miércoles, junio 07, 2006

En el nombre de Alá

jueves 8 de junio de 2006
En el nombre de Alá

Por ALFONSO ROJO
Hace unos días, en Bagdad, asesinaron a tres tenistas. Los mataron porque iban en pantalón corto. Fue al grito de «¡Alá akbar!», cuando salían de una lavandería. Uno de ellos, el primero que acribillaron, se llamaba Ahmed Rachid y era el entrenador del equipo nacional. Los otros dos -Naser Alí y Wisam Adel- eran dos críos y trataron de esconderse debajo de un coche. Habían ido el mes pasado a Jordania a disputar una de esas rondas de la Copa Davis que ni siquiera aparecen en los periódicos.
Conocía a Ahmed y con Naser y Wisam hasta peloteé alguna vez, cuando pasaba la mayor parte del tiempo en Irak, tratando de contar a los españoles lo que sucedía en aquel desventurado país.
En la plaza Firdaus, la misma en la que estaba aquella gigantesca estatua de Sadam Husein que derribaron los marines cuando entraron en Bagdad el 9 de abril de 2003, hay un viejo y decadente club de tenis. Fue fundado por los británicos en 1924 y queda justo al otro lado del aparatoso muro de cemento que rodea los hoteles Sheraton y Palestina. Era allí, en sus ahora polvorientos salones, donde se reunía la elite del antiguo régimen, a jugar al billar, echar interminables partidas de bridge, refrescarse en la piscina y comer a dos carrillos.
El Alwiyah Club tiene seis agujereadas pistas de tierra, que los empleados reparan y pintan sin cesar, esperando que alguno de los periodistas, mercenarios, diplomáticos o empresarios que se alojan en los dos hoteles contiguos, se acerque a jugar.
En 2004, el único que bajaba era yo. Por la módica suma de 5 dólares te podías hartar de dar raquetazos con Faris al-Hassan, que había sido número 1 de Irak en los ochenta y al que el hijo de Sadam metió diez días en la cárcel por haber perdido un partido contra Argelia. O con Ahmed, Naser, Wisam o cualquiera de las jóvenes promesas que deambulaban por allí.
Mientras jugabas, pasaban por encima, a baja altura, los helicópteros, sonaban explosiones y rara era la jornada en que no crepitaban cerca las ametralladoras.
En aquellos días y por miedo a los coches-bomba, habían bloqueado la entrada principal y accedíamos al club por un callejón lateral. Había torretas en las esquinas y vallas de alambre de espino, pero los modestos tenistas iraquíes actuaban como si no existiera la guerra. El horror no había alcanzado entonces los niveles de hoy. Ya habían empezado a decapitar rehenes, pero los fanáticos de Alá no habían prohibido todavía la venta de esas albóndigas de pasta de garbanzo que llaman falafel, con la peregrina justificación de que no existían en tiempos de Mahoma, y tampoco asesinaban a la gente por ir en pantalón corto. ¿Había fusiles kalasnikov y coches-bomba en tiempos de Mahoma?

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