lunes 12 de junio de 2006
DEJEMOS EN PAZ AL PASADO Y CONSTRUYAMOS EL FUTURO
Félix Arbolí
R ECIENTEMENTE publicaron en “Contraportada”, un articulo mío, titulado “Cuidado con el perro que es peligroso”. En él hablaba de la Monarquía, la República y el Franquismo. Así como del cambio de la Bandera, Símbolo de identificación de todos los españoles, que se produjo al proclamarse la República. Los países que cambian de régimen político por las buenas e incluso por la violencia y el golpe de estado, en la mayoría de los casos y salvo excepciones motivadas por el rencor y la tiranía, donde se intenta eliminar todo lo que huela y recuerde al pasado, no implantan una nueva Bandera, siguen utilizando la misma. Porque ese combinado de colores, no es el símbolo de un régimen o gobierno determinado, sino el de toda la nación. Y esta, al igual que sigue conservando su nombre, no tiene por que cambiar su más alta representación oficial. Los defensores de incluir esa franja morada en nuestra rojo y gualda, que ahora intentan refregarnos en cuantas ocasiones pueden y se lo permiten (que son todas), se aferran para justificar ese cambio de color en la última franja, al episodio de los Comuneros de Castilla, Padilla, Bravo y Maldonado, cuando se alzaron contra el emperador Carlos I y fueron derrotados en Villalar y ejecutados posteriormente. Un episodio histórico que no tiene nada de deshonroso, trasladado a esa época y en esas circunstancias, pero que no tiene relación alguna, aunque quieran encontrarla a toda costa, con esa Republica que iniciaba su andadura política por segunda vez, tras una elecciones generales y por tanto, previa voluntad popular.¿Ä que se debía ese afán de cambio de bandera, si en la primera de l873, no lo hicieron?. Entonces sólo alteraron el escudo cambiando la coronal real o monárquica por la mural. Como hicieron también éstos últimos. Normal lo del cambio de corona, puesto que ya España no era una Monarquía, pero no el de la Bandera por la que habían dado su sangre e incluso su vida millones de españoles dentro de nuestras fronteras y en los puntos más distantes donde sale y se oculta el sol. ¿Por qué ese odio y desprecio, ese intentar eliminarla de nuestra Historia, si la Bandera nada tiene que ver con la buena o mala política de los ciudadanos de un país, ni representa a ningún bando determinado? Me parece grosero, de mala educación e insultante al máximo que con ocasión de la visita oficial de los Príncipes de Asturias a determinados municipios de la Comunidad de Madrid, haya un grupo de descerebrados e intolerantes, que los reciban refregándoles con odio y con rencor, con ese tremendo revanchismo que les caracteriza, esa bandera con la que querían expresar una repulsa tan zafia y tan fuera de tiempo y lugar. Ni Carrillo, Julio Anguita, o la misma Pasionaria, si estuviera viva, serían capaces de tal despropósito, pues ya tuvieron su momento para demostrarnos que el pasado era ya historia y se enfrentaron tolerantes y con corrección, a laborar por el futuro. Conste que no soy monárquico y sólo siento simpatía por Don Juan Carlos y Doña Sofía. Ningún otro miembro de la real familia ha sido capaz de emocionarme. Y menos, con las canonjías y favores que, según cuenta la prensa y los programas de chismes informativos de nuestra televisión, están obteniendo los adosados a la Corona con esas bodas que antes llamaban morganáticas e impedían reinar y ahora llaman “pelotazos” o de otra manera menos fina y correcta, que dan los que enamoran a los descendientes reales. Algo que, evidentemente, no me parece nada bien y que tampoco sirve para hacer más popular y entrañable a la Corona entre su pueblo. Si quieren privilegios de cuna y de vida, deben aceptar también las obligaciones y limitaciones, las exigencias que su cuna y su futuro destino le demandan. Pero esto no es motivo para que cuando les veamos o recibamos en nuestros pueblos y calles, le insultemos y tratemos con tan extremada grosería. Lo cortés no quita lo valiente. ¿Qué hubiesen hecho durante