miercoles 8 de octubre de 2008
Derecho de guerra: entre el belicismo y el pacifismo
Por Oscar Elía Mañú
Análisis nº 140 | 6 de Septiembre de 2006
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Erradicando la guerra de su vocabulario, el pacifismo se paraliza ante la violencia; cuando ésta se ejerce contra él, se sorprende, se espanta, se pregunta cómo es posible el 11S, el 11M, la guerra de Líbano. Ha eliminado la posibilidad de un enemigo, y desesperado busca una causa a lo que le parece una aberración.
Pacifismo, en la guerra como en la paz
El verano de 2006 llena la televisión con la destrucción bélica. ¿Cómo negar los horrores de la guerra? En 1764 Voltaire protestaba airado, y con razón, contra las virtudes militares con las que se envolvían los cadáveres de los jóvenes despedazados en la guerra de los Siete Años, y que entusiasmaban a Federico II; filósofos, moralistas, quemad todos vuestros libros. Mientras el capricho de algunos hombres haga degollar lealmente a millares de nuestros hermanos, la parte del género humano consagrada al heroísmo será lo más horroroso en toda la naturaleza (Voltaire, Dictionaire philosophique)
El pacifismo no es una teoría ni una doctrina sistemática o unificada; va desde el pacifismo relativo de la Carta de las Naciones Unidas al pacifismo absoluto, pasivo o activo. El pacifismo pasivo exige quitarse de en medio, suspender la voluntad propia de recurrir a la fuerza; quedarse cruzado de brazos parece la mejor manera de evitar hacer algo, siquiera defenderse. El pacifista comunica a los demás su voluntad de no luchar, con la esperanza de que le imiten; comunica que no hay nada por lo que merezca la pena luchar, por lo que cualquier cosa puede ser aceptada si con ello se evita el uso de la fuerza. El heroísmo no tiene sentido alguno, puesto que conlleva el derramamiento de sangre; el verdadero héroe es el que soporta la injusticia sin provocarla.
Tal pacifismo no construye ninguna teoría estratégica, puesto que la acción política conlleva, necesariamente, la interacción con los demás, y la posibilidad de conflicto. Tampoco la afirmación de unos principios o valores que se consideren imprescindibles; sólo la ausencia del rugir de los cañones es un valor necesario. Por eso, cuando la alternativa a las demandas ajenas es el fin de la paz, el heroísmo pacifista aconsejará ceder. A la vez que negar cualquier pensamiento o acción estratégica, el pacifista también niega la posibilidad de una diplomacia con la que ésta se complemente: la diplomacia del talante comunica al otro la renuncia al uso de la fuerza, la relatividad moral, la aceptación de las demandas que presente, la disposición a ceder... Chamberlain nunca llegó a los extremos de Zapatero (F. Portero, Buenismo y Alianza de Civilizaciones). Chamberlain fue un mal estadista, pero se comportó como tal; maniobró diplomáticamente, dirigió erróneamente la estrategia inglesa frente a Alemania e Italia. Hoy, el Gobierno de la Paz, felicitado por al-Sadr o Nasraláh, ha renunciado a una diplomacia y a una estrategia, para sustituirlas por un pacifismo de inescrutable contenido, que no logra su principal cometido, quitarse de en medio.
Considerar la guerra como una enfermedad no vacuna contra ella; la guerra es un choque de voluntades, que surge cuando el conquistador encuentra resistencia (Clausewitz). Cuando éste no la encuentra, podremos no hablar de guerra, pero podemos hablar de algo peor; antes rojos que muertos era la respuesta del pacifista europeo ante la amenaza del Ejército Rojo. ¿Qué hay peor que la guerra?, denunciaba Bertrand Russell; el Archipiélago Gulag respondió Solhenitsin y con él, Babel, Sharansky o Sajarov. Para el disidente, no hacer nada es peor que la paz, y la posición pasiva, ante los crímenes del mundo, pero que cualquier batalla.
