jueves, mayo 24, 2007

Garcia Brera, Las claves del divorcio

viernes 25 de mayo de 2007
Las claves del divorcio
Miguel Ángel García Brera
Y A he comentado aquí lo de “chove porco Governo” que resume en italiano la tendencia general a achacar todos los males al Gobierno. Claro es que cuando llueve tanto como ocurre esta primavera y nos damos cuenta de que Madrid, además de tantos afeites y novedades como se le han hecho, necesitaba con urgencia mejorar un alcantarillado demasiado antiguo y pensado para una ciudad bien diferente, alguna razón nos asiste para culpar a los sucesivos Ayuntamientos de cierta imprevisión, sobre todo cuando las inundaciones, especialmente en la zona Sur, si bien esta vez parecen superar en magnitud, han sido el pan, no de cada día, pero sí de cada año. Resulta que, siguiendo el dicho italiano, alguien ha querido ver en Rodríguez Zapatero la causa de que el divorcio haya crecido, en 2006, un 51%, de modo que, cada cuatro minutos, una pareja rompe su vínculo matrimonial. El Instituto de Política Familiar, que ha dado los datos, y ha calificado el asunto de “auténtico suicido social”, con lo que estoy totalmente de acuerdo, ha achacado al presidente la deplorable estadística en función de la Ley de Divorcio Express, que propició este Gobierno y aprobaron los parlamentarios del PSOE y sus comparsas. Mi punto de vista es diferente. Puede ser que una ley, que facilita trámites y abarata la solución, incremente el número de asuntos relacionados con esa norma; pero en la cuestión matrimonial, no tengo la menor duda de que el aumento de las rupturas es debido al desarraigo religioso, al machismo y al feminismo cada vez más exóticos y violentos, a la falta de madurez con que se aborda por muchas parejas la unión matrimonial y a la intolerancia y falta de respeto que predomina en muchas gentes confundiendo lo que es el verdadero ejercicio de la libertad. Tal vez, desde el Instituto de Política Familiar se me diga que al imputar el incremento de divorcios a R. Zapatero, lo hacen pensando en que la política presidencial ha provocado que el español se muestre hoy como en el anterior párrafo sugiero, pero, a mi parecer, el nuevo talante de muchos españoles –algunos jóvenes ya mal educados “ab initio” y otros, menos jóvenes, reconvertidos a lo chabacano y lo callejero- no es flor de un día, ni de un Gobierno, ni de un presidente. He conocido varias generaciones en la Facultad donde enseñé periodismo y he visto como iba cambiando la gente al hilo de los modelos que las diferentes políticas presentaban o de las normas que iban abriendo el camino del todo está permitido, del error de entender la legítima igualdad ante la ley como la defenestración de la jerarquía -ya sea en sabiduría, edad o gobierno-, y de la sublimación del libertinaje en todos los campos, de tal modo que ya no hay repudio al okupa o al pequeño ladrón, en lo que a la propiedad se refiere, ni al que exhibe sin pudor su cuerpo o sus bajos instintos en los medios, por lo que se refiere a la intimidad y al respeto al prójimo, ni al que insulta impunemente a otro o perturba la vida ajena exigiéndole confidencias de portal, ni al que presume de no haber dado un palo al agua y vivir como nadie, mientras se desacredita el valor del trabajo bien hecho, del estudio y del esfuerzo por la mejora personal, y , por supuesto, todo aquello que tenga que ver con la verdadera solidaridad, aunque se disfracen de tal algunas iniciativas que provocan sonrojo. No, ni el incremento del divorcio, ni los 85.000 abortos anuales que España padece, son achacables a este Gobierno, sino al cúmulo de despropósitos que los políticos de todo signo, llevaron a sus normas y al cinismo del que han dado tantas muestras. También al abandono de la religión y de sus preceptos, sustituidos por las tesis de muchos psicólogos y educadores que hicieron de la permisividad el máximo valor, confundiendo a muchos padres de familia de varias generaciones. Y, desde luego, a unos medios, dominados por simples fuerzas económicas y habitados por “informadores ad hoc” con escasa preparación y ambición desatada. Los embates que sufre la familia española, la vergüenza de ser un país pionero en la desunión y la intolerancia entre esposos hasta llegar a la ruptura o, peor aún, a la violencia y la muerte, no son sólo culpa de este Gobierno, sino de los que le precedieron y también de los intelectuales y de quienes debieron ser ejemplo de una sociedad a la que se dieron, en gran parte con aviesa intención para tenerla sometida, los valores cambiados. Si el mal de muchos es consuelo de tontos, diré para estos que también en Francia hay cierta descomposición social y se empieza a buscar soluciones, entre las que se acaba de proponer la reposición de costumbres como la de tratar de Vd. a los profesores. Yo lo hice siempre y recíprocamente lo exigí, sin problema alguno, cuando ya gran parte de los docentes se tuteaban con sus alumnos, hasta el punto de que, cuando hoy muchos de los míos vienen a saludarme, siempre tengo que pedirles que me apeen el tratamiento, ya improcedente, cuando no soy su profesor sino un compañero. Si del divorcio, no; de lo que sí tiene culpa el actual Gobierno es del cinismo con que acaba de plantear el regalo de la nacionalidad española a los nietos de los emigrantes españoles. Personalmente, hasta donde fuera realmente posible hacerlo, fuera de lo estrictamente honorario, me resulta muy entrañable dar esa opción a los descendientes de aquellos compatriotas que tuvieron que emigrar, pero me parece denigrante que, advertido el Gobierno de que sólo en Cuba puede haber seis millones de nietos con tal derecho, el Gobierno ha contestado que no hay problema porque no serán capaces de hallar los documentos necesarios para optar a la “generosa” nacionalización. O sea, que se trata de un gesto para la galería. Me recuerda la respuesta de Barranco a un periodista que le preguntó por qué -en aquellos tiempos- el Ayuntamiento de Madrid perdía todos los recursos contra las multas de tráfico. “Porque se tramitan mal -vino a decir sin inmutarse- pero con los que no recurren y pagan ingresamos más, que si tuviéramos que gastar dinero en un buen servicio de cobro para que no se escape ningún infractor”. Mientras haya tontos que paguen…, digo yo.

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