniones, expresadas con más emocionalidad que fundamento, solo "patentizan de modo dramático la indigencia documental y discursiva de alguno [yo diría muchos, muchísimos] gurús omnipresentes en la inculta cultura española actual".

Ciertamente, los godos dejaron muy poco léxico en las lenguas peninsulares, lo cual testimonia, con la mayor probabilidad, la pronta pérdida del idioma germánico inicial. Este fenómeno forma parte de otro: la rápida aculturación de los visigodos en el mundo latino-español. Incluso los nobles, seguramente los más renuentes, abandonaron su religión y gran parte de sus costumbres, y documentos como la Institutionum disciplinae indican cómo en la formación de sus jóvenes pesaba más la tradición católica y clásica que las reminiscencias germánicas, aun no siendo éstas desdeñables.

El hecho, muy poco dudoso, es que, al revés que los árabes, los godos se latinizaron profundamente en España, y que sus rasgos ancestrales quedaron reducidos a un cierto estilo y tendencias secundarias. También queda muy poco de su arte, pues la mayor parte de sus edificios fueron destruidos; quizá dejaron el arco de herradura, que los árabes llevarían a su perfección. De su literatura oral nada queda, aunque seguramente existió, porque nadie la recopiló, como sí hicieron siglos más tarde algunos escritores con diversos relatos de la época (Los Nibelungos, Beowulf, los relatos del rey Arturo o, posteriormente, las sagas vikingas).

Más interés tiene otro tipo de herencia: los visigodos o tervingios, de origen escandinavo, peregrinaron durante siglos por el este y el sur de Europa, hasta afincarse en Hispania. Durante una larga etapa permanecieron aquí como un grupo social separado, que habría podido seguir emigrando, por ejemplo al norte de África, adonde habían ido vándalos y alanos y habían intentado marchar los mismos visigodos. Pero a partir de Leovigildo su identificación con el país donde vivían no hizo más que crecer, hasta terminar disolviéndose en la población romana.

No sabemos cómo se produjo ello, ni si al comenzar la Reconquista permanecían núcleos significativos de godos separados, pero el proceso ocurrió, sin duda. Algunos han sostenido que fueron trasladados a Galicia, en el siglo IX o X, donde se extinguirían entre la población local, pero suena dudoso. Parece probable que el proceso de mezcla étnica estuviera ya muy avanzado antes de la invasión árabe, durante el largo periodo (un siglo y cuarto) desde la abolición de la prohibición de matrimonios entre ambas poblaciones.

No menos importancia tiene la herencia onomástica personal. Los nombres de origen germánico alcanzaron una enorme difusión desde los primeros tiempos de la Reconquista –llegando a superar incluso a los de origen latino–, tendencia persistente hasta hoy mismo. Y si, como sostienen algunos, los apellidos terminados en -ez tienen origen godo (se forman generalmente con nombres germánicos), la gran mayoría de los españoles, en todas las provincias, reflejan esa influencia. Influencia no étnica, pues la población goda no debió de pasar de un 5 a un 10% de la hispanorromana, sino debida, por una parte, al prestigio social de su nobleza, pues el término godo hacía referencia sobre todo a su oligarquía, más bien que a los tervingios de a pie, culturalmente más atrasados que los romanos; y por otra, y sobre todo, a un espíritu de identificación popular con la España perdida, la España hispanogoda.

Este fenómeno de identificación apunta al principal legado de los visigodos: el político. Con ellos –y con impulso decisivo del episcopado– tomó forma la primera nación política española, culminando la unificación cultural latina y cristiana; permanecieron también sus leyes, muy romanizadas, y una larga serie de reminiscencias, en parte mitológicas pero con un sustrato histórico muy sólido y emocionalmente motivador. De no ser por ese sustrato e identificación popular, el legado hispano-godo pudo haber quedado sepultado para siempre cuando los árabes conquistaron prácticamente toda la península. Entonces pudo consolidarse definitivamente Al Ándalus, un país musulmán, arabizado y africano, y desaparecer España, país cristiano, latino y europeo, tal como desaparecieron las sociedades cristianas y latinizadas del norte de África.

No parece una especulación arbitraria afirmar que si España no siguió el mismo derrotero histórico de África del Norte se debió, precisamente, a la herencia política hispano-tervingia. Solo esta interpretación casa con los hechos conocidos. Asunto diferente es que algunos deseen reintegrar la península en el ámbito musulmán-mogrebí y, por odio a cuanto signifique España, traten de borrar de la historia los hechos que les disgustan.

http://revista.libertaddigital.com/que-legaron-los-visigodos-1276235477.html

lunes, septiembre 15, 2008

Pio Moa, La legitimidad de la Republica

martes 16 de septiembre de 2008
Alfonso XIII y los monárquicos
La legitimidad de la República
Quienes destruyeron el proyecto de democracia republicana, hoy está bien documentado, fueron las izquierdas y los separatistas.