Cuando Voltaire clamaba contra la guerra, lo hacía contra las guerras que consagraban el equilibrio europeo entre casas reales, coronas e imperios; las alianzas cambiaban como lo hacían los matrimonios; el enemigo hoy era el amigo mañana. Cinismo moderno que exasperaba a Voltaire, y que aún exaspera a los pacifistas de hoy; los juegos de Estado, las sutilezas diplomáticas y las fintas estratégicas indignan a los intelectuales y analistas. Por todos los lados el pacifista ve intereses petrolíferos, armamentísticos, judíos o neoconservadores, porque para él, la guerra en sí misma es impensable.
Contra cualquier realismo, en plena geopolítica del caos, la política se ha moralizado; cuando la guerra es un crimen, cualquier juego diplomático-estratégico es inmoral desde el principio. Desde las fábricas de armas hasta las maniobras militares, el pacifista denuncia lo militar como enemigo de la paz, extiende sobre los uniformes una sombra de sospecha. Y al mismo tiempo, incapaz de comprender la naturaleza política de la guerra, convierte los batallones militares en unidades médicas, ingenieras o policiales, y cuando no puede materialmente hacerlo, esconde sus actividades reales bajo discursos de paz.
Erradicando la guerra de su vocabulario, el pacifismo se paraliza ante la violencia; cuando ésta se ejerce contra él, se sorprende, se espanta, se pregunta cómo es posible el 11S, el 11M, la guerra de Líbano. Ha eliminado la posibilidad de un enemigo, y desesperado busca una causa a lo que le parece una aberración; el seguidismo de Aznar, el desencuentro entre civilizaciones se solucionan mandando al primero al ostracismo, construyendo una fenomenal Alianza el segundo. Retirándose de Iraq, comprendiendo al terrorista, pactando en Euskadi y Oriente Medio.
Ante su espanto, al pacifista le quedan sólo dos opciones; en primer lugar, tratar de quitarse de en medio, en la creencia de que el enemigo o el terrorista pasará de largo y golpeará a los demás. Al fin y al cabo, Londres queda demasiado lejos, y el 11M parece una lejana pesadilla. En segundo lugar, el pacifista buscará las causas de la violencia, pero no buscará al enemigo que la infringe. Incapaz de reconocer al otro, vuelve su mirada hacia sí mismo y hacia los suyos, y se hará a sí mismo culpable de la violencia que recibe. Buscará eliminar la causa de la violencia, y puesto que se siente incapaz de actuar contra nadie, limitará su política a sí mismo; a España, a Europa o a Estados Unidos. Y puesto que la causa genera la violencia, ¿qué sacrificio heroico e incomprendido no está permitido si el futuro es un horizonte en paz entre las civilizaciones?
El belicismo, en la paz como en la guerra
En el extremo contrario, el belicismo es aquella doctrina para la cual la guerra no sólo es un instrumento legítimo, sino que es el instrumento legítimo; la historia es la que susurra al totalitario la necesidad de llevar a cabo sus fines exclusivamente mediante el uso de la fuerza. Y tal revelación le indica, además, la necesidad de que la lucha sea total y absoluta, en el tiempo y en el espacio. Nada queda fuera de la lucha, porque la vida, para el belicista es lucha a muerte contra el enemigo de la humanidad, de la raza o del Islam.
A vosotros no os aconsejo la paz, sino la victoria ¡Sea vuestro trabajo una lucha, sea vuestra paz una victoria!; ¿Ben Laden o Nietzsche? ¿Filósofo furioso o yihadista convencido? En Así habló Zaratustra, el superhombre surge de las cenizas del asustado hombre moderno, como los nuevos creyentes surgen de las cenizas del Oriente corrompido y el Occidente corruptor. Cuando la política es lucha, cuando la misión del hombre sobre la tierra es la victoria, entonces la frontera entre paz y guerra se desdibuja, y el imperativo de la victoria barre cualquier diferencia; ¿vosotros decís que la buena causa es la que santifica incluso la guerra? Yo os digo; la buena causa es la que santifica toda causa (Nietzsche)
El belicista tiene un objetivo político; pero más allá de éste, lo absoluto de su mensaje esconde el vacío humano, la nada como objetivo; Vosotros amáis la vida, nosotros amamos la muerte (Al Qaeda, 2001) no puede ser negociado en las embajadas, en las Naciones Unidas, en los despachos de Bruselas. La creación de la gran umma, desde Indonesia a Córdob,a es un objetivo político indudable; más allá de ella se extiende un mundo de tinieblas, de un hacer avanzar la historia haciéndola retroceder, de hacer retroceder la historia para hacerla avanzar; es el espíritu de los budas de Bamiyán. Durante años, Afganistán fue un agujero negro de civilización; ningún proyecto más allá de la lucha y la yihad fundamentaba a los talibanes.
