Lunes, 13-10-08
LA reunión de emergencia de los primeros ministros de los países de la «zona euro», improvisada por el presidente francés y responsable de turno del Consejo Europeo, Nicolás Sarkozy, tuvo lugar después de una serie de encuentros de distinto nivel cuyo objetivo era tratar de restablecer la confianza de los mercados, pero cuyos resultados habían sido poco satisfactorios. El reflejo de unidad era más necesario ayer que nunca, por cuanto esta reunión había sido convocada de forma expresa para poner sobre la mesa una estrategia conjunta de todos los que comparten la moneda única, elemento de primer orden en la economía mundial, y por extensión de toda Europa. Sin embargo, para escenificar otro consenso de trámite en el que nuevamente todos dicen estar de acuerdo en que cada cual hará lo que considere oportuno, tal vez hubiera sido mejor esperar al Consejo Europeo de la semana que viene en vez de presentar esta pomposa reunión dominical como un cónclave forzado por la necesidad que tienen algunos dirigentes de «salir en alguna foto» ante las acusaciones de inacción en sus respectivos países, como bien sabe el presidente del Gobierno. De hecho, aunque no estaba en Paris, el ministro de Economía, Pedro Solbes, ya ha dicho que España no tiene intención de aplicar las recetas de Gran Bretaña y Francia para intervenir en el capital de algunos bancos.
Sin embargo, y a través de reuniones sucesivas, los responsables de la economía mundial empiezan a perfilar cada vez mejor los contornos del problema y, por tanto, las posibles soluciones a esta epidemia de desconfianza compulsiva que se ha apoderado del sistema financiero internacional. El plan anunciado ayer de garantizar los intercambios de crédito y el compromiso de que en Europa no se dejará caer a ninguna de las grandes entidades financieras parece un paso en la dirección correcta que debería complementarse con otra de las recomendaciones introducidas también ayer en la reunión de Paris, a favor de una bajada más acusada de los tipos de interés.
En todo caso, los gobiernos europeos no deben perder de vista en ningún momento que el dinero con el que sustentan sus ambiciosos e inéditos planes de rescate procede de los impuestos de los contribuyentes, y que no se puede justificar en ningún caso que esas generosas inyecciones de liquidez acaben en las cuentas de resultados de las entidades beneficiarias o, directamente, en los bolsillos de los ahora atribulados accionistas. La transparencia y el juego limpio deben presidir todos los gestos que los gobiernos lleven a cabo para superar una situación excepcional, una intervención pública en la economía que no serviría de nada si sólo se emplea para consolidar los desequilibrios que nos han llevado a este escenario. Al contrario, el objetivo ha de ser que el dinero que se inyecta desde el Estado llegue a las empresas -pequeñas y medianas en muchos casos- que puedan encontrarse pronto en una situación desesperada, y no por falta de clientes, sino por la incapacidad de obtener el crédito necesario para seguir funcionando. Que los Gobiernos del Eurogrupo hayan decidido también ponerle un plazo máximo a esta situación de emergencia -hasta fines del año que viene- es una buena señal para todos.
Pero todo lo que se acordó ayer en Paris servirá de poco si, en unas horas, cuando hayan abierto las Bolsas europeas este lunes, el pesimismo y la desmoralización vuelven a apoderarse de los mercados. Ésta es esencialmente una crisis de confianza, y para resolverla se necesita no solamente dinero, sino, sobre todo, liderazgo. Por desgracia, en estos momentos en Europa hay pocos gobernantes que sean capaces de transmitir la seguridad que da la determianción de saber claramente hacia dónde orientar a la sociedad en momentos tan críticos e inciertos como el actual.
http://www.abc.es/20081013/opinion-confidencial/crisis-unidad-diversidad-20081013.html
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