domingo, octubre 05, 2008

Carlos Luis Rodriguez, De Allariz al cielo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo

De Allariz al cielo

La historia de la generación Q del nacionalismo puede resumirse en la de un chaval que abandona el nido paterno, se va a estudiar a Compostela y se encuentra allí con Galicia. Queda prendado de ella. Enseguida reinterpreta su pasado, su entorno, el pueblo que dejó atrás, su personalidad, todo, a la luz de una doctrina apasionante por la que merece la pena luchar.

Acaba de nacer un nacionalista teórico en cuya cabeza se mezclan Castelao, Marx, F­idel y algún otro condimento que se va topando por ahí. Con ese petate al hombro, regresa a su Allariz convertido en apóstol. Predica con la intensidad de un San Pablo, sin darse cuenta de que sus paisanos sólo le escuchan por deferencia paternalista.

Cuando se da cuenta de su fracaso entre los gentiles, no piensa que el fallo esté en él, sino en un mecanismo que le inculcaron en las sesiones de adoctrinamiento: el autoodio. Un Freud interpretado más bien a la ligera también está entre los inspiradores, para advertir que si el gallego no quiere al nacionalismo, y además escucha encantado el carro de Manolo Escobar, se debe a que no se acepta a sí mismo.

En su mayoría, los gallegos serían nacionalistas metidos en el armario, como los gays, que sólo necesitan un empujón para salir y ser lo que siempre han querido ser en secreto. Una teoría estupenda para disculpar los reveses e insistir en los errores. En realidad, si ese autoodio existía, era el del chaval de nuestra historia que, entre la Galicia de ficción aprendida en su época de estudiante, y la que percibe al reintegrarse a la vida corriente, elige la ficticia.

Ahí se queda una parte del nacionalismo moderno, esperando a que la montaña vaya a Mahoma. Anxo Quintana personifica la generación que da un paso más para ir a la montaña, al valle, a la playa, a la verbena o a donde haga falta, a encontrarse con el país verdadero. En ese viaje al fondo de Galicia cuentan con una ventaja que le falta a otras estirpes del galleguismo.

No son prisioneros de su biografía. Hay muchos que lo son en la galería de nacionalistas ilustres, hombres y mujeres magníficos, casi legendarios, que ahora no podrían hacer nada que perjudicase su leyenda. Beiras y Paco Rodríguez, tan distintos y distantes, tienen en común su reclusión en el pasado, su dependencia de tabúes y mitos en los que se sienten cómodos.

Poseen además un público que les exige el repertorio de siempre y que se sentiría tan desconcertado ante un cambio, como un seguidor de Manolo Escobar que lo viera de vocalista en Mago de Oz. No pueden ir a la montaña. Unos ensayan críticas gestuales a la generación Q, otros las toleran o hacen como si fuesen un celoso supervisor que está al acecho por si acaso.

Más que una pugna política, lo que se libra en este proceso bloquero que culminó ayer, es un pulso generacional. Nuestro chaval se hace nacionalista dos veces: la primera cuando llega a la Meca compostelana en los setenta u ochenta, y la segunda al darse cuenta de que los paisanos no sufren ningún complejo, sino que son así. O los tomas, o los dejas a merced de partidos y políticos que hablan su lenguaje.

La metamorfosis no es completa. A pesar del triunfo elocuente del quintanismo, queda bastante BNG que es rehén de sus propias mistificaciones, que siente que traiciona algo muy sagrado cada vez que el nacionalismo se hace más mundano, que teme el roce con los gentiles. Pero este domingo se firmó su condena por los que están hartos de esperar en vano a la montaña.

http://www.elcorreogallego.es/index.php?idMenu=13&idEdicion=1028&idNoticiaOpinion=350174

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