domingo, octubre 05, 2008

Tomas Cuesta, Manos rojas no ofenden

Manos rojas no ofenden

Lunes, 06-10-08

TOMÁS CUESTA

EL hecho de formar parte del Gobierno madrileño empieza a convertirse en un oficio de alto riesgo, aunque doña Esperanza Aguirre, en vez de pagarle a sus alfiles el complemento de peligrosidad que se merecen, con el pretexto de la crisis, les haya congelado el sueldo.
-O sea, la guerra fría, lo que predijo Zapatero. Van a tener razón quienes proclaman que es inasequible al sentimiento.
-Fría o incandescente, llámela como quiera. No vamos a enredarnos en discusiones bizantinas, ni a poner un termómetro en el sobaco de la guerra.
Porque la guerra de Madrid no se mide por grados sino por la inmundicia que segrega. Es una guerra sucia en la que todo vale y en la que la primera regla -como ocurría en el «Fight Club»- es que no existen reglas. Cualquier golpe bajo es admitido e incluso se estimula la bajeza.
-¿Qué tal los mordiscos en la oreja?
-Formidables. Thyson, sin ir más lejos, metía unos bocados que temblaba el misterio.
-¿Y una buena patada en los mismísimos o, en su defecto, allí dónde más duela?
-Superior. Es una técnica que aúna la tradición y la eficiencia.
-Respecto a los cabezazos, no habrá ningún problema.
-Muy al contrario, hombre de Dios. Las cosas hay que hacerlas con cabeza.
El rompeolas de todas las Españas que soñara Machado en el fragor de la galerna, se ha reinventado sin abdicar de su firmeza. Si las Españas se rompen a golpe de estatuto (ésta-tú y ésta-yo; ésta por Rajoy, ésta por Zapatero) Madrid hace el papel de la aldea de Astérix. Apaleados en las urnas, los progresistas de opereta pretenden socavar la resistencia con artimañas rufianescas. Utilizando a troche y moche a los reciarios del rumor (reciario, acuérdense, era el gladiador que combatía armado con red y con tridente; hoy, con la Red se arreglan) y a los francotiradores de la duda y la maledicencia. Un cóctel venenoso (muy agitado, por supuesto) que, servido en bandeja por los medios afectos, consigue que la atmósfera se vaya enrareciendo.
A estas alturas, doña Esperanza Aguirre podría presumir, y debería hacerlo, de ser la representación más acabada que tienen del Maligno los descreídos de la izquierda. Es el «¡No pasarán!» -pero a la viceversa- que pone de los nervios a la totalidad de los ajenos y que a no pocos de los propios les pone en evidencia. ¿Quién iba a imaginarse que Madrid acabaría convertido en paradigma del progreso a raíz de que Thatcher y Manolita Malasaña se encontrasen en la Casa de Correos? O sea, la caverna que se ha infiltrado, incluso, en las Cuevas de Sésamo. Para la nueva inquisición, un anatema. Para el tontocentrismo, pecado de soberbia.
El señor Zapatero, que, igual que Sánchez Mazas, es inmune al olvido y al arrepentimiento, pretende acogotar a la Comunidad con el garrote vil de los dineros sin prescindir del garrotazo y tentetieso. «Agit-prop» a voleo y asfixia financiera. Puño cerrado y puño enhiesto. Los sindicatos, que no dan palo al agua mientras se hunde el Titanic del empleo, muelen a palos cualquier iniciativa que provenga de Aguirre o de sus consejeros. Que a Güemes le cortaran el resuello (y ya puede dar gracias si sólo le cortaron eso) no constituye un incidente aislado, ni una chifladura pasajera. Es de cajón de mico que estaba diseñado para meter presión a la caldera. ¡Más madera, que es la guerra!
Aquella vez que a Bono un feroz jubilado casi le toca un pelo (lo que explica, de paso, el espectacular injerto que luce esta temporada otoño-invierno), ardió Troya, en efecto. A Güemes, sin embargo, le han para el pelo y le han tomado el ídem con recochineo. Según la fiscalía, nadie intentó agredirle y, si los justicieros lo aseguran tendremos que creérnoslo. A lo mejor es que los energúmenos se suelen llamar Nadie en homenaje a Homero. O a lo mejor es que hay que hacerle algún retoque al célebre episodio en el que Carlomarde -ministro de Justicia de Fernando VII; la historia es un pañuelo- encajó un bofetón de la Infanta Carlota citando a Calderón al vuelo: «Manos blancas no ofenden». En el caso de Güemes, «manos rojas no ofenden».

http://www.abc.es/20081006/opinion-firmas/manos-rojas-ofenden-20081006.html

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