viernes, junio 09, 2006

Gallardon en la picota

sabado 10 de junio de 2006
Gallardón en la picota

JUAN MANUEL DE PRADA
TUVE la suerte de asistir a la intervención de Alberto Ruiz-Gallardón en el Foro de ABC. Sus críticas al Gobierno de Zapatero fueron constantes, vigorosas, indubitables. Se pronunció contra las reformas estatutarias que amenazan con convertir el pacto constitucional en letra muerta; censuró la deriva del llamado «proceso de paz», adhiriéndose sin ambages a las posiciones mantenidas por su partido; recriminó muy severamente el revisionismo de un pasado que, bajo la coartada de una mal llamada «memoria histórica», pretende reavivar los fantasmas del resentimiento. Condenó, en fin, el radicalismo de un Gobierno que, en su afán por expulsar a la derecha de la vida pública española, no vacila en dinamitar los cimientos de entendimiento social y en iniciar una negociación con criminales confesos que, lejos de abominar de sus crímenes, están dispuestos a utilizarlos como argumento de transacción política. A continuación, Gallardón alertó sobre el peligro que corre la derecha si, abandonando su riquísimo acervo conservador y liberal, se enfrenta al mal que combate empleando sus mismos recursos, esto es, entregándose insensatamente al radicalismo; pues así no conseguirá sino alimentar la sectaria estrategia de cainismo y enconamiento social que rige la acción del Gobierno. Y animó a sus correligionarios a centrar su crítica en los plurales desafueros y tropelías que el Gobierno perpetra y en proponer alternativas a la sociedad, que siempre concede su confianza a quienes postulan un porvenir distinto e ilusionante, no a quienes chapotean en los lodazales del pasado. En ningún momento de su alocución el alcalde insinuó que se debiera correr un velo de amnesia sobre las circunstancias que rodearon los bestiales atentados del 11-M; tan sólo constató que ciertos debates bizantinos distraen la atención de lo que verdaderamente importa.
A Gallardón podrán hacérsele sin duda muchos reproches, como a cualquier político que ha desempeñado durante veinte años altos cargos de representación ciudadana. Las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan saben que desde este rincón de papel y tinta hemos arremetido contra Gallardón cuando, en su afán por desmarcarse de esa derecha arriscada que lo zahiere, se ha prodigado en gestos de «outsider» un tanto estentóreos o exasperantes; pero estas arremetidas no nos han impedido nunca reconocer en Gallardón al político español más brillante y mejor equipado intelectualmente de las últimas décadas. Desde hace algún tiempo, Gallardón ha entendido que la mejor manera de hacer valer su singularidad no consiste en prodigar espantadas y desafecciones que sólo benefician a sus detractores, sino en integrarla en el caudal de su partido, en el que conviven corrientes muy diversas, algunas por cierto desoladoras. Gallardón encarna la posibilidad de una derecha ilustrada en la que muchos nos sentimos cómodos; mucho más cómodos, desde luego, que en esa derecha atrabiliaria que azuzan por igual la irresponsabilidad sectaria de nuestro actual Gobierno y cierto energumenismo mediático. Por supuesto que hay rasgos de Gallardón que provocan nuestra reticencia; pero de ahí a presentarlo como un monstruo de egoísmo, capaz de pisotear por ambición la memoria de las víctimas del terrorismo, media un trecho que sólo se atreve a salvar la infamia.
Pocos políticos a izquierda y derecha pueden mostrar una ejecutoria tan limpia y desvelada de apoyo y compasión (en el sentido más prístino de la palabra) con quienes han sufrido la crueldad del terrorismo. Pocos tan constantes como Alberto Ruiz-Gallardón en sus muestras de aprecio y cercanía con las víctimas. Volverá a estar con ellas, latiendo con ellas, en la manifestación que esta tarde se celebra en Madrid. Por ello merece nuestra gratitud y nuestro aplauso

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