Pero el belicismo, la atracción por la violencia y por el terror desenfrenado no es patrimonio islamista; al contrario, en Europa alcanza categoría propia; Sartre gozaba estéticamente de ello, fundamentando el gusto en el materialismo dialéctico. Saboreando un futuro que le retrotrae a sus tiempos de gloria, Santiago Carrillo anima, exhorta a acoger con respeto y entusiasmo a quienes revientan niños en autobuses de Tel Aviv; En Occidente tendríamos que comenzar a ver a organizaciones como Hezbolá y Hamás de una manera menos simplista. Hoy sólo vemos el terrorismo (El País 29 de agosto). Convertido a la burguesía mediática, el político estalinista aborda la guerra de Líbano de la única forma en que podría hacerlo el creyente en la doctrina; Hamas y Hizboláh hacen el bien, la culpa de todos los males la tiene Estados Unidos, y la solución a ellos es la rebelión mundial contra el capitalismo.
La Ideología de la que se declara heredero Carrillo tiene en la lucha de clases la solución a los problemas del mundo; belicismo relativo que permite al anciano analista sacar pecho y prometer la paz a cambio de la lucha a muerte contra la democracia liberal. Poco vale ya engañarse ante las soflamas de barricada de la izquierda totalitaria; el pacifismo puede esconder el más brutal de los belicismos, el de la guerra declarada para la paz perpetua, la de Katyn y Paracuellos. Más allá aún que él, aquellos a los que Carrillo exonera de cualquier culpa prometen una paz superior a la suya, con el sencillo argumento de acabar con la vida. El belicismo antiliberal de Carrillo es belicismo absoluto en el yihadismo, la conversión de la vida en guerra, y de ésta en victoria final.
¿Existe enfrente una respuesta únicamente bélica al terrorismo? ¡Es evidente!, responde la izquierda en pleno. Pero lo cierto es que ningún gobernante occidental ha afirmado jamás semejante cosa; Bush jamás ha elaborado un discurso belicista amenazando al pueblo árabe, como Olmer o Sharon no lo han hecho contra los palestinos. Se indignen como se indignen Santiago Carrillo, Llamazares, Chomsky, Saramago y el capitalismo salvaje que les da cancha en sus páginas, el discurso de Aznar, Bush o Blair es esencialmente distinto del discurso de Nasraláh o Almadinehyah. A estas alturas, parece ridículo recordar lo evidente; mientras éstos culpan a Ben Laden de los crímenes de Al-Qaeda, el saudí culpa a los niños y las mujeres de Occidente de los “crímenes” de sus gobernantes. Carrillo, frotándose las manos ante el futuro de España, culpa directamente a las instituciones democráticas y constitucionales que sueña, cincuenta años después, con derrumbar.
Como en los sueños antiimperialistas de Carrillo, el único destino del totalitarismo es la dominación sucesiva del mundo entero; ni con una Europa sometida y con un Islam dirigido por los ingenieros del terror el mundo alcanzaría algo medianamente parecido a la paz. Durante el siglo XX, Carrillo soñaba con una paz que convertiría a Europa en un campo de concentración, todo con tal de librarse de EEUU. Hoy sueña con lo mismo, pero escoge como aliados a aquellos que no dudarían en cortar el gaznate al contertulio de la Cadena SER a la menor ocasión. En la carrera por liberar al hombre, la ideología de Carrillo persiguió las sotanas hasta el final; la ideología de Al-Qaeda perseguirá el materialismo del dirigente estalinista bastante más lejos.
