miércoles, junio 07, 2006

Cuello blanco

jueves 8 de junio de 2006
Cuello blanco

Por IGNACIO CAMACHO
DECÍA la palestina Leila Jaled que un buen terrorista debe vestir ropa cara, alojarse en hoteles confortables y viajar en primera clase, todo ello para no despertar sospechas. El norirlandés Gerry Adams, siempre tan presentable con su corbata y su traje bien planchado, carece en su expediente de vinculación oficial con delitos de sangre -aunque algunos expertos suspicaces sostienen que ha limpiado con cuidado ciertos episodios poco luminosos de su biografía-, pero sus tránsitos moralmente fronterizos con el IRA no permiten considerarle una monja de la caridad. Si la legislación británica hubiese contemplado los supuestos penales de nuestra ley de Partidos, Adams sería el modelo de terrorista de cuello blanco: un tipo apuesto y sonriente acostumbrado a cruzar las borrosas aduanas entre la legalidad y el crimen, en cuyos impecables puños no es difícil atisbar las manchas rojas del encubrimiento terrorista.
Algo tendría que decir la Embajada de su país respecto al hecho de que un ciudadano británico comparezca en España para injerirse de lleno en los asuntos internos de otro miembro de la UE, reuniéndose sin tapujos con el dirigente de un partido ilegal como Arnaldo Otegi, e impartiendo en el Ritz lecciones de un «proceso de paz» que ya hubiese querido para su Ulster, habida cuenta de lo mucho que van a obtener Batasuna y ETA en comparación con lo poco -más bien nada, hasta ahora- que entregan. Lo que pactó Adams con Blair lo podríamos suscribir aquí más de cuatro: desarme verificado, excarcelaciones reversibles y con cuentagotas, y una autonomía de poca monta que no roza el diez por ciento del Estatuto de Guernica. De modo que poco tiene que enseñar por estos pagos el prócer del Sinn Fein, que como sus amigos clérigos trabucaires se aprovecha de los trenes baratos vendiendo en hoteles caros una mercancía averiada. Al bueno de Gerry, además, le pasó por encima el Nobel, adjudicado a los líderes de las minorías en conflicto, que allí sí lo había, y con dos bandos, o tres; la Academia de Oslo, que llegó a premiar a Begin y Arafat, hiló fino por una vez y se tentó la ropa antes de condecorar a un prenda tan sospechoso.
Es obvio que para acabar con el terrorismo no se puede negociar con personas honorables, pero al menos que no se metan por medio más fantasmas de los que ya hay. Adams es un fantasmón más bien siniestro, un guiri oportunista al que los arúspices de la «pazzzzzzz» zapateril le buscan parecidos de urgencia con Otegi -si lo tuviera con alguien, sería con Díez Usabiaga-. Pero el de Elgóibar, de cuyo currículo va a ser difícil limpiar algún asuntillo como el del atentado contra Gabriel Cisneros, es como más agreste, menos seductor y más duro de sonrisa, aunque pronto lo veremos disputado en los mejores cenáculos como el hombre de moda. Eso sí, por favor: si va a haber que tragar aceptando como «interlocutores necesarios» a terroristas en comisión de servicio, que sean sólo los domésticos. A ver si también, con la matraca de «internacionalizar el conflicto», vamos a tener que honrar a lo mejorcito de cada casa.

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