la República si algunos de esos exaltados monárquicos, que me figuro habría, salieran a la calle y durante la visita de Azaña, Lerroux, Largo Caballero o cualquier otro jerifalte republicano a su comunidad, le hubiesen sacado banderas monárquicas?. Se lo imaginan, yo también. ¡ Si en esa época por llevar una simple corbata, zapatos o traje y no me digas si encima dabas testimonio de tu fe en Dios, no había quien te librara del famoso “paseo” de irás pero no volverás, de esas plazas de toros convertidas en prisiones, donde te liquidaban con nocturnidad y alevosía ante sus mismas tapias o esas checas, donde se hacinaban los que estaban seguros de que no volverían a gozar de la luz del sol!. ¡Seamos consecuentes, queridos lectores!. Ni Franco, fue San Francisco de Asís, desgraciadamente para muchos, ni la República la panacea de todos nuestros males e infortunios. Todo lo contrario, le pese a quien le pese. Está en la Historia y en la mente de los que vivimos esos episodios. Son páginas de nuestro pasado que forman ya parte de nuestra Historia. Nada más. Un aviso de navegantes para que sepamos esquivar y vencer en el futuro una nueva tormenta política de uno u otro signo. No podemos borrar de nuestros archivos mentales esos graves y dolorosos episodios y conflictos padecidos, pero tampoco debemos envenenar a nuestros hijos, que tuvieron la suerte de no vivirlos, machacándole una y otra vez con esas ideas y argumentos que le están generando un rencor y un ansia de revancha que va a ser muy difícil de detener cuando estalle esa marabunta y lo invada todo por completo. Dejemos a los muertos que descansen en paz. Ellos ya no tienen oportunidad de dar marcha atrás. Hay que intentar rellenar con fe, con tolerancia y con solidaridad ese tremendo abismo que se abrió entre las dos Españas, para que no vuelva a abrirse la tierra y llenarse de cadáveres, en su mayoría inocentes y ajenos a esa tragedia política. Dejemos las estatuas para los científicos y benefactores de la Humanidad, para los que realmente las merecen y las calles llamémoslas con nombres de pájaros, flores, colores y otros conceptos que no cambien según la procedencia del viento reinante. Pero si quitamos a unos de esos pedestales y ocultamos sus nombres del callejero, hagámoslo con todos los políticos, sean del bando que sean. No tiremos a Franco, que le pese a quien le pese, forma parte indiscutible de nuestra Historia, ( negra, gris o blanca, según criterios todos para mi muy respetables), sin quitar asimismo, de esos monumentos a la vanidad, a todos los que intervinieron en ese periodo, aunque fueran del bando de los vencidos que hoy figuran como vencedores. Sigo con el refrán “o todos moros o todos cristianos”, no valen las medias tintas. Esta es mi manera de pensar y así lo exponía, con idénticas o similares formas, en mi artículo anterior y sus respuestas no se hicieron esperar. Me gusta, hipócrita sería negarlo, ver que me leen y comentan lo que escribo. Habrán podido observar que lo hago de corrido, sin preparar el tema de antemano, ni reflexionar mucho sobre lo que expongo. Me limito, sencillamente, a expresar lo que siento en este momento y hago correr las teclas del ordenador que, a veces, hasta hacen saltar chispas. Pero me duele que algunos insulten, se exasperen y pierdan el norte del sentido común y la educación, cuando intentan atacarme o defenderme literariamente. O cuando se prestan a batallas dialécticas dos o tres, sin que ninguno de ellos logre convencer o hacer callar a su contrario. Dejemos el pataleo o las riñas de vecindonas para nuestros políticos en el hemiciclo y no intentemos imitarlos en nuestra manera de comportarnos y vivir con dignidad, pues de ellos no podremos sacar nada en claro, ni tener un ejemplo o referencia fiable y recomendado. Y vuelvo a repetirlo, no lo olvidéis: ¡Cuidado con el perro que es peligroso” y le han quitado ya el bozal, sólo falta que le suelten la cadena. ¡Qué Dios nos coja confesados!
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