¿Tienen razón los analistas norteamericanos cuando imaginan a Europa convertida en Eurabia? Pesimistas o no, intuyen lo esencial; el yihadismo es un nuevo tipo de belicismo, y en cuanto tal, expansivo. El islamismo no es el fascismo, pero comparte con él la apología del irracionalismo, de la dominación por el terror y por el miedo. Cuando Al Qaeda busca propagar el incendio de Manhattan a todo Occidente, cuando Hizboláh busca aniquilar hasta el último niño judío, entonces Glucksmann tiene razón; la destrucción total lo exige todo, es decir, no exige nada. Es el triunfo del nihilismo, de las pasiones desatadas capaces de destruir el mundo que dicen querer salvar.
¿Responde Occidente, como la izquierda denuncia sin parar, de manera belicista al terrorismo? Hay que probar lo que se dice, ponerlo negro sobre blanco, y no hay pruebas de semejante cosa. Más allá de eso, frente a unas sociedades occidentales despistadas moral e intelectualmente, que comen con Aquí hay tomate y cenan con Salsa Rosa, el Islam representa, cuanto menos, la afirmación de unos principios claros y evidentes, por los que el terrorista dice luchar. Pero más allá de cuestiones civilizacionales, bajo el clamor indignado de los Chomsky o Saramago, la distinción entre bélico y belicista mantiene en Estados Unidos o Inglaterra todo su rigor; el mismo que ha desaparecido voluntariamente en las soflamas de Al-Qaeda o Hizboláh.
Derecho de guerra; entre el pacifismo y el belicismo
El pacifismo y el belicismo absolutos niegan cualquier sentido al derecho de guerra: Para el primero porque la propia guerra carece de sentido; para el segundo porque cualquier restricción a ella es también un sinsentido. El movimiento pacifista antiamericano justifica los crímenes de Hizboláh como la respuesta a la agresión israelí y occidental. Enfrente, liberales y conservadores denuncian las actividades de las huestes de Nasraláh. Pero ni unos ni otros niegan lo que salta a la vista en los titulares de los periódicos; al contrario que Israel, Hizboláh busca deliberadamente, de manera abierta y declarada, la muerte de civiles israelíes. En vísperas de la invasión israelí, Nasraláh advertía; atacaremos Tel-Aviv. Los medios de comunicación europeos leyeron reciprocidad bélica, donde debían leer chantaje terrorista; al contrario que las bombas inteligentes que atacaron Beirut, los rudimentarios cohetes de Hizboláh son por sus propias características indiscriminados, ilimitados y desproporcionados. Los hechos nos muestran que unos y otros causan muertes civiles; también muestran que sólo unos lo hacen de manera voluntaria.
Belicista, Hizboláh viola al por mayor cualquier sujeción a las leyes de la guerra; no se siente sujeto a ellas, desde el momento en que libra una guerra a muerte con la democracia israelí. Pasmado ante la violencia del mundo, al pacifista español sólo le quedan dos opciones; suspender su voluntad y dejar el futuro en manos de los demás o abrazar el mesianismo de Carrillo y enfrentarse al enemigo de la humanidad, el capitalismo o Estados Unidos. Primera democracia ante las dictaduras árabes, Israel busca respetar un derecho de guerra que parece desaparecer en el campo de batalla; ¿dónde queda la convención de Ginebra cuando uno de los beligerantes esconde sus armas bajo las mesas camillas de las mujeres chiíes? Cuando Nasraláh declara la guerra total contra Israel, cualquier distinción conceptual o jurídica entre los niños chiíes que juegan en el patio y el adolescente armado que se esconde entre ellos desaparece; ¿quién es el civil y quien el militar cuando ambos juegan a intercambiarse?
