Cajeros
IGNACIO CAMACHO
viernes 17 de octubre de 2008
LLEGA un momento en medio de la tormenta económica en que no se sabe si resultan menos de fiar los banqueros o los políticos, pero hay algo peor, una especie devastadora, que son los políticos metidos a financieros. (Al revés no se suele dar, porque en política se gana bastante menos). Y ésos están en las cajas de ahorros, que son la fórmula bajo la que en España ha sobrevivido una especie de banca pública camuflada y sometida al manoseo creciente de las instituciones y los partidos. La penetración ha sido tan intensa y la voracidad tan insaciable que en algunos casos no se sabe si las decisiones estratégicas se toman en las sedes de las entidades o en las de las autonomías, diputaciones y ayuntamientos que las controlan; el poder ha subsumido las cajas hasta fundirse con ellas, o fundirlas en él, utilizándolas como herramienta de cobertura y financiación de proyectos ruinosos, caprichos políticos y oscuros deseos fiduciarios, cuando no como simple instrumento para enjugar pérdidas u obtener créditos a fondo perdido. Ha ocurrido en todas partes y con todos los partidos: en Andalucía como en el País Vasco, en Cataluña como en Valencia, en La Mancha como en Madrid. Socialistas, populares y nacionalistas han visto en las cajas una hucha sin fondo con la que compensar las limitaciones presupuestarias y prolongar sus instintos hegemónicos.
Por eso cuando se anuncian -y nada menos que por boca del presidente del Gobierno- nuevas fusiones en el sector conviene llevarse la mano a la cartera. Es evidente que la crisis impone una cierta necesidad de refuerzo que incremente la solidez y la solvencia, pero no está tan claro que ese propósito se alcance sólo a través del tamaño. Cuando los políticos sueñan con menos cajas más grandes resulta imposible olvidar lo que han hecho con las pequeñas: forzar sus balances obligándolas a tomar parte en proyectos industriales o inmobiliarios que no se sostenían desde la lógica del beneficio. Ahora tratan de emprender una huida hacia delante para evitar el desplome de alguna entidad cuya deriva no han sabido controlar o no les ha interesado.
Para algunos poderes autonómicos, la existencia de una única caja territorial supone el sueño de contar con verdaderos bancos nacionales, el pilar financiero que falta en sus delirios virreinales de nuevos taifas o estados de la señorita Pepis. La sombra del crack les va a otorgar la coartada por la que suspiran para unificar el mapa de su hegemonía, y ya se relamen con el solo pensamiento de una enorme fuente crediticia bajo su control y a su servicio. Cuando la tengan nombrarán a sus directivos como si fuesen directores generales o altos funcionarios; los elegirán entre la militancia más disciplinada y sólo les faltará designarlos en consejo de gobierno y publicar el nombramiento en el boletín oficial. La política nunca tiene bastante; su vocación es expansiva y ocupa, como los líquidos, todo el terreno que se le deje libre. Las cajas fusionadas serán más fuertes, pero no más independientes, mientras lo que interese a sus verdaderos gestores sea utilizarlas como cajeros automáticos de los que sacar el dinero para su glotón apetito de gasto sin tasa.
http://www.abc.es/20081017/opinion-firmas/cajeros-20081017.html
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