Carisma
20.10.2008
JOSEBA LOPEZORTEGA
John F. Kennedy fue un personaje carismático, pero gran parte de su magnetismo nacía de unos medios de comunicación poco evolucionados. España tenía a comienzos de 1958 un parque de 30.000 televisores, que se propagaron masivamente sólo a lo largo de la siguiente década. Kennedy, joven y guapo esposo y padre de familia, fue conocido en la España de Franco sólo a través de la prensa escrita y, más minoritariamente, a través del Nodo. No es de extrañar que la ciudadanía, localmente inmersa en la dictadura de un Franco rayano en los setenta años y globalmente poco experimentada en el trato con los audiovisuales, agigantara hasta proporciones legendarias las virtudes innatas de JFK.
La situación en 2008 es la inversa. Instantáneamente, medios como la televisión o Internet proporcionan a escala global información y herramientas que hacen que el carisma de los candidatos resulte un activo frágil y potencialmente peligroso. Es posible investigar qué se esconde detrás del carisma, y si se encuentran errores o inconsistencias son divulgados masivamente y erosionan gravemente la solidez de los nominados. Las presidenciales norteamericanas en curso demuestran que el carisma es traidor y puede ser contraproducente, como parece suceder a una Sarah Palin que no resiste el microscopio. Por el contrario, la imagen pública necesita absolutamente ser consistente y creíble, pues hace presidentes. Es cuestionable la insistencia de determinados analistas en señalar que Obama no acaba de sentenciar en su duelo con McCain, cuando el aumento de su popularidad se debe, en buena medida, a la forma respetuosa con la que debate y hace campaña. El joven senador no debería arrollar al veterano candidato republicano ni siquiera si éste careciera de argumentos o posibilidad de defensa, o menos aún si así fuera. Al cuidar a su oponente, al respetar y dignificar a su través a los millones de votantes que sin duda le apoyarán, Obama gana en consistencia como potencial presidente. Es un frío, analítico y algo ególatra ejercicio de construcción de su propia imagen pública.
Esa posición adoptada por la campaña de Obama parece exasperar a los estrategas republicanos. La táctica de la descalificación personal (el ya célebre 'that guy' del segundo debate lanzado por McCain) no tiene como objetivo estratégico restar votos a Obama, sino incitarle a una reacción que le devuelva a la arena electoral, despojándole del aura de presidente in péctore que le otorgan los sondeos, y que él parece asumir con inusitada naturalidad. Con un aparato electoral altamente sofisticado, que asumirá el papel de contrarrestar los intentos republicanos, Obama sólo debe refrenar cualquier respuesta carismática. Convertido en un factor más dentro de la estrategia demócrata, McCain pasa así a representar el papel del venerable ex combatiente digno del respeto y consideración de su próximo comandante en jefe.
La extraordinaria campaña demócrata está construyendo a la perfección una imagen presidencial. El azar o la improvisación apenas intervienen. En su último turno en el segundo debate, Obama se refirió elogiosamente a su esposa, junto a la que al término saludó a los asistentes. Veinticuatro horas más tarde, su campaña estaba potenciando su imagen familiar, mostrando en la portada de su página web un calculado retrato del matrimonio con sus dos hijas. Con toda evidencia, los demócratas dirigen su campaña a la búsqueda del voto en feudos tradicionalmente republicanos, y serán más eficaces en la medida en que puedan ser votados por electores no heridos en su orgullo. Saben que la victoria electoral está en manos de los votantes desencantados con George W. Bush que puedan decantarse por un demócrata respetuoso con todos. Y la lograrán si, como parece, son los mejores manejando la comunicación del siglo XXI.
http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/prensa/20081020/opinion/carisma-20081020.html
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