Los servicios de propaganda de Hizboláh claman contra la muerte de los civiles entre los que han escondido sus arsenales; enfurecidos, las ONG’s pacifistas claman contra las bombas israelíes pero no contra quien las invoca rodeado de niños. Entre un pacifismo y un belicismo igualmente peligrosos, el derecho de guerra depende de un belicismo relativo; reconoce la existencia y legitimidad de las guerras tanto como la necesidad humana de limitarlas. Se diferencia del pacifismo en la medida en que no considera la guerra un crimen, sino un instrumento legítimo. Sabe que existen enemigos, y se preocupa en señalarlos. Y al contrario que el belicismo, considera que limitar la guerra, humanizarla, es consustancial al uso de las armas. Limita al enemigo a la categoría de enemigo político, negándole la condición de enemigo absoluto.
Pero desde el punto de vista pacifista, el derecho de guerra es un crimen, como todo lo que tiene relación con el uso de la fuerza. Al pacifista, en La Moncloa o en Tele 5, le escandaliza la noción de enemigo. Por otro lado, desde el punto de vista belicista, el derecho de guerra introduce unas limitaciones que el belicismo desprecia; al revolucionario profesional, aún deudo de la ideología leninista, y al yihadista global con el que aspira a erradicar el liberalismo, los procedimientos legales y jurídicos entorpecen su labor; ¿porqué distinguir entre el cuartel y la escuela israelí cuando forzar mediante el miedo a la población rinde más beneficios que respetar obsoletas leyes de hace un siglo? Ante el escándalo de pacifistas y el jolgorio de belicistas, Israel se empantana en Líbano enredándose entre el necesario desarme de Hizboláh y el también necesario respeto a las leyes de la guerra que sus militares han jurado cumplir. Las milicias proiraníes, por el contrario, no tienen tal problema.
En el derecho de guerra, el reconocimiento político es la condición para el reconocimiento jurídico; la figura del combatiente legítimo surge del reconocimiento de la legitimidad de su comportamiento, del reconocimiento de la unidad política a la que representa. Y ello porque el fundamento del derecho es la conciencia de algo común; sólo cuando entre los enemigos se establece una medida común es posible establecer las reglas por encima de la hostilidad. Por eso el derecho de guerra tiene dos pilares básicos; en primer lugar, el reconocimiento de la realidad política de la guerra, del instrumento de las armas entre naciones; en segundo lugar, la legitimidad de los estados para declararse la guerra los unos a los otros. Este realismo político, fruto de una historia europea de enfrentamientos y calamidades.
La distinción entre combatientes y no combatientes, entre objetivos legítimos e ilegítimos o entre tiempo de guerra y tiempo de paz, sólo es posible cuando los contendientes se reconocen a sí mismos y reconocen la posibilidad de conflicto. Exige una moderación en los fines, un control de las pasiones, la convicción en una paz futura.
Mal que bien, sólo las democracias, herederas de siglos de luchas fraticidas, han sido capaces de elaborar unas leyes de la guerra mínimamente humanizadas. Hoy, en plena geopolítica del caos, aquellos que han jurado ponerlas de rodillas no sienten tentación alguna de respetar tales convenciones. Tampoco el pacifismo, ciego furioso contra cualquier mención a la guerra, siente el menor aprecio por tales reglamentos. Por eso el problema se muestra hoy irresoluble; Israel se enfrenta a Hizboláh pertrechado por unas leyes de la guerra que su adversario ni quiere ni busca respetar. Despreciando el derecho de la guerra, las milicias iraníes en Líbano lo utilizan convenientemente contra la única parte dispuesta a respetarlo. Dramáticamente, tal contradicción jurídica se plasma en las ruinas de los barrios chiíes de Beirut; víctimas de la confusión deliberada entre combatientes y civiles que constituye la espina dorsal de la estrategia de Hizboláh, los muertos libaneses se contabilizan en el debe israelí. Tal parece ser el emborronado destino de Europa; extender un ideal jurídico universalista a aquellos que buscan precisamente destruirlo. El derecho de guerra nunca tuvo una salud de hierro; merece la pena preguntarse si la única barrera entre la humanidad en la barbarie en tiempos de guerra dejará pronto de tener sentido.
Óscar Elía es Analista Adjunto del GEES en el Área de Pensamiento Político.
http://www.gees.org/articulo/2934/
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