Pío Moa

La carta de despedida de Alfonso XIII decía:

Las elecciones celebradas el domingo, me revelan claramente que no tengo el amor de mi pueblo. Mi conciencia me dice que ese desvío no será definitivo, porque procuré siempre servir a España, puesto el único afán en el interés público hasta en las más críticas coyunturas. Un Rey puede equivocarse y sin duda erré yo alguna vez, pero sé bien que nuestra patria se mostró siempre generosa ante las culpas sin malicia. Soy el Rey de todos los españoles y también un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas en eficaz forcejeo contra los que las combaten; pero resueltamente quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro, en fratricida guerra civil.

No renuncio a ninguno de mis derechos, porque más que míos son depósitos acumulados por la Historia de cuya custodia me han de pedir un día cuenta rigurosa. Espero conocer la auténtica expresión de la conciencia colectiva. Mientras habla la nación suspendo deliberadamente el ejercicio del Poder Real reconociéndola como única señora de sus destinos.

También quiero cumplir ahora el deber que me dicta el amor de la Patria. Pido a Dios que también como yo lo sientan y lo cumplan todos los españoles.

La carta es un perfecto contrasentido. Las elecciones no le habían demostrado que había perdido "el amor del pueblo", más bien lo contrario, prescindiendo del hecho de que en aquel momento no se conocían siquiera las votaciones totales, que la república nunca hizo públicas (¡y por algo!). La afirmación de que sus derechos son un irrenunciable depósito de la Historia choca con la evidencia de su renuncia práctica, máxime cuando asegura tener los medios de hacerlos valer eficazmente. En suma, dice huir de sus derechos (y responsabilidades) por temor a una "guerra fratricida", entonces extremadamente improbable y cuya responsabilidad recaería en todo caso sobre quienes la desataran, es decir, los republicanos. A los enemigos de la monarquía (y de la democracia y las libertades, muchos de ellos) les bastaba amenazar, ni siquiera amagar, con la guerra civil, para que el rey abandonara al "depósito de la Historia" y "el amor de su pueblo".

El pueblo, la gran mayoría de él, percibió de forma algo confusa, pero intensa, la abyección de la conducta de los monárquicos y del propio monarca, y entonces fue cuando realmente "se despertó republicano" y los condenó a todos ellos. En las elecciones siguientes los partidos monárquicos desaparecieron y la derecha en pleno casi se vino abajo. Solo los desmanes perpetrados una y otra vez por las izquierdas fueron haciendo cambiar a gran parte de la opinión pública, que en menos de tres años dio la victoria al centro derecha. Pero no a los monárquicos. Y en 1936 el levantamiento militar y popular no se hizo en absoluto por el trono, salvo en minorías ínfimas. Sin el franquismo, la monarquía jamás habría vuelto, o habría llegado al terminar la guerra mundial impuesta por los tanques anglosajones, y seguramente habría durado muy poco. Solo la situación de prosperidad, reconciliación y olvido de las viejas pasiones resultante del franquismo ha permitido una monarquía democrática relativamente estable, y hoy nuevamente en posición dudosa.

La legitimidad de la República nace, por tanto y precisamente, de la renuncia del rey y de los monárquicos. Debido a sus pretensiones "revolucionarias", los republicanos pretendieron negar el hecho y legitimarse por las votaciones municipales del 31, lo cual es una obvia falacia. Incluso llevaron su necio sectarismo hasta perseguir sañudamente al rey que les había regalado el poder, como recuerda Miguel Maura.

No solo tuvo la República esa legitimidad de origen, también la tuvo de ejercicio: amplió las libertades, estableció una constitución en principio democrática, a pesar de su sectarismo, y abordó problemas que se arrastraban de lejos, aunque la izquierda lo hizo con su tradicional demagogia e ineptitud. La gran masa de la derecha relegó la monarquía a un impreciso e improbable futuro, aceptó la democracia republicana y se propuso la reforma de la misma dentro de la ley; un programa coherente. Y los monárquicos volvieron a la carga... renunciando a su propia tradición liberal.

Quienes destruyeron el proyecto de democracia republicana, hoy está bien documentado, fueron las izquierdas y los separatistas. El hecho de que, ante tal experiencia, las derechas –el mismo Franco que en 1930 defendía la democratización del país– concluyeran que la democracia no podía funcionar en España (y no podía funcionar en aquellas condiciones) e instauraran un régimen autoritario ha provocado un extremo confusionismo, permitiendo presentarse como republicanos y demócratas a las mismas izquierdas y separatismos que arruinaron las libertades y la república.

De esa tremenda confusión nacen muchos de los peores males políticos de hoy, y por eso clarificar la historia constituye una labor urgente para sanear y afianzar nuestra convivencia en libertad.

http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/la-legitimidad-de-la-republica-45362/